Por Victoria Herrera | Diciembre 2023

La historia es pasado y presente, recuerdos, memoria, verdad, ideología, maestra de vida y  ciencia. Sabemos que la humanidad recurrió a la historia desde su génesis; por ello, la historia es parte consustancial y necesaria de nuestra existencia. La historia le ha servido a la humanidad de todas las formas antes mencionadas, como memoria, maestra de vida y como ciencia o ideología. Ha habido incluso quienes han querido despojarla de una u otra.

Hace no mucho tiempo hubo historiadores (hombres, sobre todo) que negaban y se rehusaban a considerar que la historia podía ser esa maestra de la vida como sí lo era para los antiguos griegos. Ellos consideraban que la utilidad del conocimiento histórico radicaba, precisamente, en enseñar el pasado para aprender de éste y no cometer los mismos errores o, para engrandecer las hazañas de sus héroes y replicarlas. Esta función pedagógica de la historia se resume en el viejo adagio “quien no conoce su historia está condenado a repetirla”.

Para los historiadores del siglo XIX, en cambio, la historia era una ciencia, una ciencia al nivel de las ciencias puras o exactas como las matemáticas o la biología, y, por tanto, la historia era neutral, debía ser neutral. De otro modo, para esos historiadores, la historia terminaba siendo una ideología seguida por consignas subjetivas. No obstante, en los últimos años se ha demostrado que tal objetividad en la historia es una falacia. Es imposible que exista tal modo de hacer historia.

Por tal razón, podemos afirmar que la historia se define no sólo por lo que es, sino, por lo que pretende ser, es decir, por la función social de la que se le dote. Visto así históricamente la historia cumplió, ha cumplido y cumple con diferentes funciones. Particularmente en México, la historia oficial ha sido utilizada por los diferentes gobiernos (es preciso decirlo) como una herramienta ideológica. En nuestros días, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador ha recurrido a la historia de una manera acientífica y moralista con el objetivo de incluirse en el relato histórico como un héroe.

Más allá de eso, la enseñanza de la historia en este sexenio se ha menospreciado. De acuerdo con el análisis de Enrique Krauze y Javier Lara Bayón en “El abandono de la historia” publicado en Letras Libres en los sexenios anteriores los libros de texto de nivel primaria dedicaban a la enseñanza de la historia alrededor de 100 y 150 páginas, mientras que, en los nuevos libros de texto impulsados por la Nueva Escuela Mexicana las páginas que se ocupan de eventos históricos a lo mucho alcanzan las diez.

Es evidente que, durante este sexenio, la educación en general no ha sido una prioridad, y mucho menos lo ha sido la enseñanza de la historia. Por ello, y dado que la historia desempeña un papel vital para la humanidad, independientemente de la función que se le quiera otorgar, resulta pertinente combatir por ella, tal como lo expresó el historiador Lucien Febvre. Es necesario combatir por la historia para rescatarla del abandono y el olvido al que este sexenio la ha sometido; combatir por la historia se convierte, por ello, en una forma de resistencia.


Victoria Herrera es historiadora por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

Por Anaximandro Pérez | Diciembre 2023

Desde la muerte de Iósif Stalin (1953) se han dado muchas respuestas a ese cuestionamiento. Sin embargo, por lo menos hasta la caída de la Unión Soviética (URSS) en 1991, y también después de este año, la amplia mayoría de respuestas llegaron de Occidente. Se trata de una larga lista de publicistas antisoviéticos o sovietólogos prejuiciados, cuyas producciones se reducen a la simple propaganda sensacionalista e infundada. Muy pocas voces occidentales han alcanzado a criticar con suficiencia esas fabricaciones marcadamente ideológicas, cuya principal virtud es abusar de cifras sorprendentes, totalmente inventadas, que convierten en monstruos carniceros e insaciables a Stalin y a su régimen. En cambio, la crítica desde la academia histórica rusa es mucho más contundente. Los historiadores serios de este país han desmentido desde la evidencia concreta de los archivos las calumnias elaboradas en contra de la URSS: sostienen que la represión política del estalinismo fue bien cierta, pero al mismo tiempo demuestran que no fue tan amplia como se supone. Esta violencia estatal sólo afectó a una parte reducida de la población soviética.

Naturalmente, en el ambiente rusófobo de ayer y de hoy que mantienen los líderes imperialistas de América y Europa, no ha convenido sacar de las agendas políticas la propagación y circulación de mentiras que sirvan para el discurso condenatorio de Rusia y de su pasado socialista. Entre las más notables están las invenciones de Alexander Solzhenitsin, quien elaboró de la nada la cifra imposible de 110 millones de víctimas mortales de la represión política en la URSS.[1] También han servido mentiras como las que inventaron desde cero los “expertos” occidentales durante la Guerra Fría, cuyos recuentos de víctimas mortales del estalinsmo fueron elevados al rango de 50-60 millones de personas, o “estimaciones” más recientes, como las del Libro negro del comunismo, editado en 1997 por Stéphane Courtois, cuyas cuentas arrojan el número inventado de 20 millones de muertos de represión política estalinista.[2] Este tipo de publicaciones se editan y reeditan, dejando en la obscuridad cualquier versión alterna de las historias anticomunistas o antirrusas que cuentan.

Por eso considero que, en este escenario abrumadoramente hostil hacia lo ruso, es digna de reconocimiento la valentía de los promotores marxistas franceses de Éditions Delga. Esta casa editorial osó publicar, en febrero de 2022 –es decir, en el mismo momento en que comenzó la Operación especial de Vladimir Putin en Ucrania–, su traducción al francés de una notable obra del historiador Viktor Zemskov (1946-2017). Me refiero al elocuente título Staline et le peuple: pourquoi il n’y a pas eu de révolte (en español: Stalin y el pueblo: por qué no hubo revuelta), cuya edición original en ruso apareció en otra fecha sumamente significativa del conflicto ruso-ucraniano: en 2014, el año del Euromaidán.[3]

Desde el final de la década de 1980, Zemskov fue de los primeros y pocos historiadores que tuvieron acceso a los reportes estadísticos sobre la represión política estalinista elaborados por el KGB, el Ministerio soviético del Interior, el ministerio de la Seguridad de Estado y otras altas instancias políticas de la URSS. Esta información había sido mantenida en secreto por muchos años, por lo menos hasta 1989, cuando los Archivos del Estado abrieron sus puertas a la investigación académica.[4] De esa manera, por el simple efecto de las fechas, casi todo lo publicado en Occidente hasta el inicio de la década de 1990 –e incluso después– que estuviera relacionado con la represión política, así como las supuestas decenas de millones de asesinatos o ejecuciones del estalinismo, es mentira, es inventado, o simplemente no tiene fundamentos científicos ni es verificable en los únicos repositorios que pueden decir algo concreto sobre dicha represión: los Archivos estatales de Rusia.

En términos generales, Zemskov señala que las tergiversaciones históricas sobre la represión partieron del interior del postestalinismo oficial. La mentira salió especialmente de la pluma de uno de los primeros sujetos que demonizaron a Stalin, Nikita Jrushchov. Éste anotó en sus Memorias –un manuscrito posterior a su salida del gobierno soviético, en 1964– que los internos que existían en los campos soviéticos en el momento de la muerte de Stalin alcanzaban los 10 millones. Pero este número es falso pues, mientras fue jefe de Estado, el propio Jrushchov firmó y validó documentos en los que se hablaba de un total de 2,6 millones de prisioneros registrados hasta el día en que murió Stalin. En otras palabras, dice Zemskov, Jrushchov multiplicó casi por cuatro la cifra real, el número que él mismo había dado por bueno unos años atrás.[5]

A partir de ese momento inaugural, los números fueron incrementando progresivamente. Los inflaron los voceros antisoviéticos de Occidente, los disidentes de la propia URSS de tipo Solzhenitsin, así como algunas voces detractoras del régimen de los Sóviets, como Roy Medvedev (quien sumó, de donde pudo, 40 millones de víctimas). Algunas voces de académicos de Occidente –como John A. Getty, Stephen Wheatcroft, Robert W. Davies y Gábor T. Rittersporn– se levantaron entre 1980 y 1991 en contra de las invenciones ideologizadas de los plumíferos de Europa y América. Pero los promotores de la Guerra Fría contra la URSS dieron más foro a la mentira de los 50-60 millones de víctimas, dejando en la sombra a aquellos protestantes que exigían mayor circunspección y seriedad para realizar esos cálculos.[6]

El invento de un estalinismo monstruoso surtió efecto hacia el interior de la URSS. En las postrimerías de la Guerra Fría, la población soviética llegó a creer que eran ciertas varias de aquellas cuentas exageradas con fines propagandísticos. Así, cuando estaba por caer la URSS, el antiguo jefe del KGB del gobierno de Gorbachov, Vladimir Kriuchkov, declaró por primera vez en público algunas de las cifras verdaderas: en el periodo de 1930-1953, dijo, los prisioneros políticos y los condenados a muerte habían alcanzado los 3,778,234 y los 786,098, respectivamente. Pero nadie le creyó. Una cuenta tan pequeña resultaba casi inadmisible para un público acostumbrado a la propaganda ideológica y, por su parte, los publicistas detractores se apuraron a revalidar las invenciones tipo Solzhenitsin y los datos “científicos” de los imaginativos académicos occidentales, quienes –hay que recalcar– nunca habían pisado siquiera el umbral de los Archivos del Estado ruso.[7]

Todavía en la primera década del siglo XXI, el autor franco-estadounidense de origen soviético Moshe Lewin llamó la atención sobre las “preconcepciones” de los estudiosos de la era de Stalin. Entre otras cosas, Lewin refería que éstos proyectan o asumen llanamente “un número de víctimas desproporcionado y ridículo e imposible de verificar, y en el que se mezclan las víctimas del terror con las [de] decisiones políticas y económicas”. Las cifras de la represión política son engrosadas, indicaba este autor, con números como el de las “criaturas nonatas” o simplemente son ampliadas mediante el ejercicio de alargar artificialmente la periodización de la represión política: por ejemplo, establecen como su debut el año de la Revolución Rusa, 1917, y como su final la caída de la URSS.[8] Así, las cifras atribuidas a la violencia estalinista terminan por incluir a víctimas de otros conflictos (como la Revolución y la Guerra Civil) o a muertos que nada tuvieron que ver con algún género de represión política (como los nonatos).

En cambio, Zemskov respondió desde el archivo a esa producción prejuiciada. Como buen historiador, se sentó a leer y sistematizar los detalles de los reportes sobre la represión política, interpretó los resultados de su trabajo y produjo una aproximación mucho más precisa al estudio de las víctimas del régimen de Stalin. Lo anterior arrojó, entre otras cosas, que entre 1921 y 1953 los condenados por “crímenes contrarrevolucionarios y por otros crímenes de Estado particularmente peligrosos” ascendieron al total de 4,060,306. Dentro de esa cifra: 799,465 personas fueron condenadas a pena de muerte; 2,631,397 individuos fueron enviados a campos, colonias o prisiones; 413,512, condenados al exilio y deportación, y 215,942 sufrieron otras medidas (véase el cuadro 1).[9] Esta información, así como otras más que presenta en su libro, le permiten sostener que la represión política del estalinismo únicamente afectó a una pequeña parte de la población soviética.

Cuadro 1. “Número de personas condenadas por crímenes contrarrevolucionarios y otros crímenes particularmente peligrosos contra el Estado entre 1921 y 1953”[10]
Condenados
AñosNúmero totalPena de muerteCampos, colonias, prisionesExilio y deportaciónOtras medidas
192135,8299,70121,7241,8172,587
19226,0031,9622,6561661,219
19234,7944142,3362,044
192412,4252,5504,1515,724
192515,9952,4336,8516,274437
192617,8049907,5478,571696
192726,0362,36312,26711,235171
192833,75786916,21115,6401,037
192956,2202,10925,85324,5173,741
1930208,06920,201114,44358,81614,609
1931180,69610,651105,68363,1691,093
1932141,9192,72873,94636,01729,228
1933239,6642,154138,90354,26244,345
193478,9992,05659,4515,99411,498
1935267,0761,229185,84633,60146,400
1936274,6701,118219,41823,71930,415
1937790,665353,074429,3111,3666,914
1938554,258328,618205,50916,8423,289
193963,8892,55254,6663,7832,888
194071,8061,64965,7272,1422,288
194175,4118,01165,0001,2001,210
1942124,40623,27888,8097,0705,249
194378,4413,57968,8874,7871,188
194475,1093,02970,610649821
1945123,2484,252116,6811,647668
1946123,2942,896117,9431,498957
194778,8101,10576,581666458
194873,26972,552419298
194975,12564,50910,316300
195060,64147554,4665,225475
195154,7751,60949,1423,425599
195228,8001,61225,824773591
1953 (1er  semestre)8,4031987,89438273
totales4,060,306799,4652,631,397413,412215,942

Por último, teniendo presentes estas cuentas, me gustaría ofrecer un cálculo rápido que puede permitir poner a prueba la tesis de Zemskov. Para ello, me permito tomar una cifra de la población soviética basada en los censos de la década de 1960, recalculada por un tal “M. Bennigsen” y recogida por Le Monde diplomatique en 1967. Este periódico decía que, ordenados por ramas de nacionalidades, la URSS contaba con 173 millones de “indoeuropeos”, 32 millones de “uralo-altaicos”, 4 millones de “ibero-caucasianos”, 2 millones de “semitas”, 350,000 personas de varios “pueblos asiáticos”, y 127,155 personas de “los pueblos del Norte”. Eso hacía un total aproximado de 211,477,155 habitantes, aunque el mismo Le Monde estimaba que la cifra real de la población en 1967 sobrepasaba ya los 230 millones de soviéticos.[11]

Ahora bien, ¿cuánto representaban las cifras de condenados del estalinismo registradas en los archivos frente a esos cálculos de población total? En términos absolutos, la cifra de varios millones de víctimas que recupera Zemskov es muy significativa, es decir, 4 millones es ¡muchísima gente! No obstante, poniendo ese universo de víctimas del periodo 1921-1953 frente a los totales de población soviética, los guarismos del cuadro 1 resultan muy pequeños: los 4 millones de condenados representan apenas entre el 1.8 y el 2% de la población que reportó Le Monde; los 799,465 condenados a muerte, entre el 0.3 y el 0.4%; los 2.6 millones de prisioneros, entre el 1.1 y el 1.2%; los 413,412 exiliados y deportados, entre el 0.18 y el 0.2%, y los 215,942 que sufrieron “otras medidas”, entre el 0.09 y el 0.1%. De esa manera, tal como propone Zemskov, además de que los reprimidos políticos de Stalin fueron mucho menos que aquellas decenas de millones que reportan de manera calumniosa los voceros rusófobos, la represión política bajo el gobierno de Stalin tampoco pudo ser un elemento tan imponente como lo señalan los estigmas occidentales, en la medida en que no afectó más que a una pequeña porción de esos 211-230 millones de soviéticos.


Anaximandro Pérez es maestro en Historia por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

[1] La elaboración de su mitología sobre la represión comenzó por lo menos a partir de su libro Archipiélago Gulag, elaborado entre las décadas de 1950-1960 y publicado en Francia en 1973.

[2] Este libro a pesar de sus mentiras, que incluso ocasionaron discusiones y críticas entre los colaboradores, ha sido publicado en muchos idiomas. La primera edición en español apareció en 1998 y al parecer la fuerza de las fobias occidentales hacia lo comunista han llevado a una edición española relativamente reciente, de 2021.

[3] Viktor Zemskov, Staline et le peuple: pourquoi il n’y a pas eu de révolte, Paris, Éditions Delga, 2022.

[4] Ibidem, pp. 14-17.

[5] Ibidem, pp. 21-22.

[6] Ibidem, pp. 21-23.

[7] Ibidem, pp. 23-24.

[8] Moshe Lewin, El siglo soviético ¿Qué sucedió realmente en la Unión Soviética?, Barcelona, Crítica, 2006, 33-34 (versión epub). La versión original en francés fue publicada en 2003.

[9] Zemskov, Staline…, op. cit., pp. 15-16. Al parecer hay una errata de registro de una decena en el cuadro de Zemskov.

[10] Cuadro copiado de Ibidem, p. 16 (la traducción del título y los conceptos es mía).

[11] “Composition nationale de l’URSS”, Le Monde doplomatique, octubre 1967, p. 2 (consultado en los archivos de https://www.monde-diplomatique.fr el 07 de noviembre de 2023).

Por Miguel Alejandro Pérez | Diciembre 2023

Estas tesis conforman el último texto escrito por Walter Benjamin. Las editó por primera vez Theodor W. Adorno en 1942. Benjamin las compuso “en diferentes momentos entre fines de 1939 y comienzos de 1940” y, según Bolívar Echeverría, el borrador que las integró constituye “el escrito de un hombre que huye, de un judío perseguido”.

En términos formales las tesis de Benjamin remiten tanto a las tesis que elaboró Ludwig Feuerbach en 1842 como a las once que Carlos Marx pergeñó poco más tarde a propósito del mismo Feuerbach. No obstante, las tesis de Benjamin revisten una originalidad que desde el punto de vista de su contenido las separa al propio tiempo de las que acuñaron sus dos grandes predecesores.

En la primera de sus Tesis provisionales para la reforma de la filosofía, Feuerbach escribió que “el secreto de la teología es la antropología”. En la séptima apuntó que: “No tenemos más que convertir al predicado en sujeto y a este sujeto en objeto (Objekt) y principio”. Y mucho más adelante arguyó que la verdadera relación del pensar con el ser (Sein) era únicamente ésta: “el ser (Sein) es sujeto y el pensar predicado. El pensar proviene del ser (Sein) pero no el ser (Sein) del pensar”. Las tesis de Feuerbach perseguían el propósito de sentar las bases de una nueva filosofía. El mismo Feuerbach escribió más adelante unos luminosos Principios para la filosofía del futuro. Según el propio Feuerbach los Principios tenían por “misión  deducir de la filosofía del absoluto, es decir de la teología, la necesidad de la filosofía del hombre, vale decir de la  antropología (…)”. Las dos obras anteriores –junto con La esencia del cristianismo– adoptaron la forma general de una crítica materialista de la religión.

Desde muy pronto, la perspectiva revolucionaria de la filosofía de Feuerbach entusiasmó a Marx y a Federico Engels. Este último reconoció mucho más adelante que Feuerbach había representado en algunos aspectos un eslabón intermedio entre la filosofía hegeliana y el materialismo dialéctico y señaló que tanto sobre el mismo Engels como sobre Marx había ejercido más influencia que cualquiera de los otros filósofos posthegelianos. En la tarea de ajustar cuentas con su conciencia filosófica anterior –labor que llevaron a cabo en el grueso volumen de la Ideología alemana– los constructores del materialismo dialéctico aprovecharon los avances filosóficos previos logrados por Feuerbach.

En las once Tesis sobre Feuerbach que escribió en 1845, Marx llevó a cabo la crítica del materialismo “teórico” y contemplativo del primero. Entre otras cosas subrayó la esencia práctica de la vida social y enfatizó la relevancia de la “actuación revolucionaria crítico-práctico”. Marx censuró ahí que Feuerbach sólo considerara la actitud teórica como la actitud auténticamente humana y concluyó –en la célebre onceava tesis– que “los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”.

Marx no dejó de reconocer a pesar de todo que el mérito indiscutible de Feuerbach había consistido en identificar la base terrenal del mundo religioso: nada menos que haber descubierto en la familia terrenal el secreto de la Sagrada Familia. En 1844 Marx dijo que Principios de la filosofìa del futuro y un pequeño suplemento de La esencia del cristianismo tenían más importancia “que toda la actual literatura alemana en su conjunto” y afirmó que en ambas obras el autor, Feuerbach, había dado al socialismo una base filosófica. En pocas palabras, Marx rescató la crítica materialista de la teología que contenían los textos de Feuerbach.

Justo en este punto fundamental sobresale la originalidad insoslayable de las tesis sobre la historia de Walter Benjamin. En la parte final de la primera ellas Benjamin apuntó que el materialismo histórico “puede competir sin más con cualquiera, siempre que ponga a su servicio a la teología (…)”. En las siguientes apuntaló expresiones como “fuerza mesiánica”, “humanidad redimida”, “Juicio Final” y “Paraíso” en relación con la lucha de clases. Las últimas líneas de la cuarta tesis constituyen un buen ejemplo del estilo peculiar de Benjamin:

Como las flores vuelven su corola hacia el sol, así también todo lo que ha sido, en virtud de un heliotropismo de estirpe secreta, tiende a dirigirse hacia ese sol que está por salir en el cielo de la historia. Con ésta, la más inaparente de todas las transformaciones, debe saber entenderse el materialista histórico.

En resumen, Benjamin creía que el materialismo histórico podía abrevar de la teología y aprovechar la carga mesiánica y redentora de la religión en el largo y doloroso tránsito del último peldaño de la prehistoria de la sociedad –el capitalismo, última forma antagónica del proceso de producción social, según Marx: reino de la necesidad– a la verdadera historia –el comunismo, etapa libre de estos antagonismos sociales: el reino de la libertad–. Por otro lado, la analogía solar de Benjamin aparece también en uno de los versos de un breve poema de Roque Dalton: el comunismo será, entre otras cosas, una aspirina del tamaño del sol. “Sol que está por salir en el cielo de la historia”: “heliotropismo de estirpe secreta”…  


Miguel Alejandro Pérez es historiador por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

Por Victoria Herrera | Noviembre 2023

El feminismo es un movimiento social que ha evolucionado a lo largo de siglos, años y décadas. A través del tiempo ha impulsado luchas por la igualdad de género en el ámbito político y económico, como el derecho al voto, la representación política y mejoras en las condiciones laborales. Por ejemplo, aumentos salariales, paridad salarial, espacios temporales y públicos para la maternidad, entre otras. Así ha ido adquiriendo importancia en la actualidad.

Sin embargo, el feminismo actual está atravesado por varias corrientes internas que desde una perspectiva crítica pueden distinguirse en dos: el feminismo con perspectiva de clase y el que carece de ésta. El primero se caracteriza por un feminismo que analiza el problema de género desde la teoría marxista de la sociedad, donde  la desigualdad de género y la explotación de las mujeres son fundamentales para la comprensión y la solución del fenómeno. Este feminismo de carácter socialista surgió a finales del siglo XIX  y principios del siglo XX, encabezado por Emma Ihrer, Clara Zetkin, Rosa Luxemburgo, Nadezda Krupskaya y Alexandra Kollontai. Así como Flora Tristán, quien fue pionera de este movimiento.

El feminismo marxista y, por ende, las feministas marxistas sostienen que la opresión de las mujeres está estrechamente relacionada con la explotación de clase. De hecho, han demostrado cómo el capitalismo perpetúa los roles tradicionales de género que mantienen sojuzgadas a las mujeres. Rosa Luxemburgo, quien analizó y escudriñó en mayor medida el capitalismo y el imperialismo, así como la acumulación del capital, nunca evadió la cuestión de la mujer en relación con el sistema capitalista. Ella fue, precisamente, quien planteó la disyuntiva a la que se enfrentaba el movimiento feminista: ¿Feminismo burgués o feminismo de clase?

Rosa Luxemburgo escribió en 1912 El voto femenino y la lucha de clases. Allí sostuvo contundentemente que “En realidad se trata para el Estado actual de negar el voto a las mujeres obreras, y sólo a ellas. Teme, acertadamente, que puedan ser una amenaza para las instituciones tradicionales de la dominación de clase… El voto femenino aterra al actual Estado capitalista porque tras él están los millones de mujeres que reforzarían al enemigo interior, es decir, a la socialdemocracia. Si se tratara del voto de las damas burguesas, el Estado capitalista lo considerará como un apoyo para la reacción. La mayoría de estas mujeres burguesas, que actúan como leonas en la lucha contra los «privilegios masculinos», se alinearían como dóciles corderitos en las filas de la reacción conservadora y clerical si tuvieran derecho al voto. Serían incluso mucho más reaccionarias que la parte masculina de su clase.”

No cabe duda que la posición de Rosa Luxemburgo y las feministas marxistas aboga tanto por la emancipación de las mujeres como por la emancipación de las clases trabajadoras y no sólo por la lucha del sufragio femenino de una clase. Es decir, para esta corriente el enemigo a vencer no es el otro género sino el sistema que produce y reproduce los tradicionales roles de género y de explotación, el capitalismo.

Por ello uno de los temas centrales del feminismo marxista es el trabajo reproductivo. No obstante, en este punto se han dado debates importantes todavía en nuestros días. Silvia Federici (2014), por ejemplo, pugna por que el trabajo doméstico sea remunerado, pues, de acuerdo con ella, también éste produce valor. En suma, que el trabajo doméstico es productivo bajo el sistema capitalista de producción y que, por ende, las mujeres amas de casa deben percibir un salario; sin embargo, Rosa Luxemburgo (1912) señaló que “el trabajo doméstico no es productivo en el sentido de la economía capitalista actual, por enormes que sean los sacrificios y la energía gastados… Esto puede parecer brutal y demente, pero corresponde exactamente a la brutalidad y la demencia del actual sistema económico capitalista.”

Definir si el trabajo reproductivo en el capitalismo es o no productivo es fundamental, sobre todo por las conclusiones a las que se llega. De tal manera, desde la concepción de Federici el problema se resuelve cuando las trabajadoras domésticas reciben un salario. En cambio, desde la pespectiva de Rosa Luxemburgo, el sojuzgamiento que sufre el género femenino es producto del sistema capitalista de producción. De modo que el objetivo del feminismo marxista no puede ser exclusivamente la lucha por la remuneración del trabajo reproductivo sino la transformación de la sociedad capitalista, que es la que permite la explotación de género y clase, en una nueva sociedad en donde las mujeres y las clases trabajadoras sean libres de estas ataduras.

El feminismo marxista es, por eso, interseccional porque busca combatir contra todas las formas de opresión: de clase, género, orientación sexual, de las personas racializadas, entre otras. En cambio, el feminismo no interseccional, sin perspectiva de clase, el feminismo neoliberal se caracteriza por ser un movimiento regido por el individualismo. Se basa en la ideología liberal del capitalismo. Hace hincapié en la importancia de las elecciones “individuales” y en la supuesta libertad de tomar decisiones con respecto a su cuerpo y a su vida personal.

Asimismo, se enfoca en “romper el techo de cristal”. Crea la ilusión de que las mujeres podemos lograr la igualdad de género tanto en la política como en la economía con esfuerzos individuales. Su principio es el empoderamiento femenino. De tal manera se incita a que las mujeres se afirmen, se empoderen, en sus puestos de trabajo; es decir, que no reclamen sus derechos colectivamente como si lo hace el feminismo marxista.

En conclusión, el feminismo actual se debate entre dos perspectivas: la perspectiva activa y transformadora, representada por el enfoque marxista, que aboga por agendas anticapitalistas, y la perspectiva pasiva y contemplativa, que se asocia al enfoque neoliberal o burgués y que no busca la transformación social. Para las feministas burguesas su condición de clase es lo primordial y, por ello, desde sus privilegios niegan las luchas del proletariado femenino. Es indispensable, entonces, que las mujeres hagamos conciencia de nuestra situación social y económica para poder discernir de qué lado estamos y poder llevar a cabo la transformación que nuestro género y clase necesita.


Victoria Herrera es historiadora por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

Bibliografía

Ankica Čakardić, A marxist-feminist interpretation of Rosa Luxemburg’s theory of accumulation, 2017.

Rosa Luxemburgo, El voto femenino y la lucha de clases, 1912.

Silvia Federici, La reproducción de la fuerza de trabajo en la economía global y la revolución feminista inacabada, 2014.

Por Aquiles Celis | Noviembre 2023

Como es ya un tropo, uno de los mayores problemas de los análisis de la historia contemporánea en México es el énfasis monocular sobre la figura del presidente, es decir, la sobrevaloración del presidencialismo,[1] pues en la historiografía especializada en el tema, resalta un modelo de interpretación fascinado por las explicaciones de la voluntad presidencialista como el alfa y el omega, principio y fin de toda la cuestión política, relegando las movilizaciones sociales y a los sectores en disputa a una segunda o tercera categoría.

Aunque es preciso apuntar que efectivamente el poder presidencial ha ocupado un lugar preponderante el sistema político mexicano, no ha tenido el impacto ni la influencia que suele atribuirse. Uno de los momentos de la historia reciente que más se ha interpretado desde esta óptica ha sido el sexenio de Luis Echeverría Álvarez y, de hecho, muchos historiadores están rediscutiendo y revisitando este periodo a la luz de la llegada de la Cuarta Transformación, intentando hallar paralelismos que puedan explicar las rupturas y las continuidades del sistema político mexicano y de los actores en el poder.

Quizá influido por el (ya clásico) texto de Daniel Cosío Villegas, El estilo personal de gobernar,[2] el sexenio de Echeverría tiene una impronta que lo cataloga como el periodo presidencialista por antonomasia. El caso es que el arribo de Luis Echeverría Álvarez a la palestra política reforzó esta noción aún antes de que asumiera el cargo: desde su campaña presidencial enfocada en recorrer los distintos espacios del país centró su atención en dejar constancia de su intervención particular para renovar todos los aspectos de la vida social, principalmente en las comunidades rurales más recónditas o en los márgenes periféricos de las grandes urbes.

Su llegada a la presidencia se dio con base en un marcado distanciamiento de su predecesor Gustavo Díaz Ordaz, a pesar de que éste último lo había designado personalmente a partir de un proceso de unción predominante en el sistema político mexicano, (cuyas raíces históricas se remontan a la época de Lázaro Cárdenas) denominado como “tapadismo” por los actores políticos de la época. Tan pronto llegó a la presidencia, Echeverría buscó un acercamiento a todos los estamentos sociales ponderando los más agraviados durante el sexenio diazordacista: los estudiantes y las clases medias.

El distanciamiento consciente frente al gabinete y al presidente que lo antecedió respondió, entre otras cosas a una búsqueda de relegitimación del Estado y al replanteamiento de los elementos cohesionadores entre los distintos grupos sociales inconformes. La nueva etapa se anunció en el discurso desde un primer momento[3]: los emisarios del pasado (inmediato) no tenían lugar en la nueva administración. Todos los sectores agraviados, e incluso los que no, fueron considerados para reelaborar su relación con el Estado para obtener un grado mayor de autonomía política y prebendas inéditas.

Una interpretación que se aleja de la explicación referente a la megalomanía personalista y a la justipreciación excesiva del presidente de la república y que nos parece más ecuánime, es la que propone que el periodo de Echeverría buscó renovar el consenso social para relegitimar al Estado y construir una especie de valla de contención del régimen frente a las certezas de que la conflictiva década de 1960 había dejado al país al borde del colapso; al borde de una crisis económica, política y social que ponía en peligro la estabilidad política; certezas fundadas, por demás, en elementos objetivos del pasado inmediato.[4] En otras palabras, el sexenio pretendió lograr la conciliación del Estado con los grupos disidentes de la crisis de 1968 que sí aceptaron la vía reformista.

El espíritu del cambio en el régimen fue impulsado debido al México que “heredaba” Echeverría, ya que el convulso final 1960 se vio condicionado entre otros factores por las presiones sociales, el resquebrajamiento de los pactos institucionales, la debilitación del corporativismo y la contracción de la economía. De esta manera se anunció un viraje importante en cuanto a las políticas que llevaran las riendas del país.

En este sentido, el régimen buscó cerrar filas con todos los sectores de la sociedad que impulsaran “(hacia) arriba y (hacia) adelante”. Uno de los elementos clave de esta política que ha sido analizada como un episodio de la presencia del populismo en México[5] fue la apertura democrática. Esta aseguró la reformulación de la relación del Estado con las oposiciones tanto de la sociedad civil como de los partidos políticos, mientras mantenía incólume el monolitismo de la república autoritaria.[6] Por esa razón, desde un primer momento, el gobierno de Echeverría se presentó con un paquete de reformas que se fue expandiendo mientras avanzaba su sexenio: la reforma política, la reforma educativa, la reforma agraria e incluso un fallido intento de presentar una reforma fiscal.

La apertura democrática fue el recurso más importante del régimen y el enclave más sugerente para las clases medias y la pequeña burguesía ilustrada inconforme. Por una parte, el cambio de régimen también suponía un cambio generacional, pues incorporó a su gabinete a jóvenes provenientes de sectores disidentes como Víctor Flores Olea, Enrique Gonzáles Pedrero o Porfirio Muñoz Ledo (fue el gabinete con el más alto porcentaje de egresados de la UNAM) y desde que aceptó su candidatura Echeverría proclamó que “no lo hacía en nombre propio, sino en nombre de toda una generación de jóvenes que irrumpía en el escenario político nacional.”[7] Sin embargo, con los jóvenes radicalizados y con los sectores disidentes, el gobierno de Echeverría no buscó el diálogo y más bien recrudeció la represión con la aparición de la estrategia de combatir la insurgencia conocida como guerra sucia.

La apertura democrática también incluyo la reforma política, que comenzó con el objetivo, según Jesús Reyes Heroles, de “fortalecer al Estado y recuperar legitimidad a través de la democracia formal”[8] y terminó como un vago intento de incorporar al sistema de partidos a las disidencias más representativas: no se logró y terminó siendo una (débil) reforma electoral que tuvo más bien apuntaló la hegemonía del PRI restringiendo a dar mayores facilidades a partidos bastones como el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana, o el Partido Popular Socialista que se beneficiaron a partir de la disminución del porcentaje de votación para mantener el registro, más tiempo en radio y televisión. Otro de los aspectos de la reforma política menos comentado, pero igualmente clientelar fue el impulso al registro por “Asociación Política Nacional” que permitía la creación de organismos sin autonomía política pero que podían participar en las elecciones mediante la incorporación a un partido. Esta iniciativa buscó, desde luego, institucionalizar las agrupaciones pequeñas manteniendo la dispersión social.

Igualmente se preconizó la defensa de la libertad de prensa,[9] la libertad de expresión, la búsqueda de libertad sindical y de asociación campesina. Caso particular fue el espaldarazo de un sector de los intelectuales verbalizado en uno de los eslóganes más espectaculares de Fernando Benítez, [atribuido erróneamente a Carlos Fuentes, miembro activo de este grupo]: “Echeverría o el Fascismo.”[10]

La renovación del consenso también incorporó a las asociaciones campesinas, a los sindicatos obreros y a los sectores populares, pero como sus representantes se encontraban dentro de la red clientelar del PRI, dentro de los sectores del partido, a los trabajadores se les buscó apaciguar mediante dos formas: la represión o la concesión de mejoras económicas.

Además de esta política, que podríamos denominar como de renovación de los consensos, uno de los puntales de la política de Echeverría fue la ampliación de su radio de acción hacia los estados y concretamente hacia el estamento campesino y la cuestión agrícola para influir en la regeneración educativa, social y económica a través de distintas vías como económica: mediante la descentralización de la industria -potenciando la inversión fuera del centro geográfico y social, el Distrito Federal;[11]–  o la educativa mediante la creación de educativos, pues a lo largo del sexenio, el gobierno aumentó de manera considerable los subsidios a las universidades e institutos técnicos de la capital pero sobre todo de la provincia.[12]

Sobre este último aspecto, el despliegue del apoyo a la educación política fue sumamente importante ya que durante los primeros años de gobierno se crearon 34 institutos tecnológicos y más de 254 escuelas tecnológicas de educación superior, todas ellas en distintos estados.[13] Este apoyo estuvo aparejado al intento de reedición de una segunda reforma agraria emulando el más puro estilo cardenista, con el fin ya no de la repartición de la tierra sino de aumentar la productividad y diversificar las actividades económicas ejidales.[14]

La reforma educativa el sexenio de Echeverría contempló también este aspecto. En 1973 se promulgó con la venia del poder legislativo, la Ley Federal de Educación que sustituyó la Ley Orgánica de Educación, vigente desde 1941. La reforma estuvo dirigida mayormente a la educación primaria y media superior para aumentar el nivel educativo y los centros de instrucción. Aun así, desde su diseño fue polémica en varios aspectos pues concedió muchas facilidades para la educación privada en los distintos niveles educativos, impulsó las nuevas tecnologías en las telesecundarias, generó incordias en el sector conservador y en la Iglesia por la publicación de libros de texto gratuitos (que avivaron protestas aún mayores que en épocas de Adolfo López Mateos, porque incluían fotografías de Lenin, Fidel Castro y el Che Guevara). También cosechó críticas desde otros ámbitos de la sociedad que consideró que “No fue en ningún momento un proyecto coherente ni en la teoría ni en la práctica, sino más bien fue un conjunto de medidas que obedecían a diferentes propósitos y que no se desviaron en lo esencial de las líneas seguidas en las décadas anteriores”.[15] Se acusó que la educación conservó su carácter vertical, paternalista.

Los objetivos centrales de la reforma educativa se expusieron tanto en el discurso inicial de LEA ante el Congreso de la Unión del 11 de septiembre de 1973 y en la exposición de motivos de la Ley Federal de Educación.[16] Ésta tenía como objetos de intervención a los educadores, las aulas, los alumnos, los programas de estudio, los espacios escolares con el fin de reelaborar la relación escuela-comunidad-ciencia-nación-familia,[17] y como objetivos centrales incidir en la formación del individuo, fomentar la movilidad social, innovar en el desarrollo económico y lograr la tan ansiada autarquía tecnológico-científica.[18]

La reforma no contemplaba a las universidades ni a la educación superior en su conjunto. Paradójicamente, el presidente de la generación de los jóvenes, encontró en los universitarios, uno de los polos menos conciliadores y que más desafiaban la autoridad. Las universidades continuaron siendo espacios de conflicto a pesar de los intentos de acercamiento y cooptación y las contradicciones no se diluyeron, antes bien se enconaron. Al proceso de descentralización educativa le siguió muy de cerca la ampliación de la oferta mediante la creación de instituciones como los Colegios de Ciencias y Humanidades, las extensiones universitarias de Acatlán y Aragón —que quedaron orbitando en la periferia del Distrito Federal—[19] y la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).

Según ciertas interpretaciones, la creación de tantas universidades y centros de educación agrícola tanto en el centro como al interior del país tenía un móvil político: la dispersión de la comunidad estudiantil para la desarticulación del movimiento e impedir rebrotes del descontento: atomizar la inconformidad impidiendo hasta geográficamente su potencial organización. Esto potenció el nacimiento de universidades autónomas en distintos estados, sobre todo ahí donde las universidades pasaron a ser focos de conflictos. Este fenómeno ha sido reseñado como un recurso utilizado probablemente como válvula de escape ante las tensiones y causó la proliferación de surgimiento de leyes orgánicas y “gobernadores que prodigaban autonomías” a la primera de cambio.[20]

La llegada de Echeverría a la presidencia con este paquete de reformas bajo el brazo fue definitivamente un intento malogrado para revitalizar el consenso y restañar el bonapartismo de la élite burocrática que se había hecho del poder, con el fin de restaurar la legitimidad desgastada a lo largo de más de treinta años. Sin embargo, la emergencia de actores políticos disidentes y la fuerza de la clase económica que deseaba cada vez más influencia dentro de las decisiones políticas del país, se manifestaron activamente contra la política impulsada por el priísmo, durante este periodo existió una fuerte disputa por la hegemonía desde distintos sectores sociales. Y toda vez que el Estado fue incapaz de consensar esa hegemonía, actuó coercitivamente contra la disidencia.


Aquiles Celis es historiador por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

[1] Ariel Rodríguez, “El presidencialismo en México, posibilidades de una historia”, Historia y Política, núm. 11, enero-julio de 2004, pp. 131-134. A pesar de que la constitución de 1917 tiene ese tono presidencialista en la medida en que la figura central ejerce poderes metaconstitucionales, los límites los mostraban los poderes fácticos como los organismos sindicales, empresarios o los movimientos sociales.

[2] Daniel Cosío Villegas, La sucesión presidencial, México, Editorial Joaquín Mortiz, 1975.

[3] Es interesante ver cómo los trabajos de otras disciplinas como la filología contribuyen a esclarecer hasta qué punto el discurso tiene repercusión en las prácticas y en las relaciones sociales y cómo construyen sujetos a partir del ejercicio del poder. En este sentido, el análisis de la toma de protesta de LEA en 1970 más que una declaración de intenciones nos da cuenta de las relaciones de cooptación y connivencia entre los representantes de los grupos subalternos y el poder. Véase: “Emanuel Rojas, La construcción de los sujetos en el discurso de toma de protesta de Luis Echeverría Álvarez. Un acercamiento al discurso populista en México”, Tinzun, Revista de estudios históricos, No. 62, julio, diciembre de 2015.

[4] Rodríguez Kuri, Op. Cit.p., 150

[5] Soledad Loaeza, “La presencia populista en México”, en Guy Hermet [et.al], Del populismo de los antiguos al populismo de los modernos, México, El Colegio de México, 2001. El sexenio echeverrista ha sido calificado como populista en virtud de la imposición de la lógica política a las decisiones económicas cuya consecuencia más costosa fue el aumento desorbitado del gasto público.

[6] Cossío Villegas, Op. Cit., p. 7. Para Cossío Villegas Dos piezas centrales sostenían el sistema político mexicano: el presidente de la República que ostentaba un poder poco menos que ilimitado y un partido fuerte que dominaba en grado sumo.

[7] Daniel Cosío Villegas, El estilo personal de Gobernar, México, Editorial Joaquín Mortiz, 1974. P.20. Al margen del mito de la juventud, Cossío Villegas apunta que en el sexenio de Echeverría se continuó con la tendencia alemanista de sustituir poco a poco al político por el técnico, es decir, al hombre con experiencia, instinto e incidencia en ciertos sectores por el burócrata de partido, obediente, ejecutivo y expedito.

[8] Jesús Reyes Heroles, Discursos Políticos, México, Comisión Nacional Editorial, 1975, p. 64-70-

[9] Un caso paradigmático fue la atenuación de las tensiones entre la prensa crítica y el Estado ya que desde el inicio se buscó el acercamiento de Echeverría con uno de los sectores de la prensa más disidente: el periódico Excélsior y Julio Sherer. Desde otra arista, este acercamiento ha sido interpretado como una estratagema del régimen para mostrarse con una imagen democrática ante la sociedad ávida de una válvula de escape. Véase: Arno Buckholder, El olimpo fracturado. La dirección de Julio Scherer García en Excélsior, (1968-1976), Historia Mexicana, Vol. 59, núm. 4, abril-junio de 2010, p. 1369.

[10] Para un acercamiento a la división grupal en el gremio de los intelectuales, revisar: John King, Plural en la cultura literaria y política latinoamericana. De Tlatelolco a “El ogro filantrópico”, México, Fondo de Cultura Económica, 2011. La crítica al gobierno nacional y del papel del escritor en México fueron el elemento común de la discusión. Carlos Fuentes que defendía la presidencia de Luis Echeverría Álvarez, y consideraba que en esa coyuntura específica el papel del escritor debería ser el papel de un crítico con el firme propósito de impedir el ascenso de la extrema derecha; Frente a esto, Gabriel Zaid  junto a Octavio Paz, mantenían una abierta discrepancia con el gobierno en turno y defendieron la independencia del intelectual frente al estado como la máxima garantía contra la censura o la subsunción de la literatura a la política.

[11] Uno de los episodios más referido fue el caso de Bahía de Banderas, un ejido en Nayarit que incluía una playa al que se le inyectó una fuerte cantidad de dinero en el diseño de un complejo turístico que incluía escuelas, institutos de capacitación, centros de recreación y parques históricos, que a su fin fue altamente improductivo y cuyos recursos se esfumaron por la corrupción. Véase: Enrique Krauze, La presidencia imperial, México, Tusquets Editores México, 1997, p.413

[12] Ibid. p. 405

[13] Cossío Villegas, El estilo personal, Op. Cit., p.45

[14] Ibid.p.49. Es ya casi un lugar común dentro de la historiografía la comparativa entre Echeverría y Cárdenas. Quizá la explicación más acabada y menos manida sea la de Cossío Villegas.

[15] José Agustín, Tragicomedia Mexicana 2, la vida en México de 1970 a 1982, México, Editorial Planeta, 1998, p.56. Uno de los aspectos más reseñados y a la postre mejor valorados de la reforma educativa echeverrista fue el empeño sostenido para el impulso de la ciencia y la tecnología institucionalizado en el CONACYT, organismo que emergió con una clara intención de lograr autodeterminación científica mediante el desarrollo tecnología propia en las universidades y patentar los resultados con el fin de erosionar poco a poco la relación de dependencia principalmente con Estados Unidos.

[16] La Reforma Educativa de Luis Echeverría Álvarez ha sido interpretada desde varios ángulos. Ciertos estudiosos la han visto como una estrategia legitimadora del presidente para aminorar el descontento universitario post 68. v. gr. Itzel López Nájera, “Efectos negativos del movimiento de 1968: la reforma de Luis Echeverría Álvarez”, (Artículo online). Disponible en https://repositorio.iberopuebla.mx/bitstream/handle/20.500.11777/3575/E%20consulta%202%20de%20abril%20Itzel%20López%20Nájera.pdf?sequence=1&isAllowed=y. Desde el marxismo, ésta se interpretó como un reacomodo de la superestructura para la tecnificación de la enseñanza ante la reformulación del mercado de trabajo. Cfr.  Cuauhtémoc Ochoa, “Sistema educativo y Reforma Educativa”, en Cuadernos Políticos, México, Editorial ERA, 1976. También se le consideró como un proceso de formación de nuevas subjetividades del neociudadano mexicano que ingresaba a una nueva etapa de la modernidad. Véase: Roberto Gonzáles Villarreal, Luchas por la Reforma Educativa en México, Bs.As. CLACSO, 2018

[17] Ibid.p.101.

[18] Idem

[19] José Agustín, Op. Cit., p.57

[20] Ariel Rodríguez, Op. Cit.p.722.

Por Miguel Alejandro Pérez | Noviembre 2023

Hegel presentó al Estado como “expresión y garante de los intereses universales de la sociedad” (Atilio Boron) y como “el ámbito donde se resuelven civilizadamente las contradicciones de la sociedad civil” o, en otras palabras, como “árbitro neutro en el conflicto de clases”. En estas circunstancias, el hegelianismo cumplió una función ideológica y legitimadora: “nada menos que mostrar al estado [burgués] como éste desea ser visto por las clases subordinadas”. En resumen, la teoría hegeliana del derecho mostró al estado como la “esfera superior de la eticidad y la racionalidad de la sociedad moderna”.

Más adelante, Augusto Comte, el padre del positivismo, señaló el curso inexorable que desde su punto de vista seguía la historia a través de tres grandes estadios de desarrollo: el teológico, el metafísico y el positivo. La humanidad escalaría los tres estadios o peldaños en el tránsito de la barbarie a la civilización y, en última instancia, llegaría al estadio positivo. La sociedad positivista estaría gobernada por una asamblea de sabios con el fin de conservar el orden y fomentar el progreso. En otras palabras, la ciencia justificaría y legitimaría el poder autoritario e higiénico del Estado burgués positivista. De esa manera, la filosofía de Comte adquirió, por derecho propio, el carácter de una ideología del capitalismo europeo de la época de la Restauración.

Por otra parte, en La política como vocación, Max Weber especificó que, desde el punto de vista de la consideración sociológica, el Estado moderno, “sólo es definible por referencia a un medio específico que él, como toda asociación política, posee: la violencia física”. En este sentido, “la violencia no es, naturalmente, ni el medio normal, ni el único medio de que el Estado se vale, pero sí su medio específico”. Así pues, concluyó Weber, el Estado es “aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio, reclama (con éxito) para sí el monopolio de la violencia física legítima”.

A renglón seguido, Weber argumentó que “el Estado, como todas las asociaciones políticas que históricamente lo han precedido, es una relación de dominación de hombres sobre hombres, que se sostiene por medio de la violencia legítima (es decir, de la que es vista como tal)”. “Para subsistir necesita, por tanto, que los dominados acaten la autoridad que pretenden tener quienes en ese momento dominan”.

En este punto, Weber reconoció tres tipos de justificaciones internas de la legitimidad de una relación de dominación: en primer lugar, la legitimidad “tradicional” o la legitimidad del “eterno ayer”, validada —en términos generales— por la costumbre; en segundo término, la “autoridad carismática”, que consiste en “la entrega puramente personal y la confianza, igualmente personal, en la capacidad para las revelaciones, el heroísmo u otras cualidades de caudillo que un individuo posee”; por último, Weber señaló una legitimidad basada en la “legalidad”.

A juicio de Weber, los patriarcas y los príncipes patrimoniales de viejo cuño ejercían el primer tipo de legitimidad; “los Profetas o, en el terreno político, los jefes guerreros elegidos, los gobernantes plebiscitarios, los grandes demagogos o los jefes de los partidos políticos, detentarían la segunda clase, o sea, la autoridad de la gracia (Carisma) personal y extraordinaria”; mientras que el moderno “servidor del Estado” ejercía una dominación justificada por la legitimidad de la “legalidad”.

En una trilogía muy popular, el historiador inglés Eric Hobsbawm concretó el proyecto de “comprender y explicar el siglo XIX y el lugar que ocupa en la historia” del mundo, es decir, “para los historiadores «el siglo XIX largo» que se extiende desde aproximadamente 1776 hasta 1914”. Hobsbawm articuló ahí la historia de esa centuria larga en torno “al triunfo y la transformación del capitalismo en la forma específica de la sociedad burguesa en su versión liberal”.

Las tres teorías sobre el estado precedentes aparecieron, precisamente, en el curso del «siglo XIX largo» acuñado por Hobsbawm y estaban dirigidas a justificar y legitimar el estado burgués: Hegel como “la esfera superior de la eticidad y la racionalidad de la sociedad moderna”; Comte como una institución científica necesaria; Weber como una relación de dominación justificada por su carácter “legal”. A pesar de sus diferencias ostensibles, los tres autores presentaron un rasgo común, la naturaleza “racional” del Estado como institución “ética”, “científica” o “legal”. 


Miguel Alejandro Pérez es historiador por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

Por Victoria Herrera | Octubre 2023

La llamada Revolución verde llegó a México durante el sexenio de Manuel Ávila Camacho y hace referencia a la tecnificación o modernización del campo mexicano tanto en el ámbito de la educación como de la investigación. Aunque el término Revolución verde, vio la luz a posteriori: en 1968, cuando el administrador de la Agencia para el Desarrollo Internacional de los Estados Unidos, William S. Gaud, realizó un informe sobre los resultados de las semillas mejoradas genéticamente contra el hambre mundial. (Méndez, 2016, p. 71)

La historiografía, también, suele recurrir a este término para referirse al proceso de modernización del campo en los países del Tercer Mundo después de la Segunda Guerra Mundial, auspiciado por instituciones privadas extranjeras, principalmente la Fundación Rockefeller­ en alianza con el gobierno norteamericano.

La misma historiografía ha sugerido que el concepto, a pesar de que aparentemente contiene una carga neutral, fue construido en oposición a la Revolución roja comunista y a la Revolución blanca de Irán, (Picado, 2011, p.12) lo cual indica el carácter no sólo científico y filantrópico sino político y económico de dicho proceso. Incluso, como han apuntado algunos historiadores, la tecnificación del campo se colocó en contraposición al discurso de la Revolución mexicana en tanto que relegaba el reparto agrario, pues los impulsores de la Revolución verde consideraban que la reforma agraria podría satisfacer el hambre de tierra de quienes no la poseían, “pero ¿satisfacía también su hambre de alimentos?” (Méndez, 2018)

En ese sentido, las políticas aplicadas por los gobiernos posrevolucionarios en relación con el campo y a la enseñanza agrícola, como la reforma agraria y la educación socialista, se suspendieron en aras de la modernización del campo. De tal manera que las escuelas agrícolas, desde el nivel elemental hasta el nivel superior —para entonces no más de diez instituciones con la Escuela Nacional de Agricultura (ENA) a la cabeza, ubicada en la actual Universidad Autónoma Chapingo­—, se ciñeron a la primera Ley de Educación Agrícola (LEA) ratificada por Ávila Camacho en 1946, orientada explícitamente a la cientifización y tecnificación de la agricultura.

No obstante, desde 1943 la Fundación Rockefeller en colaboración con la entonces Secretaría de Agricultura y Fomento había comenzado un proyecto de investigación agrícola que pretendía “superar el desabasto alimentario” a través de un programa de mejoramiento de las semillas, uso de fertilizantes, insecticidas, herbicidas, maquinaria agrícola y agua para riego con el objetivo de aplicar tecnología estadounidense en suelo mexicano, sosteniendo que en México existía la necesidad de elevar la producción porque el país se encontraba en crisis. (Pichardo, 2006, p. 59)

Por consiguiente, el gobierno mexicano había desplegado todos sus recursos y facilidades con el fin de que los científicos enviados por la Fundación pudieran realizar de manera adecuada su trabajo. El primer paso fue crear la Oficina de Estudios Especiales (OEE), donde ellos tendrían a su cargo la organización y dirección de esta; enseguida se les proporcionó personal científico especializado, alumnos egresados de la ENA, algunos de los cuales fueron becados para continuar con sus estudios de posgrado y especialización en universidades de Estados Unidos, y, finalmente, se les designó un presupuesto para su investigación. (Velázquez, 1990)

Asimismo, la Fundación destinó algunos fondos a la educación agrícola mexicana. En 1949, por ejemplo, realizó un donativo a dos escuelas de agricultura para la compra de libros y material para prácticas: el Instituto Tecnológico de Monterrey recibió la suma de 6000 dólares y el Colegio de Agricultura “Antonio Caso” en Saltillo, 4000 dólares. (Méndez, óp. cit. p.87) Del mismo modo, implementó un programa de becas para la especialización de los estudiantes en universidades extranjeras, sobre todo norteamericanas, lo cual redundó en la creación de mecanismos de colaboración entre los programas operativos, las universidades y los centros de investigación. (Méndez, óp. cit. p 66)

Por otro lado, resulta relevante que la modernización del campo mexicano se desenvolvió en un contexto geopolítico marcado, en primer lugar, por la Segunda Guerra Mundial y, en segundo término, por la Guerra Fría, el conflicto entre comunismo y capitalismo, cuyas expresiones se manifestaron tanto a escala regional como local, aunque con ciertas particularidades, pero bajo esa lógica. En el caso mexicano la relación histórica con Estados Unidos –la política de Buena Vecindad– determinó el desenvolvimiento del gobierno nacional hacia los grupos comunistas o con tendencias afines a éste.

Esta situación, aparejada a una economía nacional próspera y, por ende, a una estabilidad política lograda con el apoyo de un estado autoritario, trajo como consecuencia, por un lado, una productividad abundante en materia agrícola destinada sobre todo al mercado mundial, lo cual implicaba el enriquecimiento de las empresas transnacionales en juego y de ciertos productores del norte del país que aprovecharon la Revolución verde y, por el otro, una masa creciente de jornaleros y campesinos sin tierra, dado que los productores a pequeña escala se vieron enfrentados a competir de manera desigual con los productos de las transnacionales que se exportaban a los mercados de los países en vías de desarrollo. (Loaeza, 2010)

En consecuencia, la tecnificación del campo causó una migración significativa del campo a la ciudad, lo cual redundó en una considerable población desempleada en las ciudades, aunque también provocó la emigración de campesinos a Estados Unidos; inclusive, esta realidad afectó las relaciones de propiedad de la tierra debido a que Miguel Alemán Valdez ­–bajo la misma lógica que su antecesor– promovió la reforma al artículo 27 constitucional, “que virtualmente liquidaba la reforma agraria al restaurar el derecho de amparo en el campo con el fin de proteger a los latifundistas”. (Morales, 2008, p. 65)

Estas repercusiones, por consiguiente, generaron en décadas posteriores inconformidad en el sector agrícola, pese a que durante los años cuarenta y cincuenta el gobierno consideró como problema fundamental la cuestión agraria e impulsó la realización de programas agrícolas de emergencia. De modo que, al finalizar la década de los cincuenta, en diferentes puntos de la geografía nacional campesinos y jornaleros comenzaron una ola de invasiones de tierras.

Los reclamos variaron de una zona a otra. Mientras en Sinaloa, Sonora y Colima el contingente de invasores solicitaba tierras, en la Comarca Lagunera las invasiones fueron realizadas no por solicitantes de tierras sino por jornaleros agrícolas que “se dirigían a las haciendas o ranchos solicitando trabajo; si les era negado, como sucedía frecuentemente, saboteaban las labores agrícolas, permanecían allí algunos días y luego abandonaban el lugar”. (Pellicer de Brody, 1978, pp. 123-130) El movimiento fue mediatizado a través de un reparto mínimo de tierras seguido del encarcelamiento de los líderes campesinos.

El gobierno mexicano comenzó la década de los sesenta con una nueva política agraria influida por los acontecimientos nacionales precedentes y, sobre todo, por una nueva forma de dependencia respecto a Estados Unidos. Si bien en los años anteriores la tecnificación del campo estuvo sufragada por fundaciones estadounidenses, a partir de dicha década el gobierno norteamericano comenzó a asesorar y a financiar directamente la modernización agrícola por medio del programa Alianza para el Progreso (ALPRO), el cual se oficializó en 1961, durante el gobierno de John F. Kennedy, con el objetivo de contrarrestar la influencia de la Revolución cubana en América Latina. (Pellicer, óp. cit. Loaeza óp. cit.)

Bajo estas circunstancias, la educación agrícola –tal como en los años anteriores– se vio influida por las coyunturas políticas, de manera que, iniciado el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz, la Escuela Nacional de Agricultura recibió un plan de modernización acorde a la política agraria impulsada por la nueva forma que adoptó la relación del gobierno mexicano con el estadounidense: el Plan Chapingo, cuyo objetivo fundamental fue “la fusión y vinculación de las instituciones agrícolas superiores del país”. (Plan Chapingo sus realizaciones y su proyección, México, 1967)

No obstante, éste fue apoyado por donaciones y préstamos de los órganos que constituían la ALPRO: el Banco Interamericano de Desarrollo, la Agencia de Desarrollo Internacional y de las fundaciones Rockefeller y Ford, además del Fondo Especial de las Naciones Unidas, esto a pesar de que, en su toma de protesta, Díaz Ordaz había anunciado que no permitiría la injerencia de las dos superpotencias de entonces: Estados Unidos y la Unión Soviética, en los asuntos mexicanos y que tampoco aceptaría los así llamados “préstamos concesionales”.  Aun así, Díaz Ordaz buscó financiamiento internacional en el Banco Mundial y en el Banco Interamericano de Desarrollo. (Loaeza, 2005, pp. 121 y 134)

En conclusión, la implementación de la Revolución verde en México, lejos de adoptar una postura neutral, como intentaron presentarla sus promotores y los gobiernos mexicanos en el contexto nacional e internacional, participó activamente como uno de los recursos para contrarrestar, por un lado, el avance del comunismo, de la llamada Revolución roja, y desmantelar sus mecanismos, como la educación socialista. Por otro lado, también buscó beneficiar a los grandes terratenientes del norte del país y a los capitalistas agrícolas en general. En suma, la supuesta lucha contra la escasez alimentaria, con la que se promovió la Revolución verde, no fue más que una promesa incumplida. No se pueden explicar de otra manera las profundas desigualdades que aún persisten en el siglo XXI entre las poblaciones agrícolas mexicanas, como la Montaña de Guerrero, entre otras.


Victoria Herrera es historiadora por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

Bibliografía

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———————-, “Modernización autoritaria a la sombra de la superpotencia. 1944-1968” en Nueva historia general de México, México, El Colegio de México, 2010.

Méndez Rojas, Diana Alejandra, El Programa Cooperativo Centroamericano para el Mejoramiento del Maíz: Una historia transnacional de la revolución verde desde Costa Rica y Guatemala, 1954-1963, tesis ara obtener el grado de maestría en Historia Moderna y Contemporánea, Instituto Mora, julio 2018.

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Picado Umaña, Wilson,”Breve historia semántica de la Revolución Verde” en Agriculturas e innovación tecnológica en la península ibérica (1946-1975), Madrid, Ministerio de Medio Maniente y Medio Rural y Marino, 2011.

Pichardo, Beatriz, “La revolución verde en México” en Revista Agraria, Sao Paolo, Año 3, núm. 4.

Plan Chapingo sus realizaciones y su proyección, México, 1967.

Por Aquiles Celis | Octubre 2023

En el momento en que Walter Benjamin escribía sus Tesis sobre la historia, nuestro autor permanecía ajeno a las comparaciones facilonas que sobre el totalitarismo hacían sus amigos heideggerianos. Aún más, al momento de escribir las tesis, en la medianoche de la historia, cuando las tropas nazis avanzaban imparables sobre la lánguida Europa, Benjamin aún guardaba la esperanza del comunismo como única alternativa posible de la humanidad, incluso, consideraba a la Unión Soviética –quizá por su cercanía con Bertol Brecht- como agentes nuestros en una guerra futura.

En este contexto fue que escribió ese famoso documento.

La primera tesis comienza con una historia. Conocemos el cuento, pero no sabemos si lo que se cuenta es cierto.

Según la interpretación de Reyes Mate Rupérez, en su texto Comentarios a las tesis de Walter Benjamin “sobre el concepto de Historia”, al momento de escribir las Tesis Sobre la Historia, Walter Benjamin se encontraba en París, y, conocedor del texto de donde retoma el cuento o la metáfora del enano jorobado es de Edgar Allan Poe, El ajedrecista de Maezel, que el público francés conocía muy bien gracias a una traducción de Baudelaire que circuló profusamente en la ciudad francesa. El interés de Allan Poe era demostrar a los lectores que las máquinas nada lograrían sino estuviera manipulada por la inteligencia humana, oculta para el espectador pero eficaz y presente para el juego.

El espíritu tiene la forma de un enano, feo y jorobado y representa a la teología y el artilugio mecánico turco no es otro que el materialismo histórico.

Alianza de dos formas de conocimiento tan alejadas históricamente como el marxismo y la religión. ¿Qué entiende Walter Benjamin por marxismo y qué entiende por religión? Su marxismo no es ni el de la I ni el de la II Internacional, anuncia una nueva comprensión del marxismo y esa novedad proviene de la alianza de la teología con el marxismo.

Como la teología es pequeña y fea se puede aducir que Walter Benjamin no renuncia a la crítica de la religión. No renuncia a la dialéctica de la ilustración, pero esto no significa que toda la religión se agote en la tradición antiilustrada o sea aliada del fascismo. Hay en la religión un aspecto oculto. Aspiración de Walter Benjamin es la articulación de un discurso filosófico nuevo.

No busca lavar la cara de la religión ni busca establecer una “alianza estratégica” entre ellos, como en tiempos de la unidad popular chilena, el eurocomunismo o la teología de la liberación. Se anuncia una nueva comprensión de la realidad que encierra la esperanza de que otro mundo es posible.

¿Qué ve Walter Benjamin en el marxismo? Siempre escribe “materialismo histórico” entre comillas. Lo que le interesa es que el marxismo heterodoxo que él busca es verdad y justicia. Por eso la pregunta por la verdad es la pregunta por la justicia. ¿Qué ve en la teología? No es dios lo que le preocupa, sino cómo ha quedado grabada en ella la historia del hombre. En la religión están las huellas de toda la experiencia humana que no puede echar en saco roto.

Puede ser que este mundo ya no se parezca tanto a la medianoche que le tocó vivir a Benjamin, pero aun así guarda muchas cosas en común, como menciona Reyes Mate: “Ni la multiplicación social del Estado, social de derecho, ni el avance de la Democracia liberal, ni el prestigio del discurso de los derechos humanos, ni el crecimiento de la riqueza material por obra y gracia de la globalización, han conseguido mandar al desván de las pesadillas la contundente afirmación de que todos esos progresos se hacen sobre las espaldas de una parte de la humanidad.”


Aquiles Celis es historiador por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

Por Victoria Herrera | Octubre 2023

En los días que corren el feminismo es una lucha necesaria y relevante en la búsqueda de igualdad y justicia para todas las personas. Aunque algunas voces cuestionen la necesidad del feminismo en la sociedad actual, es importante recordar que esta lucha no es simplemente un capricho, sino un movimiento esencial que aborda cuestiones profundamente arraigadas de discriminación de género.

Históricamente las mujeres han luchado contra esa discriminación profundamente arraigada. Desde el siglo XVII en Europa, durante el periodo de la Ilustración, surgieron las primeras ideas que abogaban por la igualdad de género. Filósofas como Mary Wollstonecraft, autora de Vindicación de los derechos de la mujer, argumentaron que las mujeres deberían tener acceso a la educación y derechos civiles en igualdad de condiciones que los hombres.

Posteriormente en el siglo XIX en países como Estados Unidos y el Reino Unido, se formaron movimientos de reforma que abogaban por los derechos de las mujeres. La Convención de Seneca Falls en 1848, liderada por activistas como Elizabeth Cady Stanton y Susan B. Anthony, marcó un hito importante al aprobar una “Declaración de Sentimientos” que pedía principalmente el sufragio femenino entre otros derechos.

Durante el siglo XX el feminismo experimentó dos olas importantes. La Primera Ola, que se extendió desde finales del siglo XIX hasta la primera mitad del siglo XX, se centró en cuestiones políticas y económicas, como el sufragio femenino y la igualdad ante la ley, así como, mejores condiciones de trabajo. En ese contexto (en el que el capitalismo había llegado a su fase imperialista) Rosa Luxemburgo se alió a la lucha de las proletarias de Europa y escribió en 1912 El voto femenino y la lucha de clases en donde advirtió los límites del movimiento sufragista y apuntó las posibilidades del feminismo proletario.

Allí escribió: “La actual lucha de masas en favor de los derechos políticos de la mujer es sólo una expresión y una parte de la lucha general del proletariado por su liberación. En esto radica su fuerza y su futuro. Porque gracias al proletariado femenino, el sufragio universal, igual y directo para las mujeres supondría un inmenso avance e intensificación de la lucha de clases proletaria. Por esta razón la sociedad burguesa teme el voto femenino, y por esto también nosotros lo queremos conseguir y lo conseguiremos.”

La Segunda Ola del movimiento feminista internacional surgió en la década de 1960 y se enfocó en exigir la igualdad en el lugar de trabajo, la autonomía reproductiva y la eliminación de la discriminación de género en la sociedad. A partir de los años ochenta surgieron diversos movimientos y corrientes dentro del feminismo, como el feminismo radical, el feminismo negro, el feminismo queer y otros, que enfatizaban diferentes aspectos de la lucha por la igualdad de género y la justicia social.

Llegados a este punto resulta obvio y decepcionante concluir que el movimiento feminista ha logrado ciertos avances como el derecho al voto y paulatinamente la autonomía reproductiva, tal es el caso del derecho al aborto. Sin embargo, la mayoría de las demandas de las mujeres siguen siendo necesarias de resolver: la brecha salarial entre hombres y mujeres, la violencia de género y la falta de representación femenina en cargos directivos y políticos son los principales problemas que las mujeres tenemos que enfrentar cotidianamente y, por lo que se hace necesaria la organización femenina. Negar la existencia de estas desigualdades no hace más que perpetuarlas. El feminismo es entonces una herramienta que proporciona una voz poderosa para combatir estas injusticias arraigadas en la sociedad mexicana e internacional.


Victoria Herrera es historiadora por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

Por Miguel Alejandro Pérez | Julio 2023

La misión del arte no es copiar la naturaleza, sino expresarla. ¡No eres un vil copista, sino un poeta!

La historia del arte se puede leer como una serie de reacciones en contra de lo que en un momento dado llega a ser la escuela dominante o la forma tradicional de realizar el arte. A pesar de que esta clase de lectura facilita su esquematización y entendimiento, los artistas son, a un tiempo, creadores y criaturas. Sus obras son producto del genio creador, pero el genio creador toma elementos prestados de la sociedad que lo circunda. Nada de lo que existe es, por tanto, absolutamente nuevo, ni siquiera las obras de arte.

En este sentido, el realismo surge como una reacción en contra de un modelo artístico dominante, el romántico. Por lo que se define a sí mismo a partir de una negación de las ideas, creencias, formas, maneras, temas, estilos, conceptos de los artistas románticos. El personaje principal del arte realista es la multitud, la masa popular, la muchedumbre, el pueblo. Los héroes, el individuo, Sardanápalo y los sultanes de Marruecos son relegados a segundo plano, o más bien, desaparecen. Sin embargo, la novedad del realismo venía en efecto de una experiencia real. El fracaso de las revoluciones representaba también el fracaso de los grandes ideales sociales, de las utopías socialistas de Fourier y Saint Simon, experiencias desilusionadoras que traducidas al lenguaje artístico pusieron en primer plano la realidad tal y como era, cruel, dolorosa y descarnada —por lo que el realismo es un poco el arte de la resignación—, no tanto porque así se les hubiera ocurrido a los propios artistas, sino porque detrás de ese programa existía una experiencia histórica que los condicionaba, motivo por el cual es válido decir que los realistas eran un puñado de románticos desengañados. ¿De dónde viene la novedad? De la negación del pasado, razón por la que lo novedoso mantiene una relación estrecha con lo que niega, y esto es la base de todas las novedades.

En tiempos del realismo, la politización del arte no era en un asunto nuevo. Desde finales del siglo XVIII, en el marco de la gran confrontación entre la “burguesía progresista” y la “aristocracia conservadora”, el arte, como la sociedad en su conjunto, se vio obligado a ubicarse en uno de los dos grandes campos en pugna[1]. En consecuencia, los artistas decimonónicos estaban familiarizados con la política, que era, por así decirlo, una cuestión de principio. En esto el realismo no estaba muy separado del romanticismo[2]. Pero para llegar a este punto había sido necesario recorrer un camino largo erizado de discusiones sobre los fundamentos de la pintura, por ejemplo. Hasta la mitad del siglo XVIII el arte estaba ligado a la religión. Las construcciones barrocas trataban de mandar un mensaje a los fieles que no sabían leer; haciendo un uso excesivo de elementos ornamentales en la decoración de las iglesias o construyendo palacios de dilatadas proporciones, se intentaba dar una “idea anticipada del Paraíso” y de la mansión celeste; en pintura, dominaban los “temas edificantes y los ejemplos aleccionadores”, como si fuera una especie de sermón gráfico; el arte en general era inseparable de su función religiosa y por ende sus fronteras no se discernían con claridad.

Esto cambió en poco tiempo. Con la paulatina disolución de la época de la fe, propiciada en parte por los descubrimientos científicos y el creciente desarrollo tecnológico, la individualización de las áreas del arte y del pensamiento, espejo de la especialización del trabajo social, abrió el debate tanto tiempo postergado de la verdadera naturaleza del arte, que estaba en peligro de confundirse con otras producciones manuales que, como la pintura hasta entonces, constituían conocimientos y habilidades que se reproducían en talleres[3] de maestro a discípulo[4].  

De este modo el arte se hacía eco de una discusión generalizada que giraba en torno del individuo y de la sociedad[5], y que en términos artísticos se expresaba en la pregunta “el arte, ¿es su propio fin y objeto, o es solamente un medio para un fin?”[6] Como conclusión parcial se rescata la individualidad de la creación artística, enfatizando así la diferencia que separa a un artesano de un pintor o de un arquitecto; se instituyen para ello las distintas academias, los espacios en los que se enseñan las artes de manera profesional. Este proceso puede definirse como una incipiente concientización de la actividad artística, el arte entonces comenzó a tener conciencia de sí mismo.

En las academias se enseñaba como es natural el estilo neoclásico, identificado desde entonces con el arte oficial y con una sociedad aristocrática conservadora, depositaria de una larga tradición; por lo que la alianza arte-aristocracia se basaba en cierta disposición del arte a permanecer como un elemento pasivo. Si bien la instalación de academias contribuyó a la liberación del arte en la medida que éste comenzó a cuestionar sus fundamentos y a conocerse, no pudo hacer nada para impedir la creación de dos corrientes bien diferenciadas y en cierto punto opuestas: un arte oficial y un arte excluido[7]. Este último se sentía un poco encerrado en los márgenes estrechos de la tradición clásica, pues el énfasis que se ponía en el arte de los maestros italianos les cerraba las puertas a los pintores contemporáneos. Las contradicciones del sistema de academias afloraron en las personas de algunos artistas, por ejemplo, Joshua Reynolds y Thomas Gainsborough; William Turner y John Constable[8]; y más tarde Ingres y Delacroix[9].

Estas oposiciones eran a la vez la manifestación de una discusión un poco más técnica al interior de la disciplina, relacionada con el grado de importancia que se le debía conceder al dibujo o al color[10]. A la vez, obedecía al hecho de que, desde el siglo XV, con el advenimiento de la modernidad, se estaba efectuando un deslindamiento de las diversas formas del conocimiento humano. La pintura, por supuesto, no escapaba de este proceso de delimitación. A partir del descubrimiento de “las leyes matemáticas por las cuales los objetos disminuyen de tamaño a medida que se alejan de nosotros”, Masaccio comienza a trabajar con la perspectiva pictórica, inagurando así “la conquista de la realidad. De esa forma inicia el trayecto de la pintura moderna.

A partir del Renacimiento, el individuo adquiere una nueva dimensión e importancia para la vida social; por consiguiente, el rescate de la individualidad de los hechos y expresiones humanas, no es sorprendente. A pesar de lo cual, la pintura se inclina por la exactitud científica de las leyes matemáticas[11], desarrollada en oposición a los esquemas usados en el siglo XIII, en los que abundaban las representaciones graciosas extraídas de narraciones bíblicas o textos sagrados, marcadas por las formas delicadas y las expresiones líricas, las curvas suaves en cuerpos alargados de manos finas, mientras en el siglo XIV comienzan a aflorar tímidamente los temas extraídos de la vida cotidiana resultado de observaciones de la vida real.

Otro aspecto a considerar es el denominado “cambio gradual de énfasis” en el curso del mismo siglo. Primero, el siglo XIV, en oposición al precedente, “tendió más a lo refinado que a lo grandioso”, integrando a las habilidades del artista la de realizar estudios al natural caracterizados por la fuerza de observación: un ejemplo serían los hermanos De Limburgo, quienes trabajaron obsesivamente en los pormenores y detalles. Ganaba terreno el gusto por la ornamentación y el naturalismo, en detrimento del “simbolismo expresivo de los pintores primitivos”, o sea, “la manera simbólica de expresar un tema con ademanes fácilmente asequibles”. No obstante, sobreviven elementos de la tradición medieval, presentes por ejemplo en “el arte de situar los personajes dentro de una estructura”, acomodando los símbolos sacros dentro de un esquema satisfactorio, pero se advierte, en oposición a tal tradición, la intención explícita de dar una idea del espacio que existe entre las figuras. El mismo interés continúa en el siglo XV, por lo menos durante la primera mitad.

El descubrimiento de la perspectiva hecho por Brunelleschi definió la relación comercial entre clientes y pintores, sobre todo cuando el recurso técnico de la perspectiva pictórica aplicado por Masaccio se hizo popular. El cambio es notable a partir de la segunda mitad del Quattrocento, entonces los clientes tienden a comprar la habilidad[12], el pincel, poniendo más énfasis en el arte y menos en el valor de los materiales preciosos[13].

En consecuencia, el pincel del pintor es mucho más relevante ahora, y este hecho condiciona la estimación de costos —calculados con base en gastos, tales como pigmentos[14], y trabajo del pintor—, los pagos diferenciados para maestros y jornaleros[15] y excepcionalmente, el abono de un salario permanente[16].

Con el reconocimiento del pintor[17] y de la capacidad de la pintura de representar un fragmento del mundo real, efectuado a partir del siglo XV, comienza la era del arte. Su influencia avasallante se extiende hasta la aparición de las vanguardias históricas a comienzos del siglo XX[18], por lo que, todo la pintura hecha en ese lapso puede inscribirse dentro de la gran maniobra emprendida por los artistas renacentistas encabezados por Brunelleschi. En ese sentido, se puede hablar de una gran supervivencia histórica[19], una aspiración realista de la pintura que atraviesa la historia, inspirada en el reconocimiento de la individualidad de la pintura, esto es igualmente comprensible con el concepto de una gran narrativa.

De modo que la pintura realista decimonónica forma parte de esa tradición. A pesar de ser en ese momento una manera rebelde de proceder, en general la pintura no se cuestiona a sí misma, no cuestiona su carácter de “ficcionalidad”[20]. Tanto como la pintura romántica, la pintura realista es consciente de su autonomía, ganada a pulso desde el Renacimiento. Pero estas corrientes siguen siendo sin embargo corrientes “históricas”[21], en el sentido de la diferencia entre “la concepción neokantiana de la obra de arte como unidad orgánica” y “la noción muy distinta de la obra como montaje, artefacto ensamblado a partir de fragmentos preexistentes de la realidad”.

El realismo como estilo agregado a la narrativa de la modernidad no es sino la culminación de un proceso de larga duración comenzado en el siglo XVI, conforme al cual, la conquista de la realidad es la prioridad de la pintura, que se define a sí misma de esa manera, enfatizando su capacidad de dominar el mundo real, es decir, de “capturarlo”, tal y como es, en el cuadro.

Sin embargo, a esta narrativa se agrega la creciente politización de las artes, comenzada con la revolución francesa[22] y acrecentada con el advenimiento de la revolución de 1830[23]. A partir de entonces, la burguesía, dueña indiscutible del poder político, adquiere una conciencia creciente de sí misma[24], primero como elemento revolucionario, después, como pieza conservadora[25]. Courbet[26] y Daumier, que retrataban a la sociedad burguesa de la época, como Balzac, son al mismo tiempo, sus críticos. Los tres representaban la brutalidad de la vida diaria[27] sin ninguna condescendencia, pensando que de ese modo, el realismo estaba asegurado.

La tendencia política y realista de ese arte, en suma, no era nueva. La observación de la naturaleza se había aplicado desde el siglo XIV. Pero su politización le imprimió al nuevo arte realista el carácter novedoso de los estilos inéditos. Sin embargo, el nuevo arte realista contenía cierto grado de cinismo. La creatividad artística se veía reducida a la representación de la realidad lo más cruda y descarnadamente que fuera posible, por lo que, si esa pintura crítica retrataba la dura vida cotidiana de las clases populares o la vida vacía de la burguesía financiera, no se avizoraba en ella una solución, una esperanza de cambio[28]. Por este motivo, seguía existiendo la resignación romántica del período negado. Junto a ella, la supervivencia de la gran narrativa moderna de la conquista de la realidad y la individualización de la pintura y de los pintores[29].


Miguel Alejandro Pérez es historiador por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

[1] Hauser, Arnold, “La generación de 1830” y “El segundo Imperio”en Historia social de la literatura y el arte, Volumen 3, Colombia, Colección Labor, 1994. p. 251. “En el siglo XVIII se divide por vez primera el público en dos campos diferentes y el arte en dos tendencias estilísticas rivales. En lo sucesivo, todo artista se encuentra entre dos órdenes opuestos, entre el mundo de la aristocracia conservadora y el de la burguesía progresista, entre un grupo que se mantiene aferrado a los viejos valores heredados, presuntamente absolutos, y otro que sostiene que incluso estos valores –y principalmente éstos- están condicionados temporalmente, y que hay también otros, más actuales, los cuales corresponden más exactamente al bien común.”

[2] Ídem. “Incluso los artistas románticos ocuparon un puesto demasiado importante dentro de la lucha de ascensión burguesa como los creadores de las nuevas ideas que se oponían a las de la aristocracia. Ya no son simplemente portavoces de sus lectores; son al mismo tiempo sus abogados y maestros, e incluso recobran algo de aquella dignidad sacerdotal perdida hace tanto tiempo que no poseyeron ni los poetas de la antigüedad ni los del Renacimiento, y mucho menos los clérigos de la Edad Media, cuyos lectores eran también clérigos, y que como escritores no tuvieron contacto alguno con el público lego.”

[3] En este párrafo Balzac remarca este aspecto manual de la creación pictórica. Balzac, Honoré de, La obra maestra desconocida, trad. Juan José Utrilla, México, UNAM, 2013. p.6.  “Porbús se inclinó respetuosamente, dejó entrar al joven, creyendo que acompañaba al anciano, y se preocupó tanto menos por él cuanto que el neófito seguía bajo el encanto que deben de sentir los pintores innatos ante el aspecto del primer taller que ven y donde se revelan algunos de los procedimientos materiales del arte. Una vidriera abierta en la cúpula iluminaba el taller del maestro Porbús.”

[4] Gombrich, E.H., Historia del Arte, tomo 3, Barcelona, Ediciones Garriga, S.A., 1955. “Este residía en el hecho mencionado de que la pintura había dejado de ser una profesión cualquiera cuyos conocimientos se transmitían de maestro a discípulo. Se había convertido, por el contrario, en algo así como la filosofía, que se tenía que enseñar en academias.”. p. 365.

[5] Hauser, Ibíd. p. 273. “La novela se convierte en el género literario predominante en el siglo XVIII porque expresa del modo más amplio y profundo el problema cultural de la época: el antagonismo entre individuo y sociedad.”

[6] Ibíd. p. 268. “El sentido de la obra de arte oscila constantemente entre dos aspectos: entre un ser inmanente, separado de la vida y de toda realidad más allá de la obra, y una función determinada por la vida, la sociedad y las necesidades prácticas.”

[7] Gombrich, Ibíd. p. 366. “En este terreno fue donde surgieron las primeras dificultades, ya que el mismo énfasis puesto en la grandeza de los maestros del pasado, favorecido por las academias, inclinó a los compradores a adquirir obras de los pintores antiguos más que encargarlas a los de su propio tiempo. Para poner remedio a la situación, las academias, primero en París, y más tarde en Londres, comenzaron a organizar exposiciones anuales de las obras de sus miembros.”

[8] Ibíd. p. 377. “La ruptura con la tradición había abandonado a los artistas a las dos posibilidades personificadas en Turner y Constable. Podían convertirse en pintores-poetas, o decidir colocarse frente al modelo y explorarlo con la mayor perseverancia y honradez de las que fueran capaces.”  

[9] Ibíd. “Delacroix no soportó toda aquella teatralería acerca de griegos y romanos, con la insistencia respecto a la corrección en el dibujo y la constante imitación.”

[10] Balzac, Ibíd. p. 9. “Flotaste indeciso entre los dos sistemas, entre el dibujo y el color, entre la flema minuciosa, la rigidez precisa de los antiguos maestros alemanes y el ardor deslumbrante, la dichosa abundancia de los pintores italianos.”

[11] Gombrich, Ibíd. “Los artistas meridionales de su generación, los maestros florentinos del círculo de Brunelleschi, desarrollaron un método por medio del cual la naturaleza podía ser representada en un cuadro casi con científica exactitud. Empezaban trazando la armazón de las líneas de perspectiva y plasmaban sobre ellas el cuerpo humano mediante sus conocimientos de la anatomía y las leyes del escorzo. Van Eyck emprendió el camino opuesto. Logró la ilusión del natural añadiendo pacientemente un detalle tras otro hasta que todo el cuadro se convirtiera en una especie de espejo del mundo visible.”

[12] Es cierto, como escribe Gombrich, que la habilidad pictórica era admirada ya en la primera parte del s. XV, Gombrich, Ibíd. p. 183. “Pintores y patrocinadores a la par quedaron fascinados por la idea de que el arte no sólo podía servir para plasmar temas sagrados de manera sugestiva, sino también para reflejar un fragmento del mundo real.” Ibíd. p. 164. El público mismo que contemplaba las obras de los artistas empezó a juzgarlas por la habilidad con que reproducían en ellas la naturaleza, así como por el valor de los detalles abstractos que el artista acertaba a introducir en sus cuadros. Pero en las dos citas el autor habla todavía de las características propias del estilo internacional —fuerza de observación, estudios al natural, detalles y pormenores—, en el cual permanece la “ignorancia de las formas y proporciones reales de las cosas”.

[13]Baxandall, Michael, Pintura y vida cotidiana en el Renacimiento, Barcelona, Gustavo Gili, 2000.p. 29. “Dos de estos cambios de énfasis –uno hacia una insistencia menor, otro hacia una mayor- son muy importantes y una de las claves del Quattrocento está en reconocer que ambos cambios están asociados por una relación inversa. Mientras los pigmentos preciosos se hacen menos importantes, se hace mayor la exigencia por la competencia pictórica.”

[14] Baxandall, Ibíd. p. 33. “Pongamos por caso la sustitución de los fondos dorados: Había varias formas para que el cliente perspicaz transfiriera sus fondos del oro al pincel. Por ejemplo, detrás de las figuras de su cuadro podía especificar paisajes en lugar de dorados (…).”

[15]Ibíd. p. 35. “Había otra forma más segura de convertirse en un dispendioso comprador de habilidad, que estaba ya ganando terreno a mediados de siglo: era la gran diferencia relativa, en toda manufactura, entre el valor del tiempo del maestro y el de los asistentes dentro de cada taller de trabajo.”

[16] Matizando, afirma que no todos los pintores eran pagados por pieza de trabajo: Ibíd. p. 27. “Desde luego, no todos los artistas trabajaban dentro de este tipo de marco institucional, en particular, algunos artistas trabajaban para príncipes que les abonaban un salario.” 

[17]Danto Arthur C., “Introducción: moderno, posmoderno y contemporáneo” en Después del fin del arte. El arte contemporáneo y el linde de la historia, Barcelona, Paidós, 1999, p. 26. “Pero luego, en el Renacimiento el concepto de artista se volvió central hasta el punto de que Giorgio Vasari escribió un gran libro sobre la vida de los artistas. Antes tendría que haber sido a lo sumo sobre las vidas de los santos.”

[18] González Mello, Renato, Anthony Stanton, y Museo Nacional de Arte (Mexico). Vanguardia en México 1915-1940. México: CONACULTA-INBA-Museo Nacional de Arte; UNAM Instituto de Investigaciones Estéticas, 2013. p. 17. “Si algunos críticos como Clement Greenberg, habían tendido a confundir o identificar arte moderno con arte de vanguardia, otros como Burger trataron de separarlos. Este sostiene que las vanguardias históricas rompían con la modernidad porque planteaban no la autonomía de lo artístico, sino la ruptura con la institución del arte (eran anti-arte).” Cfr. Danto, Ibíd. p. 29. “La modernidad marca un punto en el arte antes del cual los pintores se dedicaban a la representación del mundo, pintando personas, paisajes y eventos históricos tal como se les presentaban o hubieran presentado al ojo. Con la modernidad, las condiciones de la representación se vuelven centrales, de aquí que el arte, en cierto sentido, se vuelve su propio tema.”

[19] Dice Issa Benítez: “Hasta finales del siglo XIX una de las características definitorias del arte era su capacidad para re- presentar. Las fronteras de la obra de arte eran claramente demarcadas por los límites mismos de sus soportes. Es hacia adentro que el artista crea y recrea un sistema espacio-temporal particular: un mundo. Cambia la forma de representación porque cambia la visión del mundo, la forma en que un individuo y una sociedad perciben el tiempo y el espacio”.

[20] Esto porque “en la historia del arte occidental puede reconocerse  cierta continuidad en el tipo de objetos de los que se ha ocupado y que fundamentalmente se limitan a los soportes escultóricos, arquitectónicos y pictóricos”. De acuerdo con Elia Espinosa, sólo hacia la segunda mitad del siglo veinte podemos asegurar que ocurre un cambio en el paradigma espacio- temporal que provoca el replanteamiento de la distancia que separa a la obra de arte de los demás objetos del mundo, “cuestionando un elemento fundamental de toda representación: su condición de “ficcionalidad”. Entonces reconocemos una tendencia hacia la “estetización general del mundo” por la cual el “mundo aparece en el arte en tiempo real”, un arte caracterizado por 1) creciente énfasis en la experiencia personal del artista, 2) inserción de objetos y materiales de consumo rápido y 3) tendencia hacia la desmaterialización.

[21] La tendencia hacia la desmaterialización marca un punto de vital importancia para el “arte contemporáneo”, “arte poshistórico” que marca un giro desde la experiencia sensible hacia el pensamiento. Lo anterior no quiere decir nada más que la unión entre técnica y sensación: la “revalorización de la técnica como construcción y desenvolvimiento originadores de la sensación” puesto que, “en el performance, la sensación es despunte y consecuencia”. Elia Espinoza coincide de esta manera: “A lo largo de la historia, el concepto y práctica de la técnica ha variado según la relación sujeto- objeto y sus nexos con la vida social”, a pesar de todo lo cual “siempre ha habido un producto artístico” resultado de la “relación diversamente proporcional entre lo objetivo y lo subjetivo”, relación que “varía según las fuerzas histórico-sociales en que el artista vive y se desenvuelve”.

[22] Gombrich, Ibíd. p. 362. “Llegamos con ello a los tiempos verdaderamente modernos, que se inician cuando la Revolución francesa de 1789 puso término a tantas premisas que se habían tenido por seguras durante cientos, sino miles de años.”

[23] Hauser, Ibíd. p. 253. “La politización de la sociedad, que comenzó con la Revolución francesa, alcanza su punto culminante bajo la Monarquía de Julio. La contienda entre el liberalismo y la reacción, la lucha por conciliar las conquistas revolucionarias con los intereses de las clases privilegiadas, continúa y se extiende a todos los campos de la vida pública.”

[24] Ibíd. 248. “La burguesía está en plena posesión de su poder, y tiene conciencia de ello.”

[25] Ibíd. 265. “Sin embargo, este coqueteo termina pronto; pues así como la Monarquía de Julio se aparta de los objetivos democráticos de la Revolución y se convierte en un régimen de burguesía conservadora, así también los románticos se desprenden del socialismo y retornan a su concepción artística anterior, aunque modificándola.”

[26] Gombrich, Ibíd. p. 391. “Su realismo señalaría una revolución artística. Courbet no quería ser discípulo de nadie más que de la naturaleza. No deseaba la belleza, sino la verdad.”

[27] Hauser, Ibíd. p. 314. “Intrínsecamente, ni en el concepto ni en la práctica es nuevo este arte, aunque nunca tal vez se había representado la vida diaria con tal brutalidad. Pero es nueva su tendencia política, el menaje social que contiene, la representación del pueblo sin condescendencia alguna, sin rasgos altaneros y sin interés folklórico.”

[28] Ibíd. p. 289. “Estimular al lector a participar en la observación y en la creación, y admitir la inagotabilidad del objeto representado, significa simplemente una cosa: dudar de la capacidad del arte para vencer la realidad.”

[29] Gombrich, Ibíd. pp. 382-383. “Los artistas empezaron a sentirse una raza aparte, dejándose crecer la barba y el pelo, vistiendo terciopelo o pana, con sombrero de ala ancha y grandes lazos anudados de cualquier manera, y, por lo general, extremaron su desprecio por los convencionalismos de la gente “respetable”.”

Bibliografía

Balzac, Honoré de, La obra maestra desconocida, trad. Juan José Utrilla, México, UNAM, 2013.

Baxandall, Michael, Pintura y vida cotidiana en el Renacimiento, Barcelona, Gustavo Gili, 2000.p. 29.

Benítez Dueñas, Issa Maria, Hacia otra historia del arte, tomo IV “Disolvencias” (1960-2000).

Danto Arthur C., “Introducción: moderno, posmoderno y contemporáneo” en Después del fin del arte. El arte contemporáneo y el linde de la historia, Barcelona, Paidós, 1999.

Espinosa, Elia, “La técnica en el performance, configuración de sensaciones en tránsito”, en El proceso creativo, México, UNAM, IIE, 2006.

Gombrich, E.H., Historia del Arte, tomo 3, Barcelona, Ediciones Garriga, S.A., 1955.

González Mello, Renato, Anthony Stanton, y Museo Nacional de Arte (Mexico). Vanguardia en México 1915-1940. México: CONACULTA-INBA-Museo Nacional de Arte; UNAM Instituto de Investigaciones Estéticas, 2013.

Hauser, Arnold, “La generación de 1830” y “El segundo Imperio”en Historia social de la literatura y el arte, Volumen 3, Colombia, Colección Labor, 1994.


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