Perry Anderson, la Gran Estrategia de EEUU y Donald Trump

Por Ehécatl Lázaro | Septiembre 2026

El historiador marxista británico Perry Anderson publicó en 2015 el libro titulado “Imperium et Concilium. La política exterior norteamericana y sus teóricos”. Aunque el título indica que el texto es sobre política exterior, en realidad es un estudio sobre la Gran Estrategia de Estados Unidos. Política exterior y Gran Estrategia son dos conceptos diferentes. El primero refiere a las acciones coordinadas de un Estado para maximizar sus intereses en el plano internacional; el segundo, al uso coordinado de todas las capacidades estatales para alcanzar objetivos estratégicos en el plano global. Todos los países tienen política exterior, pero la Gran Estrategia es monopolio de las Grandes Potencias. El de Perry Anderson es un estudio sobre la formación, consolidación y evolución de la Gran Estrategia de Estados Unidos, así como de los principales exponentes teóricos que acompañan su desarrollo.

Anderson sostiene que la Gran Estrategia de Estados Unidos data de la Segunda Guerra Mundial, específicamente de 1943. Ese es el momento en el que Estados Unidos traza planes de dominación mundial, con objetivos que abarcan no sólo al continente americano, como había venido ocurriendo previamente, sino a todo el mundo.  Las raíces de la Gran Estrategia imperial estadounidense se encuentran en la misma fundación del Estado: una economía capitalista sin remanentes medievales, su aislamiento geográfico custodiado por dos océanos, la idea religiosa de que era un pueblo favorecido por la divinidad y la creencia de que su sistema político republicano democrático-liberal estaba llamado a superar a los otros sistemas políticos y a ser emulado por el mundo. Con esa convicción, Estados Unidos se expandió territorialmente en América y Asia, sin tener una Gran Estrategia propiamente.

Fue bajo el gobierno de Franklin Delano Roosevelt que todos los elementos estuvieron preparados para cristalizar en una Gran Estrategia de carácter mundial. Antes de la Segunda Guerra Mundial, las élites estadounidenses tenían posturas encontradas sobre la manera en la que el país se relacionaría con el mundo. Los aislacionistas tenían su base social en los pequeños negocios y los agricultores del Medio Oeste; planteaban concentrar su expansión, influencia y control en el continente americano y algunas regiones cercanas, evitando todo lo posible intervenir en conflictos de Europa y Asia. Los defensores de una extensión sin límites tenían su base social en los bancos y las élites empresariales de la Costa Este; sostenían que, dadas sus capacidades, su excepcionalismo y universalismo,  era natural que Estados Unidos se erigiera en líder de todas las naciones del mundo. Woodrow Wilson defendía esta posición y encabezó la entrada del país a la Primera Guerra Mundial, aunque no estaba claro de qué forma respondía esa decisión a sus intereses nacionales. Siempre en tensión, estas dos visiones se unificaron con la ola de patriotismo que recorrió el país tras el ataque japonés a Pearl Harbor. La fusión no fue momentánea, sino que sentó el consenso necesario entre las élites para trazar una agenda con aspiraciones de dominio mundial. El debilitamiento general de las potencias involucradas en la Segunda Guerra, las capacidades económicas, tecnológicas y militares de Estados Unidos, así como la unificación del pensamiento estratégico de sus élites, dieron pie a la formulación de una Gran Estrategia imperial con dos objetivos definidos: 1) establecer un orden mundial capitalista-liberal, 2) que estuviera dominado por Estados Unidos.

Trazada la Gran Estrategia imperial, se establecieron las bases institucionales para alcanzar los objetivos planteados. En el plano económico, en 1944 se fundaron el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Un año después fue establecida la Organización de las Naciones Unidas, multilateral en la teoría pero dominada por Estados Unidos en la práctica. En 1947 fue promulgada la Ley de Seguridad Nacional, que creó el Departamento de Defensa, el Consejo de Seguridad Nacional y la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Preparados los instrumentos económicos, de seguridad y de liderazgo internacional, Estados Unidos enfiló sus baterías al principal obstáculo de su visión imperial: la Unión Soviética. La política de contención, ideada por Kenan e implementada por Harry S. Truman, buscó contener al comunismo en las fronteras que había alcanzado al finalizar la Segunda Guerra Mundial; impedir por todos los medios posibles que se expandiera a otros países. En 1950 (NSC-68) la política de contención dio lugar a la política de reversión (rollback), la cual buscaba no sólo contener al comunismo, sino desmantelarlo activamente en los lugares donde existía.

En el plano ideológico, las posiciones previamente opuestas de aislacionismo e intervencionismo quedaron incluidas en un nuevo discurso que ganó el apoyo de ambos grupos y se volvió la base permanente del bipartidismo estadounidense: la seguridad. La política de contención, la de reversión, la intervención militar en Corea, el involucramiento en los asuntos europeos, la reorganización de los aparatos de inteligencia y represión en el ámbito nacional, etc., todo era necesario en el nombre de la seguridad nacional. En esa Gran Estrategia, Europa era la piedra clave. Asia, África y América Latina, el perímetro. Nixon hizo algunas adecuaciones sobre la marcha para ajustarse a las nuevas circunstancias: suspendió la conversión de dólares a oro para tratar de recomponer la economía nacional, canceló el apoyo económico a Europa y Japón para evitar que éstos superaran a Estados Unidos en la competencia capitalista, estableció relaciones con China, logró un detente con la Unión Soviética, y en América Latina, África y Asia promovió una nueva ola de intervenciones militares para eliminar gobiernos indeseados. Posteriormente, Ford, Carter y Reagan dieron continuidad a los cambios de Nixon en general, aunque realizaron modificaciones puntuales, por ejemplo Reagan con la “guerra de las galaxias”.

El colapso de la Unión Soviética y el fin de la Guerra Fría no rompió con la Gran Estrategia establecida en 1943, pues ésta no consistía en derrotar a la URSS, sino en establecer un mundo capitalista bajo su dominio único. Para expandir su influencia económica y política tenía que expandir también su fuerza militar, de ahí que la OTAN continuó creciendo hacia el Este, garantizando su hegemonía sobre Europa. Paralelamente, crecieron estratosféricamente el personal y el presupuesto de la CIA y demás aparatos de seguridad e inteligencia. Vinieron después las guerras en Yugoslavia, Irak, Afganistán, Libia, Siria, etc. Todo persiguiendo la misma Gran Estrategia imperial establecida con la Segunda Guerra Mundial, aplicada por Clinton, Bush y Obama tras el fin de la Guerra Fría. Publicado en 2015, Anderson cierra su libro con el segundo gobierno de Obama. Estados Unidos se encuentra en un momento en el que Rusia está empezando a cobrar mayor peso geopolítico (los acontecimientos de 2014 en Ucrania y Crimea estaban frescos) y China se consolida como un competidor sistémico de Estados Unidos. A propósito del peligro que Washington avizoraba en el horizonte, Anderson señala: “Con la emergencia de China -ciertamente capitalista en su forma, pero lejos de ser liberal, y de hecho gobernada por un partido comunista- como una potencia económica no sólo de mayor dinamismo sino pronto de una magnitud comparable, la lógica de la Gran Estrategia de Estados Unidos corre el riesgo de volverse contra sí misma. Su premisa siempre había sido la armonía de lo universal y lo particular -el interés general del capital, asegurado por la supremacía nacional de Estados Unidos” (Anderson, 2015; p. 152). En otras palabras, Perry Anderson dice: el ascenso de China demuestra que el capitalismo ya no necesita la supremacía de Estados Unidos. ¿Pueden volver a coincidir los intereses del capital a escala mundial con los intereses de Estados Unidos? Esta es la gran pregunta del momento en los pasillos del poder en Washington.

Las respuestas a esa pregunta central provienen de un lugar específico. “La élite de seguridad del país, que se extiende a través de la burocracia, la academia, fundaciones, think tanks y medios de comunicación” (Anderson, 2015; p. 155). La literatura sobre la Gran Estrategia no es competencia de las Ciencias Políticas, enfocadas en los sistemas políticos nacionales, ni de la historia diplomática, sino de un selecto grupo de instituciones de élite bien delimitado: Council on Foreign Relations, Kennedy School de Harvard, Woodrow Wilson Center en Princeton, Nitze Shcool en John Hopkings, Naval War College, Georgetown University, Brookings, Carniege, Departamento de Estado, Departamento de Defensa (ahora de Guerra), National Security Council y la CIA. Los individuos que forman parte de esa estructura van de un centro a otro, sin nunca salir de esa red donde se analiza, discute e implementa la Gran Estrategia del país. Es desde aquí desde donde se responden las preguntas más candentes: ¿está Estados Unidos en declive? ¿Si es así, cuáles son las razones? ¿cuáles son los remedios?

Anderson identifica tres grandes grupos de teóricos, cada uno con una tesis diferente. Por un lado están quienes impulsan la defensa y consolidación del orden liberal internacional como respuesta. Sólo a través de una red de democracias liberales que comparta valores capitalistas puede Estados Unidos recuperar su fuerza y disciplinar a las potencias ascendentes que no comparten el mismo marco económico-social. Por otro lado están quienes sostienen que Estados Unidos debe cuidar un equilibrio de poder en Eurasia, evitando que Rusia, China o Europa establezcan su hegemonía sobre el continente. Si Estados Unidos logra continuar su dominio sobre Eurasia, puede tener las condiciones necesarias para ahuyentar a los potenciales competidores. Por último están quienes defienden la globalización como estrategia económica que inevitablemente regresará a Estados Unidos su superioridad. Si se mantiene y profundiza la globalización, eventualmente todo el mundo se hará a imagen y semejanza de Estados Unidos. Son tres propuestas diferentes para que Estados Unidos vuelva a tener el lugar que “merece”. Una posición que, por otro lado, sólo ocupó durante el momento unipolar, en los años 1990 y principios de los 2000. Hasta aquí llega Anderson.

La llegada de Trump a la Casa Blanca rompió con la forma en la que venía discutiéndose la Gran Estrategia estadounidense. Continúa siendo verdadera la observación de Anderson de que la política exterior de Estados Unidos es siempre bipartidista. Sin embargo, la forma en la que Trump ha conducido su política exterior refleja un cambio en las discusiones de las élites que discuten la Gran Estrategia. El grupo que impulsaba la globalización está completamente rebasado. Los altos aranceles de Trump a prácticamente todo el mundo, incluidos sus aliados, expresan un rechazo profundo de la integración económica mundial como vía de recuperación de las capacidades estadounidenses. El proteccionismo que encabeza lo ha llevado a cuestionar acuerdos tan establecidos como el TMEC, iniciando una guerra comercial con Canadá y amenazando permanentemente México con el fin de ese tratado. La promoción del orden liberal internacional tampoco se halla en la agenda de Trump. Él mismo rechaza los valores tradicionalmente asociados con el liberalismo y los cuestiona permanentemente. En el plano internacional, el tradicional discurso que coloca a Estados Unidos como baluarte de la libertad y la democracia no está presente en el gobierno de Trump. Al contrario, ataca organismos e instituciones internacionales que en el pasado funcionaron como espacios para construir la hegemonía estadounidense, tales como la ONU.

La búsqueda de un equilibrio de poder en Eurasia parece ser la tesis que ganó la discusión bajo el gobierno de Trump. Si bien al principio de sus gobiernos el magnate había anunciado una política de cero intervenciones militares en el extranjero, una vez en la Casa Blanca ha hecho uso de la fuerza militar tanto como los presidentes anteriores. Primero, busca garantizar el dominio del continente americano con un relanzamiento de la doctrina Monroe (ahora Donroe), interviniendo en los procesos electorales del continente y usando la fuerza para cambiar gobiernos que se resisten (Venezuela y Cuba). América es para los americanos, no para para China ni ninguna otra potencia extrahemisférica. En Europa, la guerra en Ucrania es una forma de mantener a Rusia y Europa en continuo desgaste, mientras Estados Unidos aprovecha la situación y se fortalece. En Asia, la derrota de Bashar al Assad en Siria, los ataques permanentes contra Líbano, Palestina e Irán, mientras se fortalece Israel, representan un aumento de la presencia estadounidense en la región. En Asia, el estrechamiento de las relaciones con Japón y Filipinas prepara las condiciones para un posible conflicto armado con China. África ha perdido relevancia en la visión de Trump, concentrado en asegurar su propio hemisferio y el equilibrio de poder en Eurasia. La evaluación de esa política todavía está por verse, sobre todo si se considera que Trump podría continuar mandando en Washington y, en ese caso, continuaría y profundizaría lo que se ha visto hasta ahora. Sin embargo, pueden hacerse algunas observaciones parciales. Abandonar la retórica del orden liberal internacional, impulsar las guerras comerciales y preferir el poder duro sobre el poder blando (Lázaro, 2025) han hecho que la imagen de Estados Unidos caiga a nivel mundial, mientras la de China sube (Bloomberg, 2026). Al mismo tiempo, las políticas impulsadas por Trump no han logrado cambiar la tendencia del desarrollo tecnológico, económico y militar de China, que continúa su ascenso internacional.

La Gran Estrategia imperial que estableció Estados Unidos en 1943 tenía dos objetivos claros: 1) hacer que el capitalismo se expandiera y consolidara en todo el mundo, 2) asegurar que dentro de ese mundo capitalista Estados Unidos mantuviera su dominación. Donald Trump no ha renunciado a ella. Está realizando adecuaciones basándose en la tesis del equilibrio de poder en Eurasia. Sin embargo, las causas nacionales e internacionales que dieron origen al debilitamiento estadounidense permanecen intocadas. Cabe esperar que en el corto y mediano plazo la crisis del poder estadounidense se profundice.


Ehécatl Lázaro es maestro en Estudios de Asia y África, especialidad China, por El Colegio de México.

Referencias

Anderson, Perry (2015), American Foreign Policy and It’s Thinkers. Verso.

Bloomberg (2026), “China supera a EEUU en imagen global por primera vez en casi 20 años: encuesta de Pew”. Disponible en: https://www.bloomberglinea.com/mundo/estados-unidos/china-supera-a-eeuu-en-imagen-global-por-primera-vez-en-casi-20-anos-encuesta-de-pew/

Lázaro, Ehécatl (2025), “Crisis del poder suave estadounidense o por qué Trump ama la bomba”. Disponible en: https://cemees.org/2025/06/20/crisis-del-poder-suave-estadounidense-o-por-que-trump-ama-la-bomba/

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