Socialistas utópicos

Por Christian Jaramillo | Marzo 2026

Después de haber analizado en las últimas dos entregas el origen de los conceptos “socialismo” y “comunismo”, y el primer movimiento comunista moderno bajo la dirección de Gracchus Babeuf, el objetivo de este artículo es presentar las principales ideas de los denominados “socialistas utópicos”, y descubrir por qué se les asignó ese apelativo en oposición al conocimiento científico.

El origen del concepto “socialismo utópico” se encuentra en la obra de Jerome Blanqui, economista liberal, quien en 1839 se refirió a Saint-Simon (1760-1825), Charles Fourier (1772-1837) y Robert Owen (1771-1858) como “utopistas” por hacer planteamientos sociales, pero con poca rigurosidad científica. Para él, las ideas de estos pensadores eran bienintencionadas, pero analizadas y propuestas sin tomar en cuenta las leyes económicas  -la economía política de Adam Smith y David Ricardo- y los mecanismos del mercado (G.D.H. Cole, 1975).

A grandes rasgos, creían que la sociedad capitalista, de la cual eran críticos, podía transformarse a través de la construcción de comunidades modelo -como los falansterios de Fourier o las cooperativas de Owen-. Consideraban que por medio  de la educación Ilustrada se podía crear una sociedad más “buena”, sobre todo porque los políticos se comportarían según los principios de la ciencia y la razón. A partir de esta premisa y de la sensibilización que debería causar “la razón”, veían posible la vía de la persuasión para hacerles notar a los capitalistas que la excesiva acumulación de capital no era adecuada para la construcción de una sociedad más armónica. No está por demás señalar que no creían en la lucha de clases entre obreros y capitalistas -con excepción de Owen en su última etapa- , por el contrario, creían que tenían intereses en común y, por lo tanto, el nuevo gobierno sería el fiel representante de sus objetivos comunes.  

Marx y Engels adoptaron el término de Blanqui, pero le dieron un significado más profundo. Aunque su crítica también fue dirigida a la falta de cientificidad en los postulados de los “utópicos”, su idea de ciencia en lo económico no eran las leyes de la economía política clásica, como lo era para Blanqui, sino las leyes del desarrollo social capitalista, derivadas del materialismo histórico, que fueron expuestas en la obra de Marx, El Capital. En ese sentido, condenaron la falta de entendimiento de las leyes que regían al capitalismo, las dinámicas internas que reproducían el sistema, y  el papel central de la lucha de clases como motor de la historia.

Aunque en la historiografía general se ha dado por denominar “socialistas utópicos” a casi todos los pensadores de tipo social que antecedieron a Marx, dentro de la historiografía del pensamiento socialista sólo se denomina así a los teóricos del periodo que siguió a la Revolución Francesa, a la cual consideraban, especialmente Saint-Simon, como un momento trascendental del desarrollo humano, que exigía replantear el problema de la organización social (G.D.H. Cole, 1975).

Saint-Simon 

Después de haber sido controlada la “Conspiración de los Iguales”[1] a finales del siglo XVIII, fue casi inexistente la aparición de algún movimiento que llamara a la unión de la clase trabajadora. El siguiente movimiento de importancia de la teoría del socialismo se produjo en Francia bajo el gobierno de Napoleón (1799-1815). Este fue el “socialismo utópico” de Saint-Simon. Entre sus ideas principales, sostenía la importancia de una sociedad colectivamente planificada, pero no dirigida por la clase obrera, sino por “los industriales” -compuesta por los obreros y capitalistas en conjunto-, que tenían un enemigo en común: los ociosos -representada por la nobleza y los militares-. Saint-Simon creía en el trabajo conjunto de “los industriales”, no consideraba que socialismo implicase una lucha de clases entre capitalistas y obreros. Seguramente, esto se debió en gran medida al poco desarrollo industrial que había en la Francia de finales del siglo XVIII. El proletariado industrial todavía no era tan visible como lo sería en las primeras décadas del siglo XIX, cuando se empezaron a generalizar los inventos de la Revolución Industrial.

Consideraba que la sociedad debía ser organizada para el bienestar de los pobres, pero desconfiaba del “gobierno del populacho”, que suponía el gobierno de la ignorancia sobre el del saber. Quería que gobernase el conocimiento, y por eso insistía en que los “guías naturales” de los trabajadores pobres debían ser los grandes industriales, sobre todo los banqueros, que eran quienes proporcionaban crédito a los industriales, y de este modo desempeñaban la función de planificadores de la economía. Pensaba que los grandes industriales, al fungir como tutores de los pobres, podrían mejorar su nivel de vida, ya que consideraba que a través de ellos los pobres conseguirían empleo y mejores salarios.

En Saint-Simon no había el menor indicio de antagonismo entre los intereses de la burguesía y el proletariado. Aunque reconocía que los capitalistas se conducían bajo el espíritu del egoísmo individual, lo justificaba al aseverar que se debía a que se desenvolvían en una “sociedad mala”, donde prevalecían valores perniciosos, que motivaban a que cada uno buscara su beneficio personal. Pero creía que si a los grandes industriales se les inculcaba saberes de tipo unificador, entonces actuarían movidos por un espíritu de solidaridad con los trabajadores.

Sobre la educación, consideraba que debía ser dirigida por los sabios y basarse en los progresos de “la Ilustración”. Saint-Simon le dio gran importancia a la creación de un sistema de valores sociales, que se basara en la “ciencia de la moral”. Señalaba que en la Edad Media ese papel lo había desempeñado la iglesia, la cual había creado una verdadera unidad en la cristiandad. Y aunque admitía que muchos de esos dogmas ya eran caducos, la sociedad debía crear una nueva base espiritual común. En su última obra el Nuevo Cristianismo, la cual no alcanzó a terminar, señalaba que la nueva cristiandad debía estar formada por una iglesia que dirigiese la educación y que estableciera un código de conducta y creencia social “sobre la base de una fe viva en Dios como legislador supremo del universo” (G.D.H. Cole, 1975, pág. 51). Esto es, creía que la base moral del sistema social que proponía, debía construirse desde una nueva concepción cristiana que trabajara en comunión con la ciencia y las ideas de “la Ilustración”. Este fue el legado que dejó a un pequeño grupo de discípulos que lo habían acompañado hasta el fin de su existencia.

Así, el mayor aporte que se le atribuye a Saint-Simon para la teoría socialista fue sostener que la sociedad, a través del Estado, transformado y controlado por “los industriales”, puede y debe planificar el uso de los medios de producción a fin de satisfacer las necesidades sociales, especialmente de los pobres, y marchar a la par de los descubrimientos científicos.

Fourier

A diferencia de Saint-Simon, para quien el bienestar individual se alcanzaba sólo a partir de objetivos y planificación social, la base del pensamiento socialista de Fourier tuvo como punto de partida la satisfacción de los intereses del individuo, su felicidad y la realización de sus “inclinaciones naturales”. Era precisamente mediante la realización individual como se alcanzarían los objetivos y el bienestar social.

Para Fourier, la organización social no debía desviar los deseos personales, sino que tenía que hallar la manera de satisfacerlos, de manera que conduzcan a la armonía social.  Era enemigo de los moralistas que veían una oposición natural entre razón y pasión, o que consideraban la organización social como un instrumento para obligar a los hombres a ser buenos -de acuerdo con los cánones sociales- contra su voluntad.

De acuerdo con Fourier, el trabajo del cual tenían que vivir los hombres debía ser, en sí mismo, agradable y atractivo, y no sólo beneficioso en sus resultados.  En el sistema económico de “competencia” la mayoría de los hombres se veían obligados a gastar energías en hacer y fabricar cosas que no contribuían a su felicidad, y que por el contrario los molestaba y cansaba. Le asombraba el gasto de esfuerzo social que implicaba producir para el mercado y el sinnúmero de actividades que se realizaban en torno a la esfera de la distribución. Quería que los hombres prescindiesen de todo el proceso complicado de comprar y vender, en el que desperdiciaban mucho tiempo de sus vidas. Creía en la agricultura a pequeña escala, que produjera únicamente lo necesario para el autoconsumo. No le gustaba la producción de excedentes destinados para el intercambio en el mercado.

A diferencia de Saint-Simon, que le daba mucha importancia a la producción abundante y a gran escala, a través de una amplia planificación y el uso del conocimiento científico y tecnológico, Fourier no tenía ningún interés en la tecnología, le desagradaba la producción en masa, la mecanización y la planificación centralizada. Creía que las pequeñas unidades de producción eran más idóneas para satisfacer las necesidades reales del ser humano. De ahí que muchos de los seguidores de Fourier se caracterizaron por ser hostiles a las innovaciones en la industria y la producción a gran escala. Preferían la vida sencilla, diferente a los discípulos de Saint-Simon, que muchos eran alumnos y graduados provenientes de la Escuela Politécnica de París.

En la doctrina social de Fourier, era esencial que ningún trabajador tuviese una sola ocupación. Creía que con la finalidad de evitar la monotonía, todos debían trabajar en ocupaciones distintas, pero en ninguna más que por un poco de tiempo. Dentro de cada día de trabajo, los miembros pasarían de una ocupación a otra, de modo que nunca se sintieran fastidiados de la misma tarea. Podían elegir libremente las ocupaciones en que quisieran trabajar e incorporarse voluntariamente según les placiese. De esta manera el trabajo no sería visto como un calvario, sino un lugar donde puedan desplegar sus “inclinaciones naturales”, y que habría sido escogido por ellos mismos.

Ante un sistema de trabajo voluntario, el problema que se le había planteado a Fourier era ¿quién se encargaría de los trabajos desagradables? Él respondía que esas tareas estaban destinadas para los niños y los jóvenes. Para ellos ocuparse de cuestiones sucias y desagradables no era un problema, por el contrario, satisfacía los impulsos propios de su edad. Señalaba que bastaba con ver a los niños jugar para darse cuenta de que les gusta ponerse sucios y formar grupos. Sería una equivocación reprimir estas inclinaciones naturales de los niños y jóvenes. Lo importante era encontrar que esos impulsos tuvieran una función social útil, y esa era la de trabajar en cuestiones de poca higiene.

Sobre la cuestión de la vivienda, consideraba que las familias debían permanecer reunidas en sociedades organizadas donde los individuos pudieran satisfacer sus necesidades y desarrollar todos sus instintos. Estos lugares llevarían por nombre “falansterios”, pero no servirían únicamente para habitar, sino que serían unidades sociales donde se reproduciría su vida, pues fungirían como espacios de trabajo -agrícola e industrial-, educación y esparcimiento.

Estas comunidades debían tener un tamaño y una estructura suficientes para que se puedan realizar todas estas actividades, no podían ser ni muy pequeñas ni muy grandes, sino lo justo  para que cada integrante pueda elegir y realizar sus ocupaciones. Consideraba que 5000 acres de tierra era una superficie adecuada para que habiten entre 1600 y 1800 personas. Decía que “estos números bastarían para permitir una distribución normal de gustos y temperamentos, y para asegurar que el principio de libre elección no produciría una distribución desproporcionada de trabajadores entre las diferentes clases de trabajos” (G.D.H. Cole, 1975, pág. 73).

Los falansterios se establecerían y financiarían por acción voluntaria de los individuos y no por el Estado o algún organismo público. A fin de conseguir el dinero para establecer estas comunidades, Fourier apeló a los capitalistas. Trató de convencerlos de invertir a través de manifestarles lo bello y las bondades de su sistema, y lo placentero de vivir bajo las normas que había ideado. Se cuenta que a los capitalistas que trataba de convencer los citaba siempre en el mismo restaurante,  ponía un cubierto enfrente de su lugar para la persona esperada, pero nunca nadie lo tomó. Por años comió solo en ese lugar esperando al capitalista interesado, pero nadie fue a su encuentro.

A Fourier no le agradaba la idea de la revolución, tampoco recurrió al Estado o partido político para organizar su nuevo sistema, creía que su constitución debía ser voluntaria entre aquellos que la quisieran disfrutar. Pero como estaba seguro de que se iban a crear tarde o temprano, sostuvo que una vez formadas, surgiría una estructura federal libre, formada por “falansterios federados” bajo un gobernador-coordinador a quien llamarían “omniarca”[2].

De acuerdo con G.D.H. Cole, los escritos de Fourier contienen mucho de fantástico, incluso han sido tachados de locura; sin embargo, de acuerdo con el mismo autor, eso no debe eclipsar lo que de su pensamiento se ha considerado como verdaderos aportes a la doctrina socialista. Uno de los principales fue señalar la necesidad de adaptar las instituciones sociales a los deseos naturales de los humanos, y que “no se les forzaba a vivir con arreglo a una forma artificial de conducta trazada por los moralistas en nombre de la razón” (G.D.H. Cole, 1975, pág. 80). Especialmente valoraba la aplicación de este principio a la organización del trabajo, donde su objetivo último debía ser el goce positivo, al que consideraba incompatible con las condiciones de producción a gran escala, porque llevaba a que los capitalistas trataran a los trabajadores como “máquinas mal hechas”.

Robert Owen

El pensamiento y la acción de Owen se puede dividir en dos grandes periodos. Al primero (aprox.1800-1815) se lo puede denominar  como el del “Reformador Industrial Filantrópico”  y al segundo como el del “Socialista Utópico” (aprox.1815-1858).

Respecto al primero, Owen fue hijo de la Revolución Industrial. Como empresario adquirió los últimos inventos en maquinaria, modernizó sus plantas de hilado, se encontraban entre las más productivas de la época; sin embargo, era consciente de la cara opuesta de este proceso: el aumento de la pobreza en las masas de trabajadores.

Creía que el origen de este mal se encontraba en la falsa idea de que las personas tienen la capacidad de construir su propio carácter, porque eso hacía que los que tenían éxito -capitalistas- se disculparan o justificaran a sí mismos, y culparan a los pobres de su pobreza, de sus malos hábitos y de su incapacidad para hacerse exitosos, en lugar de darse cuenta que esa diferencia en el  “éxito” no era sino “consecuencia del medio deficiente y de un sistema social construido sobre bases falsas” (G.D.H. Cole, 1975, pág. 95). En ese sentido creía que los dos primeros pasos para enmendar los males que sufrían las masas eran: “acabar con las creencias falsas de la formación del carácter y el abandono de la competencia económica sin limitaciones, que impulsaba a cada patrono hacia una conducta inhumana” (G.D.H. Cole, 1975, pág. 95).

Culpó a la iglesia cristiana por fomentar la idea de la conformación individual del carácter y a los economistas liberales que ensalzaban las “virtudes” del laissez-faire, y a sus compañeros patronos que la ponían en práctica. Owen creía que las buenas condiciones de trabajo y las mejoras en los salarios para los trabajadores, no estaban en oposición a la racionalidad de una empresa capitalista exitosa.  Así que en 1800 compró un conjunto de fábricas textileras en New Lanark, Escocia, y se propuso demostrar su teoría. Redujo la jornada de 14 o 16 horas a 10  horas y media; prohibió el trabajo a menores de 10 años; mejoró las condiciones de la fábricas oscuras e instaló iluminación y ventilación. Además, en 1816 creó una guardería para los hijos de los trabajadores; los niños hasta los 10-12 años asistían a la escuela en lugar de trabajar; y estableció escuelas nocturnas para los trabajadores adultos. Creó un sistema de atención médica gratuita para los trabajadores y sus hijos, y otras reformas en beneficio de los trabajadores.

Pensaba que si se trataba bien a los trabajadores serían más productivos y las ganancias mayores. Y, efectivamente, así fue. Los trabajadores al estar más sanos y descansados rendían mejor. La rotación de personal también disminuyó casi totalmente. Mientras otras fábricas perdían trabajadores  constantemente (huían de las condiciones inhumanas), en New Lanark la gente quería quedarse. Los trabajadores se sentían motivados y agradecidos, lo que se traducía en mayor esfuerzo y cuidado de las máquinas. Es importante señalar que este aumento de la productividad, por medio de la mejora en la voluntad de los trabajadores, fue posible debido a que era un periodo de transición entre la manufactura y la gran industria; esto es, el trabajador todavía tenía influencia en el ritmo de la producción. Esta podía aumentar si los obreros trabajaban más rápido o viceversa, pero en la gran industria la situación es distinta, el trabajador pierde el control sobre sus instrumentos de trabajo y las modernas máquinas marcan el ritmo de la producción.

A partir de su éxito, trató de convencer a los  industriales, sus compañeros, y también a los gobiernos y políticos, para que pudieran influir en la construcción de fábricas con estas características o implementarlas en las ya existentes. Pero no tuvo mucho éxito, apenas unos pocos estuvieron interesados, entre ellos el filósofo Jeremy Bentham, que invirtió en el proyecto de Owen.

En esta primera etapa, Owen todavía no era considerado un socialista, pues quería mejoras para los trabajadores y límites para la acumulación capitalista, pero no acabar con la propiedad privada de los medios de producción, que es la causante, en última instancia, de la reproducción de las malas condiciones de vida de los trabajadores.

La siguiente etapa llegó con el final de las guerras napoleónicas y la extensa crisis de falta de trabajo que siguió. Los pobres empezaron a aparecer como un problema que crecía. Owen se propuso mostrar que la sociedad disponía de medios para evitar que los sin trabajo se convirtieran en una carga social. Presentó una propuesta para construir “aldeas de cooperación” –Villages of Cooperation-. Su objetivo inicial era emplear y aprovechar la mano de obra que estaba en estado de indigencia para el cultivo intensivo de la tierra y que de esa manera obtuvieran sus propios alimentos. Sin embargo, sólo tiempo después, consideró que podría dejar de servir como medio para remediar la falta de trabajo, para convertirse en un “medio de regeneración mundial, mediante el cual todos podrían emanciparse rápidamente del sistema de ganancia por competencia y persuadirlos de vivir a base de cooperación mutua” (G.D.H. Cole, 1975, pág. 99)

De Escocia se trasladó a Londres para predicar su doctrina. Desde 1815, aproximadamente, intentó convencer a políticos, industriales y voluntarios para que inviertan en su proyecto, pero tuvo muy poca acogida. En 1824 llegó a la conclusión de que Gran Bretaña ya había sido muy corrompida por el mundo eclesiástico y de la libre competencia, y que por eso sus ideas no eran tomadas en cuenta con seriedad. Ese mismo año decidió probar suerte en Estados Unidos, donde consideraba que todavía no había una atmósfera muy corrompida.

Una vez en Estados Unidos compró la aldea comunal de New Harmony -Nueva Armonía- en Indiana, a los Rappites, que era una secta religiosa que había emigrado allí desde Alemania en 1804. Ahí se fundó en 1825 su anhelada comunidad cooperativa, en la que se pretendía poner a prueba una nueva forma de organización económica y social al margen de la dinámica capitalista, esto es, la propiedad privada de los medios de producción. Se había establecido la propiedad comunal, que significaba que todos los miembros de la comunidad poseían colectivamente los recursos y medios para producir. Por ende tampoco existía el trabajo asalariado. Los miembros trabajarían la tierra y en los talleres de forma cooperativa, y los frutos de ese trabajo se distribuiría entre todos, eliminando la figura del “patrón” y el “empleado”.

El experimento fracasó rotundamente. Se calcula que perdió poco más del 80 por ciento de todo su patrimonio en él. Económicamente la comunidad era muy poco productiva, no era autosustentable en estos términos. Con el trabajo de los comunitarios no alcanzaba para producir ni lo necesario para su sustento básico, mucho menos para pensar en un excedente que pudiera ser reinvertido. De este modo, Owen fungía como mecenas. Inyectaba dinero de su fortuna para mantener a flote el experimento. En 1829, frustrado por los resultados, abandonó New Harmony y retornó a Gran Bretaña, y abandonó el proyecto de crear cooperativas al margen del sistema capitalista.   

Crítica de Marx y Engels (por qué sus medidas eran utópicas y fracasaron)

¿Por qué a pesar de la buenas ideas e intenciones de estos pensadores, sus experimentos y propuestas de tipo colectivo no pudieron llevarse a cabo de manera satisfactoria, al punto que fracasaron?

El socialismo utópico criticaba al modo capitalista de producción y sus consecuencias para los trabajadores, pero sus soluciones no surgían de las condiciones materiales existentes, sino que eran resultado de la buena voluntad de hombres idealistas. Marx y Engels criticaban que los utópicos dedicaban su tiempo a modelar minuciosamente planos de cómo debía ser la nueva sociedad futura. Esto era visto como una pérdida de tiempo, ya que la nueva sociedad no surge de la mente de un genio, sino de las condiciones materiales concretas.  

Marx consideraba que el origen de ese error se encontraba en su incapacidad para explicar las leyes y dinámicas internas del capitalismo. No lo analizaban desde una perspectiva histórica y científica, sino más bien desde un punto de vista moral. Por eso, para ellos el capitalismo no era un periodo histórico, que corresponde a una etapa concreta del desarrollo de la humanidad -demostrando con ello la posibilidad y necesidad de su caída-, y que su aparición se dio al margen de la voluntad social. Creían que podían deshacerse del capitalismo y sus consecuencias, con nuevos prototipos de organización económica y políticas que promovieran la comunión entre clases, así sin más. Pero el capitalismo no apareció por mandato, su origen fue consecuencia histórica del desarrollo del mercado, como elemento organizador de la economía.

No veían que si querían abolir el capitalismo -aunque nunca lo plantearon en esos términos- o reformarlo, primero debían entenderlo desde sus entrañas: cómo funcionaba, cuál era su mecanismo interno, cómo se reproducía, cuáles eran sus clases antagónicas y por qué la explotación y la desigualdad le eran inherentes, y no se trataba de una cuestión moral de los dueños del capital, en última instancia.  

Este desentrañamiento sólo se puso de manifiesto con el descubrimiento de la “plusvalía”, revelando que el eje del funcionamiento del sistema capitalista era la apropiación del trabajo no pagado al obrero. Gracias a estos dos descubrimientos de Marx -la concepción materialista de la historia y la plusvalía- el socialismo dejó los umbrales utópicos para convertirse en una ciencia.

Al no haber podido analizar la sociedad desde la concepción materialista de la historia, también les fue imposible ver la existencia de la lucha de clases como motor del desarrollo de las sociedades. No alcanzaron a observar las contradicciones objetivas entre los intereses de los capitalistas y los obreros, por ello defendían el trabajo conjunto entre clases para alcanzar una mejor sociedad.

Sostenían que por medio de un gobierno de la “razón”, inspirados en los principios de la Ilustración, se podría alcanzar una sociedad más justa. Lo cierto es que las instituciones “racionales” de la ilustración, si bien representaron un avance ante las instituciones feudales, tampoco fueron otra cosa más que el fiel reflejo de los vicios sociales de la creciente burguesía:

Tampoco corrió mejor suerte la sociedad de la razón. El antagonismo entre pobres y ricos, lejos de disolverse en el bienestar general, se había agudizado al desaparecer los privilegios de los gremios y otros, que tendían un puente sobre él, y los establecimientos eclesiásticos de beneficencia que lo atenuaban. […] Los vicios feudales, que hasta entonces se exhibían impúdicamente a la luz del día, no desaparecieron, pero se recataron, por el momento, un poco al fondo de la escena; en cambio, florecían exuberantemente los vicios burgueses, ocultos hasta entonces bajo la superficie. El comercio fue degenerado cada vez más en estafa. La fraternidad de la divisa revolucionaria tomó cuerpo en las deslealtades y en la envidia de la lucha de competencia. La opresión violenta cedió el puesto a la corrupción, y la espada, como principal palanca del poder social, fue sustituida por el dinero. El derecho de pernada pasó del señor feudal al fabricante burgués. La prostitución se desarrolló en proporciones hasta entonces inauditas. El matrimonio mismo siguió siendo lo que ya era: la forma reconocida por la ley, el manto oficial con que se cubría la prostitución, complementado además por una gran abundancia de adulterios. En una palabra, comparadas con las brillantes promesas de los ilustrados, las instituciones sociales y políticas instauradas por el “triunfo de la razón” resultaron ser unas tristes y decepcionantes caricaturas (Engels, 2006, págs. 45-46)

Esto muestra que el estado de la razón que defendían los socialistas utópicos no era otra cosa que el poder político y “científico” de la clase burguesa ascendente. El fondo de su pensamiento, de acuerdo con los principios marxistas, no era otra cosa que la representación de los intereses de la pequeña burguesía o la burguesía ilustrada.  Es evidente que por el estado de desarrollo del capitalismo, y por el aun no descubrimiento de la concepción materialista de la historia, no alcanzaron a observar que el Estado ilustrado no era un ente neutral, representante de toda la sociedad, sino que era un aparato político a la orden del poder de la clase dominante.

En suma, el socialismo utópico fue una respuesta histórica del desarrollo de la sociedad capitalista, propio de la etapa inicial de la lucha entre obreros y la burguesía: “los sistemas socialistas y comunistas propiamente dichos, los sistemas de Saint-Simon, de Fourier, de Owen, etc., hacen su aparición en el periodo inicial y rudimentario de la lucha entre proletarios y la burguesía” (K. Marx y F. Engels, 2009, págs. 59-60). Las contradicciones capitalistas aún eran incipientes y estaban poco desarrolladas, lo que les impidió ver que los obreros no eran solo “la clase que más padecía”, sino la única clase verdaderamente revolucionaria, producto de las contradicciones internas del capitalismo, que se harían más evidentes con el desarrollo del capitalismo.


Christian Jaramillo es economista por la Facultad de Economía de la UNAM

NOTAS

[1] Este evento, dirigido por Gracchus Babeuf fue analizado hace dos entregas, en el siguiente artículo: https://cemees.org/2025/12/05/babuvismo-precursor-del-comunismo/

[2] Omniarch en inglés, hacía referencia a un gobernante o soberano supremo de todas las cosas. En contextos de fantasía, el término se usa para definir una autoridad superior incluso a la de un monarca absoluto, abarcando dominios físicos, imaginarios y conceptuales.

Bibliografía

Engels, F. (2006). Del socialismo utópico al socialismo científico . Madrid: Fundación Federico Engels.

G.D.H. Cole. (1975). Historia del pensamiento socialista I. México: Fondo de Cultura Económica.

K. Marx y F. Engels. (2009). El manifiesto comunista. Madrid: Fundación Federico Engels.

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