23 de julio de 2020

| Por Abentofail Pérez

“Los filósofos se han dedicado a interpretar el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo” decía Marx en la undécima tesis sobre Feuerbach. ¿Qué expresaba con esta idea? ¿En manos de quién estaba la posibilidad de cambiar el mundo? A esta pregunta Marx y otros teóricos de la misma corriente han contestado de igual manera: en manos del ser político, refiriéndonos al ser como como síntesis de la realidad objetiva y de la consciencia social; del hombre colectivo; de la masa del pueblo que se encuentra excluida de la política profesional pero constituye el fundamento de todo fenómeno social, es decir, de todo fenómeno político.

Cuando Aristóteles en su Política se refería al hombre como “animal político”, no lo hacía sólo, como formalmente reconoce, por pertenecer éste a la Polis, sino esencialmente por la función que jugaba dentro de la sociedad y porque, a su vez, la sociedad determinaba el ser y el hacer del individuo. Es decir, ya desde la Grecia antigua se reconocía la función social del hombre, se le concebía, tanto en el caso de Platón como el de Aristóteles, como parte orgánica de un conjunto del que era producto y parte inseparable. A diferencia de la teoría política del siglo XVIII y XIX, que concibe la libertad del hombre bajo la bandera de la burguesía en ascenso, como propietario privado, como individuo, en la que el fin último no es unir los intereses de todos, sino separarlos, distinguirlos, o, según la “Declaración de los derechos del hombre” de 1791: “en poder hacer todo lo que no perjudique a otro”, “como la empalizada marca el límite entre dos tierras” (Marx).

Esta forma de libertad, cuyo fundamento es la propiedad privada, segrega al hombre de la sociedad, lo despolitiza y sustituye los intereses generales por intereses egoístas. Valida la sentencia hobessiana de que “el hombre es el lobo del hombre”.

La política es una práctica muy distinta a la que nos han dibujado. “Es –en palabras de Gramsci– la actividad humana fundamental, el medio por el cual la consciencia individual entra en contacto con el mundo social y natural de sus formas”. Es la síntesis de la praxis, la comprensión del mundo como la interpretación y la transformación de la realidad bajo un mismo concepto; el hacer real del hombre como ser social bajo las circunstancias históricas que “le han sido legadas por el pasado”. Y al decir que es praxis política me refiero a la unidad entre el pensar y el hacer, entre la teoría y la práctica; el hombre se forma una concepción de la realidad y en función de ella actúa y orienta su actuar, para luego, en sentido inverso, corregir sus propias ideas al trasluz de la práctica.

Ensayos

Nuestros propios puntos de vista en la discusión e interpretación de algunos temas relevantes para el contexto social y político de nuestro tiempo

Sin embargo, a la clase hegemónica le ha convenido perpetuar la distinción entre lo que ellos llaman: “la política” y “lo político”, como dos formas distintas de participar en el acontecer social. Dussel, el ideólogo por antonomasia del gobierno morenista, ha planteado insistentemente esta diferencia inexistente; independientemente de las conclusiones a las que llegue, la premisa de la que parte es errónea, por lo que los efectos de ésta serán también erróneos. No existe una distinción real entre el hombre concebido como ser social (lo político), como parte de un colectivo del que dependen cada una de sus funciones y el hombre como funcionario público, como burócrata de estado (la política). El hombre es un ser político desde que nace en una sociedad; los Robinson Crusoe de Defoe y los Mowgli de Kipling existen únicamente en la fantasía.

De esta manera, debemos concebirnos, en todo momento, como seres políticos. “Ser o no ser” no es aquí la cuestión. Se es aunque no se sepa, incluso aunque no se quiera. Cada una de nuestras acciones es política, y desconocer este fundamento social es sólo permitir que otros se apoderen de nuestra acción, de nuestra voluntad y de nuestra participación en los fenómenos sociales que directamente nos determinan.  Quien renuncia a participar en política está cediendo a otros la toma de las decisiones públicas que vendrán a afectarle también a él; es poner la propia suerte en manos de otros, y quién sabe qué otros.

Al separar al hombre social en un hombre individual, alejado de la acción política, han segregado a la sociedad en dos grupos: por un lado los que interpretan, dirigen y mandan, y por otro, los que obedecen y sumisamente aceptan la vida como les ha sido representada e impuesta por voluntades ajenas a la suya. De esta manera aparecen figuras teóricas y supuestos intelectuales que trazan realidades a conveniencia, partiendo de principios preestablecidos por ellos mismos y nada realistas. Este error fatal, este divorcio de las masas a las que se ve como simples borregos, como “animalitos” a los que un pastor debe dirigir y en quienes se anula cualquier capacidad de discernir, de analizar y de transformar, es una de las razones que han llevado a la sociedad al nivel de deterioro en el que se encuentra; que han permitido la aparición de fenómenos políticos como el de Trump en Estados Unidos, el de Bolsonaro en Brasil y el de Obrador en México.

El informe que dio el presidente el 1 de julio ha dejado claro lo lejos que está de la realidad y la forma en que concibe la política. La gran mayoría de sus aseveraciones son mentiras descaradas e incluso ofensivas para los millones de mexicanos. El slogan de su gobierno –la idea juarista de “el respeto al derecho ajeno es la paz”– revela, consciente o inconscientemente, toda su idea sobre la política y el papel del Estado. Cuando el presidente Juárez la enunció era una idea necesaria, progresista, representaba el advenimiento de la burguesía como clase (ascendente) y la superación de la etapa feudal en nuestro país. Hoy, esa frase sólo puede significar la defensa de la idea de lo político que planteamos antes: la separación del hombre de su sociedad, la protección de la propiedad privada, del egoísmo y de intereses individuales sobre intereses colectivos. Es ver a la sociedad no como una unidad, sino como un conglomerado de fragmentos inconexos, solamente juntos los unos a los otros; como un costal lleno de piedras. La clase trabajadora debe concebirse nuevamente como ser político. Cada acción que realice es una acción que irá en contra o a favor de sus intereses. No existe la indiferencia en política; quien así lo cree, inconscientemente actúa a favor de su enemigo. Es nuestra tarea convencer a la gente de que su participación es la que definirá su futuro; que enajenar su voluntad en otro hombre sólo perpetuará el estado de miseria y pobreza en el que se encuentra. Despertemos, en definitiva, al gigante dormido que duerme ahora a los pies de su enemigo.


Abentofail Pérez es historiador por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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