| Por Diego Martínez

El presente de la política mexicana se nos aparece como algo nuevo; una de las razones es que el partido en el poder se denomina de izquierda. Algunos investigadores[1] lo señalan como heredero de los movimientos sociales de la década de los 60. Bajo estas creencias, el poder ejecutivo ha adoptado la idea de que es el Estado el que determina lo que es o no un movimiento social, si defiende intereses populares o intereses elitistas.

Esto nos sitúa frente a un aspecto crucial para entender la situación actual de la política, la relación entre el Estado y la sociedad civil: ¿cuál es la parte determinante en el desarrollo de la política y la vida social en su conjunto?

La respuesta es simple desde el punto de vista de los que están en el poder: es el Estado el que determina la forma y da sentido a la actuación de la sociedad civil. Al tener el monopolio político y el monopolio legítimo de la violencia (Weber), los detentadores del poder deciden lo que es lícito o no. En última instancia, imponen su voluntad sobre el resto de la sociedad. Esto sucede con los adalides de la Cuarta Transformación. Como propietarios actuales de dicho monopolio, se consideran a sí mismos dueños de la sociedad; califican lo que es o no es de izquierda, y catalogan dentro de los “acusados” o “conservadores” a quienes no comparten sus ideas y procederes. Sin embargo, analizando bien las cosas, esta percepción de la relación Estado-sociedad civil es equivocada; el Estado es en realidad producto de la sociedad y, por tanto, es determinado por ella. Hay otra solución al dilema que no es evidente, pero no por ello errónea. Marx plantea que “tanto las condiciones jurídicas como las formas políticas no podían comprenderse por sí mismas ni a partir de lo que ha dado en llamarse el desarrollo general del espíritu humano, sino que, por el contrario, radican en las condiciones materiales de la vida, cuya totalidad agrupa Hegel […], bajo el nombre de «sociedad civil», pero era menester buscar la anatomía de la sociedad civil en la economía política” (Marx, 2008).

Lo anterior significa que es del lado de la sociedad civil donde podemos encontrar la realización de la producción. La puesta en movimiento de la mayor parte de sus integrantes (la clase trabajadora) como fuerza de masa es lo que permite la creación de las condiciones materiales sobre las que se levanta el Estado como forma jurídica. Sin la interacción social, sin las relaciones sociales, el Estado no podría existir. Es decir que no es el Estado el que determina a la sociedad, sino que es la existencia de ésta la que permite la existencia del Estado. Las formas que el Estado ha adquirido a lo largo de la historia han variado de una época histórica a otra en respuesta a las relaciones sociales: las relaciones feudales determinaban un Estado feudal y las relaciones capitalistas un Estado capitalista. Ha sido la modificación de estas relaciones (revolución social) el motor que ha hecho avanzar la historia de la humanidad.

Ensayos

Nuestros propios puntos de vista en la discusión e interpretación de algunos temas relevantes para el contexto social y político de nuestro tiempo

Pasemos ahora a esclarecer qué papel juega la sociedad civil (SC) en la situación actual de la política mexicana, en la que la lucha por el poder político está a la orden del día.

Generalmente, la SC ha tenido un papel de subordinación en la vida política del país. Solo en momentos de crisis ha manifestado su potencial transformador. Si revisamos de manera rápida por lo menos los últimos cien años de la historia, vemos que el Estado, mediante sus estructuras, ha mantenido bajo su control a la SC. Para esto se sirvió de un lenguaje pseudorevolucionario que, mediante manipulaciones ideológicas y represión, se hizo del control de las organizaciones campesinas, obreras, populares, sindicales y en general de la opinión pública. Todo aquel que no se sometía tenía que atenerse a las consecuencias. Grosso modo, esta ha sido la historia de la sociedad civil en el México contemporáneo.

Sin embargo, los cambios que se han realizado en la estructura social y política[2] del país han sido gracias a la movilización de diferentes sectores dentro de la sociedad civil (estudiantes, maestros, médicos, campesinos, guerrillas urbanas y rurales, entre otros), mismos que ponen de manifiesto la capacidad de la sociedad para autodeterminarse. En esos momentos, la forma que adquiere la sociedad civil es la de movimiento social, es decir, formas colectivas de acción política.

Según Charles Tilly (2010), los movimientos sociales se caracterizan por los siguientes elementos: “1) campañas de reivindicaciones colectivas contra las autoridades afectadas; 2) un abanico de actuaciones para llevar a cabo esas reivindicaciones que incluyen a asociaciones con un fin específico, concentraciones públicas, declaraciones en los medios, y manifestaciones; 3), manifestaciones públicas del valor, la unidad, el número y el compromiso de la causa”.

En México, el sistema de partido único comenzó su declive en la década de los 60, y fueron los movimientos del tipo mencionado por Tilly quienes lo pusieron en crisis, no los partidos políticos legales de su momento; como lo menciona José Revueltas (1988) en su ensayo México: una democracia bárbara, cada uno de ellos se beneficia de una u otra manera de tal sistema. La relación entre el partido en el poder y la oposición es la misma, ambos se benefician del sistema. Entonces, la apertura democrática se dio gracias a las manifestaciones constantes del movimiento social, movimiento que surgió de diferentes sectores de la sociedad civil.

La transición democrática que se desencadenó fue acompañada de una constante movilización de la sociedad para defender lo logrado o para conseguir nuevas aperturas. El surgimiento de una diversidad de movimientos sociales (feminista, ecologista, campesino, indígena, urbano, etc.) nos permite ver qué tanto se ha avanzado en materia democrática, aunque solo sea en términos de la democracia liberal. En el momento que estos grupos dejen de movilizarse no existe obstáculo alguno para regresar al viejo sistema de un solo partido.

Así pues, ante la invitación por parte del Estado mexicano de adherirse a él, teniendo en cuenta que en poco tiempo comenzará la contienda electoral, el movimiento social mexicano se encuentra ante un momento decisivo: o se somete y continúa bajo la tutela del Estado o se organiza como forma política capaz de proponer un proyecto de nación alternativo, que permita el avance hacia la democracia y “sustituir la política representativa (formal) por la política de la presencia” (Tapia, 2016).

El problema no es de fácil solución. Hay una discusión generalizada en los movimientos sociales sobre si estos deben formar parte de gobierno alguno o siempre mantenerse al margen. Se asume que el poder del Estado en sí mismo es contrario a lo que ellos representan; sin embargo, por razonable que parezca, esta apreciación es falsa, equivale a dar la razón a quienes consideran al Estado como fundamento de la sociedad. Si la sociedad contiene al Estado, el movimiento social puede someter al Estado, pero para eso es importante hacerse del poder mismo. Y, en este sentido, son pocos los que han optado por disputar el poder estatal.

Hoy más que nunca es momento de que el movimiento popular no se piense a sí mismo como el hermano menor de los partidos. En cada proceso electoral, los movimientos se adhieren a un determinado partido aceptando las reglas del juego de estos. Por otro lado, las recientes acciones y declaraciones del presidente, sobre erigirse como guardián de las elecciones y los ataques de MORENA al Instituto Nacional Electoral, plantean un escenario donde los organismos autónomos electorales no estarán capacitados para asegurar una elección democrática. Esto sería un retroceso para la democracia, ya que la existencia del INE[3] es resultado de la exigencia por parte de la sociedad de unas elecciones justas, no controladas por el gobierno federal.

Por lo tanto, si se pretende consolidar la democracia, y que los personajes una vez electos respeten la voluntad del pueblo, es necesario que la sociedad civil y los movimientos surgidos de esta se unan en un solo bloque y consoliden un proyecto de nación alternativo. En ausencia de organismos que protejan las elecciones, es tarea de la sociedad civil organizada hacerlo; esto no significa sino hacer valer su papel como productora de la vida material de la sociedad. “La construcción de un movimiento social fuerte a favor de la democracia corresponde siempre a la sociedad civil cuando el contexto en el que se encuentra es de opresión política”,[4] y la Cuarta Transformación es la opresión política sobre todos aquellos que están dispuestos a luchar por el bienestar de la sociedad. El reto está puesto.


Diego Martínez es especialista en Sociología por la UNAM.

Referencias

[1] Según José Gandarilla (2020): “el triunfo electoral del 1 de julio de 2018 fue resultado de una larga batalla arraizada en los movimientos que desde la década de 1960, en las calles y avenidas de las ciudades, en los sindicatos, en los plantones del movimiento urbano popular, en las tomas campesinas de tierra y en la salvaguarda de sus territorios por los pueblos originarios, en la defensa estudiantil de la educación pública y gratuita, en las luchas del magisterio, en el resguardo de la industria nacional contra su privatización, abonaron elementos a una lucha de largo plazo que hoy puede fructificar”. Este es solo un ejemplo de los disparates con que los intelectuales han tratado de justificar la existencia de MORENA. Olvidan que gran parte de la actual administración morenista son viejos políticos que pertenecieron al revolucionario institucional, y que abandonaron una vez que el barco se hundía.

[2] En términos generales: el registro legal de partidos políticos como el PCM, la pérdida del control absoluto por parte del PRI sobre el Congreso de la Unión, el establecimiento de elecciones competitivas, y el cambio de partido en el poder ejecutivo.

[3] Se inició como IFE en 1990. Este organismo de carácter autónomo se encargó de supervisar las elecciones de la alternancia en el año 2000.

[4] Harare Daily News, Zimbaue 5 de diciembre de 2002, en Tilly 2010.

Bibliografía

Charles Tilly (2010), Los movimientos sociales, 1768-2008. Desde sus orígenes a Facebook, Editorial Crítica, España.

Karl Marx (2008), Contribución general a la critica de la economía política, Siglo XXI Editores, España.

Alberto Acosta, Manuel Garretón y Luis Tapia (2016), Realidades y retos de los movimientos sociales en América Latina, en lsidro Navarro y Sergio Tamayo (2019) (Coordinadores), Movimientos sociales en México en el siglo XXI, Red Mexicana de Estudios de los Movimientos Sociales A.C., México

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