| Por Ehécatl Lázaro

Economistas, politólogos, sociólogos, historiadores, y en general todos los científicos sociales, coinciden hoy en una misma idea: la pandemia ha venido a demostrar la necesidad de un Estado fuerte. La emergencia sanitaria y económica provocada por el coronavirus ha puesto en crisis, una vez más, los postulados básicos del neoliberalismo, modelo que desde los años 80 priva en todo el mundo, y que sostiene la necesidad de debilitar al máximo al aparato estatal con el objetivo de evitar cualquier intervención en la economía. En la coyuntura actual, se habla del retorno del Estado como salvavidas de la sociedad, ¿pero de qué Estado hablamos? Porque hablar de Estado no siempre es lo mismo. Si partimos de la concepción marxista, que considera al Estado como un aparato de dominación al servicio de las clases dominantes, puede decirse que en la historia existen tantos tipos de Estados como clases dominantes ha habido. ¿Qué tipo de Estado necesitamos para superar esta pandemia?

De acuerdo con el artículo publicado el 25 de abril por Ignacio Ramonet -periodista de primera línea y destacado colaborador de Le Monde diplomatique-, la pandemia actual ya había sido prevista desde hace más de diez años por diversos análisis realizados, sobre todo, en Estados Unidos. En dicho texto, el periodista español señala que el gobierno de los Estados Unidos recibió en 2008 un informe elaborado por la CIA, en el que advertía que antes de 2025 aparecería una nueva enfermedad respiratoria que podría convertirse en una pandemia global. A pesar de que el documento era fruto del trabajo conjunto de dos mil quinientos expertos de todo el mundo, sus conclusiones no fueron consideradas seriamente por el gobierno estadounidense. Años después, en 2017, el Pentágono presentó un nuevo informe en el que alertaba que era altamente probable el surgimiento de una pandemia global que, con toda seguridad, afectaría a los Estados Unidos. Otra vez no hubo respuesta del gobierno. Y no fueron las únicas advertencias, diversos científicos expresaron la misma preocupación en la última década. ¿Por qué el gobierno norteamericano, presidido por Bush, Obama y Trump, no hizo nada?

La respuesta está en el tipo de Estado que existe en la superpotencia americana. Siendo el país más desarrollado del planeta, cabeza del imperio más rico de la historia, y poseedor de un aparato militar avasallador, el gobierno de Estados Unidos no se preparó para enfrentar la pandemia que sus propios analistas anticiparon, y ahora se muestra incapaz de contener la propagación del virus entre su propia población. Si bien el país norteamericano no cuenta con un sistema de salud universal, y hay áreas de la administración que se han dejado en manos del capital privado -como el sistema de prisiones-, no puede decirse que Estados Unidos tenga un Estado débil. Al contrario: es un Estado fuertemente equipado para proteger y ampliar los intereses de la burguesía norteamericana, no solo en territorio estadounidense sino en todo el mundo. Ahí radica la clave de nuestra respuesta. El Estado burgués no está interesado en invertir recursos para evitar una pandemia global ni para controlarla. Sus intereses son muy distintos.

Al Estado burgués norteamericano le preocupa, ante todo, que los capitales que representa, los de la burguesía estadounidense, puedan continuar su crecimiento sin mayores dificultades. Para ello es necesario un poderoso aparato bélico que garantice la “paz social” en los países “aliados”, que amenace a los países sometidos económicamente con una posible intervención, que abra mercados donde le están cerrados, y que derroque a los gobiernos que no responden a sus intereses -véase Venezuela, país contra el que implementaron, en plena pandemia, un costoso operativo bélico. Así se entiende que en 2019 el gasto militar de Estados Unidos haya representado el 38% del gasto militar mundial; la potencia norteamericana, sola, supera la suma de los siguientes diez países que más gasto militar hicieron en 2019, de acuerdo con el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo. El objetivo del Estado burgués estadounidense es proteger los intereses de su burguesía, no proteger la vida de sus trabajadores.

En contraste, tenemos el caso de Cuba. Desde la Revolución de 1959, el Estado cubano dejó de responder a los intereses de la burguesía. En un ambiente de Guerra Fría, Fidel decretó la nacionalización de las empresas más grandes de la isla, se declaró el carácter socialista de la revolución, y en la Constitución que emanó de ese proceso quedó expresamente prohibida la propiedad privada de los medios de producción. El pueblo cubano desmontó el Estado burgués proimperialista y comenzó la construcción de un Estado de los trabajadores. Como consecuencia, la superpotencia norteamericana le declaró la guerra a la isla, y al no poder derrotarla mediante la invasión militar, ni con los atentados dirigidos contra Fidel, se le impuso a Cuba un bloqueo económico para asfixiar a su sociedad. Mientras existió la Unión Soviética, los cubanos contaron con su apoyo, sin embargo, a partir del derrumbe del bloque socialista, en 1991, Cuba comenzó a sufrir los estragos del bloqueo estadounidense. Mucho del atraso económico y tecnológico de la isla se explica por esto. Es incalculable el daño que Estados Unidos le ha hecho a la economía y a la sociedad cubana con los 60 años que dura ya el bloqueo.

A pesar de ser un país pequeño, económicamente pobre y tecnológicamente atrasado, el Estado cubano ha respondido a la pandemia de manera eficaz y solidaria. Gracias al alto número de profesionales de la salud que ha formado el gobierno revolucionario, y al desarrollo de exitosos medicamentos como el Interferón, Cuba no solo está preparada para enfrentar la pandemia actual dentro de sus fronteras, sino que ha enviado brigadas médicas a más de veinte países de todo el mundo para apoyar en el combate al coronavirus. Ante esta realidad, el gobierno de Estados Unidos ha lanzado una campaña mediática para desprestigiar a las brigadas médicas cubanas, acusando al gobierno de esclavizar a los doctores y de explotar su trabajo para allegar recursos económicos al gobierno. El gobierno de Cuba ha respondido que las acusaciones intentan ocultar el fracaso estadounidense para controlar la crisis, que el envío de brigadas médicas obedece a una larga tradición iniciada con la Revolución, y que los médicos que participan en estas misiones lo hacen de manera consciente y voluntaria. Cuba es el ejemplo de un Estado que antepone el bienestar de las clases trabajadoras al interés de un pequeño grupo de acaudalados.

Es cierto, pues, que en esta pandemia el Estado ha recuperado su papel central como organizador de la sociedad. Es necesario el Estado para superar la pandemia. Pero la crisis actual abre la pauta para repensar el tipo de Estado que necesitamos, en aras de establecer una organización social más justa y racional. Por un lado, esta pandemia ha desnudado la injusticia e irracionalidad de un Estado burgués que, ante la vista de una amenaza global, prefirió cuidar los intereses del gran capital. Por el otro, a pesar de todas sus limitaciones económicas, y de sus propios errores políticos -que los ha habido-, el caso cubano nos recuerda que otro Estado es posible. Necesitamos al Estado como rector de la sociedad, sí, pero un Estado al servicio de las mayorías, al servicio de las clases trabajadoras. Necesitamos, en pocas palabras, un Estado proletario.


Ehécatl Lázaro es licenciado en Estudios Latinoamericanos por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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