| Por Victoria Herrera

La crisis global provocada por el COVID-19 abre la oportunidad de revisar las “condicionantes sociales que determinan cómo, de qué y con qué frecuencia y gravedad se enferma la gente” (Rojas Soriano, 1983) en razón de que la mayor parte del tiempo las enfermedades alcanzan un impacto individual (no masivo) que muchas veces oscurece el contenido social de la problemática. Toda vez que alcanzan un impacto mayor (colectivo) las pandemias como la actual revelan la necesidad de superar la estrechez de las perspectivas que unilateralizan la enfermedad “como un problema individual” y que la investigan “separada de las condiciones en que se produce, que son condiciones sociales”.

Rojas Soriano señala que el proceso de salud-enfermedad admite tres niveles de análisis distintos “pero que se encuentran vinculados entre sí”. Los límites del presente texto obligan a no tomar en cuenta el segundo de ellos.

El primer nivel de análisis adquiere sentido dentro de un esquema que “considera un solo tipo de causas para la enfermedad” y que configura un modelo que “orienta la búsqueda de la causa que produjo la enfermedad” a la vez que intenta “establecer una relación de uno a uno, en la que una causa es necesaria y suficiente para que se produzca determinada enfermedad”. Define así una interpretación de la enfermedad y una práctica médica desde el punto de vista de la medicina curativa “que busca la reincorporación de las personas a las actividades que desempeñaban antes de enfermarse (…)”.

Rojas Soriano recalca que “de acuerdo con este enfoque, para resolver el problema de salud individual basta la acción competente del equipo de salud, apoyada en una infraestructura médica adecuada”. De ahí resulta que el primer nivel de análisis concibe el proceso de salud-enfermedad “como algo exclusivamente biológico e individual” y supone que “cualquier otra consideración es secundaria”.

El tercer nivel no excluye el nivel anterior pero adopta una perspectiva de mayor amplitud. Primero ubica “lo social” como “el elemento que permite explicar la problemática de salud de los grupos sociales” y enseguida apuntala que la salud-enfermedad configura un proceso “condicionado socialmente” que “se concreta en seres históricos, en grupos que se relacionan con la naturaleza y entre sí de cierta manera, es decir, que trabajan y viven en circunstancias históricamente determinadas”. Asume por tanto la premisa de que “las causas fundamentales de la salud y la enfermedad se encuentran en la forma en que se organiza la sociedad para producir y reproducirse, es decir, en el modo de producción dominante, en este caso el capitalista”.

El modelo que resulta del tercer nivel apunta que el régimen capitalista genera “dos clases sociales fundamentales con intereses antagónicos: la burguesía, dueña de los medios de producción, y el proletariado, que posee sólo su fuerza de trabajo para subsistir” y resalta que la posición distinta que una y otra ocupan en la estructura socioeconómica “repercute en las condiciones de existencia de cada clase y en la situación de salud”. Concluye por tanto que “hay una situación diferencial entre las dos clases fundamentales existentes en el régimen de producción capitalista (la burguesía y el proletariado) respecto de la morbimortalidad, la esperanza de vida y el acceso real a los servicios médicos”.

Tres ejemplos de la coyuntura actual demuestran la objetividad de tal situación diferencial:

  1. RT reportó que “2000 millones de trabajadores informales en el mundo necesitan laborar para vivir” y que “para muchos de ellos… si no cumplen con la cuarentena, ponen en riesgo su salud y las de los demás. Pero quedarse en casa implica perder ingresos por completo”.
  2. Milenio advirtió que “en todo México, hay 30 millones de personas que dependen de la economía informal y que si se quedan en casa los mata el hambre antes que el coronavirus”.
  3. El País recalcó “la difícil tarea” (¡!) de lavarse las manos en las zonas más humildes de México” y enfatizó que “la escasez de agua en las zonas más desfavorecidas complica las medidas de higiene para enfrentar el coronavirus”.

El tercer nivel de análisis prueba así que determinadas condiciones de trabajo y de vida condicionan “un mayor riesgo a la enfermedad y a la muerte” así como una menor esperanza de vida. Afirma asimismo la necesidad de superar las perspectivas que reducen la interpretación de la enfermedad a los márgenes estrechos de “algo exclusivamente biológico e individual” y de comprender que el proceso salud-enfermedad remite a la “contradicción capital-trabajo, lo cual contribuye a reproducir las relaciones sociales de producción capitalistas que permiten la explotación de la clase proletaria”.

Comprueba de tal modo el vínculo orgánico de la pandemia en curso con las condiciones de existencia del régimen capitalista de producción. Cabe parafrasear aquí la admonición de Bertold Brecht respecto a la alegría que los hombres manifestaron en ocasión de la derrota del fascismo hitleriano. Cierto que la humanidad había resistido y detenido al bastardo pero la puta que lo había parido estaba de nuevo en celo. Brecht hacía referencia al capitalismo. La misma advertencia resulta adecuada en el caso del COVID-19: parece claro que la sociedad resistirá y detendrá la pandemia… pero el capitalismo seguirá en celo. Por donde resulta legítimo acudir de nuevo a Brecht y declarar que estar contra la pandemia sin estar contra el capitalismo “equivale a reclamar una parte del ternero y oponerse a sacrificarlo”.


Victoria Herrera es historiadora por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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