Por Pablo Hernández Jaime

El 11 y 12 de junio de 2019, la SEP aplicó las pruebas PLANEA en educación básica; el objetivo fue “conocer en qué medida los estudiantes logran dominar un conjunto de aprendizajes esenciales al término de la Educación Secundaria, en dos campos de formación: Lenguaje y Comunicación, y Matemáticas”. Los resultados no son alentadores. En el caso de matemáticas, el 55% de los estudiantes reprobó la prueba y sólo 9% obtuvo resultados sobresalientes. 

Tales resultados vuelven a poner sobre la mesa el grave problema de la calidad educativa en México; y es que, aunque es verdad que la cobertura educativa aún es insuficiente en los niveles medio superior, superior e inicial (cero a tres años), en primaria y secundaria la cobertura es alta, de 94.6% y 96.5% respectivamente. El problema entonces no está en la cobertura sino en el aprovechamiento.

¿Por qué está fallando el sistema educativo? Tal pregunta merecería una respuesta rigurosa y detallada que aquí no puedo ofrecer, sin embargo, apuntaré algunas de las problemáticas que considero principales.

En primer lugar, y esto está ampliamente documentado por los estudios sobre desigualdad y educación, el desempeño escolar está fuertemente influido por la disposición de recursos económicos y culturales en los hogares. En este sentido, los hijos de clases sociales mejor posicionadas poseen condiciones que se traducen en ventajas educativas y, a su vez, en mejores desempeños; y, por el contrario, las desventajas asociadas a las clases bajas acarrean desempeños pobres. Así, pues, ¿qué desempeños podemos esperar en un país como México donde –de acuerdo con la UNICEF– el 54% de los niños menores de cinco años viven en pobreza? La respuesta es clara; y es que, aunque es verdad que tener recursos no se traduce directamente en buenos aprovechamientos, también es cierto que carecer de recursos representa un obstáculo real para obtenerlos. Los estudiantes pobres tienden a obtener pobres resultados. 

Otro problema importante son las deficiencias del personal docente. Y quiero tener precaución aquí, porque esta situación no es culpa directa de la mayoría de los profesores quienes también son fruto del sistema educativo deficiente, y en el cuál, además, deben enfrentar el reto de educar en condiciones muchas veces adversas y en las que ellos también son víctimas de la precariedad y la pobreza. ¿Qué mejora sustancial podemos esperar de los profesores cuando la docencia se encuentra en estas circunstancias? Claro que la docencia es deficiente en nuestro sistema educativo, y claro que éste es un gran problema; pero seríamos muy ciegos si no vemos que tales deficiencias son en parte una consecuencia de las condiciones laborales e institucionales en que están insertos los profesores. 

“Las escuelas deben ser capaces de nivelar las desventajas económicas y culturales de sus estudiantes”

Lo mencionado hasta aquí nos dice que, si no reducimos la desigualdad y la pobreza, los avances en aprovechamiento escolar serán limitados. Y es cierto. Sin embargo, dejar el análisis aquí sería sacarle la vuelta al problema. ¿Acaso las escuelas no pueden hacer nada para corregir los problemas educativos? 

Para educar mejor, las escuelas deben ser capaces de nivelar las desventajas económicas y culturales de sus estudiantes; y ello solo es posible creando, de una parte, un sistema integral de cuidados que incluya comedores, becas, transporte, útiles e incluso alojamiento; y, de otra parte, con un sistema integral de asesoría y andamiaje que considere programas permanentes y complementarios de regularización, de capacitación docente, la inclusión de programas culturales y deportivos, así como de tutores para asistir académica, psicológica y socialmente los casos que así lo ameriten. 

Por supuesto, para realizar lo anterior es necesario incrementar significativamente el presupuesto a educación. La labor es titánica, y continua sin hacerse. 

Las políticas educativas del nuevo gobierno, en lugar de incrementar el presupuesto, lo han reducido. Las políticas de profesionalización docente pasaron de ser erradas a ser prácticamente inexistentes; y la política de becas, que entra en detrimento de la obra pública escolar y en sustitución de otras transferencias no representa cambio alguno. Parece ser que los malos resultados observados hoy en PLANEA no solo nos hablan del presente, sino que nos advierten sobre un futuro que, posible y lastimosamente, resulte ser muy similar.

Pablo Hernández Jaime es maestro en ciencias sociales por El Colegio de México e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
pablo.hdz.jaime@gmail.com

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