| Por Pablo Hernández Jaime

En otra publicación hablé de “individualismo, sociedad y pobreza”. Entonces sostuve que el individualismo metodológico reduce lo social a la suma de supuestas individualidades autónomas y preexistentes; de manera que –para quienes así argumentan– la sociedad no posee ningún atributo propio, no existe nada en ella que le sea específicamente característico; sin embargo, tal punto de vista es falso: el conjunto social de hecho posee atributos que trascienden a los individuos, aunque necesariamente se manifiestan y reproducen a través de ellos; ejemplos de esto son el lenguaje, la cultura y todas las formas históricas de organización política y económica. Sobre esta base, añadí que la pobreza, en tanto vinculada con estructuras políticas y económicas, no puede ser correctamente explicada por el individualismo; por el contrario, es preciso encontrar sus causas específicamente sociales. Finalmente, anoté una idea que retomo de Boltvinik: si queremos entender las causas sociales de la pobreza tenemos que mirar el subdesarrollo y la desigualdad. Para este artículo quiero caracterizar la desigualdad, como causa de la pobreza, y vincularla con la explotación. Desarrollo:

Cuando hablamos de pobreza, hablamos de insatisfacción de necesidades, hablamos de carencia; y la carencia puede ser resultado de al menos dos condiciones: o no existen los satisfactores para cubrir las necesidades de la gente o bien, aunque existan, las personas no pueden acceder a ellos. La primera situación es sinónimo de subdesarrollo, la segunda de desigualdad; por eso, para explicar la pobreza es preciso considerar ambos fenómenos. Aquí me centraré en la desigualdad.

La desigualdad económica podemos definirla como distribución asimétrica de recursos. Decir que aumenta la desigualdad equivale, entonces, a decir que aumentan las distancias entre los que tienen más recursos y los que tienen menos; de manera que aquellos con menores recursos, por sus propias carencias, pueden verse inmersos en la pobreza.

Pero, si el problema es la desigualdad, ¿cuáles son sus causas? Podríamos entrar en una larga discusión sobre varios temas que ciertamente definen la distribución de los recursos; a saber: (1) la estructura salarial y del mercado de trabajo, (2) las condiciones de precariedad e informalidad laboral, (3) el tipo de recaudación fiscal y (4) el gasto social del gobierno. Estos cuatro aspectos, aunque no exclusivamente, pueden considerarse los ejes fundamentales en la distribución de bienes y, por tanto, las políticas que los regulan pueden ayudar a reducir las brechas de desigualdad y la pobreza. En pocas palabras, estos cuatro ejes nos ayudan a ver, y acaso a controlar, la manera en que se configura la desigualdad. sin embargo, decir que la distribución de recursos explica la desigualdad (que no es otra cosa sino la distribución asimétrica de recursos) sería caer en una tautología y, por tanto, esta no puede ser su explicación.

¿Cuáles son, pues, las causas de la desigualdad? Los individualistas atribuyen la desigualdad a factores personales: el ahorro, el esfuerzo y productividad individuales, y la inversión de capitales. A grandes rasgos, ellos sostienen que “si trabajas duro y logras mejores resultados con menores esfuerzos, y ahorras, pero sobre todo inviertes, entonces, obtendrás mayores recursos”. La desigualdad sería –según ellos– un simple agregado de los esfuerzos y resultados individuales que, en última instancia, pueden ser atribuidos a la voluntad de cada persona.      

Este planteamiento, sin embargo, tiene profundas fallas: primero, supone que los individuos son homogéneos entre sí o al menos que sus diferencias son irrelevantes: lo importante es “la voluntad”. En segundo lugar, el planteamiento supone que la remuneración justa es asignada en automático al esfuerzo, a la productividad y a las inversiones; así, al que estudió más siempre le pagarán mejor o al que se esfuerza más, o al que decide arriesgar su capital.

Sin embargo, ninguna de sus dos premisas se sostiene. En primer lugar, y como se ha documentado en los recientes informes sobre desigualdad en México (Colmex, Oxfam y Ceey), las condiciones sociales de origen son sumamente dispares y tienen impactos significativos en las probabilidades de acceder a niveles avanzados de educación, así como a empleos estables y bien remunerados: la desigualdad de condiciones genera ventajas para unos y desventajas para otros. En segundo lugar, no hay razones para suponer que la remuneración se corresponda inmediatamente, y menos aún de manera justa, con el nivel de preparación, con el esfuerzo o con las inversiones; de hecho, existen muchos otros factores que contribuyen fijar el monto de las remuneraciones y que nada tienen que ver con el mérito individual como el tamaño de la población desocupada, las leyes de flexibilización laboral, la correlación de fuerzas entre organizaciones patronales y sindicatos, la estructura salarial, etcétera. 

“La desigualdad se define como una distribución asimétrica de recursos”

Pero, si la solución individualista no se sostiene, ¿cuál puede ser la explicación? Otra posible respuesta la encontramos analizando el concepto de explotación: esta es la propuesta de Marx. El planteamiento básico es el siguiente: la explotación se define como apropiación de trabajo ajeno; es decir, hay explotación allí donde alguien trabaja y otro se queda con el resultado de ese trabajo. En el capitalismo las relaciones de explotación van de la mano con la aparición del mercado de trabajo, donde la fuerza de trabajo se vuelve mercancía y se intercambia por un salario. Detrás de esta relación salarial es donde está la explotación: hay un tiempo de trabajo que es remunerado y otro, excedente, que no es remunerado. De acuerdo con Marx, la economía capitalista en su conjunto se organiza en torno a esta relación de explotación: de un lado explotados: trabajadores directos y asalariados, y del otro, explotadores: todos aquellos que directa o indirectamente se apropian del trabajo excedente extraído a los primeros.

Para Marx, es justamente esta estructura de explotación la causante de las ulteriores desigualdades económicas. El proceso es intrincado, pero puede tratar de reseñarse de manera hipersimplificada. (1) La dinámica de la explotación capitalista tiene un gran móvil: generar ganancia. Esta búsqueda por ganancias es el resultado, entre otras cosas, de la propia competencia entre productores. La competencia no solo incentiva las distintas y muy diversas razones de los capitalistas para lucrar, sino que impone la necesidad de hacerlo. El juego de la competencia proclama “gana más o muere”. (2) Esta sed de ganancias se traduce, necesariamente, en un interés por reducir los costos de producción; y la mejor manera de promover esta reducción de costos es a través de los siguientes mecanismos: incrementar los gastos en tecnificación y automatización para disminuir costos de operación, y, complementariamente, reducir los gastos en mano de obra, es decir, pagando bajos salarios, dando pocas prestaciones, manteniendo jornadas largas de trabajo o contratando un menor número de trabajadores. (3) Como consecuencia de esto, la dinámica capitalista tiende a remunerar a los explotados y trabajadores en general con el mínimo de recursos posibles, a menos que elevar sus ingresos le sea rentable para desincentivar conflictos, mantener el orden o la productividad. (4) Esta tendencia a la baja de las remuneraciones, junto con la tecnificación, se traduce, a su vez, en un incremento exponencial del tiempo de trabajo excedente; de manera que la dinámica de la explotación capitalista incrementa la propia explotación sobre la que se sustenta; así, la frase “gana más o muere” es sinónimo de “explota más o muere”. Esta explotación, traducida en ganancias, es lo que permite la acumulación de capitales. (5) Así que la dinámica capitalista, además de mantener bajas las remuneraciones a los trabajadores, genera acumulación. Esta acumulación, que es amasamiento de recursos, viene de la mano con la centralización de medios productivos: aquellos capitalistas que pierden la batalla de la competencia son absorbidos, y la adhesión acarrea una reorganización a mayor escala, esto es centralización. (6) La consecuencia lógica de esto es que un menor número de capitalistas, los que salen avante en la competencia, incrementa sus recursos.

Vista en su conjunto, la dinámica capitalista hace que el mercado de trabajo tienda a ofrecer salarios bajos y malas condiciones laborales, a la par que disminuye el número de ricos cada vez más ricos; en pocas palabras, incrementa las brechas en la asignación de recursos o, lo que es lo mismo, incrementa la desigualdad. De acuerdo con Marx, esta es, en general y con breves palabras, la manera en que las relaciones de explotación capitalistas permiten explicar la desigualdad económica. Claro está que el proceso es mucho más intricado; por ejemplo, las clases sociales, que se definen a partir de la relación de explotación, no son homogéneas entre sí, y de hecho es posible encontrar tipos de capitalistas y tipos de trabajadores. No podemos decir que esta explicación agote, ni de lejos, las preguntas en torno a la desigualdad económica, sus distintas manifestaciones o su intersección con otras formas de desigualdad. A su vez, es preciso señalar que esta explicación se ajusta, específicamente, a las relaciones de explotación capitalista que tiene como premisa la libre contratación en el mercado de trabajo; por lo mismo, haría falta considerar también la intersección con otras formas de explotación.

Pero, cabría preguntar antes de concluir, ¿explicar la desigualdad mediante la explotación no es tautológico? La respuesta es no. Claro está que la desigualdad reproduce desigualdades, en ese sentido son explicativas de sí mismas en el tiempo. Sin embargo, como se mencionó en un inicio, dejarlo solo en esos términos resulta tautológico al menos analíticamente. Aquí es donde aparecen las propuestas individualista y marxista. La primera dice: las desigualdades se producen a través del esfuerzo y voluntad individuales. El marxismo refuta: tus premisas no se cumplen; las desigualdades se producen como resultado de relaciones de explotación. Pero estas relaciones de explotación, aunque suponen una desigualdad previa (por ejemplo, lo que Marx denomina acumulación originaria), en realidad son de un carácter distinto. La desigualdad se define como una distribución asimétrica de recursos y, por tanto, es una categoría ordinal o escalar y que presupone la comparabilidad de atributos comunes entre las personas o grupos. En contraste, la clase social es una categoría nominal que supone una diferencia cualitativa y relacional que no es comparable en términos de grado. Así, por ejemplo, no se puede decir que el burgués sea burgués porque posee tantas veces más recursos que el proletario; en cambio, sí se puede decir que el burgués es aquel que explota al proletario, aunque dicha explotación produzca menores desigualdades, como ocurrió con los estados de bienestar.

Pablo Hernández Jaime es maestro en ciencias sociales por El Colegio de México e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
pablo.hdz.jaime@gmail.com

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