| Por Tania Rojas

Uno de los supuestos básicos sobre los que descansa la teoría económica dominante es la idea de que la libre competencia es el mejor mecanismo por el cual se logra la eficiencia en la producción. Para que ello se cumpla, al mercado deben acudir una gran cantidad de pequeños propietarios que no ejercen ningún poder económico, y que por tanto, en su empeño por colocar sus mercancías, se esforzarán por ofrecer un producto de mayor calidad y a un precio menor al de sus competidores. Los defensores de lo que se ha denominado la “competencia perfecta” argumentan que para que el mercado funcione correctamente, es decir, sea competitivo, el estado debe abstenerse de regularlo y, por el contrario, debe garantizar que no haya obstáculos a la libre movilidad del capital en su búsqueda de la mayor rentabilidad.

No obstante, este postulado teórico no pasa de ser hoy más que una ilusión a la que se aferran los apologistas del sistema dominante para quebrantar los obstáculos que se interpongan a la acumulación y concentración de la riqueza de los dueños del dinero. En efecto, lo que realmente sucede si se deja que el mercado se maneje por sí solo es concentración y monopolización cada vez mayor del capital y de las fuerzas productivas.

“En México, el 10% de las empresas concentran el 93% de los activos físicos: máquinas, edificios, instalaciones, transporte…”

En el sistema capitalista existen dos tipos de agentes económicos: aquellos que son propietarios de los medios de producción y aquellos que carecen de medios para realizar un producto y ofrecerlo en el mercado. Estos últimos, necesariamente tienen que emplearse bajo las órdenes de los primeros a cambio de un salario al final de la jornada de trabajo. Son ellos los que producen directamente, pero el producto de su trabajo no les pertenece, puesto que tampoco les pertenecen los medios y las materias primas que utilizaron para producir dicho producto. Por tanto, quienes son dueños de los medios de producción son dueños del los bienes producidos, y de lo que obtienen por ellos al venderlos.

A falta de datos estadísticos que den cuenta de la concentración de los medios de producción, podemos acercarnos a este hecho a través del concepto de activos físicos, es decir, de las máquinas, los edificios, las instalaciones, el transporte y todo tipo de infraestructura e instrumentos necesarios para llevar a cabo el proceso de trabajo. De acuerdo con estimaciones de la CEPAL (2016), en México, el 10% de las empresas concentran el 93% de los activos físicos. Resultado de este mismo hecho es que mientras la empresas grandes (aquellas con más de 250 empleados) representan tan solo el 0.2% del total de las unidades económicas, concentran el 96.4% de los activos fijos y realizan el 64.1% de la producción total (INEGI, 2014).

Por otro lado, los ideólogos del libre mercado pretenden identificar los beneficios de la libre competencia con los intereses de los trabajadores. Pero la concentración de los medios de trabajo se traduce en una concentración cada vez mayor de la riqueza y en un disminución sistemática de la participación de los salarios. Para el conjunto de la economía, la participación de los salarios en México pasó de representar el 34.6% del PIB en 1994, a  27.2% en 2015; es decir, disminuyó en 7.4 puntos porcentuales, lo que equivale a una reducción del 21.3 %. En suma, contrario a la idea de que el libre funcionamiento del mercado reproduce las condiciones para que se de la “competencia perfecta”,  lo que la realidad demuestra es justamente lo contrario: el mercado por sí solo conduce a una concentración cada vez mayor de los medios de trabajo, de la producción y de la riqueza. Es decir, genera monopolio, desigualdad y pobreza.

Tania Rojas es economista por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
tnia.rjas@gmail.com

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