Por Jenny Acosta | Noviembre 2026
Cuando se comienza el estudio de la filosofía es normal encontrarse con el debate entre materialistas e idealistas. La diferencia entre materialistas e idealistas suele establecerse según la respuesta que den a la pregunta de qué es lo primordial en el conocimiento, si la estructura subjetiva o la objetiva, es decir, si el sujeto o el objeto. Por sujeto tiende a entenderse a la persona que conoce, mientras que el objeto es aquello que está conociéndose. Esta cuestión primaria puede presentarse de distintas maneras dependiendo del autor o del problema que se analice, sin embargo, es relativamente fácil de identificar qué lado presentaría al materialismo y cuál al idealismo. Quienes clasifican a la historia de la filosofía en estos términos también suelen indicar quiénes son los filósofos materialistas y quienes los idealistas. Por ejemplo, a Platón, David Hume, Immanuel Kant o Georg W. Hegel, se les denomina idealistas; mientras que, a Aristóteles, John Locke, Denis Diderot o Karl Marx, materialistas.
Esta separación pretendidamente clara entre una corriente y otra tiene cierto sostén en los debates que se entablaron durante lo que se conoció como “El siglo de las luces” por quienes buscaban conformar un conocimiento experimental y comprobable del mundo sensible, pues las explicaciones teológicas de los fenómenos no les eran satisfactorias. O también se puede considerar a los debates entre John Locke y David Hume sobre el origen de los conocimientos humanos: Locke defendía que el conocimiento se construye a través de la experiencia, mientras que Hume argüía la necesidad de estructuras innatas que nos ayudarían a ordenar nuestras sensaciones del mundo. Sin embargo, a pesar de que en ciertos momentos del desarrollo filosófico el debate se ha agudizado sobre este punto, mostrando claras diferencias entre unos y otros, lo cierto es que estos momentos no pueden absolutizarse a riesgo de caer en contradicciones flagrantes en la interpretación de cierto pensamiento filosófico.
Considérese como ejemplo la siguiente cita: “el idealismo, que considera al sujeto, lo activo de la contraposición, como un mero miembro de la misma contraposición, y como existente pretende liberarlo sin embargo de la determinidad y de la exterioridad, es un idealismo enteramente ridículo.” En ella se expresa claramente una fuerte crítica a quienes pretenden encontrar un sujeto que pueda conocer con independencia de las condiciones exteriores que determinan su existencia específica. Si quien me lee tiene cierta familiaridad con el debate entre materialistas e idealistas, seguramente atribuirá este fragmento a alguno de los pensadores que típicamente se consideran materialistas. Si este es el caso, le resultaría entonces sorprendente saber que la cita en cuestión proviene de un texto de Hegel, a quien esta forma de entender la filosofía suele considerar como uno de los principales idealistas.
Ciertamente aplicar el adjetivo de idealista a Hegel no es fortuito, él mismo se reconoce como tal. Lo que quiero mostrar con la anterior cita no es el no idealismo de Hegel, sino invitar a reflexionar sobre qué quiere decir ser idealista o materialista, pero, sobre todo, a considerar los errores a que puede conducir el tener una posición maniqueísta de la filosofía y del mundo en general. Así como la valoración de Hegel como idealista debe, para ser precisa, ser capaz de explicar estos posicionamientos suyos que lo acercan a los materialistas casi al punto de mezclarse uniformemente con ellos, así también sucede con toda la historia de la filosofía, según las particularidades de cada propuesta filosófica. Sin embargo, una valoración de esta naturaleza solo puede construirse a través de un estudio serio pues, de otro modo, solo se podrán hacer repeticiones vacías de consignas moribundas.
Jenny Acosta es maestra en Filosofía Política por la Universidad Autónoma Metropolitana.
