Día de muertos

Por Aquiles Lázaro | Noviembre 2026

Hace ya muchos años entendí que la forma más eficiente de matar una tradición, es decir, de erradicarla lentamente, es petrificándola. La tradición vive de su reinvención permanente, de procesos complejos de adaptaciones, sincretismos y apropiaciones nuevas, y no de una calca permanente de sí misma.

El origen de la forma actual de nuestro Día de Muertos es debatido entre los especialistas, así como su presunto vínculo con rituales prehispánicos en las regiones mesoamericanas. Una parte de la literatura especializada afirma que la forma moderna de la celebración se acuñó como parte del proyecto nacionalista del México postrevolucionario, al resignificar un rito originalmente cristiano para incorporar en él elementos indígenas.

Las «corrupciones» que los pueblos originarios del territorio mexicano hacían de la celebración cristiana del Día de Todos los Santos están ya recogidas en testimonios de finales del siglo XVI; por otra parte, uno de los símbolos más distintivos de la fecha, la catrina, es una mera invención humorística de finales del siglo XIX que solo llegaría a popularizarse a partir de 1910 por los grabados de José Guadalupe Posada.

El Día de Muertos evolucionó rápidamente a lo largo del siglo XX, asaltando primero los grandes centros urbanos de México. La internacionalización de la celebración, juzgada como nociva por algunos, tampoco es nueva. El ambicioso largometraje ¡Que viva México!, que el cineasta soviético Serguei Eisenstein no llegó a concluir, recogía en su epílogo secuencias de la celebración del Día de Muertos ya a principios de la década de 1930.

Lo que hoy consideramos una tradición inmemorial es, en realidad, una construcción histórica relativamente reciente. Y no hay nada problemático en ello. Todas las tradiciones son construcciones históricas: algunas más antiguas, otras más recientes, pero ninguna permanece idéntica a sí misma. Lo verdaderamente curioso es que hayamos terminado por defender el Día de Muertos mediante una especie de ortodoxia cultural: los altares deben tener determinados elementos, las calaveras deben reproducir ciertas formas y las celebraciones deben ajustarse a un repertorio de imágenes que, en gran medida, fue codificado solo durante el último siglo. La paradoja es que aquello que hoy juzgamos como una amenaza a la tradición —su comercialización, su internacionalización o la incorporación de elementos nuevos— no es sustancialmente distinto de los procesos que le dieron su forma actual.

Pero no hay que confundirse. Este punto de vista no puede usarse como premisa para justificar las aberraciones del mercado capitalista. El Día de Muertos es una celebración de las culturas populares; fueron las clases populares —las comunidades indígenas, los sectores campesinos y los trabajadores de las grandes ciudades— quienes le dieron su forma actual. Por eso resulta problemático el rompimiento subrepticio de este largo hilo conductor en los últimos años, cuando películas estadounidenses de lógica estrictamente comercial resignifican el Día de Muertos y le añaden un catálogo simbólico nuevo. Pero resulta que en este nuevo catálogo, que pretende representarnos a nosotros, nosotros mismos no nos reconocemos del todo.

La paradoja manifiesta una de las contradicciones más profundas de la lógica cultural de nuestro tiempo: las tradiciones nacionales, regionales o locales, que durante siglos se configuraron fundamentalmente gracias a un grado relativo de aislamiento, hoy, en la era de TikTok, de las stories y las transmisiones en vivo, sufrirán profundas modificaciones mediante su inserción abrupta en las dinámicas del mercado global.


Aquiles Lázaro es promotor cultural e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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