Por Victoria Herrera | Julio 2026
El cierre de Editorial Era y el rezago en los resultados de la prueba PISA 2025 no son coincidencias aisladas; representan los síntomas visibles de una crisis que asfixia la educación y la cultura en México. Hasta ahora, las explicaciones recurrentes de ambos fenómenos han sido la pandemia del Covid 19, las numerosas horas que destinamos al uso de dispositivos móviles y el auge de la inteligencia artificial.
A nivel internacional, estos mismos factores explican el retroceso educativo en la mayoría de los países analizados por la prueba PISA 2025, pero poco se refiere a las causas profundas de dicha situación; pues países como China, que han enfrentado exactamente las mismas circunstancias sanitarias y tecnológicas no presentaron ese descenso en la prueba. En el contexto nacional, se añade que el problema en el rezago educativo mexicano se debe a la Nueva Escuela Mexicana, cuyos malos resultados han demostrado que esto es parcialmente cierto.
Cada uno de los factores abona a la explicación del problema a nivel global y nacional; sin embargo, poco se menciona que históricamente los gobiernos mexicanos han ido reduciendo el PIB destinado a la educación: mientras el gobierno chino destina el 4.0% y el cubano el 12.8%; el mexicano ha destinado en los últimos sexenios solo el 3%. Incluso, desde que México entró en 2000 a participar en la Prueba PISA los resultados fueron desastrosos. Desde entonces, cuando ya se avizoraba un problema en la educación nacional la respuesta gubernamental, por el contrario, fue incompatible a dicho pronóstico: si en 1995 el gasto púbico en educación era del 23.8%, ahora en 2026 es del 15.8%.
Lo mismo sucede con el raquítico gasto público que se destina a la cultura en México: el Proyecto de Presupuesto de Egresos de la Federación para el Ejercicio Fiscal (PPEF) 2026 pretende una reducción de casi 2,000 millones de pesos a la cultura. Esto significa, de acuerdo con El Financiero, una reducción interanual para el sector de un 13% en términos brutos y se estima que un 16% en términos reales.
El descenso progresivo del gasto público en materia de educación y cultura, así como el abandono de proyectos culturales independientes por la vía de la no aplicación de políticas públicas estatales para la distribución y consumo de literatura, poesía, cine, arte en general, comprueban que la educación y la cultura han dejado de ser una prioridad nacional.
La pregunta obligada sería ¿a qué se debe esa disminución del gasto público en educación y cultura? ¿por qué han dejado de ser una prioridad nacional? La respuesta puede encontrarse en que México, pese a los deseos de la “Cuarta Transformación” de haber terminado con el neoliberalismo, por desgracia sigue siéndolo. Un modelo económico que se caracteriza precisamente por ser un Estado débil, en donde los recortes presupuestales son la norma.
La mejoría en la educación y la cultura, por supuesto, no depende de los profesores, artistas y editoriales ni de que se prohíba el uso de teléfonos móviles en las escuelas ni la inteligencia artificial. No podemos exigir que nuestros estudiantes pasen esas pruebas sin el apoyo gubernamental. Si en México la educación es pública, universal, laica y gratuita el Estado debería cumplir con esos principios básicos de nuestra Carta Magna.
Victoria Herrera es maestra en Historia por la UNAM.
