Por Gladis Mejía | Octubre 2026
No cabe duda de que la deuda pública externa es uno más de los grilletes con los que el capital financiero imperialista somete a los países atrasados para extraer riqueza en forma de intereses; intereses por demás leoninos si los comparamos con los que se pagan en los países desarrollados. La dinámica de la deuda, además, está fuertemente ligada a los movimientos de los grandes centros financieros y no depende, fundamentalmente, de que los países “hayan tomado muchos préstamos”. La deuda pública externa está tan imbricada en el funcionamiento del capital financiero imperialista, que, constantemente, su aparato de Estado interviene para salvarlo de sí mismo. Este ha sido el caso de las intervenciones de la Reserva Federal y del Tesoro estadounidense en la crisis de la deuda en América Latina, donde estos dos organismos eran los representantes de los capitales financieros de su país frente a los países deudores. Quien paga esos intereses son, siempre, los trabajadores mediante los impuestos que pagan a sus gobiernos y que llegan a copar, como en México, más de la quinta parte del gasto público presupuestado.
Un episodio pocas veces mencionado es que el primer país que rompió consecuentemente con este esquema de dominación fue la Rusia salida de la revolución de 1917, y tiene mucho qué decir a los pueblos del mundo. Lenin, mediante un análisis científico de la realidad económica y política, mundial y nacional, descifró las interrelaciones entre distintos fenómenos aparentemente disonantes: la primera guerra mundial era un resultado necesario del funcionamiento del capitalismo en su fase imperialista, que se caracteriza por la dominación de la actividad económica por grandes monopolios, agrupados en una alianza entre el capital industrial y capital bancario (el capital financiero), que le imprimen su dinámica parasitaria al movimiento del capital, pues, a través de la exportación de capitales para préstamos en otros países en forma de créditos, bonos o acciones, o como inversión extranjera extraen excedentes en forma de intereses y dividendos y viven del resto del mundo. Las grandes potencias se habían repartido el mundo y la guerra mundial era por un nuevo reparto entre potencias emergentes que exigían una mayor parte del botín. Guerra y capital no se entienden de manera separada. La labor de los movimientos revolucionarios en el mundo consistía en oponerse a la guerra, pero no solamente con consignas, sino creando efectivamente el movimiento revolucionario dentro de los países que pudiera detenerla.
En el caso de la Rusia imperial, si bien era un imperio rico en recursos naturales, estaba también atrasado económicamente y agobiado por las deudas de los capitales ingleses y franceses; su clase dominante, feudal, venía en decadencia desde hacía tiempo atrás y había un gran descontento acumulado entre la población, que en 1905 se había levantado ya en contra de los zares. Así, pues, la guerra sólo potencializó las contradicciones de la sociedad rusa. Por estas razones, en febrero de 1917 la monarquía zarista cayó en cuestión de días, obra de los soviets, pero también ansiada por la burguesía rusa en alianza con el capital financiero inglés y francés, quienes, mediante intrigas organizadas en el palacio, tomaron en sus manos las principales carteras de mando del Gobierno Provisional que se formó inmediatamente después. A la par de éste, se constituyó el Soviet de Diputados Obreros, Soldados y Campesinos. Esta dualidad de poderes no podía durar siempre, pues si habían coincidido en la derrota del zar, ahora diferían en intereses de clase absolutamente opuestos y alguno de los dos terminaría por imponerse.
La Rusia zarista entró en la guerra con dinero ajeno, con dinero prestado, y ya había pactado con las potencias territorios de anexión en caso de que su bando triunfara. De la misma manera, las cabezas del Gobierno Provisional no pensaban poner fin –a pesar de ser la bandera del pueblo ruso cuando tomaron el poder en febrero– porque respondían a los intereses de los guerreristas: desde su ascenso al poder estaban atados ya de pies y manos al capital financiero, era “un agente de la firma financiera Inglaterra y Francia”, y en sus comunicados habían prometido respetar la deuda de los zares, seguir en la guerra para controlar Armenia, Turquía y Galitzia, y contrataron nuevos créditos para la guerra. Lenin señaló claramente esta situación y, con sus Tesis de Abril, convenció a su partido de encaminar sus esfuerzos, mediante una cuidadosa labor de propaganda y organización, para que fueran los soviets quienes gobernaran Rusia. Finalmente, el camino y la labor del partido de Lenin triunfó en octubre de 1917.
La Rusia soviética no solamente salió de la guerra, sino que también repudió la deuda contraída por los zares y el gobierno provisional. Fiel y consecuente a la autodeterminación de los pueblos, la deuda de naciones otrora oprimidas por el imperio zarista fue cancelada e incluso se pactaron reparaciones por Rusia hacia ellas. Francia era el enemigo declarado de la Rusia soviética porque el repudio de la deuda le afectaba directamente: los bonos rusos se habían emitido ahí y la propiedad de la deuda rusa era mayoritariamente francesa. Veamos las cifras que da Eric Toussaint, portavoz del CADTM (Comité para la Abolición de las Deudas Ilegítimas): “los títulos rusos representaban el 33 % de las obligaciones extranjeras en manos de los residentes en Francia. Eso representaba el 4,5 % del patrimonio de los franceses, así que de un 40 a un 45 % de la deuda rusa se encontraba en Francia”. Fue tan importante este repudio de la deuda que hasta la fecha es el mayor en la historia; de aquí el velo con que se oculta este episodio. Una decisión de tal naturaleza afectaba de muchas maneras al imperialismo: directamente a sus intereses económicos y también porque ponía el ejemplo a muchas naciones de cómo construir alternativas para la organización de la vida social, económica y política. Por ello, las grandes potencias imperialistas intentaron sabotear desde su mismo surgimiento este gran experimento. Inglaterra, Francia, Estados Unidos, Japón, Grecia y Canadá enviaron cerca de 180 mil elementos durante al guerra civil (1918-1922) para derrotar al Estado recién creado. Finalmente triunfó el Ejército Rojo, pero la URSS, durante toda su existencia, estuvo siempre bajo asedio. En 1922 hubo intentos de negociaciones para resolver el asunto entre las potencias capitalistas y Rusia, pero el imperialismo no estaba dispuesto a ceder nada, y la deuda fue repudiada nuevamente. Cuando cayó la URSS, Gorbachov, en el colmo del entreguismo, aceptó pagar una parte de la deuda de los viejos bonos repudiados por la Revolución de 1917. La revolución de octubre demuestra, entonces, que una liberación completa y sistemática de los pueblos oprimidos solo podrá lograrse con la derrota final del imperialismo.
Gladis es maestra en Economía por la UNAM e investigadora del CEMEES.
