No es tiempo de complacencias

Por Tania Rojas | Octubre 2026

En Otros ángulos, columna de opinión publicada en Milenio, el destacado economista mexicano Gerardo Esquivel cuestiona el balance que dos exsecretarios de Hacienda, Pedro Aspe y Guillermo Ortiz, hacen de la situación económica reciente de México (2026, 10 de agosto). Frente a su interpretación de que la economía mexicana se dirige hacia un “estancamiento permanente” y presenta “fragilidades ocultas”, Esquivel considera que esta visión es injusta e incompleta, pues se concentra en el bajo crecimiento sin reconocer suficientemente los avances registrados, en particular, la “significativa” reducción de la pobreza, ni el complejo entorno internacional que ha enfrentado el país en los últimos años, marcado por la crisis económica del Covid-19 y la política hostil de Trump hacia México. Su conclusión busca ofrecer un relato más equilibrado frente a la idea del “estancamiento permanente”, que se resume en que “sí ha habido bajo crecimiento, pero al menos éste ha sido de carácter incluyente”.

Si bien Esquivel acepta que queda mucho por avanzar, en mi modesta opinión, la búsqueda de relatos complacientes conduce a una justificación poco pertinente que no está a la altura de los cambios que México, América Latina y el mundo están enfrentando. Esta reflexión cobra particular relevancia frente a dos desafíos estrechamente relacionados, el ascenso de la ultraderecha en el continente y la incapacidad crítica de los gobiernos de “izquierda”, que hasta ahora no han logrado construir una alternativa convincente capaz de combinar crecimiento expansivo sostenido, transformación productiva y una mayor inclusión social (García Linera, Página/12, 16 de agosto de 2026).

Los problemas del crecimiento económico en economías dependientes y subdesarrolladas, como la mexicana, deben ser asumidos con toda la gravedad que exigen por un gobierno que se asume como progresista, pues el bajo crecimiento constituye uno de los principales límites para atender las necesidades más urgentes de la población. La política social puede expandirse solo hasta donde lo permite, en última instancia, el crecimiento económico. Sin embargo, el gobierno mexicano ha pretendido conciliar la ampliación de las políticas sociales con las exigencias de una estabilidad macroeconómica orientada a mantener el atractivo del país para la inversión y el crédito externos. Al hacerlo, termina poniéndose a sí mismo un techo, restringiendo su capacidad de intervención económica y social y poniendo un coto a su propia agenda redistributiva.

Paradójicamente, la exigencia de hacer una valoración más ecuánime de los resultados económicos deriva en un relato acrítico de estos. Se revalora el control de la inflación como un logro importante frente al bajo crecimiento, sin sopesarlo con su contraparte en materia de política fiscal, la austeridad. Ambos aspectos forman parte de una misma concepción de la gestión estatal de la economía que privilegia la estabilidad y limita el margen de intervención del Estado.

El control de la inflación y la austeridad reproducen el dilema entre crecimiento y política social, entre inversión pública y programas sociales, entre disciplina macroeconómica y desarrollo productivo, o lo uno o lo otro, uno a costa del otro. Es en términos de esta disyuntiva que el propio gobierno morenista ha planteado la diferencia fundamental entre su proyecto y el de los conservadores neoliberales. Mientras los primeros privilegian el crecimiento económico, los gobiernos morenistas han puesto el énfasis en la política social, como si los avances en materia de distribución redujeran el peso de su responsabilidad frente al bajo crecimiento. El desafío para los proyectos progresistas en México y América Latina consiste precisamente en superar esta falsa disyuntiva y hacer del crecimiento y la política social partes de un mismo programa de gobierno. De ello depende, en buena medida, la viabilidad futura de los proyectos progresistas no solo en México, sino en América Latina.

Por lo demás, el carácter incluyente de este crecimiento parece también confirmarse en la evolución de las grandes fortunas mexicanas. Durante la pandemia, la riqueza de los principales multimillonarios del país aumentó alrededor de un tercio, y para 2026 la fortuna acumulada de los 24 mexicanos incluidos en la lista de Forbes alcanzó los 267,300 millones de dólares, casi 60% más que el año pasado (Forbes México, 2021, 2026). Como vemos, el crecimiento puede ser “incluyente”, siempre y cuando no transgreda los intereses de los que ganan siempre.


Tania Rojas es maestra en Economía por El Colegio de México e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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