“Me niego a etiquetarla […] como una mera canción de protesta”

Por Jenny Acosta | Septiembre 2026

La cita que abre este texto es de una entrevista que en 1980 le hicieron a Mercedes Sosa, al comenzar un concierto en Suiza. En la entrevista ella habla sobre su concepción del artista, específicamente del cantor popular, a partir de dos ejes principales: su formación como artista y la relación que establece con su tiempo.

Sobre el primer punto, sostiene la responsabilidad cotidiana del artista no solo de cantar bellamente, sino sobre todo de “comunicar cosas profundas”, lo que solo se puede lograr, con un estudio profundo de los problemas humanos en su sentido más amplio y vital. Sobre el segundo, ella recupera la canción popular como una expresión artística que condensa la vida misma de los pueblos latinoamericanos; esto último incluye, por supuesto, la vida cotidiana y los sentimientos que emergen de su contexto, que, al ser por lo general de exclusión, precariedad y olvido, producen una inconformidad popular que incomoda a los poderes establecidos. Precisamente por esto último, muchas de las voces de la canción latinoamericana fueron y son censuradas, porque al buscar reflejar en sus canciones las vivencias de su pueblo muestran también las injusticias de las que este pueblo es objeto. La intención del artista popular puede no pretender dar voz, explicitar y difundir los distintos mecanismos de opresión que su contexto sufre, pero al estar la cotidianeidad de su contexto atravesada por ellos, es difícil que no termine haciendo exactamente eso.

Cuando Mercedes Sosa reniega de la etiqueta de canción de protesta para la tradición de la canción popular de la que ella es parte no lo hace buscando eliminar el contenido político de la canción. Lo que ella busca es señalar que esa canción no puede no ser de protesta porque las condiciones en las que viven los personajes de sus canciones producen, de forma efectiva, la necesidad de protestar.

Pero, así como pasa con las y los cantores populares, sucede también con cualquier esfuerzo por condensar en ideas, letras, pinturas, etcétera, la vida de un pueblo. El modo en el que la marginación, injusticias, y olvidos, permean y forman el modo en el que un pueblo se relaciona consigo mismo y con sus semejantes, no pueden simplemente eliminarse en el proceso de creación conceptual (en términos amplios); podrán hacerse esfuerzos, incluso inconscientes, por no “manchar” su creación con problemas políticos, pero incluso tal esfuerzo es ya en sí mismo la manifestación de la posición política. El esfuerzo del pensar no puede sino conceptualizar lo que de hecho acontece, incluso con sus contradicciones; es decir, cada reflexión que se haga sobre uno mismo, su pueblo o su tiempo, se nutre de la realidad que la reflexión es capaz de abarcar.

En algunos momentos, especialmente en aquellos de fuerte tensión política, el arte que el artista crea enfatiza las contradicciones y desigualdades políticas que le rodean, pero eso no implica que la protesta que su creación contiene se pueda reducir a esa función o a ese contexto. Precisamente, una de las características que hacen de las expresiones artísticas una fuente fructífera para la reflexión, es que logran hacer que personas de diferentes contextos se reconozcan en ellas; que pesares y alegrías de otros tiempos y locaciones se sientan como propias. Así, las canciones de Víctor Jara, Atahualpa Yupanqui, María H. Walsch, Violeta Parra, Camilo J. Villaruel, o Amparo Ochoa, no solo nos expresan las injusticias de su pueblo, sino que la profundidad de sus letras consigue conectarnos con sus pueblos como un conjunto orgánico, que lucha, sufre, festeja, etcétera, de un modo con el que podemos sentirnos identificados.


Jenny Acosta es maestra en Filosofía Política por la Universidad Autónoma Metropolitana.

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