Por Arnulfo Alberto | Septiembre 2026
Elon Musk, el magnate propietario de empresas como SpaceX, Tesla y X, entre otras, es, en el siglo XXI, lo que Henry Ford fue en el siglo XX. Recientemente se publicó un libro en el que se intenta poner la lupa sobre este personaje que encarna las contradicciones más profundas del capitalismo de nuestro tiempo. Me refiero al libro Muskismo: una guía para los perplejos de Quinn Slobodian y Ben Tarnoff, el primero, historiador, y el segundo, escritor de tecnología. En este artículo pretendo ofrecer una breve descripción del muskismo, basada en el libro, sin pretender ser exhaustivo. Como bien señalan los autores y como señalaba Marx, el individuo no tiene profundidad ontológica; entonces hay que entender el síntoma de lo que es Elon Musk, más que concentrarse en sus datos biográficos. En otras palabras, entender el muskismo.
Quizá el elemento característico central del muskismo es la idea del tecnosoberanismo, es decir, la idea de que, finalmente, la tecnología existe para liberar al individuo de todas las opresiones y hacerlo autosuficiente: el viejo sueño liberal. Se podría decir que Musk es un mercachifle, un vendedor de valores de uso, pero, lo que vende, sobre todo, es la idea fantasiosa de que los individuos pueden alcanzar finalmente la soberanía absoluta mediante la tecnología que por supuesto, solo Musk provee. La realidad es que la sociedad en su conjunto puede terminar en una relación de dependencia con las empresas de este capitalista. Musk es un crítico severo del estado solo ideológicamente; en los hechos, su fortuna se ha construido a partir de una fusión entre sus empresas y el estado, según los autores. Por eso debemos prestar más atención a sus acciones y menos a sus palabras, y, sobre todo, a las fuerzas objetivas que definen su actuar.
La riqueza de Elon Musk está en forma de títulos de propiedad de sus empresas y en las cotizaciones de estas en bolsa. Si sus empresas se valoran en este mercado, su riqueza aumenta. El mercado de valores es un mercado público, donde transan millones de personas todos los días, cuya información depende de las narrativas de poder dominantes. Elon Musk tienen un interés directo en mantener la ilusión de avances tecnológicos que “ayudarán o liberarán a la humanidad”, porque eso le permite mantener valorizados a sus empresas por encima de la contribución efectiva que hacen a la sociedad.
El muskismo se puede dividir en cuatro periodos: Infancia en la Sudáfrica del apartheid, vida profesional temprana en los 90s, su etapa en SpaceX a partir de 2002 y, finalmente, su periodo en Tesla a partir de 2008.
El abuelo materno de Elon Musk, Joshua Handelman, fue un promotor de la tecnocracia, es decir, de la ideología que postulaba un orden tecnológico bajo la dictadura de los ingenieros. Este grupo fue prohibido en Canadá y la familia entera emigró a Sudáfrica, donde se convirtió en una entusiasta partidaria del régimen tecnocrático, reaccionario y racista. La utopía tecnológica, militar y excluyente donde nació el estado biométrico, Sudáfrica, es la cuna del muskismo.
La doctrina de Silicon Valley la resume, sin duda, Peter Thiel, otro de los principales capitalistas de riesgo, en su libro Cero a Uno: Notas sobre Startup o Cómo construir el futuro. En esa publicación, Thiel afirma que la desigualdad no solo es natural, sino también beneficiosa para la humanidad. De hecho, la concentración excesiva de la riqueza y el poder es una ley del universo, pues no todos pueden ser grandes genios, sino solo un puñado de privilegiados. Contrasta el capitalismo con la competencia: para él, la competencia es mala porque impide capitalizar y acumular a largo plazo. Por eso, el hombre visionario y de espíritu emprendedor debe pensar en el futuro y estar dispuesto a perder a corto plazo si es necesario. Todo con el objetivo de construir un monopolio mercantil y no solo un producto. El monopolio permitirá a este hombre del futuro reforzar su posición, fijar el precio de mercado y dotar a la sociedad de muchos más bienes radicales que de otra manera no se hubieran ofrecido. El emprendedor es pues el rey filósofo del capitalismo.
De esta doctrina abreva el muskismo, que sostiene que el emprendedurismo es una guerra en la que el creador del startup, o empresa de riesgo, es el mariscal de campo del mercado, su campo de batalla. Si Foucault afirmaba que los ordoliberales en Alemania veían a la sociedad como una empresa, Elon Musk ve sus startups como pequeñas entidades políticas que luchan descarnadamente por el poder y la hegemonía, pequeños imperios que hay que llevar a la supremacía. El startup es pues la república sobre la que el emprendedor, o tecnorey, ejerce soberanía efectiva. Es la unidad básica sobre la que el pater familias ejerce su poder absoluto y su fantasía desbordada sobre el futuro.
Generalmente, se cree que estos tecnofeudales del Valle del Silicón son libertarios redomados, pero nada está más alejado de la verdad en el caso de Elon Musk. Desde joven supo que había que apoderarse de la infraestructura estatal para alcanzar sus objetivos de dominación. Siempre creyó en una simbiosis entre el poder privado y el público. De hecho, el propio Silicon Valley fue creado por el Estado para acelerar sus proyectos militares mediante subcontratistas en los años cincuenta. La internet, la red descentralizada que permitió a Musk hacer sus primeros mininos, se volvió una mina de oro para numerosos capitalistas hambrientos. Fue creada por el ejército estadounidense en 1969 y luego privatizada en 1995.
El primer startup creada por Elon Musk fue Zip2, en la ola del dotcom. Utilizaba mapas digitales propiedad del estado. Musk consiguió usarlos de forma gratuita. Sin embargo, vendió esta empresa a Compaq por 307 millones de dólares, aun cuando esta ni siquiera era rentable, lo que, según los autores, refleja la importancia de una narrativa sobre un futuro de ganancias exorbitantes.
SpaceX, quizá su empresa más importante, fue creada directamente como parte de la estrategia de modernización del complejo militar-industrial estadounidense. Donald Rumsfeld, el infame secretario de defensa durante la invasión de Irak, pensaba que el Pentágono era demasiado ineficiente, demasiado soviético, por lo que subcontrató muchas actividades al sector privado para implantar un modelo de negocios similar al de Silicon Valley en el ejército. Como parte del proceso de modernización satelital con fines militares, obviamente se subcontrató a SpaceX, fundada apenas un año antes, en 2002, por Elon Musk.
Los autores señalan que tanto la DARPA como la Nasa fueron creadas en 1958 como respuesta al lanzamiento de Sputnik ese mismo año. Con la disolución de la URSS, internet se privatizó de igual modo en los noventa. Si algún mérito tiene Elon Musk fue prever que lo mismo ocurriría en el espacio, es decir, que el gobierno estadounidense lo abriría al capital privado y aprovecharía la oportunidad. Los liberales occidentales siempre afirman que los llamados oligarcas rusos se enriquecieron apropiándose de empresas soviéticas una vez que esta cayó, pero no mencionan que personajes como Elon Musk hicieron fortunas formidables acaparando infraestructura de propiedad pública en Estados Unidos. Como se ve, Elon Musk y el muskismo son producto directo del imperialismo y de la voluntad de hegemonía de la sociedad norteamericana. Su ideología de racismo y apartheid le ha venido como anillo al dedo tanto en su infancia en Sudáfrica como en los tiempos actuales del imperio, y su riqueza se ha construido apropiándose directamente de recursos e infraestructura estatales, como el internet y múltiples financiamientos para la nueva carrera espacial. El mundo entero es rehén de un personaje que las propias fuerzas destructivas del capitalismo ayudaron a engendrar.
Arnulfo Alberto es maestro en Economía por la UNAM.
