Por Aquiles Celis | Septiembre 2026
“El movimiento revolucionario en su totalidad necesita analizar su propia historia para continuar avanzando hacia el socialismo. Es como si hubiera llegado a una encrucijada que le exige una autocrítica global y profunda para poder seguir adelante.”
Óscar del Barco
“Advertid, hermano Sancho, que esta aventura y las a ésta semejantes no son aventuras de ganar ínsulas, sino de encrucijadas; en las cuales no se gana otra cosa que sacar rota la cabeza, o una oreja menos”
El Quijote, I, 10. Citado en México, el trauma de su Historia, de Edmundo O´Gorman.
El Partido Comunista Mexicano (PCM) vivió sus días de gloria durante el gobierno de Lázaro Cárdenas del Río. El contexto internacional, la radicalización de los objetivos de la revolución mexicana y la reforma agraria del cardenismo fueron elementos cruciales para que, durante la segunda década de 1930, el PCM desarrollara exitosamente sus actividades prácticas y teóricas, construyera bases de apoyos en distintas ciudades y comunidades ejidales y aumentara su militancia entre los trabajadores de las industrias y los campesinos.
La buena disposición del Estado hacia el PCM durante el cardenismo también contribuyó a que la dirigencia del partido, en consonancia con la política del comunismo internacional y de sus instituciones como la Comintern, ajustaran su lectura de la realidad nacional, de la estrategia y la táctica para la revolución socialista en México y, finalmente, que reinterpretaran el papel de los gobiernos nacionalistas de los países del tercer mundo.
Sin embargo, después de la luna de miel que mantuvo el PCM con el cardenismo, en especial a partir del último bienio de la década de 1930, el Estado mexicano comenzó decididamente un viraje hacia posiciones más derechistas y conservadoras que progresivamente se volvieron en contra de los militantes comunistas en distintos ámbitos de la actividad pública y privada. El giro a la derecha comenzó por un acercamiento con las instituciones de seguridad de Estados Unidos, que en ese momento se mostraba muy interesado en mejorar sus relaciones diplomáticas con México; por impulsar una política cultural más proclive a los valores de la buena vecindad con EE. UU. y por la purga de los militantes comunistas y de los líderes de los sindicatos obreros más importantes del país.
En el ámbito internacional, durante la década de 1940, hubo al menos dos circunstancias, a juicio del historiador Barry Carr, que contribuyeron al destino del PCM en México. En primer lugar, la influencia de Earl Browder -el patriarca del comunismo en Estados Unidos- y el browderismo en la cúpula del PCM. Y es que después de la segunda guerra mundial, los dirigentes de las organizaciones del hemisferio oriental interpretaron que era necesaria una colaboración pacífica entre las potencias del Atlántico Norte y la Unión Soviética. Más aún; los comunistas de Estados Unidos, comenzando por Browder, pronosticaban un “largo periodo de consolidación del orden capitalista”[1] y un reacomodo de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina. Por otro lado, también ocurrió el desmantelamiento de la Tercera Internacional y el inicio de una política de alianzas entre los partidos comunistas de distintos países del mundo con sectores de clase específicos como las burguesías nacionalistas y antiimperialistas.
En 1940, en México, el PCM renovó su dirigencia, poniendo a la cabeza a Dionisio Encina, un “hábil organizador agrario y obrero, pero demasiado dependiente de otros cuadros del partido.” Durante los primeros años de la dirigencia encinista, su dirección se caracterizó por la recepción favorable de la influencia del browderismo y de las directrices de algunos dirigentes de otros PC´s como el partido comunista cubano. En este sentido, también se adoptó durante esta época la consigna de la “Unidad Nacional”, que, en términos prácticos, significó el establecimiento de una serie de alianzas con algunas fuerzas políticas como los sindicatos proclives al Estado y, sobre todo, la cooperación y le supeditación a las políticas del partido en el poder o, dicho de otra manera, las condiciones históricas imponían la necesidad de una alianza entre los partidos revolucionarios y las burguesías nacionalistas. De esta manera, como menciona Bary Carr, “la política de unidad nacional cambió de “ir a la cola de Cárdenas” a “ponerse a la cola de Ávila Camacho”, un gobierno infinitamente más conservador.”
A partir del Congreso del PCM 1940, dentro del partido floreció y se esparció finalmente una idea muy enraizada en el pensamiento político de los comunistas mexicanos que durante la dirección de Dionisio Encina se verbalizó y se elevó a la categoría de tesis y de praxis. Dicha idea consideraba que México y, sobre todo, el destino de la Revolución Mexicana se encontraba instaurado, al parecer permanentemente, en una encrucijada particular. Y es que, ante el inapelable éxito de la consolidación del capitalismo mexicano y el crecimiento de los capitales nacionales y extranjeros, la tarea más importante del Estado Mexicano era equilibrar el futuro de México y evitar que el capitalismo, el libre mercado y la relación con Estados Unidos ganaran terreno y que la gran burguesía se instaurara de nuevo en el gobierno para dirigir los designios de la nación. Según esta interpretación de la encrucijada de México, el papel del Partido Comunista Mexicano, junto con la izquierda marxista aliados con los capitalistas nacionalistas y los demócratas revolucionarios era “impulsar la revolución, hacerla marchar a un ritmo más rápido” radicalizando las políticas de justicia social como la reforma agraria o la redistribución de la riqueza a la vez que enfrentaban a la gran burguesía, a las demás clases reaccionarias y al imperialismo.
Esta idea de la encrucijada de la Revolución Mexicana permeó durante muchos años en la dirección del PCM (al menos durante dos décadas fue el eje de ruta) y bajo esta interpretación se tomaron determinaciones políticas de gran relevancia para el propio partido con consecuencias perjudiciales para su actividad política, y es que como menciona Barry Carr, La aplicación mecánica y acrítica de la noción de encrucijada fue el soporte del partido para frenar cualquier intento serio del sostenido giro a la derecha que había iniciado desde finales de los treinta, y de sopesar sus implicaciones para la estrategia de la izquierda.[2]
Durante un periodo de 20 años, la idea de la encrucijada convivió con un conjunto de supuestos derivados de las perspectivas sobre la vía revolucionaria correcta en las naciones semicoloniales. Según este argumentario, el papel de los Partidos Comunistas y de sus clases aliadas era apoyar los procesos de industrialización encabezados por la(s) burguesía(s) nacionalista(s) y no frenar la deriva desarrollista de estos modelos. En la práctica, en México, esto significó un apoyo acrítico a las decisiones de los capitalistas en el poder y el deslinde de las posiciones más revolucionarias de la lucha obrera, los sindicatos independientes o las demandas de los campesinos que fueran más allá de la línea dictada por los gobiernos de la Revolución.
A pesar de que esta idea se enquistó en la dirección del PCM, hubo un grupo minoritario de comunistas dentro del partido argumentó que la encrucijada ya se había resuelto, pero en la dirección conservadora, que la “reacción” había triunfado y que estaba bien incrustada cómodamente en el gobierno. Esta minoría insistía en que las conexiones de la burguesía nacional y el capital extranjero debían suscitar un replanteamiento de la postura del partido y cuestionaban especialmente la idea según la cual Miguel Alemán encabezaba un gobierno que representaba la burguesía progresista, pues consideraban que dentro del gobierno de Miguel Alemán se encontraban ya perfectamente representados los intereses de la gran burguesía mexicana.
En el segundo lustro de 1950 y, sobre todo en la década de 1960, los acontecimientos políticos y sociales, la deriva represora del estado y el anticomunismo incrustado en los órganos de vigilancia, atentaron precisamente contra el PCM y revelaron cuan profundamente errónea y perjudicial fue la idea de la encrucijada y la tesis de la unidad nacional. Los perjudicados de todo este proceso fueron, en primer lugar, los comunistas mexicanos.
Aquiles Celis es maestro en Historia por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
[1] Según Barry Carr, el mismo Earl Browder consideraba que durante la posguerra, las relaciones entre EE.UU y América Latina estarían basada en el interés común gracias a la cooperación mutua para la industrialización de los estados suramericanos. Browder llegó a sostener: “Necesitamos mucho a América Latina en el mundo de la posguerra. Necesitamos a América Latina especialmente porque todo nuestro sistema de civilización en este país, toda la operación continua de la economía, de la que depende nuestro pan de cada día, dependen de encontrar otras tierras que nos alivien de la tremenda producción de nuestras fábricas que no sabemos cómo consumir nosotros mismos. Y dependemos de América Latina para que nos ayude al respecto. Por favor, América Latina, hazte cargo de la gran cantidad de mercancías en el mundo de la posguerra.” Véase en Barry Carr, La izquierda mexicana a través del siglo XX, México, Edicines Era, 1996, p. 123.
[2] Ibid., p.129
