Los peligros del retroceso

Por Jenny Acosta | Septiembre 2026

En su desarrollo, la humanidad se ha enfrentado a las dificultades y contratiempos que el entorno natural en el que construye sus asentamientos le ha puesto enfrente. Estas dificultades naturales, como los terremotos, inundaciones, sequías, tornados, enfermedades, etcétera, han sido fundamentales para que como género humano encontremos formas nuevas y mejores para adaptarnos y desarrollarnos en todos los ecosistemas en que hasta ahora lo hemos hecho. Aunque ya somos capaces de establecernos en entornos naturales tan diferentes entre sí, y también de responder a los distintos trances que acontecen en ellos, seguimos buscando formas para posibilitarnos vivir en los entornos en que aún no somos capaces de hacerlo. De algún modo, somos conscientes de que la capacidad de adaptación que hemos construido hasta ahora no es todo lo que como género somos capaces de alcanzar. Aunque bajo ciertas consideraciones (como el impacto ecológico negativo de algunas acciones humanas) sí se plantea un límite para nuestro desarrollo en este sentido, no tiene que ver con la falta de capacidad para traspasarlo, sino con los intereses privados que lo empujan y que no lo hacen considerando el bienestar general.

Pero, afortunadamente, las dificultades del exterior, de la naturaleza, no son las únicas que como humanidad hemos enfrentado. Igualmente importante para nuestro desarrollo como género humano ha sido hacer frente a las dificultades que implica vivir en sociedad. Estos trances, los internos, tienen una dificultad adicional frente a los naturales: no solo nos vemos en una encrucijada con las demás personas con que vivimos, sino también con cada una de nosotras y nosotros. Tan variados como son los momentos históricos de la humanidad, igualmente variadas son las respuestas que hemos ensayado para encontrar el mejor modo en el que podamos vivir en sociedad. Este desarrollo, como cualquier otro, no consta exclusivamente de triunfos y momentos estelares; bien al contrario, hay varios momentos que cuando son repasados desde el momento actual no pueden sino producirnos vergüenza o la profunda convicción de que no pueden repetirse nunca más. Incluso, si nos detenemos a reflexionar sobre nuestro propio tiempo, encontramos determinaciones que están en franca contradicción con los conceptos que consideramos fundamentales para el desarrollo humano en nuestro tiempo.

La continuidad de estos problemas es una de las razones por las que hay quienes no están conformes con el modo en el que funcionan las sociedades de nuestro tiempo, por lo que continúan buscando opciones para hacerles frente. Sin embargo, la propia riqueza cultural que la humanidad ha experimentado a lo largo de su historia nos obliga a buscar formas múltiples que se puedan adaptar a la diversidad humana. Por supuesto que, en el propio proceso de desarrollo, algunas de estas formas diversas quedarán relegadas: algunas expresiones, costumbres, vestimentas, etc., se perderán, pero el desenlace de su desarrollo no puede ser dictado por consideraciones externas, sino por la necesidad propia de cada contexto y su relación con el concepto de ser humano que nuestro tiempo ha construido.

Todas las consideraciones que el género humano tiene que hacer para su desarrollo (el entorno natural, su vida social, su relación consigo mismo y con las sociedades que son distintas a la suya, entre otras) muestran ciertamente lo complejo que es el ser humano y lo complicado que es encontrar las formas adecuadas para contribuir a tal desarrollo. Con esta dificultad, es comprensible que haya quien considere que la mejor forma de responder a los problemas actuales es viviendo bajo las condiciones en que tales problemas no existían y en donde el género humano ya probó que puede vivir; es decir, vivir como se hacía en algún tiempo pasado. Aunque la solución parece sencilla y obvia, olvida que el hecho mismo de que ya no existan esas determinaciones específicas a las que se pretende volver, es la prueba de su inutilidad para resolver los problemas del presente. Incluso los retrocesos “parciales” que empujan actualmente los sectores más conservadores, se enfrentan al problema de que la humanidad ya ha experimentado una forma diferente, y en muchos casos mejor, a la que ellos proponen; esa experiencia no se puede olvidar y es ella misma otra prueba de la ineficacia del retroceso. Aunque las tentativas conservadoras no pueden establecerse como la única alternativa para la humanidad, no por eso nos podemos dar el lujo de no defender lo positivo que hemos alcanzado: no porque no queramos su transformación, sino porque cualquier transformación genuina exige comprender con honestidad y rigor lo que ya tenemos. Solo así se pueden construir los caminos colectivos a recorrer para que el futuro sea efectivamente nuestro.


Jenny Acosta es maestra en Filosofía Política por la Universidad Autónoma Metropolitana.

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