El surgimiento del sindicato en el movimiento obrero

Por Christian Jaramillo | Agosto 2026

En la anterior entrega se habló de las primeras formas de lucha y organización de los obreros, donde se puso especial atención en el ludismo y el mutualismo, que se caracterizaron por su carácter espontáneo y embrionario, acorde con el estado de desarrollo del capitalismo industrial en el mundo. En ese sentido, y continuando por este largo camino que transitaron los obreros del mundo, el objetivo del presente escrito es analizar la forma de organización que prosiguió a las ya señaladas: el sindicato.

El sindicato apareció propiamente a finales del siglo XVIII como consecuencia de la Revolución Industrial y la creciente contradicción entre la clase obrera y la capitalista. Si bien como fenómeno social tiene antecedentes remotos como el ya mencionado mutualismo, el cooperativismo o el gremialismo, el sindicato apareció como la forma más acabada y perfeccionada de organización nacida de las entrañas de la clase trabajadora (Lenin V. , 1977)[1]. Esto es así porque, entre otras cosas, el sindicato fue la primera forma de organización que reconoció al capitalista (o dueño de los medios de producción) como enemigo de clase, lo que constituyó un salto cualitativo en relación con las anteriores formas de resistencia.

Antes de continuar, es necesario hacer una digresión. Cuando se afirma que el sindicato fue la primera forma de organización en reconocer al burgués como enemigo de clase, no se quiere decir que en las experiencias previas no existieran atisbos de esa conciencia antagónica, o incluso casos puntuales de reconocimiento formal. Sin embargo, esos casos no eran la norma, sino excepciones marginales que recién se generalizaron con la aparición del sindicato.

Dicho esto, el sindicato surgió como consecuencia de las atrocidades que la industrialización de los siglos XVIII y XIX trajo consigo para los obreros, y que fueron muy bien descritas en la obra de Engels La situación de la clase obrera en Inglaterra. Por ejemplo, señalaba que en barrios obreros como St. Giles, Whitechapel o Bethnal-Green, el hacinamiento era la norma: “nada más común que un hombre, su mujer y cuatro o cinco hijos, y todavía también el padre y la madre, habitaran una misma pieza de diez a doce pies cuadrados, donde trabajan, comen y duermen” (Engels, 1984, pág. 60). También denunciaba las condiciones insalubres de estos barrios, que no contaban con cloacas, cañerías ni retretes en las casas, hasta el punto de que “cada noche todas las inmundicias, los residuos y excrementos de, por lo menos, 50.000 personas, son arrojados a los albañales, de modo que, a pesar del barrido de las calles, se produce una capa de suciedad estancada y un olor nauseabundo” (Engels, 1984, pág. 67). Esto, sin duda, reducía la esperanza de vida de los trabajadores.  En 1840 era de veintidós años para los artesanos en mejor condición, mientras que “de los obreros, jornaleros y de clase inferior, generalmente sólo de 15 años” (Engels, 1984, pág. 141).

Frente a este panorama, los obreros comenzaron a advertir que ni la autoayuda del mutualismo ni la destrucción de máquinas (ludismo) bastaban para cambiar su situación; antes bien, no hacían más que agravar la represión del Estado burgués y los patrones. Esto los llevó a comprender que, si aspiraban a mejorar su condición de vida, necesitaban una nueva forma de organización que plantara cara a quien ya empezaban a reconocer como su principal adversario: el patrón.

En ese sentido, el sindicato fue la respuesta histórica de los obreros a las condiciones de vida cada vez más precarias, reflejando a la vez una comprensión más clara del sistema económico en que vivían.

El primer antecedente de esta nueva forma de organización surgió en 1792: la London Corresponding Society (LCS)[2], considerada por la historiografía como la precursora del sindicato moderno. A diferencia de los movimientos populares anteriores, la LCS mostraba ya los rasgos de una organización de nuevo tipo: “su naturaleza [era] la de una organización de la clase obrera” (E. P. Thompson, 1989, pág. 18). Su estructura organizativa era sencilla pero funcional: un trabajador que fungía como secretario, una cuota semanal de un penique y una agenda que promovía el trato de temas políticos y económicos de coyuntura como “la dificultad de los tiempos y la reforma parlamentaria” (E. P. Thompson, 1989, pág. 18). Pero, sobre todo, se caracterizaban por su voluntad expansiva, expresada en el lema “Que el número de nuestros miembros sea ilimitado” (E. P. Thompson, 1989, pág. 19).

El fundador y líder de esta organización fue Thomas Hardy, un zapatero que pese a su escasa formación, logró dirigir una Sociedad que llegó a contar con 80 mil afiliados -una cifra sin precedentes para la época (Iscaro, 1976). Esta organización se proponía, fundamentalmente, lograr mejores salarios y, sobre todo, reducir la jornada de trabajo. Es decir, los obreros ya no se conformaban con crear fondos mutualistas para atender urgencias médicas o económicas; ahora exigían que esas necesidades básicas fueran cubiertas por el patrón, mediante incrementos salariales y la disminución de las horas de trabajo.

A esta altura del proceso, la lucha de clases se hacía cada vez más evidente para los trabajadores. Observaban que sus intereses iban en sentido opuesto al de su patrón: mientras los obreros buscaban incrementos salariales, el otro buscaba la forma de reducirlos para aumentar su ganancia. A diferencia de las anteriores formas de organización, las demandas del sindicato afectaban directamente el bolsillo del capitalista. Fue precisamente esta confrontación directa con su ganancia lo que permitió al obrero comprender con mayor claridad que sus intereses y los del patrón eran irreconciliables. Por eso el sindicato represente un paso decisivo en la formación de una ideología propia de la clase obrera. 

Como era de esperarse, el Estado burgués inglés no tardó en responder ante el avance de estas nuevas sociedades de tipo sindical. Por eso, en 1799 y 1800 el gobierno inglés promulgó las Combination Acts, que prohibían las huelgas y las coaliciones de trabajadores. La legislación condenaba a tres meses de prisión o dos meses de trabajos forzados a todo trabajador que se organizara para luchar por un aumento salarial o para disminuir la jornada laboral (R. Y. Hedges & A. Winterbottom, 1930).

Dos años después de la creación de la LCS, el 12 de mayo de 1794, el enviado del rey, dos agentes de Bow Street, el secretario particular del ministro del Interior y otros dignatarios llegaron al número 9 de la calle Piccadilly para detener a Thomas Hardy, bajo la acusación de alta traición. El castigo que correspondía a este cargo “era ser colgado por el cuello, cortado mientras aún estuviera vivo, desentrañado (y sus entrañas quemadas ante él) y luego decapitado y descuartizado” (E. P. Thompson, 1989, pág. 6). Milagrosamente, después de 9 días de proceso fue absuelto. La que no corrió con la misma suerte fue su esposa, quien semanas antes había sido víctima de un ataque de una turba progubernamental (Church and King) contra su casa, y que a consecuencia de esas heridas murió en un parto prematuro poco después.

Tras la derrota de la LCS, el movimiento obrero siguió buscando nuevas formas de organización y autodefensa, aun a costa de desafiar a las leyes represivas del Estado inglés. Surgió así la idea de agrupar a los trabajadores de acuerdo con la rama industrial a la que pertenecían y no de manera masiva, como Hardy lo había intentado previamente (Córdova A. M., 2013). Empezaron a aparecer entonces,  de manera generalizada, organizaciones de obreros de un mismo oficio o rama industrial, las cuales se autodenominaron tradeuniones,[3] que surgieron de manera ilegal en Inglaterra en la última década del siglo XVIII, y se consolidaron a lo largo del siglo XIX.

Los años siguientes se convirtieron en una ardua y larga lucha por lograr el reconocimiento legal de las tradeuniones. El punto culminante de esta lucha tuvo lugar en 1824. Gracias a la presión popular y al liderazgo de Francis Place[4] se revocaron las Combination Acts de 1799 y 1800, reconociendo la libertad de organización y coalición. Sin embargo, esta victoria fue efímera: la ola de huelgas que desató la nueva libertad alarmó al gobierno, que un año después, en 1825, aprobó una nueva Combination Act. Esta ley mantenía la legalidad de los sindicatos, pero restablecía duras sanciones contra la huelga y el piquete[5], con lo que despojaba a los trabajadores de sus principales armas de presión (Montagut, 2020).

El reconocimiento legal de las tradeuniones convirtió a la clase obrera en una fuerza política de consideración. La burguesía de aquellos años tenía el inconveniente de no tener representación legal en el parlamento, el cual estaba dominado por los nobles y grandes terratenientes. Para conseguirlo buscaron y obtuvieron una alianza con el movimiento obrero “con el anzuelo de luchar unidos por sus demandas; de esta alianza, a la que muchos obreros radicales se opusieron, nació la organización conocida como la Unión General de las Clases Productoras” (Córdova A. M., 2013, pág. 191).

Esta alianza impulsó al movimiento obrero, pero benefició, sobre todo, a la burguesía que, a través de numerosas huelgas apoyadas en las inmensas masas de obreros, consiguió su representación en el parlamento en 1832. Sin embargo, antes de lo imaginado pasó lo que naturalmente debía suceder: tan pronto como los burgueses lograron satisfacer sus demandas, no solo se olvidaron de los obreros, sino que desde el parlamento votaron a favor de la reducción de los subsidios que recibían los trabajadores domiciliarios (Córdova A. M., 2013). Esta traición de los “aliados” le dolió tanto a la clase obrera que se decepcionó de la lucha política, en la que apenas estaban dando sus primeros pasos y, por un momento, se abocaron únicamente a la lucha de carácter económico.

Fue en este contexto cuando Marx aplicó por primera vez su método de análisis materialista a la situación política concreta de Europa de 1848. Dada la traición de la burguesía, arengó a las masas proletarias de Europa a que lucharan como una fuerza independiente por el poder político.[6] En el texto que escribió urgentemente para esta coyuntura, El Manifiesto del Partido Comunista, mostraba a la clase obrera que sus intereses y los de la burguesía eran antagónicos e irreconciliables; de modo que si querían alcanzar su emancipación, debían organizarse y luchar juntos como clase.

Las revoluciones de 1848 en Europa constituyeron una escuela práctica para el proletariado, especialmente para desarrollar su propio reconocimiento de clase. La orientación de Marx y Engels resultó decisiva para que el proletariado comprendiera que ni la democracia burguesa ni la monarquía (absoluta o constitucional) los representaban, y que sus intereses eran radicalmente antagónicos.[7] A partir de estas dos fuentes (la teórica y la práctica), los obreros empezaron a entender que su emancipación no dependía sino de ellos mismos, para lo cual resultaba imprescindible construir un movimiento político independiente y de clase.

Pero esa toma de conciencia, como veremos en la próxima entrega, no fue inmediata ni lineal. La clase obrera tuvo que recorrer aún un largo camino antes de comprender plenamente que su verdadera emancipación no vendría de la negociación con el patrón, sino de la abolición del propio sistema que los convertía en asalariados.

En ese sentido, el sindicato fue un salto cualitativo en la organización obrera: ya no se trataba solo de sobrevivir al capitalismo, sino de presionarlo,  de obligarlo a ceder, de arrancarle concesiones mediante la negociación colectiva. Pero la historia demostraría que, por sí solo, el sindicato no bastaba para derrocar el sistema que lo engendraba. Los obreros pronto aprenderían, por medio del socialismo científico, que la lucha económica y la lucha política eran dos caras de una misma moneda, y que para emanciparse por completo iban a necesitar algo más que sindicatos: un partido propio, una teoría propia y, finalmente, el poder político.


Christian Jaramillo es maestro en Economía por la Facultad de Economía de la UNAM.

NOTAS

[1]Es importante aclarar que, de acuerdo con la teoría marxista, el sindicalismo es la forma más avanzada de organización alcanzada por los obreros, en tanto que surge de su propio seno ideológico. En cambio, la tesis del partido obrero —entendido como una organización superior al sindicato, por el cual se aspira a conquistar el poder político— es una introducción externa, propia del socialismo científico.

[2] E.P. Thompson (1989) menciona que, aunque a menudo se considera a la Sociedad de Londres (LCS) como la organización pionera de este tipo, antes ya se habían conformado las Sociedad de Sheffield, Derby y Manchester.

[3] Es una palabra que se ha castellanizado del inglés Trade Unions, que significa Unión de Sindicatos.

[4] Era un sastre y reformista sindical que perteneció a la Sociedad Correspondiente de Londres.

[5] “Piquete” del inglés picketing , era la práctica de que un grupo de trabajadores en huelga que se colocaban a la entrada de la fábrica, taller o mina para difundir la huelga, disuadir a otros obreros de trabajar y bloquear el acceso a la fábrica de los rompehuelgas.

[6] Fue un periodo en el que las burguesías europeas se revelaban contra sus monarquías. Alemania, Francia y Austria, son algunos de los países donde la revolución tuvo mayor impacto. En todos ellos el proletariado jugó un papel fundamental; sin embargo, cuando la burguesía tomó el poder político, traicionó a las clases populares que habían apoyado y servido como carne de cañón durante las revueltas.

[7] En el caso de Francia, la monarquía de Luís Felipe, que de 1830 a 1848 representó los intereses de la burguesía financiera y terrateniente, se encontraba cada vez más cuestionada por la burguesía despojada del poder político: la burguesía industrial. Esta última no pretendía más que reformas que le garantizara su cuota de poder; sin embargo, el malestar social imperante, el empobrecimiento masivo, avivado por años seguidos de malas cosechas, y sobre todo la crisis comercial e industrial de 1847, exacerbaron los acontecimientos, sacudiendo a todas las clases sociales.  La posterior victoria de la república sólo pudo llegar a consumarse por medio de la “determinante” participación del proletariado, mientras que el apoyo de la burguesía a la revolución fue “pasivo” (Marx, 2015). A diferencia de la “República social” por la cual había luchado el proletariado, la burguesía no tardó en establecer un gobierno diseñado a beneficio de las clases poseedoras (la república de febrero). Desde entonces la burguesía se convirtió en enemiga acérrima del proletariado revolucionario, al que masacró sin piedad en las calles de París durante la insurrección de junio de 1848. Marx la denominó como “la primera gran batalla entre las dos clases de la sociedad moderna” (Marx, 2015, pág. 10).

Bibliografía

Lenin, V. (1977). ¿Qué hacer? Teoría y práctica del bolchevismo. Distrito Federal: Ediciones Era.

Córdova, A. M. (2013). Conferencias Obreras. Méxcio: Estentor.

E. P. Thompson. (1989). La formación de la clase obrera en Inglaterra. Barcelona: Crítica, S.A.

Engels, F. (1984). La situación de la clase obrera en Inglaterra. México: Cultura Popular.

Iscaro, R. (1976). Historia del movimiento sindical internacional. México: Cultura Popular.

K. Marx & F. Engels. (2024). El Manifiesto Comunista. Ciudad de México: Akal.

Montagut, E. (2020). La Combination Acts.

R. Y. Hedges & A. Winterbottom. (1930). The Legal History of Trade Unionism. Londres: Longmans, Green & Co.

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