Educación y revolución en México

Por Miguel Alejandro Pérez | Agosto 2026

En 1916, en plena Revolución mexicana, un joven Martín Luis Guzmán publicó unas breves notas bajo el título de La querella de México. Allí recordó que Justo Sierra solía insinuar que el problema educativo de México no era menos importante que su problema económico. Guzmán añadió, por su parte, que la necesidad educativa del país no sólo era comparable a su necesidad económica, sino que la superaba en mucho. Desde su punto de vista, el problema que México no acertaba a resolver era de “naturaleza principalmente espiritual”. Los orígenes de sus males no residían en causas análogas a la desaparición de “los viejos repartimientos de la tierra”, según sostenía una opinión que Guzmán calificó de “materialista”. A su juicio, las fuentes del mal se encontraban en otra parte: estaban en los “espíritus” (tanto en los de “la clase directora”, “de antaño débiles e inmorales”, como en los del “criollo” y el “mestizo”). Lo que padecían los mexicanos era, precisamente, aquello que llamó una “penuria del espíritu”.

Desde entonces ha corrido mucha agua bajo los puentes. Sin embargo, la tesis de Luis Guzmán conserva cierta vigencia. Nuestra necesidad educativa no sólo es hoy comparable a nuestra necesidad económica: la supera con creces. El problema educativo de México no es, en la actualidad, menos importante —y quizá resulte tanto más apremiante, tanto más acuciante— que su problema económico. Consideradas las cosas desde cierto punto de vista, resulta legítimo afirmar que el problema que México sigue sin resolver es, todavía ahora, un problema de “naturaleza principalmente espiritual”. Las fuentes del mal continúan estando, en buena medida, en los “espíritus”. En suma, seguimos padeciendo aquello que Guzmán denominó “penuria del espíritu”, acaso en un grado incluso mayor que en 1915.

¿Qué alcance cabe atribuir, empero, a la sugestiva tesis de Guzmán?

Si se reconoce que el ser humano “es todo educación”, es decir, si se acepta la tesis materialista según la cual el ser humano es el producto de sus circunstancias; si se admite, en fin, que los individuos son los productos inevitables de su situación, entonces se acepta también la exigencia de transformar, en primer lugar, el medio ambiente social. Desde esta perspectiva, las ideas no significan nada; el medio ambiente, en cambio, lo significa todo: las relaciones sociales son la causa y la humanidad el efecto. Considerada desde este ángulo, la tesis de Guzmán parecería carecer de importancia. Nuestra “penuria del espíritu” no sería más que el trasunto forzoso de nuestra inveterada “penuria material”.

Sin embargo, si se acepta la premisa de que el ser humano es fruto del medio ambiente social, ¿qué explica entonces la transformación práctica de ese entorno?, ¿qué explica la historia misma, el desarrollo, de las relaciones sociales? Desde otra perspectiva, parece claro que la sociedad está determinada por las opiniones y las ideas humanas; que el medio ambiente social es fruto de las opiniones y que éstas constituyen la causa fundamental de la existencia de todo medio ambiente social determinado. Considerada desde este punto de vista, la tesis de Guzmán reviste una validez relativa. Los orígenes de nuestros males, las fuentes del mal, se encontrarían en los “espíritus”.

En realidad, la disyuntiva es falsa. La transformación del medio ambiente social coincide con la transformación de los propios seres humanos en el momento de la práctica o actividad revolucionaria: no se cambian las condiciones exteriores, sino cambiándose a sí mismos, y recíprocamente no se cambian a sí mismos sino cambiando las condiciones del propio vivir. En otras palabras, la historia como lucha constante establece la indisolubilidad de ciencia (conocimiento, conocer, interpretar, entender: el momento crítico) y potencia (poder, hacer, vivir, transformar: el momento práctico); la reciprocidad de acción establece, pues, la unidad y dependencia recíproca (no unilateral y unívoca) de estos binomios, el cambio dialéctico de ambos términos entre sí, la unidad y dependencia recíproca de dos momentos igualmente necesarios: la unidad entre la acción del intelecto y la de la mano, tesis y antítesis que sólo en la unidad dialéctica de la síntesis tienen su realidad concreta y viva.

En la lucha por cambiar sus circunstancias, por transformar su entorno social, los seres humanos se transforman también a sí mismos: lo que significa una concepción de la historia como creación continua de la actividad humana, por la cual el ser humano se produce a sí mismo como causa y efecto, autor y consecuencia a un tiempo de las sucesivas condiciones de su ser.

Desde esta perspectiva, cabe admitir que el problema educativo de México no es menos importante que su problema económico. Puede aceptarse, asimismo, que la necesidad educativa del país no sólo es comparable a su necesidad económica, sino que incluso la supera con creces. En otras palabras, resulta legítimo afirmar que el problema que México no acierta a resolver es, en buena medida, de “naturaleza principalmente espiritual”.

Pero la vigencia de la tesis de Guzmán resulta todavía más evidente si se considera que la empresa de crear un nuevo orden social, superior al orden capitalista, no puede incumbir “a una masa amorfa de parias y de oprimidos, guiada por evangélicos predicadores del bien”: “una nueva civilización no puede surgir de un triste y humillado mundo de ilotas y de miserables, sin más título ni más aptitud que los de su ilotismo y su miseria”.

No se trata, pues, de pretender acaudillar, de manera bizarra y caballeresca, una “revolución” de ilotas y descamisados. Adoptar y seguir esta vía supondría retrotraer esta cuestión a un estadio romántico y utopista; supondría “recoger del arroyo los clichés sentimentales y las imágenes demagógicas de una epopeya de sans-culottes”.

Los romanticismos humanitarios, estériles y lacrimosos, recaen, a fin de cuentas, en la más decadente apologética del paria. Desde la perspectiva de quienes sueñan con acaudillar una “revolución” de ilotas y descamisados, el problema educativo de México carece, en suma, de importancia. Desde el punto de vista de quienes pretenden encabezar una epopeya de sans-culottes, nuestra necesidad educativa resulta, en fin, asaz irrelevante. Desde esta perspectiva estrecha, resulta indispensable no sólo conservar, sino reproducir de forma ampliada aquello que Guzmán llamó “penuria del espíritu” en una masa amorfa de parias y de oprimidos; producir, en suma, un mundo de ilotas y de miserables, sin otro título ni otra aptitud que los de su ilotismo y su miseria.

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