Por Gerardo Almaraz| Agosto 2026
Cuando Daniel Téllez me invitó a presentar su más reciente libro de poesía, me preguntó si el boxeo era un tema de mi interés. Recordé entonces a Lorca, quien decía que la poesía no quiere adeptos, sino amantes. Amarla supone dejarse conducir incluso hacia aquellos territorios que nos son ajenos. Acepté la invitación pero antes me hice una pregunta que todo lector formula en voz baja: ¿cómo enfrentarse a una obra cuyo tema nos resulta desconocido? De esa inquietud nace esta lectura de Cuatro esquinas (2025, Bon Art).
La verdad es esta. Lo que sé del mundo del boxeo tiene que ver con los escasos recuerdos que se me vienen a la mente: los profes de la secundaria les ponían el apodo de “Chávez”, “Márquez” o “Pacquiao” a quienes, inquietos de adolescencia, golpeaban la pared o buscaban pleito a la menor provocación que ellos mismos inducían. Por su parte, mi padre disfrutaba el boxeo a su manera; si no había otro deporte en la televisión, se quedaba viendo los doce rounds cuando se trataba de un campeonato mundial. Nunca lo oí hablar de boxeo con pasión.
En la preparatoria elegí boxeo, pues inscribirse en un deporte era parte obligatoria del currículum. Me bastaron las tres clases que duró aquella semana para conocer el peso del guante, la destreza y mi torpeza ante ese movimiento metrallético que exige el cuerpo para golpear al contrincante. Conocí la fuerza necesaria para sostener la guardia, el instante oportuno de lanzar un jab que abriera distancia o un uppercut capaz de decidir el combate. Rendido antes del primer round de entrenamiento, preferí otro deporte a esa estética de la violencia como llamó Armando Oviedo al box.
Mi mínimo acercamiento al boxeo no basta para subir al cuadrilátero de Téllez. Lo que sí entra sin recato en todos los mundos posibles de toda obra literaria es la curiosidad. No porque haya matado al gato, sino porque constituye una herramienta invaluable para desentrañar los misterios que rodean a toda obra y a todo autor. En ese sentido, Cuatro esquinas se nos revela como un libro de madurez, a la manera en que Gabriel Zaid afirmaba que la poesía joven comienza a escribirse después de los cuarenta años. Los libros publicados y la exploración de esa línea de su poesía que Alejandro Higashi ha denominado «dificultismo» —caracterizada por una alta densidad intelectual, referencias eruditas y una compleja elaboración del lenguaje— confluyen en este libro para regresar, en homenaje, al pugilista (bajo la garra poética) que se retiró antes de dar el primer golpe a la gloria.
En Viga de equilibrio (Ediciones de Lirio, 2021), la antología que reúne la obra de Daniel Téllez escrita entre 1995 y 2020, ya se advierten las señales del camino que culmina en Cuatro esquinas. Este libro no solo sucede a aquel en el tiempo; también prolonga una veta poética que había comenzado con Arena Mestiza (Malpaís, 2018), donde Téllez dedicó varios poemas a la lucha libre. Ahora vuelve su mirada hacia el boxeo, un deporte que no nació en México pero forma parte de la tradición cultural mexicana gracias a su arraigo popular, su estilo y la larga estirpe de campeones que ha dado el país.
Cuatro esquinas se organiza en tres apartados. El primero, “Libra por libra”, funciona como un catálogo de admiraciones. Téllez convoca a boxeadores que marcaron una época como Julio César Chávez y Salvador Sánchez, dialoga con ellos desde la poesía no para levantar una galería de hazañas deportivas sino para devolverles su dimensión humana. El poeta habla de tú a tú con los pugilistas:
…El sinuoso camino de la transformación
mental y física
del humilde y natural púgil
de 15 años como debutante,
que supo esconder las penas de la vida
debajo de los guantes… (43)
Cada uno de los diecisiete poemas que integran esta primera sección exige detenerse en la crónica que lo sustenta. No basta con leer el poema, también hay que reconstruir el episodio que le dio origen. Así ocurre con “Con la muerte a cuestas”, dedicado a Antonio Margarito. El poema remite a la pelea contra Robert West, celebrada el 30 de marzo de 2001, un día después de que el boxeador recibiera la noticia de la muerte de su hermano Manuel. Aun así, subió al cuadrilátero y noqueó a su rival en el primer asalto. El poeta envuelve el dolor físico de los golpes en una crónica de vida porque esa también es la trayectoria de cualquier hombre sobre la tierra. Cada poema invita a buscar esos acontecimientos para atravesar el puente que el lenguaje tiende entre la historia y la poesía.
Hay guiños que el poeta va dejando. El poema dedicado a “JC Chávez” es un buen ejemplo. Solo cuando entendemos que el boxeo exige técnica, creatividad y una precisión casi coreográfica para combinar fuerza y velocidad, los versos adquieren una nueva dimensión. Basta con volver a los combates que hoy circulan en YouTube para comprobar la inteligencia corporal del campeón mexicano y entender mejor aquello que Téllez celebra en el poema. La curiosidad deja entonces de ser un simple impulso del lector y se convierte en un método de lectura. Los poemas de Cuatro esquinas no agotan su sentido en la página, obligan a salir de ella para regresar con una comprensión más amplia del verso.
Si «Libra por libra» estaba poblado por campeones, “Malapata” desplaza la mirada hacia quien nunca llegó al estrellato. La segunda sección está compuesta por poemas en prosa dedicados a Artemio, un boxeador de barrio, un titán para la violenta ordalía como diría Roberto López Moreno pero que no pudo vencer a la pobreza, esa adversaria que terminó por limitar el horizonte de su destino. Quizá aquí reside la esencia del deporte: seguir combatiendo aunque no haya trofeos ni reflectores; encontrar dignidad en el combate mismo, no en la gloria que rara vez llega:
Artemio, chofer de un refulgente Ruta ¡00 tiene como tarea semana reventar pómulos y cejas. Postillón de la ruta Gertrudis Sánchez-Norte 45 es un ídolo de puños anónimos, de un punto a otros, diariamente. (50)
La tercera sección, “Nocaut”, concentra toda la intensidad del libro en el instante decisivo del combate. El nocaut deja de ser únicamente el golpe que pone fin a una pelea para convertirse en una forma de mirar el boxeo desde la voz del narrador que acompaña cada enfrentamiento. En todo deporte la emoción también la construye quien relata la hazaña. Pensemos en Homero quien cantó el combate de dos pugilistas en La Ilíada, cuando Aquiles celebra los juegos fúnebres en honor de Patroclo. No había guantes ni cuadrilátero, pero sí un poeta siguiendo el ritmo de los golpes hasta volverlos canto. Daniel Téllez recoge esa misma tradición y nos recuerda que la poesía también puede narrar un combate sin perder un solo golpe de su música.
La pregunta que planteé al principio fue cómo enfrentarse a una obra cuyo tema nos resulta desconocido. La respuesta estaba en Cuatro esquinas. Bastaba seguir el método que sus poemas proponían: leer, investigar, regresar al poema y descubrir que el boxeo es apenas la puerta de entrada a una experiencia profundamente humana. Deja entonces de ser un deporte para convertirse en una metáfora del cuerpo, de la derrota y de esa obstinación tan humana de volver a levantarse.
Gerardo es Sociólogo por la UACh, autor de Vestigios (2022) y creador artístico del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
NOTAS
*Cuatro esquinas, Daniel Téllez. Ediciones Bon Art. México, 2025. 72 pp.
