Primeras formas de organización y resistencia de los obreros: Ludismo (o fase espontánea) y Mutualismo

Por Christian Jaramillo | Agosto 2026

El obrero, a lo largo de su historia como clase, no siempre ha estado organizado en sindicatos; de hecho, estos solo aparecen como la última y más acabada forma de organización surgida de la propia conciencia de los trabajadores. Antes, en las primeras etapas del movimiento obrero, sus formas de organización eran acordes al nivel de conocimiento que tenían del sistema económico para el que trabajaban y que los explotaba al mismo tiempo; esto es, prácticamente nulo.

Las primeras reacciones de los obreros contra la explotación capitalista fueron movimientos espontáneos que consistieron en abandonar las fábricas, prenderlas fuego y destruir las máquinas. Valga decir que ninguna de estas acciones estuvo planificada; se caracterizaban más bien por la falta de coordinación entre los trabajadores: “más que lucha, era una expresión de desesperación y de venganza” (Lenin, 1977, pág. 137).

Reducidos a la miseria y aún inconscientes de los mecanismos de la explotación capitalista, los obreros veían la causa de sus males en la introducción de las máquinas a la producción. Observaban por ejemplo que un telar necesitaba mucha mano de obra para fabricar una prenda, mientras que al introducir un telar de vapor muchos trabajadores eran despedidos. Esto les hacía creer que su enemigo principal eran las máquinas y no el capitalismo que las usaba para explotarlos y reducirlos a un apéndice de aquellas. De modo que los trabajadores de finales del siglo XVIII e inicios del XIX, cegados tras el desplazamiento de las máquinas, quemaban y destruían cualquier tipo de artefacto mecánico con el objetivo de que los volvieran a contratar. A este movimiento se le denominó ludismo, en referencia a Ned Ludd, nombre del obrero que encabezó las manifestaciones[1] (Iscaro, 1976).

El miedo y la impotencia que sentían los trabajadores por ser desplazados por las máquinas se evidenciaba en la forma en cómo las llamaban: “instrumento del diablo”, “bestia terrible”, “monstruo de hierro”, “instrumento maldito”, “tirano vapor”, “engendro del infierno” o “bruja maldita” (Vega, 2026)

La respuesta del Estado a estos motines fue defender las fábricas, golpear, asesinar y encarcelar a los obreros. En Inglaterra, en 1769, se creó la primera ley en contra de la destrucción de máquinas y el asalto e incendio de fábricas; en 1799 y 1800 se erigieron las “Combination Acts”, que prohibían la organización de los obreros y las huelgas; y en 1812 se estableció la “Destruction of Stocking Frames Act” (Ley de Destrucción de Marcos) que castigaba con pena de muerte a los ludditas (Bailey, 1998). El saldo de esta primitiva forma de lucha fue el siguiente: “1.100 máquinas destruidas, 6 fábricas quemadas, 15 luditas muertos, 13 confinados en Australia y 14 ahorcados” (Cornejo, 2011).

No obstante, y a pesar de la sangrienta represión, estos motines primitivos ya mostraban cierto despertar de la conciencia de clase:

[…] los obreros perdían la fe tradicional en la inamovilidad del orden de cosas que los oprimía; empezaban … no diré que a comprender, pero sí a sentir la necesidad de oponer resistencia colectiva y rompían decididamente con la sumisión servil a las autoridades; […] eso nos demuestra que, en el fondo, el “elemento espontáneo” no es sino la forma embrionaria de lo consciente (Lenin, 1977, pág. 137).

Pero esa conciencia embrionaria, por sí sola, no bastaba para enfrentar la maquinaria represiva del Estado y la burguesía. Los trabajadores necesitaban algo más que la indignación espontánea; necesitaban organización y recursos colectivos para sobrevivir a un sistema que los desechaba y maltrataba sin piedad. Fue así como, ante la represión y aniquilamiento del movimiento luddita, surgió el mutualismo. Funcionaba como una caja de resistencia controlada por un pequeño comité o, a veces, por un solo obrero que recibía cuotas de los demás trabajadores, creando un fondo para socorrer a cualquiera de sus miembros en caso de necesitarlo. Los recursos se destinaban principalmente para cubrir emergencias como accidentes, enfermedades o pérdidas de empleo (Solá, 2003).

Esta organización se hizo popular entre los obreros de Europa y América, al menos desde inicios del siglo XIX[2] como mecanismo de asistencia para paliar las vicisitudes que el capitalismo industrial les presentaba. Caso similar representaron las “Asociaciones de Socorros Mutuos” que, a diferencia del mutualismo laico, estaban organizadas por instituciones religiosas. Adicional a la cuota de apoyo, los trabajadores tenían que adscribirse a un santo patrón y a la capilla de una iglesia, y se sometían a estrictos rituales:

[…] desfiles tras las banderas de la sociedad, oficios religiosos, entierros de los hermanos, ceremonias de convivencia entre las que figuran los famosos banquetes. En el siglo XVII, y sobre todo en el XVIII, algunas de estas sociedades practican la <<resistencia>> contra los maestros de oficios e, incluso, entablan movimientos de huelga» (Gueslin, 1998, pág. 106)

Sin embargo, incluso en aquellos casos en que las sociedades mutualistas practicaban la ‘resistencia’ o entablaban huelgas, la lucha no traspasaba los límites  del oficio o la cofradía; no se dirigía contra el sistema capitalista en su conjunto, sino contra abusos concretos de un patrón determinado. Dicho de otro modo, ni el ludismo ni el mutualismo fueron formas de lucha sistemáticas realizadas en contra de sus patrones, sus explotadores o el sistema capitalista; eran, más bien, organizaciones espontáneas y atomizadas, creadas para la autoayuda de los trabajadores y que carecían de una ideología de clase. Sólo tiempo más tarde la lucha cambiaría de rumbo, para establecer a la explotación capitalista como su verdadero enemigo.

Los obreros llegaron a comprender que la causa de sus males no estaba en la máquina misma, sino en la forma capitalista de emplearla, y entendieron que la lucha no debía librarse contra las máquinas, sino contra aquellos que las habían transformado en un medio de explotación, es decir, los capitalistas (Iscaro, 1976, pág. 22).

Como resultado de un mayor grado de conciencia del sistema económico en que vivían, los obreros crearon el sindicato como forma superior de organización para pelear y defender sus derechos. El sindicato significó un gran paso hacia adelante en relación con el mutualismo. Sobre el sindicato no se abordará en este artículo, sino hasta la próxima entrega, pero baste decir que fue el sindicato la primera forma de organización obrera que asumió al capitalista como enemigo de clase y causante de sus desgracias materiales. En ese sentido, trascendieron a las cajas de ahorro mutualista para exigir al patrón mejoras en los salarios y reducción de la jornada laboral. 

Es importante aclarar que no porque los obreros hayan asumido al capitalista como clase antagónica en este punto histórico quiere decir que hayan asumido de la misma manera al propio sistema capitalista. Esto todavía iba a requerir unas décadas más de maduración de las contradicciones del sistema capitalista y de la teoría socialista (transición del socialismo utópico al científico). La conciencia económica del sindicalismo no abordaba la posibilidad de derrumbar el sistema en cuestión, y mucho menos de tomar el poder en manos de los propios trabajadores.   

Así, el ludismo y el mutualismo caracterizaron la fase inicial del movimiento obrero. Fueron formas de resistencia que no solo no atinaron a dar con el fondo del problema y su causa, sino que por el mismo estado incipiente del capitalismo industrial y del movimiento obrero, no supieron contra quien dirigir su lucha y esfuerzos. No obstante, sería un error desdeñarlas como meros errores históricos; lejos de eso, fueron el crisol donde se forjaron las primeras herramientas de la rebeldía obrera: la máquina destruida se convirtió en la primera negación del proletariado de la realidad en la que se enfrentaba, y el fondo mutualista, en la primera afirmación de la solidaridad de clase. Aquellos pasos ciegos e inciertos fueron, en rigor, los únicos posibles en una época en que el capitalismo apenas comenzaba a mostrar su rostro y los trabajadores apenas comenzaban a mostrar su fuerza. En ese sentido, su importancia no estuvo en haber acertado, sino en haber creado el camino por el que la clase obrera empezaría a reconocerse a sí misma como tal.


Christian Jaramillo es economista por la Facultad de Economía de la UNAM.

NOTAS

[1] Las principales consignas de lucha eran: “abajo las máquinas”, “alto al maquinismo”, “hay que terminar con la competencia de las máquinas” (Cordova, 2005)

[2] Aunque la etapa de mayor expansión del mutualismo fue en los inicios del siglo XIX, hay registros de prácticas similares en sociedades como la egipcia de hace tres milenios o la Grecia clásica, donde las clases explotadas usaban los recursos del fondo común para casos de indigencia o enfermedad de alguno de sus miembros (Solá, 2003).

Bibliografía

Lenin, V. (1977). ¿Qué hacer? Teoría y práctica del bolchevismo. Distrito Federal: Ediciones Era.

Cornejo, C. (18 de abril de 2011). Bicentenario de Ned Ludd: Recordando a los destructores de máquinas. Obtenido de El Ciudadano: https://www.elciudadano.com/organizacion-social/bicentenario-de-ned-ludd-recordando-a-los-destructores-de-maquinas/04/18/

Bailey, B. (1998). The Luddite Rbellion. New York: NYU Press.

Gueslin, A. (1998). La formación de un sector de vocación europea: la economía social en el siglo XIX. JM.

Iscaro, R. (1976). Historia del movimiento sindical internacional. México: Cultura Popular.

Solá, P. (2003). El mutualismo y su función social: sinopsis histórica. CIRIEC-España, Revista de Economía Pública, Social y Cooperativa., 175-198.

Vega, R. (2026). La rebelión de los luditas (Un centenario olvidado 1812-2012). México: Biblioteca Virtual Omega.

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