Por Arnulfo Alberto | Agosto 2026
Grandes pensadores económicos han afirmado que el capitalismo es una organización económica inherentemente inestable debido a la anarquía en la producción y a una lógica de competencia constante entre los diversos productores de mercancías.
A lo largo de la historia, numerosas industrias han generado burbujas especulativas. Marx abordó ampliamente el frenesí de inversión en torno a la industria ferroviaria en la Inglaterra del siglo XIX. En el siglo XX, la Gran Depresión de 1927, también producto de una actividad especulativa en el sector financiero puso en jaque con mayor severidad la continuidad del propio sistema. Esta situación constante de caos económico tuvo su repetición más reciente en 2007, con el colapso inmobiliario y la crisis de las hipotecas, en EE. UU.
Hoy día somos testigos del nacimiento y desarrollo de una novísima burbuja especulativa en torno al sector tecnológico, en concreto, al de la inteligencia artificial (IA).
La IA representa una innovación poderosa y por supuesto que es uno de tantos desarrollos e inventos revolucionarios que ha generado la sociedad industrial, sin embargo, nos la están vendiendo como la panacea y el milagro para todos los problemas de este modo de producción destructor y opresor.
Aunque el primer modelo de inteligencia artificial, GPT-1 apareció en 2018, es con la cuarta versión, GPT-4 o ChatGPT, que se acelera el boom en esta industria.
Este año contamos ya con numerosas empresas dedicadas a la generación de nuevos modelos incluidas OpenAI, Anthropic, SpaceX, Deepseek, entre otras.
El modelo de Anthropic, Mythos, diseñando especialmente para cuestiones de ciberseguridad, es capaz de detectar y aprovecharse de vulnerabilidades de programación en softwares y que de momento se encuentra prohibido fuera de EE. UU.
Para estos señores todo es jauja. Las principales empresas que están desarrollando modelos de inteligencia artificial se capitalizan a ritmos estratosféricos, poniendo en riesgo al propio sistema. Por ejemplo, los llamados siete magníficos, es decir, Alphabet, Amazon, Apple, Meta, Microsoft, Nvidia y Tesla, han alcanzado un valor de 22 billones de dólares en el mercado de valores y el movimiento de sus acciones representa ya un tercio del peso ponderado del índice Standard & Poor’s 500, que mide el rendimiento de las 500 empresas más poderosas del mercado bursátil estadounidense.
Los países más desarrollados son los más beneficiados. Estados Unidos lleva la delantera y, aunque cada vez más cerca está China. El resto del mundo y México en particular nos quedaremos mirando cómo nuestra plusvalía se transfiere a estos países más avanzados tecnológicamente. Y no tendremos ninguna posibilidad de incidir en la producción y la regulación de estos dispositivos, que, en cambio, sí afectan y perjudican a la sociedad burguesa.
Sin embargo, mientras entre los turiferarios del capital todo es bombo y platillo con la última gallina de los huevos de oro descubierta, poco se habla de los efectos perniciosos que se ciernen sobre nuestras cabezas cual espada de Damocles.
La IA se apropia del conocimiento e información producidos colectivamente y socializados a través de internet o de la red global de intercambio de información a la que todos estamos conectados. Los beneficios de este uso abusivo son, evidentemente, privatizados. Como bien señaló recientemente el senador estadounidense Sanders “La IA se basa en nuestra inteligencia colectiva: nuestros libros, canciones, obras de arte, periodismo, código informático, investigación científica, vídeos, conversaciones, imágenes e ideas que abarcan generaciones”.
La IA consume muchos recursos, principalmente agua y electricidad. Para el 2030, Naciones Unidas calcula un consumo de 945 teravatio-horas de electricidad, esto representará el consumo de tres países enteros, Pakistán, Bangladesh y Nigeria cuya población combinada es de 670 millones de personas.
La IA desplazará a millones de trabajadores. Se estima que para 2030 al menos 92 millones de empleados perderán su empleo por la inteligencia artificial de acuerdo con el último reporte laboral del Foro Económico Global. Por otro lado, la IA incrementa la productividad de los trabajadores, pero en el capitalismo eso difícilmente se traduce en mejores remuneraciones para ellos, no incidirá significativamente en su calidad de vida. La IA por sí misma no cambiará la correlación de poder entre propietarios y trabajadores, sin organización de los trabajadores para atemperar las profundas inequidades de las sociedades de clase. De otra manera, para lo que si servirá es para perpetuar el sistema de explotación y autoexplotación del capitalismo. Efectivamente para resolver algunos problemas, como ser terapeuta o confidente de personas sin acceso a ayuda profesional, pero creará otros mucho más graves como la excesiva concentración del poder económico y político. Esa ha sido consistentemente la historia del capitalismo y no hay motivos para creer que la IA será revolucionaria si está controlado por los caciques de la tecnología.
Lo cierto es que detrás de estas nuevas tecnologías, y concretamente de la IA, hay humanos, en particular capitalistas. Gente poderosa con intereses contrarios a los de la humanidad. Ellos tienen su agenda política de dominación. Cuando caemos en su propaganda, cuando nos tragamos su cuento de un futuro de prosperidad, cuando consumimos sus productos inconscientemente, estamos contribuyendo a enriquecerlos, a hacerlos más poderosos, más ricos, y cavamos nuestra propia tumba como especie.
Para muestra un botón. Cuando Elon Musk, el barón de las tecnológicas, sacó a bolsa las acciones de su empresa SpaceX el 12 de junio del presente año, esta alcanzó una capitalización de más de 2 billones de dólares, convirtiendo a Musk en el primer billonario de la historia. Esta empresa engloba a un sector de exploración espacial, cohetes y satélites, una rama de inteligencia artificial que ha producido modelos como Grok y una división de redes sociales, pues es propietaria de X, antes Twitter. La persona más rica del mundo ha aglutinado en un solo mando a poderosas empresas pertenecientes a diferentes sectores y que permiten vislumbrar que sus objetivos de dominación no son solo económicos, sino políticos. Recordemos que Elon Musk fue uno de los más firmes apoyadores de Donald Trump donando alrededor de 240 millones de dólares en la última elección presidencial. La fortuna de este capitalista equivale al 3% del producto interno de Estados Unidos. Ni en tiempos de John Rockefeller, epítome del magnate estadounidense, se alcanzó nunca este porcentaje, lo que habla del extremo de acumulación que hemos alcanzado. Además, esa cifra es la mitad del PIB de España o el doble del de Argentina de acuerdo con el politólogo Mattias Bianchi.
La IA no solo no eliminará la pobreza y la desigualdad de riqueza si no que creará más pobres y desempleados. Ya lo estamos viendo con la concentración excesiva de la riqueza. Se está creando una nueva casta de aristócratas mientras la mayoría de los trabajadores se debate en inseguridad financiera. Es más probable que las novísimas innovaciones tecnológicas nos lleven a la debacle del capitalismo a que los inventos de este sistema nos lleven a Marte. En México solo sufriremos las consecuencias, porque nuestra irrelevancia mundial en ciencia y tecnología nos deja en la retaguardia de los avances de nuestro tiempo.
Este breve texto quiere presentar un panorama claro de la situación actual de la inteligencia artificial en el capitalismo. La burbuja especulativa de la IA es una amenaza más para las mayorías trabajadoras pues son los que terminan pagando los platos rotos cuando esta revienta.
Arnulfo Alberto es maestro en Economía por la UNAM.
