Por Miguel Alejandro Pérez | Agosto 2026
Martin Lutero, como otros grandes reformadores de su tiempo, no supo —como hoy podemos saberlo— que el impulso de la Reforma correspondía a una fase de formación del tercer estado y a una rebelión económica de la nacionalidad alemana contra la explotación de la corte papal. Y, sin embargo, fue precisamente lo que fue, en tanto agitador y político, porque creyó que ese impulso de clases constituía un retorno al verdadero cristianismo y una necesidad divina en el curso ordinario de las cosas. De ahí la célebre formulación: “¡No puedo hacer otra cosa, esta es mi postura!”.
Este sencillo ejemplo histórico muestra, en primer lugar, que no es posible separar el hecho acaecido del modo en que sucedió. Post factum, puede rehacerse la historia de las causas económicas de la Reforma y esclarecer los móviles efectivos que actuaron como causas íntimas, en gran parte desconocidas por los propios actores. Pero esta reconstrucción no autoriza a desanudar la integralidad circunstancial mediante un análisis póstumo, subjetivo y simplista. La circunstancialidad específica de cada proceso histórico —y de la Reforma en particular— reside precisamente en que el hecho ocurrió como ocurrió: en que adoptó determinadas formas, se vistió con cierto ropaje, se coloreó con un tinte particular, movilizó pasiones específicas y se expresó en un determinado fanatismo.
Por ello, para escribir la historia no basta con poner en evidencia el momento económico —a menudo incierto— y desechar el resto como si fuera un fardo inútil o una simple bagatela. Las vistas ideológicas, la envoltura ideológica de las obras humanas, mediante los cuales los actores se explican a sí mismos sus motivos, no constituyen un simple artificio. Es cierto que las formas de la conciencia no determinan el ser del hombre, sino que este modo de ser determina la conciencia; pero esas formas de la conciencia, al estar determinadas por las condiciones de vida, son también historia. La historia no es sólo su anatomía económica, sino todo aquello que la reviste y la cubre, incluidos los reflejos multicolores de la fantasía. No hay hecho histórico que no esté precedido, acompañado y seguido por determinadas formas de conciencia. En la historia, carne y hueso forman un solo objeto.
De ahí la necesidad de no adoptar una actitud puramente negativa y superficialmente racionalista frente a fenómenos ideológicos como la religión o la filosofía. Es esencial, en primer lugar, interpretarlos teóricamente y tratarlos prácticamente como realidades. La concepción realmente dialéctico-materialista de la totalidad del proceso histórico considera que la ideología en general constituye un elemento material de la realidad global, histórico-social. Por eso rechaza la perspectiva superficial del empirismo unilateral, según la cual lo ideal sería lo existente no de hecho, sino sólo en la fantasía. Se trata, en suma, de reconocer la realidad de la ideología: de aquilatar la esencia terrenal de las quimeras ideológicas sin reducirlas mecánicamente a su núcleo material.
En este sentido, conviene insistir en que no puede separarse el hecho acaecido del modo en que sucedió, ni desanudarse su integralidad circunstancial mediante un análisis póstumo. La circunstancialidad específica de cada proceso histórico exige esclarecer no sólo los motivos prosaicos y profanos, sino también las mediaciones por las cuales esos motivos adoptan la forma en que se presentan a la conciencia. Implica, por tanto, dar cuenta tanto de los móviles efectivos como de la mediación entre causas y efectos, condiciones y condicionados, precedentes y consecuencias.
No se trata, entonces, de traducir todas las complejas manifestaciones de la historia en categorías económicas, sino de explicar en última instancia cada hecho histórico por la estructura económica subyacente, lo que supone análisis y reducción, pero también mediación y composición. De este modo se resuelve la cuestión de la relación entre lo particular y lo general: ambos se interpenetran. Esto implica rechazar tanto la concepción en la que lo general es absorbido por lo particular —con lo cual la historia deviene no solamente irracional y contingente, sino también absurda— como aquella en la que lo particular es absorbido por lo general y los individuos quedan reducidos a simples instrumentos de una historia predeterminada.
Así, los motivos —religiosos, políticos, estéticos o pasionales— que orientan la voluntad de los actores históricos resultan indispensables para comprender la específica circunstancialidad de las obras humanas. Pero, al mismo tiempo, es preciso reconocer que en la historia la libertad —esto es, las acciones conscientes de los hombres— se transforma en necesidad, y la necesidad, a su vez, se convierte en libertad.
Miguel Alejandro Pérez es maestro en Historia por la UNAM.
