Resiliencia o resistencia

Por Victoria Herrera | Julio 2026

Catástrofes naturales como los recientes terremotos en Venezuela nos obligan a traer al debate público la disyuntiva entre resiliencia y resistencia. ¿Hasta qué punto tenemos que ser resilientes ante las adversidades? ¿La resiliencia de las víctimas, aplaudida por los políticos y periodistas, es la única alternativa frente a eventos calamitosos? ¿O existe una forma distinta de responder a estas circunstancias o a otras coyunturas sociales que afectan la vida de las mayorías?

Aparentemente, la resiliencia es una virtud humana porque permite adaptarnos —por no decir soportar y resignarnos— a una realidad caótica. Por ello, el ser resiliente no cuestiona, no se indigna ni se inconforma con su realidad, de manera que, la resiliencia se adapta perfectamente al discurso individualista y neoliberal: convierte las catástrofes en desafíos naturales fuera del alcance humano o los problemas estructurales, como la pobreza, en desafíos personales y desplaza la atención de las responsabilidades institucionales y colectivas hacia la fortaleza emocional de cada individuo. Es decir que no importa cuán injustas sean las circunstancias, lo importante es aprender a vivir con ellas.

De acuerdo con el filósofo Diego Fusaro, quien reflexiona en Odio la resiliencia, esta “virtud del ser resiliente” no es otra cosa que una categoría política e ideológica, que se ha exacerbado precisamente y no por casualidad en la era neoliberal. La resiliencia, sostiene, es una forma de indiferencia, apatía y parasitismo. Una sociedad que se resigna ante el dolor y celebra la capacidad de soportarlo –como San Sebastián– corre el riesgo de olvidar la capacidad de transformar las condiciones que lo producen.

Fusaro argumenta; sin embago, que existe un uso adecuado del concepto en el ámbito de la psicología para afrontar eventos personales irreversibles, como los duelos. El problema es su traslado a lo social y político, donde se utiliza para normalizar lo que es evitable, convirtiendo injusticias en desafíos personales. El homo resiliens, en su definición, ha aceptado ser sumiso en lugar de revolucionario, adaptándose e ignorando las cadenas que lo someten. Esta ideología se convierte así en una «mística del aguante», una resignación que beneficia a un sistema que no ofrece alternativas reales de transformación.

El ser resistente, en cambio, no se resigna. No solo sobrevive, también interpela. El ser resistente niega a aceptar que el sufrimiento sea el estado natural de las cosas. Se organiza y exige que sus derechos y bienestar sean respetados. En casos de desastres naturales reclama a los gobiernos estrategias capaces de prevenir tragedias o infraestructuras que aseguren y protejan la vida. Es el caso de la sociedad civil venezolana que, a pesar de los obstáculos que les ha impuesto la política intervencionista de Estados Unidos, ha sabido resistir o el pueblo cubano, que precisamente, ha desarrollado el concepto de “resitencia creativa”.

Concepto  que su presidente Miguel Díaz Canel ha definido como una estrategia que “no es solo resistir y aguantar, sino que es resistir con talento y con esfuerzo… superar situaciones, superar adversidades y avanzar también». La “resistencia creativa” cubana de manera ejemplar no se ha quedado en palabras o intenciones sino que ha dado resultados tangibles. Por mencionar un ejemplo fue de los pocos países, el único en circunstancias adversas, que desarrolló una vacuna para enfrentar la pandemia por covid.

En suma, el ser resistente no se opone a la necesidad individual de reconstruirse ante las catástrofes, entiende que la dignidad humana consiste también en impedir que los golpes vuelvan a repetirse. Por esa razón, el ser resistente y la resistencia colectiva son los principales enemigos del neoliberalismo.


Victoria Herrera es maestra en Historia por la UNAM.

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