El estrecho de Ormuz: el momento Suez del imperio estadounidense

Por Arnulfo Alberto | Julio 2026

La guerra imperialista de Estados Unidos y su satélite sionista lanzada contra Irán está en pausa y probablemente el conflicto se enfrié en las próximas semanas por altos costos económicos y militares que representa para la parte perpetradora. La guerra ha costado aproximadamente 2 mil millones de dólares por día y los inventarios de misiles y antimisiles han disminuido drásticamente, a esto hay sumar los altos costos de energéticos que dispara la inflación y el poder de compra de los consumidores. Es probable que el conflicto continue, pero ahora de manera soterrada, pues la potencia imperial no ha conseguido los objetivos planteados, que son básicamente tener en Irán a un gobierno subordinado a los intereses hegemónicos de la susodicha potencia para acceder libremente a los ricos yacimientos petrolíferos y gasísticos del país persa.

Sin embargo, aunque la guerra terminara en este momento el daño para el imperio estadounidense ya está hecho. Los analistas coinciden que este es el momento Suez del imperialismo, es decir, el punto de inflexión real que muestra de manera palpable, los límites de su poder y sobre todo, la debacle de la que ya difícilmente se recuperara. El momento Suez original se refiere a la intentona de invasión en la que las potencias decadentes, Inglaterra y Francia, intentaron recuperar el control del Canal de Suez tras su nacionalización legitima por Egipto. Esta invasión terminó en humillación para las susodichas naciones y marcó el fin definitivo de Inglaterra como potencia hegemónica.

El ataque contra Irán, que ya podríamos denominar el Momento Ormuz, y la humillante salida de ese conflicto por parte de Estados Unidos marcan efectivamente el inicio del fin de su hegemonía imperial. Este fracaso da pie a un periodo en el que ya no puede ejercer violencia más que para seguir humillándose, tanto en los ámbitos económicos como en los políticos y militares. El mundo entero está asistiendo en directo en esta nueva actuación ilegitima y de muestra inútil de violencia contra un país que evidentemente se encuentra en desventaja tecnológica y militar. Es una auténtica guerra asimétrica, con superioridad armamentística y en medios bélicos modernos, y, a pesar de ello, el imperio no puede derrotar a este país aparentemente inferior. Estados Unidos ya ha sufrido varias humillaciones, tenemos el ejemplo de Viet Nam, de Irak, de Afganistán, pero parecen no aprender de sus errores.

El pensamiento mágico de DT, influida por Netanyahu, el primer ministro de Israel, lo llevó a una guerra sin salida fácil. Quería aplicar el modelo venezolano e imponer un líder títere en el poder que bajara la cabeza ante cada orden gringa. Pero Irán no es Venezuela; es fruto de una lucha revolucionaria contra una monarquía en los setentas, y su liderazgo tiene los pies más firmes en la tierra y sabe del papel y de la posición estratégica que ocupa en el escenario global, independientemente de su ideología. Es un país que ha tenido la oportunidad de prepararse para la guerra, pues la tuvo con su país vecino, y ocupa un lugar central en una región volátil y llena de tensiones, con Afganistán por un lado e Irak por el otro, dos países que Estados Unidos ha buscado someter, con la vista puesta en el control final de los persas. 

El resultado desastroso para EE.UU. refleja el peligro de creerse su propia propaganda de excepcionalismo, de determinismo tecnológico y de destino manifiesto: terminan por confundir la realidad con la ficción. Además, en el país que se autoproclama “democrático”, la guerra contra Iran es rechazada por la mayoría de la población (de acuerdo con múltiples encuestas incluida una reciente del New York Times) y no se respetan ni sus propias leyes, pues una guerra solo puede ser declarada por el Congreso nortemaricano; sin embargo, Donald Trump sucumbió a los poderes fácticos norteamericanos, siguiendo los intereses del complejo financiero-tecnológico-militar y del poderoso lobby sionista, y decidió actuar unilateralmente contra los interés estratégicos a largo plazo de su propio país.

La falta de apoyo popular a la guerra es la razón por la que los planes militares de las múltiples administraciones imperiales, liberales o conservadores busquen agredir a los países que desean subyugar con el mínimo de muertes y de costos económicos y políticos para la sociedad norteamericana. Pero no hay guerra fácil. Y lo están comprobando una vez más. La estrategia militar iraní ha resultado ser una auténtica columna de hierro, imposible de franquear para el ejército más poderoso del planeta. Su defensa de mosaico, es decir la descentralización del mando militar en múltiples regiones, su flota de botes, drones y misiles de bajo costo y el aprovechamiento efectivo de su ventaja geográfica han bastado para resistir la embestida criminal y demoler el mito de la invencibilidad norteamericana. 

Pero, sobre todo, la guerra contra Irán ha fracasado porque no iba dirigida solo contra el llamado “régimen” teocrático-militar, como señalaban los señores de la guerra en Washington y su red de medios de comunicación propagandísticos. Más bien, siempre ha sido una batalla para borrar la cultura y la civilización persas, un genocidio en toda regla, como lo ha hecho explícito Donald Trump, similar al que Israel lleva a cabo en Palestina. Para muestra un botón, los herederos nazis que gobiernan en EE.UU. destruyeron al menos 82 mil estructuras civiles de acuerdo con la Media Luna Roja, asociación civil iraní, entre ellos cientos de escuelas, hospitales, edificios públicos, infraestructura energética, etc. Por eso han fracasado, porque el pueblo iraní se ha dado cuenta que la guerra iba contra ellos y no contra su gobierno. Y no se puede acabar con un pueblo a menos que se usen armas nucleares de destrucción masiva. No las usarán porque los efectos se sentirán hasta en el propio suelo imperial, eso es lo único que los detiene, no algún miramiento contra pueblos que consideran inferiores.

Decimos, pues, que la guerra contra Irán es el momento Suez para el imperio norteamericano. Sin embargo, si EE. UU. no reconoce que su periodo hegemónico ha terminado y persiste en agredir a países soberanos, eventualmente tendrá que enfrentarse a Rusia y China, lo que podría desencadenar la Tercera Guerra Mundial. Por eso, este momento histórico puede definirse como el final del largo periodo de entreguerras, que abarca desde 1945 hasta el presente. La nueva guerra de reconfiguración mundial será una guerra termonuclear, bacteriológica y de armas automatizadas; una guerra de robots y de inteligencia artificial.

El imperio norteamericano guardó las formas después de la Segunda Guerra Mundial; se apegó a su propio arreglo institucional y a los organismos creados a su imagen y semejanza, respetó el derecho internacional, jugó a la democracia y al multilateralismo mientras así le funcionó como mero instrumento propagandístico contra un supuesto comunismo autoritario.

El mundo se movió y pronto sus dirigentes cayeron en cuenta de que la democracia verdadera es incompatible con el capitalismo. En este modo de producción, predomina la fuerza y la violencia, tal como ocurrió en otras épocas. Toda la verborrea liberal y humanista ha quedado como un patético intento de ocultar la naturaleza del capitalismo: una forma de organización darwinista en la que predomina la ley de la selva.

Pero cuando todo es caos bajo el cielo, es cuando el pueblo trabajador tiene su mayor oportunidad de construir un futuro diferente; por eso, México y su clase obrera organizada deben prepararse para la nueva disputa por la patria, el territorio y los recursos naturales. Se debe iniciar cuanto antes la discusión sobre una estrategia de defensa y rearme de la nación, que ha sido desmantelada por la subordinación histórica a EE. UU. Sobre todo, debe rediscutirse el Tratado de No Proliferación Nuclear, pues la posesión de armas nucleares es el único disuasivo frente a una agresión externa. La historia es clara y el imperio norteamericano nació despojando tierras desde su concepción y no cejará en sus intenciones hegemonistas a menos que encuentre resistencia creíble en este país.


Arnulfo Alberto es maestro en Economía por la UNAM.

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