Poetas cuerpo a tierra

Por Gerardo Almaraz| Junio 2026

Imagen tomada de Dell Alvarado (@dell.yaga )

Hubo una época en que los poetas fueron retratados con gesto solemne, al estilo de Francisco de Quevedo, Gustavo Adolfo Bécquer o Sor Juana Inés de la Cruz; los poetas de hoy suben a sus redes sociales, de vez en cuando, alguna fotografía con aire nostálgico de sus antepasados. Así, uno se los encuentra ahora en su naturaleza mundana. Son compañeros de oficina, vecinos, pasajeros de asiento, padres, madres, hijos, hijas, hermanos, hermanas o alguien parecido a ti. Cuando bajaron del Olimpo fue a golpe de realidad, de evolución, de sobrevivencia. Su poesía también amplió su espectro: empezó a tratar los temas de la vida que los poetas del altísimo vuelo, los mitológicos, habían ignorado a su modo.

A principios del siglo pasado, sin ir tan lejos, los poetas conservaban un estatus casi generalizado: dichosos cosmopolitas, avecindados en la Ciudad de México, formados académicamente en derecho y, después, instalados en algún puesto público, con trayectorias y prestigios dentro de círculos culturales bien armados. Algunos, incluso, se dieron el lujo de la vida bohemia. Digo lujo, porque ahora esa vida terrenal es inalcanzable.

Esos pequeños dioses perdieron su esplendor mitológico y, por ende, heroico, para volverse anónimos y prescindibles. En su poema Batman, José Carlos Becerra parece escenificar esa pérdida: mientras la noche trepa a la noche, el poeta, en su habitación, espera la batiseñal de alguien que, ahogándose en el espesor de sus penas, pida auxilio. Él, en su afán de héroe, quiere tender un puente con la fuerza miedosa de un poema a quien naufraga en el indómito silencio del grito. Se piensa cauce donde las aflicciones tengan sentido. Pero la espera se desgasta y la angustia toma asiento: no hay a quién ofrecerle la mano. La revelación es cruel: ya nadie aclama a la poesía. Como máquinas enajenadas, los posibles rescatados solo piden descanso y pan a la noche. El poeta da vueltas en la silla donde el traje descansa; con las orejeras puestas, escucha el ruido mecánico de la ciudad amanecida. Reducido al escombro de su propio monólogo, de su pulso por abrir paso del otro lado del poema, su imagen se difumina, ignota, y se pierde en la horda del día.

Tiene sentido la imagen del poeta sin capa, sin aureola, si se le ve desde la irreversible marcha triunfal de la modernidad. Poetas que nacen milagrosamente a mil por hora, y no es suficiente. Poetas que, cuerpo a tierra, traducen esta realidad cambiante en el sinfín de sus ritmos. Los poemas ampliaron sus hallazgos y temas, antes ocultos. Lustran lo que ayer no parecía poesía. Y es poesía. Al poeta le inquieta la multitud en sus distintos fenómenos (migración, maternidad, violencia, enfermedades, etc.), que va integra a su lirismo. Al volverse terrenales, ganamos en que la poesía sea vasta, inquietante y múltiple. Entendidas así, la poesía y la imagen del poeta son inversamente proporcionales: ellos más llanos, más reales; sus poemas, por lo tanto, más complejos en su lectura, en su traducción de esta realidad cada vez más difícil de encauzar en el oficio de poetizar desde el asombro, donde todo es nuevo.

 Los poetas, sin embargo, volverán a la noche a ofrecerse para quien encienda la batiseñal y recuperen, ya no la imagen mitológica del poeta, sino su palabra, como aquel huésped sin nombre de Enrique González Martínez: …y nos quedamos luego / al amparo del fuego. // Nuestro mutismo sobrecoge y pasma, / y cual doble fantasma / que evocara un conjuro, / se alargan nuestras sombras en el muro… //.


Gerardo es Sociólogo por la UACh, autor de Vestigios (2022) y creador artístico del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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