Por Aquiles Celis | Junio 2026
En La élite itinerante del Boom, Nora Catelli nos ofrece un acercamiento fresco e innovador al fenómeno cultural que fue el Boom Latinoamericano, fenómeno particular que, además de encumbrar la literatura latinoamericana a cimas inéditas, alteró las dinámicas de los procesos de escritura, edición, publicación y difusión de las obras literarias en todo el orbe. La autora plantea que entre 1960 y 1973 y con la Revolución Cubana como telón de fondo, las redes editoriales catalanas y españolas en general, incorporaron en sus circuitos a escritores latinoamericanos consolidados dentro de sus respectivas sociedades literarias nacionales.
Esta red, que la autora cataloga como de sociabilidad y que nosotros interpretamos como de común acuerdo entre la élite literaria que conformó el Boom (es decir, autores, editores ycríticos) y las editoriales españolas, se transformó en un esquema organizativo trasnacional. Por una parte, las nuevas propuestas estéticas literarias surgieron desde las capitales americanas pero las editoriales españolas las consolidaron y las repuntaron hacia una nueva visibilidad de carácter internacional.
Una de las consecuencias de esta nueva relación reticular trasnacional, que pudo parecer una contradicción (que no lo fue), se dio en la relación entre el vínculo internacional y la posible pérdida de influencia de los escritores en sus países de origen. Pero, por el contrario, la visibilización a escala ampliada (mundial, diríamos) cimentó y consolidó la importancia doméstica de esta élite. Dicho de otra manera, en un principio, García Márquez, Vargas Llosa, Julio Cortázar o Carlos Fuentes pudieron perder influencia en Colombia, Perú, Argentina o México, pero, eventualmente, convertidos en estrellas mundiales, evidentemente ganaron influencia en su terruño.
En esta nueva coyuntura surgió una nueva figura: el y la agente literaria, administradora de la carrera de los escritores pertenecientes al boom. La gestión de sus carreras por estas figuras permitió la separación entre la carrera literaria americana y gestión peninsular de cada uno de los escritores[1]. En el aspecto económico esta gestión significó la reformulación de contratos y derechos de la propiedad intelectual de los escritores, así como el surgimiento de un nuevo mercado de lectores en América Latina. En el aspecto político se desdobló el vínculo entre editores y escritores pues los primeros lograron la separación total del artista de la obra, o si se quiere de su la edición, comercialización y promoción, al tiempo que aseguraban la extracción de todos los réditos, al margen de las relaciones de los escritores con la política de sus países de origen. Esta independencia económica, como menciona la autora, hizo que sus discursos adquirieran un tono más contundente al no estar sujetos a las economías vernáculas o a la censura.
La importancia del ámbito peninsular de esta nueva relación fue puramente administrativa y nunca estética, como la autora se encarga varias veces de recalcar. Pero esta relación permitió a las editoriales de España, al convertirse en un sistema de recepción y administración, que se transformaran también en un poderoso factor regulador de tránsito, tanto de mercado como del gusto.[2] Por esta razón, según la autora, se podría afirmar que la producción literaria de esta élite y su misma existencia dependieron de la internacionalización de la red editorial. En este contexto el papel del agente literario, quien gestionó las carreras de los autores adquiere una importancia superlativa pues eran ellos los que controlaban la difusión de las obras. Dos son los casos que resalta la autora sobre estas redes intelectuales: el de Carmen Ballcells, agente de José Donoso, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes o Mario Vargas Llosa, entre otros y el de Ugné Carvelis, agente y compañera de Julio Cortázar.[3]
Esta red se articuló, a partir de ciertos elementos compartidos por los escritores, pues para ingresar a estos circuitos novedosos, además de similares motivos estéticos, les precedía una trayectoria sólida y ventas contundentes anteriores en sus respectivas sociedades literarias. El vínculo de los escritores y los editores del Boom Latinoamericano, a lo largo del tiempo y como parte de los objetivos iniciales de esta red trasnacional le retribuyó a esta élite una capacidad de supervivencia editorial, es decir, se aseguraba la distribución de los libros con cuantiosas ganancias de por medio desvinculadas totalmente de sus tensiones y conflictos en sus realidades nacionales como sucedió con la carrera política de Mario Vargas Llosa o con la carrera periodística de Gabriel García Márquez.
Paralelamente, la coyuntura elevó a los escritores del Boom a nuevos horizontes inexplorados por sus antecesores, cuando menos en América Latina. Durante este periodo se difuminó la frontera entre intelectual y escritor, relegada anteriormente esta última profesión mayormente al terreno de la ficción. Esta élite emergente se posicionó, a través de sus actividades literarias, en el basamento de la intelectualidad naciente en estos territorios. Al consolidarse en esta nueva función, la élite adquirió una capacidad de acción en sus países de origen mucho más abierta y una resonancia internacional conquistada a partir de la consolidación de la red trasnacional.
Por otro lado, y en la década siguiente un proceso similar ocurrió en el México posterior a 1968. Desde 1973 y hasta final de siglo, se gestaron élites intelectuales domésticas que acapararon y recondujeron la discusión política, social y cultural del país. Durante este periodo, México fue el escenario de una de las rencillas culturales más abiertas entre grupos de intelectuales con prestigios y recursos similares que se enfrentaron en guerras fratricidas posiblemente por el control de la hegemonía cultural y por cimentar sus relaciones con el Estad.
Uno de los polos de estas guerrillas literarias estuvo anclado de 1971 a 1976 en la Revista Plural, suplemento cultural del periódico Excélsior y después de 1976 en la Revista Vuelta, órgano autónomo que continuó con la línea editorial de su antecesora. Este grupo estuvo bajo la égida del gran mandarin (como lo califica Héctor Aguilar Camín); del gran patriarca de las letras mexicanas de la época: Octavio Paz.[4] Este grupo, a juicio de Aguilar Camín, se articuló en torno a la figura de Paz y se compuso fundamentalmente por escritores con una vocación literaria más que científica o académica. Esto caracterizó el espíritu tanto de Plural como de Vuelta, que reprodujeron los discursos de esta élite en torno a la problemática del país.
En el otro polo de la reyerta se encontraba el grupo del suplemento cultural de la revista Siempre!: los intelectuales en torno a La cultura en México y que tuvo continuidad más o menos consistente en la Revista Nexos, fundada en 1978. En esta élite el liderazgo no fue tan absoluto o evidente, aunque contó con grandes figuras de diversos ámbitos del mundo intelectual o académico como Carlos Monsivais, Enrique Florescano, Pablo Gonzáles Casanova, entre otros.
Desde la época de Plural o La cultura en México se habían llevado a cabo acalorados debates por temas de interés gremial como la relación del escritor con el Estado, polémica que oscilaba entre dos puntos de vista generales: mantener la pureza y autenticidad del intelectual al margen de la política o, por el contrario, anexarse al colaboracionismo con el objetivo de contribuir al cambio de la realidad social del país.
Al principio del sexenio de Luis Echeverría tanto Plural como La cultura en México mostraron simpatía hacia el nuevo gobierno.[5] Este entusiasmo fue disminuyendo gradualmente conforme se observaba el continuismo del modelo autoritario del PRI antes que la ruptura y las reformas prometidas en los estertores del sexenio. Al término del madato, Excélsior y Plural sufrieron un “golpe de Estado” que llevó tanto a Julio Scherer como a Octavio Paz a fundar Proceso y Vuelta respectivamente. Del otro lado, muchos de los colaboradores de La cultura en México, nucleados en torno a la figura de Enrique Florescano y otros académicos, fundaron Nexos en 1978.
En estas nuevas plataformas se replicaron las antiguas disputas por el control del aparato cultural hegemónico de la discusión pública y cultural del país. Esto quedó de manifiesto en la década de 1980 y 1990 con la colaboración de Paz con la empresa Televisa (muy mal considerada por los intelectuales de la época), con la organización de foros televisados con intelectuales internacionales o con el Coloquio de Invierno, en el cual se consolidó la posición “socialdemócrata” del círculo de Nexos.
Cada vez más alejados de las ideologías de izquierda que otrora defendieron, tanto Vuelta como Nexos comenzaron a relacionarse más con el aparato estatal, sellando así la relación de colaboracionismo de las élites culturales con el Estado y abandonando la visión del escritor independiente y ajeno a los vaivenes más mundanos de la política. La élite intelectual fue adquiriendo cada vez más peso en la discusión pública en tanto fueron más cercanos a los gobernantes.
Aquiles Celis es maestro en Historia por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
NOTAS
[1] Nora Catelli, “La elite itinerante del boom: seducciones transnacionales de los escritores latinoamericanos (1960-1973)”, en Historia de los intelectuales en América Latina. Los avatares de la “ciudad letrada” en el siglo XX, Buenos Aires, Katz Editores, 2010. p.727. La pertenencia y las características de los escritores pertenecientes a este movimiento cultural, la autora lo ubica a partir de la catalogación del escritor chileno José Donoso, creador del canon a partir de su propia lectura de obras latinoamericanas de escritores ya consagrados entre los cuales destaca a Fuentes, Vargas Llosa, Onetti, Lezama Lima, Cortázar, Sábato y García Márquez.
[2] Ibid.p.726. En una de sus calificaciones más radicales sobre el polo editorial peninsular del boom latinoamericano, la autora llega a afirmar que España no consiguió nunca ser un interlocutor estético e intelectual de las otras capitales de la lengua y aún más, que la relación metrópoli-colonia carece de las aristas propias de los imperialismos modernos (como Inglaterra o Francia) cuyos centros eran campos magnéticos sobre los dominios políticos, económicos y culturales de sus enclaves periféricos.
[3] Ibid.p.728. Uno de los beneficios inmediatos que les reportó a los escritores del boom el vínculo con las agentes literarias fue que lograron capitalizar (en dinero contante y sonante) el éxito público y en el ámbito estético, el favor de la crítica literaria.
[4] Héctor Aguilar Camín, Mi querella con Paz, Nexos, México, abril 2015, p. 69.
[5] Ibid.p.63. Tanto Octavio Paz, con sus declaraciones apologéticas al nuevo sexenio como Fernando Benítez con su frase escatológica “Echeverría o el fascismo” y sus órbitas de influencia, saludaron con entusiasmo las Reformas echeverristas en torno a la apertura política y la libertad de expresión.
Bibliografía
AGUILAR CAMÍN, Héctor. «Mi querella con Paz», Nexos, México, abril 2015.
CATELLI, Nora. “La elite itinerante del boom: seducciones transnacionales de los escritores latinoamericanos (1960-1973)”, en Historia de los intelectuales en América Latina. Los avatares de la “ciudad letrada” en el siglo XX. Buenos Aires: Katz Editores, 2010. pp. 712-732.
