Por Aquiles Lázaro | Mayo 2026
Apenas un puñado de analistas, los más cegados por su naturaleza propagandista construida y fortalecida durante décadas, se niegan todavía a aceptarlo: Estados Unidos declina. Y cuando una potencia declina, lo hace también el aparato cultural que construyó en su espacio de influencia. El ocaso de Roma arrastró consigo a la propia lengua del imperio, el latín clásico, que se corrompió en una decena de formas vulgares hasta hacerlo borrarlo como lengua viva. La destrucción de Tenochtitlan, capital del imperio mexica, por los conquistadores europeos significó también la destrucción de códigos culturales hasta entonces dominantes: religión, arquitectura, lengua, etc.
En las próximas décadas tendremos, entonces, una profunda revisión de hábitos culturales que siempre consideramos normales, naturales, dominantes: aquellos hábitos desarrollados y difundidos por Estados Unidos.
Apuntaba ya un filósofo, previniendo contra ciertas interpretaciones pseudomarxistas, que no se puede interpretar directamente un “arte decadente” de una sociedad decadente. En el caso de las manifestaciones artísticas y culturales de Estados Unidos, su complejidad y cantidad hacen imposible un análisis breve.
La inmensa mayoría de la industria del entretenimiento sufrirá casi inmediatamente una áspera revisión crítica. Es más, ya la está sufriendo. Para las nuevas generaciones resulta inaudito que en una época del siglo XX millones de espectadores se conmovieran con el “heroísmo” de los soldades estadounidenses asesinando campesinos en Vietnam, o que “comedias” cargadas de racismo y de discursos supremacistas fueran éxitos rotundos ante el público.
Pero las aportaciones culturales estadounidenses que probablemente sobrevivirán a la caída de su hegemonía serán justamente aquellas que menos obedecieron a la lógica triunfalista del imperio. Toda potencia produce simultáneamente propaganda y crítica interna. El mismo país que exportó durante décadas la imagen heroica del soldado, del empresario y del sueño americano, produjo también expresiones artísticas profundamente incómodas para su propio relato nacional.
En el Estados Unidos de hoy, incluso sus mecanismos de producción cultural empiezan a mostrar signos evidentes de agotamiento. Durante casi un siglo el país monopolizó no solamente la industria cinematográfica o musical, sino algo más profundo: la definición misma del prestigio cultural global. La moda, la publicidad, el lenguaje audiovisual y hasta ciertas formas elementales de comportamiento cotidiano fueron absorbidas por el molde estadounidense. El siglo XX fue también el siglo de la americanización de una gran parte del planeta.
Por ello el declive genera tanta resistencia. Para millones de personas, especialmente en el Norte Global, cuestionar la centralidad estadounidense equivale casi a cuestionar la normalidad misma del mundo contemporáneo. El inglés globalizado, las plataformas digitales o la obsesión con la productividad individual aparecen como fenómenos naturales, cuando en realidad son construcciones históricas muy concretas.
Sucede a menudo que el verdadero legado cultural de una civilización no coincide con aquello que esa civilización quiso imponer como imagen oficial de sí misma. De igual forma, el futuro probablemente conservará de Estados Unidos, en cuanto a legado cultural, menos sus fantasías patriótico-militares y más aquellas obras que revelaron las contradicciones internas del país. En esta línea, las aportaciones de los artistas estadounidense a la cultura humana son enormes e innegables, especialmente aquellas que nacen de su crítica violenta y descarnada, casi pueril a veces, a los cánones europeos dominantes a principios del siglo XX. Un lugar de honor ocuparán también las voces disonantes de los artistas marginados, de los inadaptados, de aquellos iluminados tachados de locos en los tiempos dorados del delirio colectivo.
Aquiles Lázaro es promotor cultural e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
