La resistencia de Vietnam: un ejemplo para los pueblos sometidos

Mayo 2026

En las últimas décadas, numerosos países han sido objeto de intervenciones militares abiertas, cambios de régimen, desestabilización política o descabezamiento de gobiernos por parte de EUA. Como ha señalado Jeffrey Sachs, estas prácticas se han convertido en una política estándar de EUA para eliminar gobiernos que no se alinean con sus intereses o que cuestionan su posición hegemónica.

Para dimensionar la magnitud y frecuencia de estas intervenciones: en el libro Covert Regime Change (2018) de Lindsey O’Rourke se documentan 70 cambios e intentos de cambio de régimen respaldados por EUA durante el periodo de 1947-1989; de éstos, 25 fueron exitosos y asumió el poder alguien respaldado por EUA. Es decir, ¡3 intervenciones cada 2 años durante 40 años! Evidentemente, en este estudio no se contaron las intervenciones en Haití (1994), Afganistán (2001), Irak (2003), Libia (2011), Siria (2012), Venezuela (2026) e Irán (2026), por mencionar algunas.

Ante este panorama, es necesario cuestionarnos: ¿qué pueden hacer las naciones más débiles y menos desarrolladas para resistir los abusos de una potencia que las supera abrumadoramente en recursos económicos, capacidad militar y tecnología?

Un caso emblemático que mostró que la resistencia es posible fue la defensa de Vietnam contra Francia, Japón y posteriormente Estados Unidos. El General Vo Nguyen Giap, miembro del Partido Comunista de Vietnam y uno de los arquitectos de esa resistencia, explicó el éxito recurriendo a la tesis de Marx: “una fuerza material solo puede ser destruida con una fuerza material; no obstante, la teoría se convertirá en una fuerza material una vez que penetre profundamente en las masas” (Marx, 1968, pág. 30). Giap aplicó esta idea directamente a la guerra de liberación. En su texto El hombre y el arma (1968), sostiene que el factor fundamental que permitió la victoria frente a las potencias imperialistas armamentísticamente superiores no fue únicamente la táctica militar, sino la participación del pueblo organizado y politizado bajo la dirección del Partido Comunista.

Eso es precisamente lo que es necesario recalcar de la experiencia vietnamita: más allá de las tácticas militares —emboscadas, túneles, guerra de guerrillas—, el éxito se debió a la transformación del pueblo en una fuerza material consciente. Esa fuerza fue el resultado de un proceso en el que la teoría marxista-leninista —adaptada a las condiciones concretas de Vietnam— penetró en las masas, transformando su inconformidad espontánea en acción organizada, disciplinada y orientada hacia un objetivo común. Sin esta fuerza subjetiva materializada en miles de seres humanos conscientes de la necesidad de su lucha y que orientaron todas sus acciones a dar lo mejor de sí para ese objetivo, Vietnam habría sucumbido ante la aplastante superioridad material de sus invasores.

La dirección del Partido

La concientización de las masas requirió la existencia de un partido de vanguardia capaz de organizar, politizar y dirigir a las masas. Cuando Vietnam fue invadido por Francia (mediados del siglo XIX) y posteriormente integrado en la Federación de Indochina Francesa (1887), existía una inconformidad latente entre amplias capas de la población —intelectuales, pequeñoburgueses, terratenientes, campesinos y obreros—. Sin embargo, los levantamientos no tenían un gran alcance y eran sistemáticamente reprimidos. Faltaba organización y dirección.

El 3 de febrero de 1930 se fundó el Partido Comunista de Vietnam en Hong Kong. En octubre de ese mismo año, por directrices de la Internacional Comunista (Comintern), pasó a denominarse Partido Comunista de Indochina, con el objetivo de liderar la revolución en Vietnam, Laos y Camboya. Su objetivo inicial no era la revolución socialista inmediata, sino la independencia nacional y la superación del feudalismo. En 1939, con la ocupación japonesa de Indochina tras la derrota de Francia, el Partido consideró maduras las condiciones para una insurrección armada y creó el Viet Minh (Liga de la Independencia de Vietnam), una coalición nacionalista amplia que incluía campesinos, obreros, terratenientes, mandarines y pequeñoburgueses. La estrategia era neutralizar o aislar a cualquier fuerza interna que pudiera alinearse con los invasores (Giap, 1971).

A la par, el Partido se dio a la tarea de politizar a la población. Siguiendo la tesis leninista sobre el partido de cuadros y las tesis de Mao sobre la guerra popular de que para hacer la guerra es preciso que sean movilizadas todas las fuerzas del pueblo, el Partido envió sus cuadros a crear células en las comunidades montañosas a partir de 1941. Los cuadros revolucionarios del partido se dieron a la tarea de aprender los dialectos de los montañeses y adaptaron varios conceptos políticos a las costumbres de los pueblos —incluso recurrieron al dibujo para darse a entender, pues algunas palabras no existían en los dialectos—. En algunos lugares, donde había minorías enemistadas históricamente (como los Tho y Man), tuvieron que reconciliarlos mostrándoles que ambos eran igualmente sometidos por las potencias imperialistas. Para facilitar la difusión de sus ideas, se adaptaron algunos puntos del programa del Viet Minh en música folclórica (Le Quang, 1973).

Paralelamente a la labor de politización, se formaron grupos de autodefensa en cada aldea, que con el tiempo constituirían la base del ejército revolucionario. Como resume Gerard Le Quang (1973), la estrategia del Partido descansaba en (i) una amplia propaganda política; (ii) la concientización y organización comunitaria, que implicaba no solo la adhesión a las ideas nacionalistas, sino la capacidad de movilización bajo las directrices del Partido; (iii) el aislamiento del enemigo mediante el rechazo popular a proveerlo de alimentos, información o servicios. En palabras de Giap: «Cercado por el océano de la guerra del pueblo, el enemigo tiene los oídos tapados, los ojos vendados, combate sin ver al adversario, golpea en el vacío […] Sus numerosas tropas y su abundante material no pueden dar el resultado previsto» (Le Quang, 1973, pág. 155).

De la conciencia nacionalista a la conciencia de clase

Durante la lucha contra franceses y japoneses, el frente era nacionalista, con una composición de clases heterogénea. Si bien el Partido había comenzado a abandonar la estrategia de frente amplio ya desde 1950 —cuando recibió reconocimiento de la República Popular China y la Unión Soviética y reafirmó su carácter comunista, y con la reforma agraria de 1953—, fue tras los Acuerdos de Ginebra (1954) cuando la contradicción de clases se volvió imposible de negociar.

Con los Acuerdos, Vietnam se dividió en dos zonas separadas por el paralelo 17. Se estableció un plazo de 300 días para la libre circulación de la población, donde católicos, feudales y pequeñoburgueses emigraron mayoritariamente al sur, gobernado por Ngo Dinh Diem, quien era abiertamente anticomunista. A partir de entonces, se abandonó la consigna meramente nacionalista y emergieron con claridad los intereses antagónicos entre los terratenientes feudales y la pequeña burguesía terrateniente, y los obreros y pequeños campesinos. Para los terratenientes feudales y la pequeña burguesía, resultaba funcional la intervención externa y su posición era profundamente anticomunista. El Partido, en consecuencia, se dio a la tarea de inculcar a los campesinos y obreros una conciencia de clase, ya no solo nacionalista, como base para la continuación de la lucha.

Desde 1954, incluso antes del reinicio de las hostilidades abiertas de la segunda parte de la guerra, los cuadros del Partido se mantuvieron en el sur realizando labor política clandestina. A las milicias populares se les dio la tarea de esconder el armamento y acumular provisiones. En 1959, cuando estalló la guerra civil entre el norte y el sur, el Partido y su estructura ya estaban preparados (Le Quang, 1973).

La guerra del pueblo: el factor subjetivo como fuerza material

Giap explicaba que, en una guerra, si bien no se pueden negar las condiciones objetivas de desventaja armamentística, tecnológica y económica de los países enfrentados, no se debe olvidar el factor subjetivo que es capaz de convertirse en fuerza material. Hay una diferencia, dice Giap, entre la forma de ver la guerra desde el punto de vista burgués y desde el punto de vista proletario. Desde el punto de vista burgués, el armamento es el factor determinante del desenlace; los seres humanos —meros asalariados— ocupan un lugar secundario (Giap, 1968). Desde el punto de vista proletario, en cambio, el factor principal es el ser humano y su capacidad de adaptar las armas y las condiciones materiales a un objetivo revolucionario:

Pero tenemos presente que las masas revolucionarias pueden inventar muchos métodos de combate que nunca puede utilizar el ejército de los explotadores, o que se propone, pero nunca puede llevar a cabo su perfecta aplicación, es decir, los métodos de combate basados sobre la conciencia revolucionaria de las masas, (Por ejemplo sobre la técnica de combate con trampas de púas, explosivos, tiros de cerca con cañones…; sobre la táctica de combate de cerca en el seno del enemigo, en la noche, de sorpresa, de guerrillas,..) (Giap, 1968, pág. 12).

Esta concepción explica por qué los comunistas vietnamitas veían una unión indisoluble entre resistencia armada y educación política de las masas. La acción militar, afirmaba Giap, debe estar estrechamente ligada a la acción política.

El ejército revolucionario vietnamita se estructuraba en tres niveles: tropas regulares, tropas regionales y unidades populares. Estas últimas se subdividían en milicias populares y guerrilleros. Las milicias se organizaban a nivel de pueblo, eran campesinos que en tiempos de paz realizaban labores del campo, vivían con sus familias y apenas y estaban armados. Pero en tiempos de guerra, se encargaban de abastecer a las tropas, transportar heridos, reparar carreteras, hacer misiones de enlace, colocar minas, trampas y realizar espionaje en territorio enemigo. En las ciudades se organizaban de manera similar, pero por barrios; y en la zona norte, más desarrollada, también había células en las empresas, las universidades y las escuelas. Los guerrilleros eran milicianos de élite y su tarea era asegurar que se siguieran las órdenes del Partido, sobre todo en los terrenos controlados por el enemigo, además de realizar labores de propaganda política. Su actividad estaba apoyada en estructuras civiles, denominados comités de resistencia de los pueblos. No se trataba, pues, de un ejército profesional asalariado al uso, sino de un ejército de revolucionarios, de miembros del Partido y de las masas politizadas (Le Quang, 1973).

Un ejemplo que muestra la capacidad de movilización de la población por la causa comunista, su causa, fue la ruta de Ho Chi Minh durante la segunda guerra de Indochina. Esta ruta permitía la conexión entre el norte y el sur, por donde se enviaban los elementos necesarios para mantener la guerra, como alimentos, medicamentos y municiones. Participar en la retaguardia requería de una gran conciencia y compromiso por la causa, pues se exponía la vida. Se requerían de verdaderas acciones de valentía e inteligencia:

Aquellos que han podido visitar la ruta la describen como una vasta cantera donde millares de hombres y de vehículos se afanan noche y día, a veces incluso bajo las bombas. Es un complejo gigante que posee sus depósitos, sus talleres de reparación, sus centros de selección, incluso sus despachos de comidas y sus tabernas para los trabajadores y sus conductores. En cuanto una bomba daña un paso, los “bulldozers” intervienen, hay también cantidad de hombres y mujeres que, a veces con barro hasta las rodillas trabajan en los lugares en que las máquinas son impotentes y consolidan la ruta con ayuda de bambúes, o bidones llenos de tierra. […] Los conductores, que han sido especialmente entrenados, tienen por consigna no pararse nunca incluso en caso de bombardeo. […] Otros tramos regados con fósforo están incendiados, sin embargo los camiones pasan; sus conductores van equipados con monos especiales de amianto[1]; la carga va cubierta de barro húmedo para evitar que sea deteriorada por las llamas.

[…] Un periodista vietnamita ha descrito el tráfico en la ruta como un rallye gigante donde la muerte espera a los competidores en cada vuelta, en cada árbol […] (Le Quang, 1973, pág. 168)

Conclusión

La población vietnamita fue masacrada durante casi 28 años: casi ocho años de sometimiento a Francia y Japón, y veinte años de agresión imperialista estadounidense. Es conocido el dato de que en esta guerra Estados Unidos lanzó una cantidad de bombas mayor que el totalmente utilizado en la Segunda Guerra Mundial: 7.5 millones de toneladas de bombas; 400 mil toneladas de napalm[2]; 75 millones de litros de agente naranja y otros herbicidas; y cientos de millones de rondas de artillería (BBC News Mundo, 2023). Y sin embargo, contra todo pronóstico, Vietnam expulsó al ejército norteamericano y se reunificó.

Algunos historiadores burgueses culpan al Partido de todas las muertes ocurridas en las guerras de Indochina. Citan la frase de Ho Chi Minh: «Pueden matar a diez de mis hombres por cada uno de los suyos que matemos nosotros. Pero, incluso así, ustedes perderán y nosotros ganaremos», y concluyen que el Partido expuso a la población a una matanza innecesaria. Este juicio omite sistemáticamente el factor de la conciencia de las masas. Sin ella, el Partido habría sido incapaz de movilizar a nadie. Desde la partición de Vietnam en 1954, las potencias invasoras podrían haber instalado un gobierno títere si el pueblo no hubiera estado dispuesto a mantener la resistencia. El hecho de que no lo lograran demuestra que la movilización no fue impuesta desde arriba, sino asumida como propia por la población, que había internalizado la necesidad de la lucha.

La experiencia vietnamita es un ejemplo para los pueblos oprimidos. Nos enseña que frente a la agresión imperialista —con su abrumadora superioridad económica, tecnológica y militar—, la única defensa efectiva es la organización y politización del pueblo. Mientras exista una potencia hegemónica que necesite someter a otras naciones para sostener su posición global, la seguridad y la vida de los pueblos no estarán garantizadas por ningún acuerdo internacional ni por ninguna alianza convencional entre países. Solo la fuerza subjetiva materializada en el pueblo consciente, organizado y dirigido por una vanguardia revolucionaria puede convertirse en la fuerza material capaz de resistir y vencer a los imperialistas.


[1] Mejor conocido como asbesto. Si bien es tóxico y cancerígeno, es conocido por su resistencia al calor, la corrosión y su capacidad aislante.

[2] También conocido como gasolina gelatinosa. Es un combustible inflamable y pegajoso, que produce una combustión más duradera que la gasolina simple.

Bibliografía

BBC News Mundo. (2 de abril de 2023). Guerra de Vietnam: por qué Estados Unidos perdió el conflicto pese a su contundente superioridad militar. BBC News Mundo.

Giap, N. (1968). El hombre y el arma. Buenos Aires: La Rosa Blindada.

Giap, N. (1971). Guerra del pueblo, ejército del pueblo. Ciudad de México: Ediciones Era S.A.

Le Quang, G. (1973). Giap o la guerra de un pueblo. España: DOPESA.

Marx, C. (1968). Crítica de la filosofía del derecho de Hegel. Buenos Aires: Ediciones Nuevas.

O’Rourke, L. A. (2018). Covert Regime Change. Estados Unidos: Cornell University.

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