Los niños en el imperialismo

Por Christian Jaramillo | Abril 2026

En 1924,[1] tras la catástrofe humana de la Primera Guerra Mundial, la Sociedad de Naciones adoptó la Declaración de Ginebra: un texto histórico que reconocía por primera vez los derechos específicos de los niños y la responsabilidad de los adultos hacia ellos. La declaración ponía de manifiesto la vulnerabilidad extrema de los niños durante y después de las guerras, y enfatizaba que, a pesar de ser los menos culpables, eran quienes más las sufrían.[2]

Sin embargo, tras el inicio del ataque de las fuerzas de Estados Unidos e Israel contra Irán, Unicef (2026) reportó la muerte de al menos 340 niños y niñas y más de 1700 heridos. La gran mayoría corresponden a Irán y el Líbano. En esta estadística se destaca el bombardeo de una escuela de niñas en el sur de Irán por parte de la milicia israelí, donde murieron 168 niñas en un solo ataque.  ¿Cómo se explica que, a pesar de los tratados internacionales en favor de los niños, sigan sucediendo estos hechos?

Al menos dos elementos responden esta pregunta. El primero tiene que ver con la naturaleza inhumana, predadora y violenta del imperialismo. Desde que Estaos Unidos se alzó como hegemonía mundial a inicios del siglo XX hasta los días que corren, el país norteamericano no ha reparado en llevar a cabo las medidas necesarias, por crueles que fueran, para garantizar su dominio económico sobre el resto de los países. Por definición, un imperio se abastece y reproduce por medio de la explotación de los recursos humanos y materiales de sus dominios formales e informales. Así se desarrollaron el imperio mongol, el romano, el británico, por mencionar algunos; el imperialismo estadounidense no es diferente. A lo largo de los siglos XIX y XX ha hecho un sinfín de intervenciones en otros países con el objetivo de acrecentar su territorio y abastecerse de materias primas y recursos necesarios para su reproducción imperialista.

Son muchos los ejemplos, pero los más notorios probablemente sean las intervenciones militares en los países del medio oriente y el norte de África para hacerse de su petróleo y otros minerales críticos, fundamentales para la economía moderna y la industria militar.  De ahí los asesinatos de Gadafi o Sadam Husein, junto a otros gobernantes de que a inicios de siglo se resistieron a entregar sus recursos al imperialismo estadounidense. Se calcula que en estas guerras -mejor dicho invasiones- murieron más de medio millón de personas, de las cuales al menos una quinta parte fueron niños y niñas (Esa Al Shatari, 2013).

Otro caso y que es uno de los más recientes, es la captura de Nicolas Maduro, presidente legítimo de Venezuela, que se opuso y resistió por muchos años a la apropiación del petróleo de su país por parte de Estados Unidos. Hoy, varias las firmas petroleras occidentales que se encuentran explotando este recurso en tierras venezolanas y no precisamente para el beneficio de su pueblo, sino para engordar los bolsillos de los dueños de las grandes petroleras como Chevron, Repsol y Shell.

El ataque actual contra Irán es de la misma naturaleza imperialista. Históricamente Estados Unidos ha tenido la necesidad de controlar este país por su ubicación estratégica en las principales rutas comerciales del mundo, por su importancia geopolítica y por sus recursos naturales, sobre todo el petróleo. Como se ha observado en los últimos meses, poco le ha importado las vidas de los civiles iraníes si ello implicaba lograr sus objetivos. El caso más monstruoso de esa cara imperialista fue el vil bombardeo de la escuela de niñas al sur de Irán. Este ataque no fue un error de cálculo o un “sin querer queriendo”, tenía un objetivo claro:  doblegar al Estado iraní. Que cundiera el pánico dentro de la población local para que exigieran a su gobierno entregar lo que Estados Unidos e Israel pidieran, si eso significaba detener la masacre. Sin embargo, el pueblo iraní ha dado muestra de su valentía y de que no se doblega, no se quiebra, incluso ante las peores barbaridades humanas que el imperio de Estados Unidos ha cometido.

El otro elemento que explica la persistencia de estos hechos es la comprobación de que los organismos “multilaterales” como la ONU, -supuestamente al servicio de la paz y la seguridad mundial- no son más que un comité administrativo a la orden del imperio estadounidense. No existe neutralidad en sus principios ni velan por la estabilidad del mundo. Todas las leyes emanadas de estos organismos no son más que formalismos escritos por las “mentes más humanistas del mundo”, pero que en la realidad quedan subordinadas a  la ley del más fuerte, la ley del imperialismo estadounidense.

Mientras el mundo siga regido por el sistema de producción capitalista es imposible pensar otra forma en que los países se relacionen. El imperialismo, con sus consecuencias de subordinación económica, política y social, es parte constitutiva de este modo de producción, es parte de su naturaleza; intentar reformarlo solo sería tratar de tapar el sol con un dedo. De ahí la importancia de superar este sistema al que no le importan los medios si de alcanzar su fin se trata y que no distingue entre un pedazo de cemento y un niño, una mujer o un anciano.


Christian Jaramillo es economista por la Facultad de Economía de la UNAM

NOTAS

[1] En México ya se había dado algunos pasos en reconocer los derechos de los niños antes de 1924. En 1919, apenas terminada la PGM, la Sociedad Protectora del Niño presentó al Congreso una iniciativa para establecer un “día del niño”, aunque en este caso su principal causa estaba más relacionaba con los niños víctimas de la Revolución Mexicana.

[2] Miles de niños murieron en la Primera Guerra Mundial, millones quedaron huérfanos, sin hogar, desnutridos y expuestos a la violencia.

Bibliografía

Esa Al Shatari. (2013). Mortality in Iraq Associated with the 2003-2011 War and Occupation. Washington: Universidad de Washington.

Unicef. (2026). Oriente Medio: más de 1.000 niños muertos o heridos. España: Unicef.

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