Por Abentofail Pérez | Abril 2026
En este momento no suena exagerado decir que en el curso de su historia la humanidad presencia una ruptura estructural que desde hace al menos cinco décadas se anunciaba ya. El mito de la eternidad del capitalismo, tal y como Marx lo observara hace más de siglo y medio, muestra sus costuras y se desgarra indefectiblemente. Sin embargo, el hecho de que el capitalismo se acerque a su fase final y definitiva no significa necesariamente la salvación de la humanidad. La dinámica propia del capital exige que se acumule hasta que el planeta haya agotado todos sus recursos, tanto materiales como humanos. Si nada interrumpe esta lógica, el fin del capitalismo implicaría el de la especie humana. Marx consideró siempre que el proletariado organizado y consciente, en algún momento de su historia, interrumpiría el devenir del capitalismo, su tendencia a la destrucción, orientando sus virtudes hacia la formación de un sistema superior. Esto, no obstante, no ha sucedido, y en la medida en que el capitalismo evoluciona los momentos de ruptura se estrechan.
Desde hace años, al observarse los síntomas del inevitable declive, comenzó a hablarse de multilateralismo o del mundo multipolar, como contradicción fundamental del sistema. La mayoría de los autores que citaban este fenómeno se cuidaban mucho, sin embargo, de sustituir multipolaridad con socialismo. Más allá de membretes, ningún país del mundo en este momento (al menos entre aquellos que podrían hacerlo) ha hecho explícitamente manifiesto su objetivo de acercar a la humanidad al socialismo. La confusión que se creó en torno al concepto del “mundo multipolar” nos hizo pensar que algunas de las naciones organizadas en torno a un nuevo bloque económico, los BRICS, se erigirían como antítesis de la decadencia imperialista, es decir, como referentes del futuro socialista. Esto no sucedió. Los países que conformaron esta nueva alianza perseguían fines particulares, muchas de las veces orientados a su propia sobrevivencia y –como sucede hoy con el caso de la India que se ha acercado a Israel y Estados Unidos– antagónicos entre sí. Cuando la crisis sistémica golpeó mortalmente al centro imperialista y este enloqueció dando coletazos feroces, nadie hizo nada. Las víctimas de la locura del imperio tuvieron que pelear solas o, en todo caso, solo parcialmente secundadas por aquellas naciones que, como Rusia y China, se pensaba que intervendrían abiertamente para evitar la caída de los malheridos gobiernos.
¿Está entonces la humanidad condenada a perecer en esta embestida final del capital, como parece observarse en Palestina? ¿No queda a las naciones más que rendirse, como Venezuela, y obedecer dócilmente al imperio? Nada más lejos de la realidad. De entre todos los sucesos que ahora se acumulan para evidenciar la crisis del imperialismo, hay uno que debe observarse con cuidado y que servirá como eslabón determinante de la cadena, si se sabe orientar correctamente. Si todavía no podemos proclamar a los cuatro vientos que las contradicciones del capital lo han postrado definitiva y fatalmente, sí podemos, no obstante, afirmar que las condiciones materiales e ideológicas de la transformación están ya presentes. «Ninguna formación social –escribe Marx en el Prólogo a la Contribución de la Crítica de la Economía Política– desaparece antes de que se desarrollen todas fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más elevadas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado dentro de la propia sociedad antigua.» La desigualdad, que permite que el 1% de la población ostente más riqueza que el 50%; 12 familias con la misma riqueza que 3,500 millones de seres, confirma la tesis marxiana. El sistema no puede seguir así. Ha de estallar inevitablemente. No obstante, esta contradicción, que llevaba al menos cinco décadas en boca de los economistas, hoy adquiere finalmente forma ideológica y se hace perceptible a la sociedad en general.
El planteamiento marxista es claro. Pueden existir las contradicciones materiales, económicas; el sistema puede estar herido de muerte y, sin embargo, si estas contradicciones no se reflejan en la superestructura, no invaden tanto la esfera política como la ideológica, será imposible hablar de una situación revolucionaria. En el citado prólogo Marx apunta: «Al llegar a una fase determinada del desarrollo de las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes […] De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas se convierten en trabas suyas, y se abre así una época de revolución social. Al cambiar la base económica se transforma, más o menos rápidamente, toda la inmensa estructura erigida sobre ella. Cuando se estudien esas transformaciones hay que distinguir siempre entre los cambios materiales ocurridos en las condiciones económicas de producción y que pueden apreciarse en la exactitud propia de las ciencias naturales, y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas, en una palabra, las formas ideológicas en que los hombres adquieren conciencia de ese conflicto y luchan por resolverlo” (Cursivas mías).
V. I. Lenin, el continuador más preclaro del marxismo, sintetizó esta idea en el concepto de hegemonía. Esto significa, en pocas palabras, que: es posible que el sistema agote sus contradicciones inmanentes, que la dinámica se atrofie por su propio y natural devenir; que el capitalismo como sistema económico de producción se revele ahora como un sistema inservible para los millones de seres que habitamos este planeta; que sus efectos sean nocivos para las masas y la naturaleza misma. Esta irracionalidad estructural no bastaría, sin embargo, para una transformación efectiva de la realidad. Las puertas a la revolución sólo se abrirían cuando la contradicción llegara a la conciencia de las masas, cuando sea comprendida por estas. Por ello, el aparato ideológico hizo lo indecible para justificarla, maquillarla y esconderla. Hoy sale a la luz con la misma fuerza que fue reprimida, y despierta con un aturdidor y doloroso golpe a muchos pueblos hasta ahora adormecidos. El imperialismo ya no puede ocultar su podredumbre; ha perdido el dominio ideológico. La grieta por la que debe filtrarse la revolución ha quedado definitivamente abierta.
¿Cómo podemos sustentar esta afirmación? Los muertos de Gaza, la sangre de decenas de miles de niños, mujeres y hombres asesinados, no pudo ocultarse ya bajo el pretendido “antisemitismo”. La máscara del sionismo se rompió por la fuerza misma de los rasgos diabólicos que el imperialismo escondía tras ella. El secuestro del presidente de Venezuela, al que se acusara de narcotraficante, nadie se lo creyó. Fue un acto de desesperación para obtener el petróleo que la nación bolivariana se negaba a entregar. La invasión a Irán, que pretendía ser la salvación de un pueblo “sometido a un régimen tiránico y religioso” fue rechazada por el mismo pueblo al que se pretendía liberar. Que se fabricaban bombas nucleares era, hasta para el más obtuso, un viejo cuento que ya no pegó; se sabía que el objetivo era el control de la región mediante la invasión de la nación más resistente a la ideología norteamericana. La respuesta de Irán fue firme y esperanzadora. Hasta hoy la evidencia apunta hacia una derrota de Estados Unidos e Israel, y su credibilidad, ya mermada, se hará humo. En su desesperación, el sistema pretende tomar prestada la credibilidad de sus criaturas y usar a estas como monigotes; saca al escenario lo más selecto de su aparato ideológico, pero esta vez los mesis, ronaldos y Hollywood entero no serán suficientes, no hay mercadotecnia que oculte tanta sangre.
La humanidad ya no compra al imperio sus mentiras. La sociedad no se cree más los cuentos que el capitalismo, día con día y noche tras noche, le contaba para adormecerla. No se puede tapar el solo con un dedo como tampoco se puede esconder la inmundicia de la oligarquía, expuesta sólo de manera superficial con los archivos de Epstein, ni con una guerra global. El capitalismo ha echado mano de sus peores hombres para salvarlo, sin pararse a pensar que ni el mismo Moloch podría encargarse de esa tarea. Las horas del imperialismo están contadas, lo que no significa que el amanecer de los pueblos nos espere como un paraíso tras esta oscura nube. Lo único seguro es que el momento de la lucha es inevitable, que los pueblos del mundo, a quienes hoy pone el ejemplo la aguerrida nación iraní, se encuentran de lleno en una situación que les permite luchar con posibilidades de triunfo. Por primera vez desde hace un siglo, se abre un horizonte que, no obstante, se conquistará sólo bajo esta consigna: organización, educación y lucha tenaz. El alba está cerca, pero para llegar a ella, habrá que estar dispuestos a cruzar el mismo infierno si fuera necesario.
Abentofail Perez es maestro en filosofía por la UNAM.
