La explotación de las mujeres del Sur Global en el capitalismo inglés

Por Betzy Bravo | Abril 2026

“Hay alguien aún más oprimido que el obrero, y es la mujer del obrero.”

Flora Tristán

I. Introducción

El sistema capitalista tiene principalmente dos clases sociales: un pequeño grupo millonario y una gran masa de personas asalariadas. Hacia dicha gran división ha tendido el capitalismo que, en su desarrollo complejo y contradictorio, da origen a trabajadoras y trabajadores asalariados migrantes. Es común que en los países del Norte Global se encuentren asentados grupos migrantes que trabajan para obtener remesas en beneficio de sus familias en el Sur Global, o bien porque salen en búsqueda de mejores condiciones de su propia vida.

Mientras una parte de la población migrante del Sur Global sostiene económicamente a sus familias mediante remesas, otra fracción, mayoritariamente compuesta por mujeres, termina ocupando los eslabones más precarizados y feminizados del mercado laboral en los países ricos.

La sociedad necesita del trabajo de cuidados, es decir, la crianza, el trabajo doméstico, el soporte comunitario y emocional, etc.; pero al mismo tiempo, contradictoriamente, la sociedad capitalista devalúa dicho trabajo. En otras palabras, la crisis de cuidados es el resultado de un desfase estructural entre la necesidad del sistema económico para reproducir su fuerza de trabajo y el ámbito social que devalúa las tareas de reproducción social mayoritariamente a cargo de las mujeres, lo que posibilita que dichas labores se realicen bajo términos injustos, de explotación y opresión (Fraser, 2016; Young, 1990).

Esta tensión entre la esfera productiva (el trabajo asalariado) y la reproductiva (los cuidados) no se atenuó con la incorporación masiva de las mujeres al trabajo asalariado en el siglo XX; por el contrario, se fortaleció. Y en nuestros días, el capitalismo revela una crisis en la esfera reproductiva, que se sostiene a través de múltiples sistemas de opresión. En el caso de Inglaterra, se manifiesta de forma paradigmática en la explotación de las mujeres del Sur Global.

II. La separación de las esferas de trabajo entre hombres y mujeres

En los orígenes del capitalismo, entre los siglos XVI y XVIII, la lógica mercantil aún no se había escindido completamente de la vida social (Fraser, 2019). Es decir, que el intercambio mercantil estaba mayormente incrustado en otros ámbitos de la vida social, por ejemplo, los lazos de parentesco, la tradición, la religión y la autoridad política (el Rey) aún regulaban las actividades económicas y no propiamente al revés (que la actividad económica dominase la vida social). En este sentido, no estaban separados tajantemente el hogar y el trabajo: muchos artesanos trabajaban en sus casas (el ámbito productivo económico no se escindía), y los campesinos mezclaban su producción para autoconsumo y para el mercado.

Fue hasta el siglo XIX, con el establecimiento del capitalismo liberal, tras las revoluciones burguesas, que ocurrió institucionalmente la separación de dichos ámbitos: la esfera económica productiva y el ámbito reproductivo social. La división se institucionaliza a través de un nuevo orden legal basado en la propiedad privada y el contrato, que institucionalizó también la división entre el poder público del Estado y el poder privado del capital.

La fábrica, regida por el contrato de trabajo, requirió la fuerza de trabajo necesaria para la producción de mercancías. Inicialmente se empleó indiscriminadamente a mujeres, niños, niñas y hombres, bajo jornadas extenuantes. Esto cambió debido a protestas, y fue éste el momento en que el espacio doméstico fue habitado principalmente por las mujeres en los países del capitalismo central.

El nuevo orden legal regula, establece y naturaliza tal separación que antes no existía nítidamente. En este nuevo orden social, la propiedad privada de la burguesía implica la escisión de la vida en dos esferas: la del trabajo remunerado, productivo, público y masculino; y la del cuidado no remunerado, privado y femenino, y las vuelve invisibles una de la otra.

Esta dinámica ha sido estudiada por Silvia Federici (2018), quien critica agudamente el sistema capitalista a través de lo que ella denomina el patriarcado del salario. De acuerdo con Federici, en los países de aquel capitalismo incipiente (Inglaterra y EE. UU.), las mujeres, económicamente dependientes del salario de los hombres, se convirtieron en un pilar para que éstos pudieran recobrar energías para las fábricas. El resultado fue la separación entre la producción económica y la reproducción social: la fábrica y el hogar emergieron como esferas separadas, y el trabajo de cuidados fue construido como un recurso gratuito y disponible, indispensable para la acumulación del capital.

La separación estructural entre producción y reproducción se ha reconfigurado a escala global bajo las condiciones de la crisis de la deuda (en las décadas de 1980 y 1990) y el sistema de apartheid global. Lo que en el siglo XIX se lograba mediante la sujeción de las mujeres blancas inmigrantes al rol ideológico del “ama de casa” y la explotación intensificada de las mujeres trabajadoras dentro de las propias fronteras nacionales, a finales del siglo XX se reconfiguró bajo una nueva división internacional del trabajo reproductivo. Como consecuencia directa del empobrecimiento por la liberalización económica y el pago de la deuda externa, ocurrió un movimiento migratorio inmenso, cuyo flujo contenía trabajadoras destinadas a ocupar los puestos más devaluados en el área doméstica.

El trabajo doméstico empezó a ser realizado por mujeres migrantes en tanto que las mujeres nativas del Norte Global comenzaron a incorporarse al trabajo asalariado, lo que produjo una crisis de cuidados, un “déficit” de trabajo doméstico. La incorporación de mujeres del Sur Global, bajo la necesidad económica, estuvieron dispuestas realizar dichas tareas en condiciones de precariedad extrema, con salarios ínfimos y estatus migratorio precario. De esta forma tiene lugar la globalización de la explotación.

El patriarcado del salario que Federici describía como un mecanismo de explotación basado en la dependencia económica de las mujeres dentro del hogar nuclear se transformó en un patriarcado migratorio globalizado donde la dependencia ya no es solo respecto al salario masculino, sino también respecto al estatus migratorio (la amenaza constante de deportación), garantizando así que el trabajo reproductivo se extraiga como un recurso semigratuito para sostener la acumulación capitalista en el Norte. (Federici, 2018; 2012)

III. La crisis de cuidados en la actualidad: el eslabón del Sur Global y el papel del Estado

De acuerdo con Iris Young (1979), el capitalismo se sostiene a través de la interconexión de distintos sistemas de opresión, principalmente los de género, raza y clase. En el caso de la crisis de cuidados, dichos sistemas opresivos se hacen evidentes en las cadenas globales de cuidado. La doble jornada laboral que sufren las mujeres en el Norte Global se externaliza hacia las mujeres del Sur Global.

Las mujeres de clase media y alta en ciudades como Londres pueden incorporarse al mercado laboral porque trasladan las tareas domésticas y de cuidados a otras mujeres, generalmente migrantes y racializadas. Así, la crisis se traslada geográfica y socialmente a los eslabones más vulnerables. Las labores son realizadas a través de la explotación de mujeres migrantes que cuidan y limpian hogares ingleses, en múltiples ocasiones con salarios injustos y en condiciones de precariedad legal y laboral.

De acuerdo con el informe “The Unheard Workforce: Experiences of Latin American migrant women in cleaning, hospitality and domestic work” (2019), publicado por The Latin American Women’s Rights Service (LAWRS) en Londres, los abusos son sistemáticos: la “deducción ilegal de salarios fue el tipo de abuso más común (151 casos, 46%) […] problemas de salud y seguridad estuvieron presentes en el 25% de los casos -predominantemente lesiones debido a la naturaleza del trabajo (33%), equipo de protección limitado o nulo (17%), y falta de formación (12%).” Además, “casi un tercio no podían tomar días por enfermedad, ya fueran pagados o no (28%), o sólo podían hacerlo si conseguían a alguien que las cubriera y asumían los costos” (LAWRS, 2019, 2). El testimonio de una empleada mexicana resume la situación con crudeza: “ser trabajadora del hogar es peligroso, tus jefes casi son dueños de ti. Te trajeron al país y sientes que les debes algo, pero te tratan como a una esclava.” (LAWRS, 2019, 8). Estas mujeres, provenientes del Sur Global, experimentan la crisis estructural de cuidados en carne propia al vivir como trabajadoras migrantes en Londres, sosteniendo con su trabajo precarizado el bienestar de los hogares ingleses.

De manera que en las distintas fases del capitalismo (liberal, de Estado, financiarizado) se ha reconfigurado la contradicción entre producción y reproducción sin resolverla. El capitalismo financiarizado y neoliberal eliminó las protecciones sociales del Estado de bienestar e instauró el modelo de la familia de dos ingresos. En el contexto inglés, esto impone una doble jornada a las mujeres nativas de sectores populares, mientras que las de clase media y alta logran aliviarla gracias a la externalización de los cuidados más pesados y precarizados a mujeres migrantes. La crisis se gestiona creando un ejército de reserva de cuidadoras del Sur Global, cuyos propios círculos familiares y comunitarios sufren descuidos como consecuencia.

La opresión estructural que Young (1990) observa está relacionada con esta dinámica. No se trata de un grupo tiránico sometiendo a otro, sino de una condición estructural de la sociedad global: “sus causas están incrustadas en normas, hábitos y símbolos incuestionados, en los supuestos subyacentes a las reglas institucionales” (1990, 4). Las reglas institucionales, desde luego, están enmarcadas en el aparato estatal. El informe de LAWRS documenta muchos casos de explotación laboral pero no dice explícitamente que ésta es posible por el marco legal y político diseñado o tolerado por el Estado inglés. El Estado no inspecciona ni sanciona las deducciones ilegales, fraudes con nóminas o impago del salario mínimo.

Además, sus políticas migratorias (como el visado atado al empleador o la amenaza de deportación) brindan las condiciones para que las trabajadoras migrantes no puedan denunciar por miedo a perder su estatus migratorio. Hay casos en que los empleadores tardan en emitir documentos que acreditan el derecho a trabajar y mientras tanto obligan a sus empleadas a trabajar sin pago. Los abusos legales contra trabajadores migrantes han sido denunciados y documentados en varios reportes, el proyecto I-CLAIM de la Universidad de Birmingham (2025) expone que la precariedad legal es producida estructuralmente mediante licencias de patrocinio, retrasos burocráticos y condiciones de visado. Así, pues, el Estado es diseñador y cómplice por omisión; incentiva la fuerza de trabajo dócil en los márgenes institucionales.

Lo que el informe de LAWRS no dice porque su objetivo no es un análisis estructural sino la incidencia política es que el Estado no es neutral. Éste es una parte activa de la explotación al diseñar políticas migratorias que convierten a las trabajadoras en mano de obra cautiva, priorizando el control migratorio sobre los derechos humanos.

IV. Conclusión

El informe de LAWRS es valioso porque expone la situación laboral alarmante de mujeres migrantes en Inglaterra, y su contribución exhorta a emplear mecanismos legales e inspecciones administrativas por parte de los gobiernos para reducir los abusos y la explotación. No obstante es necesario observar el papel del Estado como garante de las condiciones opresivas, y cómo esto se conecta con el capitalismo global, o de lo contrario, las  denuncias al respecto son insuficientes.

Pensar en la solución a la crisis de cuidados es una necesidad notoria, especialmente para las mujeres del Sur Global que soportan su peso más brutal. El capitalismo es intrínseca e históricamente injusto, explotador y opresivo, y en su fase actual requiere de esta jerarquía global para funcionar.

Si bien la creciente participación de las mujeres en el empleo remunerado en Inglaterra evidencia una necesidad del sistema, este “progreso” se logra a costa de socavar las condiciones de reproducción social en los países de origen de las trabajadoras migrantes. El capitalismo inglés responde a su necesidad de mano de obra femenina nativa abriendo una válvula de escape que explota a mujeres del Sur, externalizando así los costos de la reproducción. Esta estrategia, que produce beneficios a corto plazo para los hogares y empresas inglesas, profundiza la crisis en el Sur y pone en riesgo la sostenibilidad de la vida a escala global.

La solución radical de la crisis de cuidados no puede darse dentro del marco capitalista, pues el bienestar social global y la justicia para las mujeres del Sur son incompatibles con una lógica mercantil que requiere de una reproducción social a bajo costo. Se requiere otro modelo económico que no ponga en el centro la ganancia, sino la sostenibilidad de la vida, y que reconozca y repare esta deuda histórica y geopolítica, no basta pugnar por reformas, éstas son necesarias momentáneamente pero necesitamos ir más allá para erradicar las injusticias desde la raíz.


Betzy Bravo es maestra en filosofía por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

Referencias

Federici, S. (2018). El patriarcado del salario. Traficantes de sueños.

Federici, S. (2012). Revolution at point Zero. Housework, Reproduction and Feminist Struggle. PM Press Common Notions.

Fraser, N. & Jaeggi, R. (2019). Capitalismo: una conversación desde la Teoría Crítica. Ediciones Morata.

The Latin American Women’s Rights Service (LAWRS). (2019). “The Unheard Workforce: Experiences of Latin American migrant women in cleaning, hospitality and domestic work”. Disponible en: https://tfl.ams3.cdn.digitaloceanspaces.com/media/documents/unheard-workforce-research.pdf

Sigona, N., Piemontese, S., Achi, A., & Soares Mendes, S. (2025). Irregularised migrant workers in the UK food delivery sector. I-CLAIM.

Young, Iris Marion. Justice and the Politics of Difference. Princeton, Princeton University Press, 2011.

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