Por Gerardo Almaraz| Marzo 2026
Desde hace años, una inquietud me perseguía: leer a T. S. Eliot. No hace mucho, por fin tuve la oportunidad de saldar mi cuenta con él: empecé por comprar The Waste Land. Ya en casa inicié el ritual que todo lector disfruta: quitarle la envoltura de plástico al libro; oler su aroma de metal viejo, de impresora que no se cansa de trabajar día y noche. Luego disfruté pasar la yema de mis dedos por sus páginas, como si intentara rasgar su antigüedad. Finalmente empecé a leer el primer canto: El entierro de los muertos.
Sin embargo, a los pocos minutos de iniciar la lectura me vi vencido por el sueño. Ni siquiera me precedió un bostezo. Volví a intentarlo más tarde, esta vez en un lugar más propicio, pero nada cambió. Sus poemas no me cautivaron. Me parecían un falso arranque. Pensé entonces que quizá el problema era mío. Al fin y al cabo, todo poema es también un encuentro del lector con sus lecturas pasadas. Tal vez ahí estaba mi impedimento, mi desconcierto frente al papel. Comprendí que no era el momento, que forzar la lectura sería inútil. Cerré el libro y lo guardé en mi estante, confiando en que el tiempo me daría una dulce salida.
Un día ocurrió lo siguiente: mientras iba empeñado en llegar a tiempo a una reunión con unos amigos, con quienes organizamos un curso de verano, decidí tomar un taxi. Aunque el pueblo era pequeño, hacerlo acortaba aún más la distancia. Mientras avanzábamos, le comenté al taxista —disculpándome de antemano— que el calor de su pueblo me parecía inhóspito a tan temprana hora, como el de un sol colérico empeñado en esculpir un páramo; bastaba mirar alrededor para descubrir, en medio de esa sequedad, un cóctel de vegetación: cactus, arbustos y alacranes. Aquella región de la Mixteca poblana parecía no conocer ni el frío ni el agua. El taxista, con una calma acostumbrada al asombro de los visitantes, me explicó que esa tierra guarda su propia razón de ser y una gran predisposición por la vida y el cambio: basta, dijo, con dos días de lluvia para que emerja de ella una primavera, para que el aire se refresque, para que los cactus absorban agua y florezcan y para que los alacranes salgan de sus escondites. En ese preciso instante, como un chasquido de dedos, llegaron a mi memoria aquellos versos que una vez me desesperaron:
Abril es el más cruel de los meses, cultiva
lilas sobre la tierra muerta, junta
la memoria y el deseo…
No era el mes lo que me hizo recordar aquellos versos, era diciembre. El vate que manejaba el taxi reveló con su observación, sencilla pero penetrante, lo que Eliot en los primeros versos memorables. La naturaleza mostrándose como tal: contenida en su esencia, cargando su propia contradicción, su deseo latente, su ansia por estallar en otra forma. Porque el deseo, según Octavio Paz, es más vasto que el amor, y esa tierra parecía saberlo con la certeza de quien ha amado y ha perdido. La materia que a veces creemos inerme es, en realidad, mucho más viva y radiante, aunque todavía no podamos comprender del todo los límites de su razón. Aun así, sigue asombrándonos. En cambio, el ser humano (esa naturaleza que ha cobrado conciencia de sí) construye su mundo: levanta ciudades, evoluciona hacia una vida que podríamos llamar más digna. Pero al mismo tiempo vemos sus tropelías, su mundo incendiándose a sí mismo.
Y en esa concisa transparencia, Eliot muestra a lo largo de sus cinco cantos que la naturaleza consciente puede ser más brutal, precisamente porque se muestra incapaz de contener su propia crueldad. El primer canto es la puerta que abre el recorrido a un mundo en el que la humanidad parece caminar entre las cenizas de sus esperanzas después de la Primera Guerra Mundial. Hay en ese pesimismo ,sin embargo, un anhelo de florecer. Pero no desde la nada, sino desde la memoria de sabernos materia sobreviviente de nuestros infortunios.
La tierra baldía, La tierra yerma, La tierra estéril, El páramo, El erial… Sea cual fuere la traducción que se prefiera, The Waste Land (1922) es una obra única. Aunque leí a Eliot más de un siglo después de la publicación del poema —y sabiendo que en México llegó en 1930 traducido por Enrique Munguía—, mi sorpresa no fue como la del joven y efervescente Octavio Paz, quien confesó haberlo leído con asombro, desconcierto y fascinación en la revista Contemporáneos. Mi lectura fue más llana, quizá más ambigua; y, sin embargo, sospecho en Eliot una obra que sigue siendo fresca, todavía en diálogo con nuestra poesía actual. Incluso las traducciones recientes, como la de Hernán Bravo Varela, revelan un poema que parece escrito hoy. Tal vez porque la historia de aquellos tiempos no ha cambiado tanto: el poeta irrumpe en un mundo desolado y ubicuo, configurando un lenguaje más que justo, necesario.
En La tierra baldía se deja de lado la tradición romántica, esa cargada de ensimismamiento que separaba el pensamiento del sentir exterior, para traducir el deshuesadero en expresión de la modernidad. De pronto irrumpe con versos como: «Yo te mostraré el miedo en un montón de polvo». Porque ya no se sabe dónde esconder la brutalidad: «Nunca hubiera pensado que la muerte había/ deshecho a tantos». Su forma de entrar en cada canto se siente como un espejismo, como la percepción de un mundo cuya unidad está hecha de fragmentos. Si algo se advierte en la mayoría de los poemas es precisamente eso: una fragmentación que se multiplica hasta casi desaparecer.
Pienso que Eliot parte de hechos concretos que terminan expandiéndose hacia lo general, como si cada escena acabara convirtiéndose en un símbolo. Las situaciones que nos muestra —tan gráficas, tan inmediatas— buscan provocar primero una emoción antes que una comprensión plena. Tal vez ese sea uno de los principios del poema: sentirlo antes de aspirar a entenderlo del todo.
En The Waste Land, particularmente en el canto “Una partida de ajedrez”, esta fórmula se vuelve evidente. Allí aparece la historia de Lil. Su esposo, Albert, ha regresado de la gran guerra en Europa y espera que ella le dé un sexto hijo, a pesar de su evidente agotamiento. Todo esto lo sabemos por la conversación que sostienen dos mujeres en una cantina londinense, donde hablan con crudeza y naturalidad sobre abortos y matrimonios desgastados. Mientras tanto, la voz del cantinero interrumpe una y otra vez con un insistente: «HURRY UP PLEASE IT’S TIME»*.
Los hechos pueden parecer triviales, incluso domésticos, pero en realidad funcionan en el poema como una fuente inagotable de imágenes poéticas que, para su época, ya anunciaban un desplazamiento decisivo: el abandono de la poesía tradicional en favor de una que supiera leer la modernidad. La poesía evoca su presente, y esa inquietud se manifiesta en los múltiples recursos que Eliot ensaya en The Waste Land. Mezcla idiomas —inglés, francés, alemán— no como una exhibición de virtuosismo, sino como una unidad trágica hecha de retazos: un coro de voces que se atropellan entre sí, donde conviven lo muerto y lo vivo.
Las múltiples referencias nos acercan a un diálogo constante con otros textos, algo que el propio Eliot anticipa en sus notas al final del libro mediante lo que hoy llamamos intertextualidad: un puente que enlaza obras antiguas y contemporáneas. Incluso en una primera lectura es posible reconocer algunos ecos sin necesidad de acudir de inmediato a esas notas. De pronto escuchamos a Dante Alighieri: veo unas multitudes que caminan en círculos.
Esta obra, paradójicamente, pese a su condición yerma, está preñada de imágenes. Contiene paisajes valiosísimos: un verdadero collage de escenas que nos hacen comprender que el escenario principal de la poesía de Eliot es la ciudad. Cualquier ciudad devastada. Es decir, cualquier ciudad moderna. Si algo nos sigue uniendo a él es precisamente la tragedia del mundo actual. Porque, ¿quién no teme a estos tiempos oscuros, donde las guerras parecen estar siempre a la vuelta de la esquina? ¿Quién no teme hoy a la muerte por agua? Aunque, mirándolo bien, por petróleo.
Me resulta sugestivo que, en la naturaleza de la Mixteca poblana, mientras el aire cálido se filtra entre los tecomates (que en náhuatl significa vasos de árbol) la voz de T. S. Eliot vuelva a recordarnos que incluso en la tierra más seca persiste una promesa. Fue más hacedero escuchar su poesía entre las piedras que entre el ruido de las motos y el desparpajo de la ciudad. Tal vez porque la piedra sabe esperar. Porque toda tierra baldía guarda en su vientre la posibilidad del agua. Y toda poesía, tarde o temprano, encuentra a su lector.
Gerardo es Sociólogo por la UACh, autor de Vestigios (2022) y creador artístico del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
NOTAS
*Versión de Hernán Bravo Varela. “La tierra baldía” de T.S. Eliot. Editado por FCE, Universidad del Claustro de Sor Juana, 2022.
* ¡APÚRENSE YA ES HORA!
