Por Pablo Hernández Jaime| Marzo 2026
Élites económicas y pobreza
Actualmente presenciamos la más extraordinaria concentración de riqueza y poder en el mundo. De acuerdo con Oxfam, en 2025, “los 12 milmillonarios más ricos del mundo acumulan, en conjunto, más riqueza que la mitad más pobre de la población mundial, es decir, más que 4,000 millones de personas”[1].
En México esta situación no es distinta, para 2024, al menos el 0.23% de la población, los más ricos, concentraban el 60% de la riqueza del país[2], mientras el 67.6% de la población presentaba carencias en términos de insatisfacción de necesidades básicas o contaba con ingresos menores a la línea de pobreza, lo que equivale a 88 millones de personas[3].
Pero no nos dejemos engañar. Esta desigualdad no es el resultado de los esfuerzos individuales. Los milmillonarios no son así de ricos por su esfuerzo, astucia o productividad. Son así de ricos, fundamentalmente, porque se apropian del trabajo no remunerado de una gran cantidad de trabajadores alrededor del mundo. Su riqueza proviene de la explotación.
Por otro lado, la gran mayoría de los pobres del mundo no sufren carencia porque sean flojos o conformistas, o porque las economías de sus países aún no se hayan “desarrollado lo suficiente”; ¡como si lo que hiciera falta fuera “más capitalismo”! La pobreza moderna, incluida la de los países periféricos o “en vías de desarrollo”, es una pobreza que resulta de una dinámica económica mundial, de su división internacional del trabajo y de la manera en que cada país participa de esta división.
El capitalismo no es un sistema nacional, que existe como modo de producción cerrado al interior de cada país, y que cada gobierno regula de forma doméstica, decidiendo desarrollarlo o no. El capitalismo es, en cambio, un sistema internacional, y los países subdesarrollados participan ya de forma plena en él. De manera que su “subdesarrollo” no es resultado de una ausencia de capitalismo sino el producto de su funcionamiento a escala global.
Esto es importante notarlo porque el desarrollo económico mundial es al mismo tiempo desigual y combinado. En términos de consumo, por ejemplo, esto hace que países sin la capacidad tecnológica para producir computadoras puedan acceder a ellas; y del mismo modo, esto permite que algunos países adopten, en pocos años, innovaciones productivas que en otros países tomaron décadas. Sin embargo, también esta es la razón de que el éxito económico de las potencias centrales esté condicionado por la reproducción sistemática del subdesarrollo en los países periféricos. La pobreza mundial y la enorme concentración de la riqueza son, entonces y al mismo tiempo, productos del capitalismo global.
Élites y política
Pero, las élites económicas no se restringen a amasar grandes fortunas, sino que también intervienen activamente en la política de sus países y del mundo. Esto es así por varias razones; la más importante es que solo así pueden garantizar que los gobiernos e instituciones actúen en beneficio de sus intereses, haciendo de ellos –como dijeron Marx y Engels– “una junta que administra los negocios comunes de toda la burguesía”[4].
Pero hay otras razones. A los propios gobiernos y burócratas, por ejemplo, les conviene estar en paz con el poder económico. El Estado, recordemos, obtiene su poder de varias fuentes: una es el control del ejército y los cuerpos de seguridad como la policía; otra es la administración de recursos públicos a través de una burocracia; otra más es la legitimación pública a través de la elección de representantes o la implementación de consultas y referendos; y una cuarta es la legitimación jurídica mediante la apelación a una constitución (cuya legitimidad descansaría a su vez en la voluntad popular).
Así, el Estado contaría con el poder de las armas y del acceso a recursos clave, así como con el permiso de la sociedad para gobernar y el respaldo de las leyes. Sin embargo, el poder económico es otra de las grandes columnas vertebrales de la sociedad. A los gobernantes no les conviene estar en contra de los grandes millonarios, pues ellos también constituyen un poder de gran importancia. De manera que al Estado le interesa mantenerse en armonía y buenos tratos con la burguesía. Por supuesto, si el Estado mismo fuera un gran empresario, dueño de empresas paraestatales clave y tuviera mayor control sobre la economía, su dependencia de los capitales individuales sería relativamente menor; pero incluso en este caso al Estado no le conviene enemistarse con los empresarios.
En síntesis: a los gobiernos –cuando no son ellos mismos ya directamente empresarios– les conviene mantener una buena relación con la burguesía, mientras que a esta última –cuando no es ella misma ya directamente parte del gobierno– le conviene procurar su relación con el poder público para ganar influencia y hacer valer sus intereses de clase.
Estas y otras razones generan una tendencia donde, a mayor concentración de la riqueza, mayor influencia política. Por eso no es extraño lo que reporta Oxfam sobre que “los milmillonarios tienen 4,000 veces más probabilidades de ocupar un cargo político que la gente corriente”. El dato es sumamente emblemático pues refleja una compenetración extrema entre los poderes político y económico en el mundo. Esta es la dictadura de clase de la burguesía internacional.
Excesos criminales y control social
Una cosa que conviene señalar es que lo antedicho no es un error del sistema. En un modo de producción donde impera la lógica de la acumulación, el control político de las élites económicas es solo un resultado tendencial y esperable, no es una anomalía.
El problema con estas élites es que, alcanzadas tales cuotas de poder, éstas acrecientan sus medidas de control social y son capaces de llegar a excesos abominables.
Por supuesto, el control social no es necesaria ni mayormente coactivo. Siempre resulta más conveniente cuando dicho control apela a la libre decisión y gustos de las personas. En este sentido, la “manipulación” social viene más bien por el lado de la administración de la información a través de los principales medios de comunicación, el manejo de la atención de las personas, el uso de la Inteligencia Artificial, la formación de los gustos, etcétera. Es más fácil controlar a alguien que siente que hace lo que quiere, que controlar a alguien que se percibe como oprimido.
Con respecto a los excesos criminales cometidos por las élites, tenemos el muy reciente escándalo de los archivos de Jeffrey Epstein. Esta situación resulta por demás escabrosa y repulsiva, pues no se trató de un evento aislado o de un grupo reducido de personas. Eran las élites económicas y políticas actuando de manera deliberada, organizada y sistemática para abusar de otras personas con total impunidad y al amparo de gobiernos, empresarios y grandes personalidades, durante años.
Pero aquí también podemos mencionar una gran cantidad de crímenes de lesa humanidad cometidos por Estados Unidos (EE. UU[PGRM1] .) y otras potencias. Ahí están las guerras en Irak, Afganistán y Libia. El criminal bloqueo a Cuba o la intervención en Venezuela. El genocidio perpetrado en Palestina por el ilegítimo Estado de Israel al amparo del Imperio estadounidense, o los muy recientes ataques a la población civil de Irán, solo por mencionar algunos casos.
Contra el conspiracionismo
Dicho lo anterior, resulta complicado no creer que existe una conspiración de las élites para garantizar su dominio mundial. Pero aquí hay que tener mucho cuidado. Las élites, efectivamente, van a tratar de usar su poder para hacer valer sus intereses. En ese sentido, tal conspiración existe. Sin embargo, es preeminente y necesario no caer en una lectura conspirativa o conspiranoica del problema. ¿A qué me refiero? Veamos.
Una teoría de la conspiración puede definirse, propongo, como aquella donde se asume la existencia de una persona, grupo de personas o agentes con una capacidad de conocimiento, planificación e incidencia en la realidad tan grandes que, en consecuencia, todo cuanto presenciamos resulta ser parte de su plan y es en defensa efectiva de sus intereses.
La película Matrix ofrece un ejemplo muy claro. Ahí, la realidad que las personas creen experimentar no es la realidad, sino una experiencia inducida artificialmente por las máquinas. El objetivo de esas máquinas, en la película, es mantener vivas y cautivas a las personas para usarlas como fuente de energía. En ese sentido, la definición anterior se cumple: un grupo de agentes (en este caso las máquinas) tienen tanta capacidad para conocer, planear e incidir en la realidad que controlan por completo la vida de la gente con el objetivo de obtener un beneficio. Otros ejemplos de teorías conspirativas son las de los terraplanistas, reptilianos, anunnakis, etcétera.
El problema con las teorías de la conspiración es que su supuesto central no solo es inverosímil, sino imposible. A saber: un grupo de personas no puede tener tal capacidad de conocimiento, planeación e incidencia para controlar todos y cada uno de los aspectos de la realidad.
Es verdad que existen grupos de personas con intereses particulares, y es verdad que cuando estos grupos concentran mucho poder, lo usan para defender y procurar sus intereses. Por eso las teorías de la conspiración tienen cierto componente intuitivo. Además, estas teorías son atractivas porque parten de una premisa bastante simple (todo es controlado por alguien), pero que puede ser elaborada de maneras rebuscadas y entretenidas, aunque ciñéndose a la premisa central.
Con los terraplanistas, por ejemplo, tendríamos las siguientes premisas: (1) alguien está interesado en ocultarnos que la tierra es plana porque quiere tenernos cautivos; (2) ese alguien tiene, además, el poder para ocultarle la verdad a todo el mundo y hacernos creer que la tierra es redonda. Eso es todo. La gente entiende rápido las premisas, y con ellas garantiza una supuesta explicación para un montón de cosas. Eso le da seguridad y certeza. Pero además la teoría tiene una parte lúdica y entretenida, pues ahora hay que encontrar explicaciones sobre cómo es que los conspiradores logran su cometido.
Volviendo a cuento: las élites políticas y económicas del mundo y de México han concentrado tal cantidad de poder, que son capaces de influir enormemente en nuestras vidas. Estas élites, efectivamente, querrían poder controlar a la sociedad en su totalidad. Pero es preciso tener claro que, aunque estas élites constituyen la clase dominante, eso no quiere decir que tengan poderes absolutos para conocer, planear y controlar el mundo.
Si las élites de las que hemos estado hablando pudieran controlarlo todo, entonces, tendríamos que concluir que la revolución es imposible, precisamente, porque la sociedad ya no sería un fenómeno complejo, contradictorio y cambiante, sino un sistema armónico que funciona con arreglo a la voluntad de los poderosos. Incluso tendríamos que concluir que el capitalismo, como sistema en donde la producción es anárquica, en realidad no existe, pues lo que hay en su lugar es un nuevo tipo de esclavismo altamente planificado. Pero la realidad no es así.
La concepción materialista de la historia
Hacer una lectura conspirativa de las élites mundiales nos colocaría una venda en los ojos, impidiéndonos comprender realmente el fenómeno subyacente. Pero, aquí es donde el marxismo resulta útil.
Para la concepción materialista de la historia, la lucha de clases es uno de los elementos centrales de la dinámica social. Esta lucha se origina en torno a la apropiación del excedente productivo y, en ese sentido, se coloca en el corazón de los procesos de producción y reproducción de la vida de las personas, de ahí su centralidad.
En el modo de producción capitalista, la relación elemental de clase es entre burgueses y proletarios, y el tipo de explotación que se establece entre ellos es la del trabajo asalariado. Aquí, la burguesía contrata trabajadores, a los que les paga su fuerza de trabajo, pero quienes [PGRM2] producen un valor mayor que es apropiado por los capitalistas. Con base en la apropiación de este excedente, y a partir de una férrea competencia en el mercado que solo se intensifica con el establecimiento de ciertos monopolios relativos, la burguesía genera una tendencia a la acumulación de capital. Dicha acumulación es la que explica, esencialmente, la formación de las élites económicas de las que hablamos al principio.
Ya sabemos que estas élites buscan ejercer su dominio de clase sobre el proletariado, la pequeña burguesía, el campesinado, y el resto de las capas depauperadas de la sociedad. Sabemos además lo poderosas que se han vuelto estas élites. Pero, entonces, si no dominan de manera total, ¿cómo dominan?
Responder esta pregunta de manera precisa requeriría un estudio empírico detallado. Sin embargo, el marxismo nos da una guía general para abordar el problema: la clase dominante ejerce su dominio de manera tendencial y como resultado de un promedio social. Engels es muy claro al respecto
…la historia se hace de tal modo, que el resultado final siempre deriva de los conflictos entre muchas voluntades individuales, cada una de las cuales, a su vez, es lo que es por efecto de una multitud de condiciones especiales de vida; son, pues, innumerables fuerzas que se entrecruzan las unas con las otras, un grupo infinito de paralelogramos de fuerzas, de las que surge una resultante –el acontecimiento histórico–, que a su vez, puede considerarse producto de una fuerza única, que, como un todo, actúa sin conciencia y sin voluntad. Pues lo que uno quiere tropieza con la resistencia que le opone otro, y lo que resulta de todo ello es algo que nadie ha querido. De este modo, hasta aquí toda la historia ha discurrido a modo de un proceso natural y sometida también, sustancialmente, a las mismas leyes dinámicas. Pero del hecho de que las distintas voluntades individuales […] no alcancen lo que desean, sino que se fundan todas en una media total, en una resultante común, no debe inferirse que estas voluntades sean = 0. Por el contrario, todas contribuyen a la resultante y se hallan, por tanto, incluidas en ella[5].
Cabe decir que Engels no está hablando específicamente de la dominación de clase, pero sí de la lógica superviniente del acontecimiento histórico; es decir, la lógica mediante la cual las acciones de las distintas personas convergen para producir un fenómeno de carácter agregado, a nivel social.
Esta lógica puede aplicarse al análisis del dominio de clase. De hecho, esta perspectiva es muy enriquecedora, pues la burguesía misma, aunque tiene intereses comunes, también vive en constante conflicto consigo misma. Esto genera facciones, grupos y corrientes. La burguesía no es monolítica y cada gran burgués es, potencialmente, un enemigo y rival de los demás. Por eso es posible ver cómo, a pesar de que en EE. UU. hay un férreo control de la burguesía, esto no elimina los antagonismos relativos entre sus distintos sectores. En México, aunque a su modo, esto también ocurre.
Por otro lado, la burguesía tampoco puede controlar todas las acciones o respuestas del proletariado, tan amplio y diverso. Así, muchas de las cosas que ocurren en sociedad, incluyendo fenómenos demográficos, migratorios, sanitarios, laborales, de violencia e inseguridad, de protesta pública y organización social, e incluso artísticos y culturales, entre otros, son también en un primer momento sorpresivos para las clases dominantes. Y cuando hablamos directamente de una confrontación popular contra las élites, muchas veces éstas se ven en la necesidad de negociar o conceder.
Todos estos son los innumerables “paralelogramos de fuerza” a los que se refiere Engels.
Desde el materialismo histórico, además, es posible comprender cómo la sociedad toda lleva la contradicción en su seno, y al mismo tiempo que se afianza (tendencial y promedialmente) el dominio de una clase, la sociedad misma va creando distintos elementos y herramientas políticas, organizativas, tecnológicas, artísticas, intelectuales, etcétera, que pueden ayudar a socavar dicho dominio. Por ejemplo, la Inteligencia Artificial, las tecnologías de la información y la automatización de la producción y la distribución de mercancías que hoy sirven para aumentar la explotación, generar docilidad política y perpetuar la enajenación ideológica, también pueden servir como vías para una organización popular cada vez más amplia e independiente, al tiempo que pueden ayudar a crear una economía planificada en tiempo real y verdaderamente democrática.
Desde una perspectiva conspirativa, las propuestas políticas y culturales nos llevarían, casi de manera forzosa, a buscar un distanciamiento de la realidad social; la única salida ante la dominación de clase sería “escapar” para construir un lugar “separado” y “puro”, una utopía libre de la influencia de las clases dominantes. Pero esto es imposible. Desde el marxismo, en cambio, la salida tenemos que encontrarla dentro de las propias contradicciones de la sociedad, y para eso es necesario asumir la perspectiva del socialismo científico: estudiar la realidad para transformarla.
Pablo Hernández Jaime es doctor en Ciencias Sociales por El Colegio de México.
NOTAS
[1] https://oi-files-d8-prod.s3.eu-west-2.amazonaws.com/s3fs-public/2026-01/ES%20-%20Resisting%20the%20Rule%20of%20the%20Rich_0.pdf
[2] https://www.oxfammexico.org/wp-content/uploads/2024/01/El-monopolio-de-la-desigualdad-Davos-2024-Briefing-Paper.pdf
[3] https://www.inegi.org.mx/contenidos/desarrollosocial/pm/doc/pm_presentacion_2024.pdf
[4] https://unidaddegenerosgg.edomex.gob.mx/sites/unidaddegenerosgg.edomex.gob.mx/files/files/Biblioteca%202022/G%C3%A9nero%2C%20Sociedad%20y%20Justicia/GSJ-18%20El%20manifiesto%20comunista.%20Carlos%20Marx%2C%20Federico%20Engels.pdf
[5] Engels, F. (1974). Engels a Joseph Bloch. En C. Marx y F. Engels: Obras Escogidas (pp. 717-719). Progreso.
