Por Tania Rojas | Marzo 2026
En enero de este año tuvo lugar el Foro Económico Mundial número 56 que se realiza anualmente en Davos, Suiza. El lema elegido para esta edición fue “A spirit of dialogue” (Espíritu de diálogo). Davos es, en esencia, un diálogo entre élites: gobiernos, grandes corporaciones industriales y financieras, y sus instituciones políticas y económicas globales, que se reúnen para discutir cómo abordar los problemas de un capitalismo que ellos mismos reconocen en crisis.
En los últimos años, este reconocimiento vino acompañado de una fachada discursiva que incorporaba términos como “inclusión”, “equidad” y “sostenibilidad”, orientados a contener el malestar acumulado. Y en los lemas de las reuniones, “cooperación”, “diálogo”, “colaboración”, etc., simulaban la corrección colectiva de los problemas mundiales. Sin embargo, más que anunciar una transformación, esta retórica funcionó para administrar las múltiples crisis y preservar la legitimidad de las élites.
Esta vez, sin embargo, las grietas alcanzaron a las propias élites. En este contexto, destacó la intervención de Mark Carney, primer ministro de Canadá, quien admitió explícitamente que el llamado “orden internacional basado en normas” ha entrado en quiebre. Su propuesta es un reordenamiento encabezado por las potencias intermedias, lo que parece aludir a la Unión Europea y a Canadá, o, más propiamente, a la OTAN sin Estados Unidos. Bajo lo que denomina un “realismo basado en valores”, plantea que este bloque actúe con pragmatismo, con el objetivo de fortalecer su autonomía estratégica en sectores clave para no ser vulnerable a las represalias de las potencias dominantes. Para ello, es preciso construir relaciones diversas según convenga, tema por tema, sin comprometerse plenamente con ningún centro de poder, a la manera de quien diversifica riesgos en una cartera de inversiones, mientras se conservan los principios occidentales — derechos humanos, desarrollo sustentable, solidaridad, soberanía, integridad territorial, según él— como pauta básica para el establecimiento de esas coaliciones estratégicas.
Se trata, realmente, de construir una alternativa “multipolar” distinta de la que hoy articulan Rusia y China, al frente de los BRICS; esto es, una multipolaridad administrada desde dentro del propio orden occidental que se resquebraja. No desmontar la globalización (del capital), sino reacomodar su centro de gravedad. Es un ajuste en la jerarquía, no una transformación del sistema. Cambiar las cosas para seguir igual.
Por otro lado, lo que Carney no confiesa es la complicidad que Canadá y el bloque occidental mantuvieron mientras el orden mundial les favoreció junto al hegemón norteamericano. No se trata de un descubrimiento tardío de la ambición expansiva de Estados Unidos. Esa ambición era conocida y, en muchos casos, activamente respaldada, en nombre de los mismos valores que hoy se invocan como fundamento de la “tercera vía” que Carney preconiza. Valores que durante décadas sirvieron para legitimar guerras, intervenciones y despojos, que no obedecen a desvíos morales aislados, sino a una base material concreta: los impulsos del capital a expandirse globalmente y a asegurar la máxima ganancia. Como en otros momentos de crisis, el discurso de Carney se destaca por evadir nuevamente la base material de las diversas tendencias, para remitirnos al terreno de la moral. No cuestiona la competencia entre potencias por mercados y recursos, sino que exhorta a competir “con valores”.
Aunque hasta ahora no se advierte que esta iniciativa esté articulando un bloque real, en su momento el discurso fue ampliamente celebrado, y a esos elogios se sumaron voces influyentes en México, incluida la propia presidenta. En ese entusiasmo subyacía la idea de que México, como economía intermedia, al ocupar una posición geopolítica comparable a la de Canadá , le haría bien seguir la iniciativa canadiense. Pero aquí aparece el contraste entre ambos países. Nuestro país ya aplica su propio pragmatismo, pero con una capacidad de maniobra mucho más limitada. En julio se revisará el T-MEC y, para el gobierno mexicano, su continuidad es condición de estabilidad política y económica inmediata. La alineación estratégica con Estados Unidos no es simplemente una elección política, sino que está condicionada por una dependencia estructural construida durante décadas de integración subordinada.
Pero reconocer esa limitación no significa justificarla. México insiste en presentarse como aliado incondicional, a cambio de promesas abstractas de respeto a la soberanía y de una estabilidad económica que ni el T-MEC ni su antecedente, el TLCAN, han garantizado durante décadas. Y lo hace, además, en una coyuntura geopolítica distinta: en medio de una transición hacia un mundo multipolar que abre nuevas posibilidades para diversificar las alianzas comerciales, impulsar una estrategia de desarrollo productivo interno y estrechar la cooperación con América Latina y otros países del Sur Global para fortalecer su soberanía. Sin embargo, México continúa yendo a remolque de promesas de prosperidad ofrecidas desde fuera, sin aceptar su verdadero lugar en el tablero mundial.
Tania Rojas es maestra en Economía por El Colegio de México e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
