Por Jesús Lara | Febrero 2026
La extrema derecha, o neofascismo, avanza peligrosamente en el mundo, particularmente en las naciones del bloque imperialista occidental. En el plano discursivo, este movimiento combina ultranacionalismo, racismo, machismo y xenofobia para ganar adeptos y volver cada vez más irracional el debate público. En el plano político, observamos una creciente deriva hacia un Estado policial, que socava las bases del propio estado de derecho burgués, mediante el uso abierto de la violencia como “excepción” cada vez más frecuente contra manifestaciones consideradas amenazas al estatus quo. Paralelamente, vivimos un periodo de acelerado militarismo: los estados imperialistas desvían cantidades crecientes de recursos hacia el rearme, preparando el terreno para posibles confrontaciones militares abiertas con aquellos países que no se subordinan a la órbita occidental.
Es importante subrayar que estas dos últimas tendencias avanzan de manera independiente al partido que gobierna. El liberalismo de centroizquierda participa sin reservas en la represión contra el movimiento propalestino y promueve un clima guerrerista contra Rusia y China. Al mismo tiempo, crece el apoyo hacia las expresiones más brutales de la reacción, lo que amenaza con acelerar estas dinámicas hasta colocar al mundo en una situación explosiva.
Uno de los grandes retos es comprender qué impulsa realmente estas transformaciones políticas. En su trabajo Siete tesis sobre la política estadounidense, y artículos posteriores, los marxistas Dylan Riley y Robert Brenner ofrecen una explicación que ilumina las tendencias recientes tanto en Estados Unidos como en gran parte del mundo imperialista.
La clave es el estancamiento secular del capitalismo avanzado: una tendencia estructural a la desaceleración de la acumulación de capital, que se expresa en tasas de crecimiento persistentemente bajas. En numerosos países capitalistas desarrollados, por ejemplo, el crecimiento por habitante ha permanecido prácticamente en cero durante dos décadas o más. Este estancamiento surge del carácter anárquico de la inversión en capital fijo, principal componente del crecimiento económico. La incertidumbre inherente a las decisiones de inversión produce, por un lado, capacidad productiva ociosa, y por el otro, la permanencia de capitales semiosboletos que no pueden salir del mercado de manera rentable. Ambos factores deprimen la tasa de ganancia, que es el principal motor de nuevas inversiones.
La consecuencia fundamental del estancamiento secular es que la distribución del ingreso se convierte en un juego de suma cero: distintos grupos sociales entienden que su bienestar depende cada vez más del empobrecimiento del resto. Esto contrasta con el boom de la posguerra, cuando las altas tasas de crecimiento permitían cierto colaboracionismo entre la burguesía y una clase trabajadora mucho más homogénea. Hoy, en cambio, el control del Estado se vuelve la palanca decisiva para “estirar la cobija” a costa de los demás. La rentabilidad capitalista depende crecientemente del papel del Estado como redistribuidor regresivo de la riqueza social, lo que explica tanto el brutal aumento de la desigualdad como la creciente reacción violenta de sectores populares frente al estatus quo.
Sin embargo, este deterioro en las condiciones de vida no genera una respuesta de clase unificada. La razón es la fragmentación objetiva de la clase trabajadora a lo largo de líneas como el nivel educativo, la raza o el estatus migratorio. En Estados Unidos, por ejemplo, la fracción blanca y con educación superior —empleada en el sector servicios profesional, en el Estado y en organizaciones sin fines de lucro— tiene un interés material en la expansión del gasto social y se opone a la austeridad neoliberal. Una fracción creciente de trabajadores blancos sin educación universitaria, en contraste, se aferra a los pocos espacios laborales disponibles y los defiende frente a la supuesta “amenaza” que representa la mano de obra migrante. Ideas similares ganan terreno incluso entre sectores de trabajadores no blancos, que también se desplazan hacia la derecha.
El elemento central de este análisis es que el auge del neofascismo no es un accidente: responde a tendencias profundas propias del capitalismo avanzado en crisis. Por ello, no bastan los llamados abstractos a la “unidad de clase”. La unidad no surge automáticamente porque no existen, en las condiciones actuales, experiencias materiales comunes que la produzcan de manera espontánea.
El primer paso —y el más urgente— es adquirir una comprensión científica de los obstáculos reales que enfrenta la clase trabajadora para actuar como un sujeto político unificado. Solo sobre esa base es posible construir una estrategia capaz no solo de enfrentar a la extrema derecha, sino de superar las condiciones que la engendran.
Jesús Lara es economista por El Colegio de México
