Por Miguel Alejandro Pérez | Enero 2026
Según el filósofo húngaro Georg Lukács, la teoría de la sistematización marxista comprende dos principios esenciales. Primero, nunca se separa del proceso unitario de la historia. Segundo, esta premisa no supone un relativismo histórico o sociológico: por el contrario, “la esencia del método dialéctico consiste precisamente en que lo absoluto y lo relativo constituyen en él una indestructible unidad”. Lukács intenta así unificar el materialismo histórico y el materialismo dialéctico mediante una concepción historicista sin caer en el relativismo, y sistemática sin ser infiel a la historia.
Desde esta perspectiva, la consideración marxista del arte abarca al menos dos grandes ciclos de problemas. El primero se refiere a la existencia y desarrollo del arte —el origen y la evolución de la literatura, sus presupuestos históricos y sociales—, es decir, la llamada retórica genética de la crítica marxista más temprana. El segundo ciclo concierne a la esencia y la eficacia estética de la obra artística, es decir, a cuestiones estéticas stricto sensu.
El primer ciclo se vincula con las tesis generales del materialismo histórico, como la determinación social del pensamiento. El segundo aplica el materialismo dialéctico y se enlaza con sus principios fundamentales, por ejemplo, la oposición entre lo abstracto y lo concreto. Respecto a los presupuestos históricos y sociales del surgimiento y la evolución de la literatura, Lukács destaca dos principios: el carácter rector de la base económica en el desarrollo social —que niega la autonomía del pensamiento, sin reducir la relación base-superestructura a un simple mecanismo causal unilateral— y el principio del desarrollo no uniforme, que impide suponer un paralelismo necesario entre progreso ideológico y desarrollo económico.
En cuanto a la esencia y eficacia estética, la problemática de la forma artística se organiza alrededor de dos principios del materialismo dialéctico que lo distinguen tanto del idealismo como del materialismo mecanicista. En primer lugar, rechaza cualquier forma de idealismo al afirmar que toda conscienciación del mundo externo es el reflejo de una realidad independiente de la conciencia en las ideas, representaciones o sensaciones humanas. Así, la creación artística se inscribe en la teoría general del conocimiento del materialismo dialéctico: la teoría del reflejo expresa la esencia misma del arte.
En segundo término, el materialismo dialéctico se distancia del materialismo mecanicista al concebir el reflejo de manera dialéctica: la creación artística obedece a legalidades propias, distintas de las de la ciencia, el derecho o la filosofía. Por ello, el arte constituye una parte peculiar y característica de la teoría general del conocimiento del materialismo dialéctico. Lo decisivo es la influencia de una materia prima social dada, no solo en el contenido, sino también en la forma de las obras.
A partir de estos principios, Lukács concluye que, aunque la creación artística es un reflejo del mundo externo en la conciencia humana, ese reflejo posee peculiaridades irreductibles que deben ser consideradas. Su perspectiva parte del supuesto de que el análisis del ser precede al análisis del conocer: la cuestión de cómo se conoce la realidad depende de una definición previa de qué es la realidad. “¿Qué es aquella realidad, cuya fiel imagen debe ser la configuración literaria?” —pregunta—. Y responde negativamente: “no sólo consiste en la superficie inmediatamente sentida del mundo exterior, no sólo en las apariencias casuales y momentáneamente eventuales”. En suma, el conocimiento de la realidad —su modo y posibilidad— exige una concepción previa de lo que es lo real.
El materialismo, además, rechaza la identidad entre ser y pensar —propia del idealismo— y afirma, en cambio, su unidad o correspondencia, siempre sobre la base de la primacía del ser. De aquí surge una cuestión crucial para la crítica dialéctica: ¿cómo sostener la primacía del ser sin caer en el objetivismo del materialismo mecanicista?
Los dos ciclos señalados por Lukács expresan, en suma, uno de los dilemas centrales de toda estética materialista: asumir simultáneamente el valor histórico (relativo) y el valor absoluto del arte. Se trata de construir una estética a la vez historicista y sistemática: que no derive en un relativismo irracionalista y subjetivo, ni en un racionalismo formal que abstraiga la historia. La dificultad consiste, precisamente, en concebir una teoría que reconozca la interrelación ontológica de estos polos, considerando que, si bien la creación artística es reflejo del mundo externo, dicho reflejo presenta rasgos específicos e irreductibles.
Miguel Alejandro Pérez es maestro en Historia por la UNAM.
