Mencio y el derecho a la rebelión en la China tradicional

Por Ehécatl Lázaro | Enero 2026

En la tradición intelectual occidental el derecho a la rebelión está asociado principalmente con John Locke. Para el filósofo inglés, la razón de ser de un gobierno consiste en la capacidad que tiene para salvaguardar la propiedad de las personas: su vida, su libertad y sus bienes materiales. En su teoría, las personas se organizan y crean un contrato social para defenderse pacíficamente los unos de los otros y para que, al mismo tiempo, puedan defenderse de otras comunidades con otros gobiernos. La soberanía descansa en el pueblo, el cual le da al gobernante el derecho de mandar para desempeñar un papel. Pero cuando el gobernante deja de cumplir con la obligación básica de preservar la vida, la libertad y los bienes materiales de los ciudadanos, entonces el pueblo tiene no sólo el derecho, sino también la obligación, de rebelarse contra el gobierno e instaurar un nuevo poder que garantice el cumplimiento de esa función esencial para la convivencia humana. Esta filosofía política de Locke formó parte del conjunto de ideas que inspiró las revoluciones burguesas en Inglaterra, Francia y Estados Unidos.

En China, mucho antes de John Locke (1632-1704) existió Mencio (374-289 a.C). Mencio es uno de los filósofos más importantes de la China antigua. Continuador de las enseñanzas de Confucio, es conocido principalmente por su teoría sobre la bondad innata en la naturaleza humana (en oposición a su contemporáneo Xunzi) y por su teoría política. Su teoría política parte de tres ideas principales: el Mandato del Cielo, el pueblo y el gobernante. El gobernante se refiere al monarca o emperador, su familia y todo el sistema burocrático asociado (este sistema políticio existió en China durante cuatro mil años, desde la dinastía Xia hasta la dinastía Qing). El pueblo se refiere a los súbditos de este monarca. El Mandato del Cielo es un concepto eminentemente chino.

El Mandato del Cielo surge como idea durante la dinastía Zhou Occidental (c. 1046 – 771 a.C), más de quinientos años antes de la existencia de Mencio. Se trata de una justificación teórica para dotar de legitimidad al gobernante. De acuerdo con esta teoría, el Cielo elige al gobernante y le asigna la tarea de mandar sobre Todo bajo el Cielo. Esta persona es el Hijo del Cielo y carga con el Mandato del Cielo. El Mandato del Cielo recaía sobre una persona, la cual tenía la responsabilidad de dirigir a su pueblo (y a todo el mundo). Esta persona era elegida por el Cielo por su capacidad de liderazgo. El Mandato del Cielo era transferido a sus decendientes por vía hereditaria. Pero esta legitimidad no era inagotable. Un desastre natural con consecuencias fatales (inundaciones, incendios, terremotos, sequías, etc.), una invasión de un pueblo vecino, una guerra perdida, etc., eran pruebas suficientes de que el Cielo le había retirado su Mandato al gobernante y eso alentaba el cambio de la familia gobernante. El ciclo dinástico funcionaba así: en el momento fundacional, la dinastía estaba completamente legitimada, conforme cambiaban las generaciones, el Mandato del Cielo se debilitaba, hasta que se desgastaba completamente y sobrevenía el momento de cambiar a la familia gobernante. Una nueva dinastía llegaba al trono y recomenzaba el ciclo dinástico.

Antes de Mencio el derecho a gobernar provenía del Cielo, una entidad etérea donde moran los diferentes dioses de la religión popular china; el Cielo como región poco delimitada, que no se sabe bien dónde está, pero que tiene una fuerte influencia sobre lo terreno, tanto en términos políticos como religiosos. La revolución teórica de Mencio fue decir: el Cielo no está en un lugar inasible, el Cielo es el pueblo. El Mandato del Cielo no proviene de un desconocido más allá, sino de la voluntad del pueblo. Para Mencio, el gobernante tenía derecho a gobernar sólo porque el pueblo se lo otorgaba. Es conocida su analogía del gobernante como un barco y el pueblo como el agua que lo sostiene: el barco puede navegar tersamente si el agua lo permite, pero también el agua puede hundirlo.

Según Mencio, el monarca tenía la obligación de seguir un comportamiento confuciano para ejercer genuinamente el Mandato del Cielo. Esto es, debía ser un gobierno benevolente, justo y moral. Su principal preocupación y obligación era la de velar por el bienestar del pueblo. Si fallaba en esa función básica, el pueblo no sólo tenía el derecho, sino también el deber, de rebelarse contra el monarca para instalar en su lugar a un nuevo gobernante que sí satisficiera los estándares de un gobierno legítimo, estrechamente asociado con los valores confucianos. Esta concepción normativa de la política pervivió entre los diferentes emperadores y las diferentes dinastías que gobernaron China durante dos mil años, incluidos los mongoles y manchúes.

En la China antigua, el derecho del pueblo a la rebelión tenía como uno de sus principales referentes teóricos a Mencio. Con la Guerra del Opio y la llegada de las potencias imperialistas a China, llegaron también las ideas de democracia y libertad, entre muchas otras corrientes de pensamiento surgidas de la Ilustración, incluido el marxismo. Las nuevas ideas no sustituyeron a las antiguas, sino que se integraron y acomodaron. Tras la desintegración del imperio (1911), posteriormente la fundación de la República de China (1911) y luego la República Popular China (1949), la tradición política intelectual de la China antigua perdió poder explicativo, sin embargo, como enseña la historia de las mentalidades, un sistema teórico fuertemente arraigado por más de dos mil años de historia, no puede modificarse radicalmente en el lapso de un siglo, especialmente si tomamos en cuenta las condiciones de aislamiento y marginación de China. La legitimidad que actualmente tiene el Partido Comunista de China descansa, en una parte importante, en esta concepción tradicional del buen gobierno acuñada por Mencio.


Ehécatl Lázaro es maestro en Estudios de Asia y África, especialidad China, por El Colegio de México.

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