Me piden con urgencia un poema para Palestina

Por Gerardo Almaraz| Noviembre 2025

“Me piden con urgencia un poema para / Palestina / y no tengo el poema / (nunca le he escrito un poema a Palestina)”. Los versos del poeta cubano, Jesús Sama Pacheco, resuenan como un reconocimiento de urgencia, o quizá de una obligación moral cantar sobre el genocidio en Gaza. A los poetas ya no se les exige, como antaño, que esculpan imágenes de poder para las realezas Bizantinas, aquellos artesanos de la palabra cuyo arpón estaba al servicio de legitimar gobiernos  y participar en las luchas políticas a través de la propaganda cultural. La pregunta es otra: ¿qué impele al poeta a escribir: la sombra del traje verde olivo tocando a su puerta o el peso de una conciencia que busca redimirse?

La historia humana es un palimpsesto de violencia, sometimiento, saqueo y genocidio. Y sobre esa carnicería, siempre, se ha elevado un canto. Desde Homero —y antes de él— hasta la sentencia lapidaria de Theodor Adorno, la poesía ha sido el testigo incómodo. Adorno en 1951 declaró que escribir poesía después de Auschwitz era un acto de barbarie. Tenía, en el fondo, una razón profunda: la poesía no es consuelo, como bien apunta Raúl Zurita; su mera existencia es la prueba de una derrota inconmensurable. La auténtica tarea, se insinúa, no era escribir poemas, sino haber hecho del mundo un lugar decente.

Sin embargo, el mismo Adorno enmendó su pensamiento quince años después. Comprendió que el silencio era otra forma de complicidad con el verdugo. La poesía, para sobrevivir a sí misma, necesitaba romper el rodeo retórico frente a la crueldad y gritar desde dentro del abismo. Parafraseando a Huidobro, la nueva consigna sería: no hables del dolor, escucha su grito. Adorno, en otras palabras, corrigió: “La perpetuación del sufrimiento tiene tanto derecho a expresarse como el torturado a gritar”.

Pero escuchar ese grito no era referirse a un estruendo cualquiera, al ruido de motos a punto de derrapar. Se trataba de forjar un lenguaje, nutrido por la nueva y terrible realidad, que fuera un soporte de expresión diamantina, capaz de tallar la verdad sin abangues. Con precisión, el poeta cubano nos previene del peligro: “temo que los versos se malogren / con las mismas palabras del periodista, / del político, / de la gente sencilla.”

Y aun así, después de Auschwitz, el mundo siguió su marcha violenta. Después del napalm en Vietnam, después de la masacre de Nankín, después del bombardeo al Palacio de La Moneda, después de la invasión a Irak, después de Gaza: la barbarie no cesó, y la poesía tampoco. Paul Celán le demostró a Adorno que era posible respirar —es decir, escribir— incluso estando muertos por dentro. Brecht, desde el exilio, acuciaba: en los tiempos oscuros, ¿acaso no se ha de cantar? Cantar no por alegría, que es nuestro deber, sino por la razón de que la poesía es el descomunal testimonio de la violencia, el sonido de la vida bramando contra su aniquilación. Volviendo a Zurita, sería decir lo justo: “mientras haya un solo ser que sufra, la poesía seguirá siendo el arte del futuro”.

¿A Jesús Sama Pacheco qué le impide escribir algún verso para Palestina? Tiene la palabra:

y no tengo el poema;

pero amo la paz,

aborrezco el odio,

sufro por el pueblo palestino;

y como gente sencilla,

soldado que estuvo en la guerra

y conoce del rencor y la metralla,

subo a las tribunas

y esgrimo mis sentimientos.


Gerardo es Sociólogo por la UACh, autor de Vestigios (2022) y creador artístico del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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