La dialéctica en términos marxistas

Por Betzy Bravo | Noviembre 2025

La palabra dialéctica es hoy tan común como necesaria. Aparece en discursos políticos, debates filosóficos e incluso en conversaciones cotidianas, aunque no siempre se comprenda a cabalidad. En esencia, es un concepto que gira en torno a dos ideas fundamentales: movimiento y negación. Son dos sus ideas clave: todo se mueve y todo se niega a sí mismo. Es decir, la realidad no es estática, sino que avanza a través de conflictos y contradicciones internas.

Aunque frecuentemente se reduce la dialéctica a un esquema de tesis-antítesis-síntesis (una fórmula que en realidad popularizó Fichte, inspirado en Kant), la dialéctica hegeliana va más allá. Para Hegel, un proceso dialéctico no se agota en una superación de tesis-antítesis y síntesis, sino que se trata de múltiples contradicciones inherentes en cada proceso; de modo que cada etapa o hecho histórico tiene en su origen mismo contradicciones o problemáticas,  y del mismo modo ocurre en su desarrollo.

 La dialéctica no es una teorización absoluta que se aplica desde fuera, sino el ritmo interno de la realidad, la forma en que las ideas y la historia avanzan revelando sus propias limitaciones y generando así una comprensión más profunda.

Hegel veía en este proceso el camino del Espíritu (o la conciencia colectiva) hacia la libertad, un movimiento circular que avanza enriqueciéndose por el camino recorrido.

Pero, ¿qué significa esto en la práctica? Como decía, la dialéctica es una forma de entender la realidad que no ve las cosas como fijas o aisladas, sino en constante transformación, un cambio impulsado por sus contradicciones internas. Es el reconocimiento de que el presente existe porque niega al pasado, lo supera y se construye sobre él.  Este proceso no es mecánico ni predecible; es dinámico, vivo y lleno de imprevistos.

Fue Marx quien tomó esta poderosa herramienta de pensamiento, la radicalizó, la llevó de un ámbito fundamentalmente ideal hacia el análisis de la economía, de la realidad concreta. Es aquí cuando ocurre el famoso giro materialista de la dialéctica al que aludió Engels.

Para Marx, las contradicciones que se analizan desde el ámbito teórico están compenetradas con las contradicciones materiales de la sociedad. La gran contradicción que impulsa la modernidad no es una idea contra otra, sino la que existe entre el capital y el trabajo, entre las clases sociales. La dialéctica, en manos de Marx, se convierte en la vía para comprender la historia de la lucha de clases y las formas de superarla. 

Es casi un lugar común decir que la filosofía sirve para transformar el mundo, no sólo para interpretarlo. Pero la verdadera ruptura no está en la potencia de la frase en sí misma, sino en entender que la “síntesis” revolucionaria rara vez es pura, es decir, el movimiento revolucionario, no se da de forma absoluta o determinante. El nuevo orden que construye el proletariado carga con las cicatrices y los hábitos del mundo que niega, del mundo que le antecede y del que surge. Marx lo sabía: si todo lo sólido se desvanece, eso incluye también nuestras certezas sobre lo que vendrá después y cómo manejar cada proceso histórico.

La transformación social nace de contradicciones materiales convertidas en fuerza colectiva, acompasadas de los planteamientos teóricos como herramientas forjadas y nutridas en la lucha y en las relaciones sociales cotidianas. Por ejemplo, la agonía del feudalismo fue algo más que un proyecto ilustrado, fue el resultado de que la economía industrial chocara con el antiguo sistema económico. Otro ejemplo son las luchas sociales que, de facto, son la negación necesaria de un sistema que va en contra de la sociedad.

De manera que el estudio filosófico que nos ayude a comprender la dialéctica es fundamental para dar paso a las grietas que perforen y contravengan el sentido capitalista. La filosofía de Marx nos enseña precisamente esto: que toda realidad aparentemente sólida es un campo de batalla de fuerzas opuestas, y que son esas tensiones las que, al ser llevadas a su punto de ruptura, abren la posibilidad de mundos nuevos.


Betzy Bravo es maestra en filosofía por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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