Por Alan Luna | Noviembre 2025
El movimiento de las cosas, así como la transformación derivada de aquel, es imparable. Todo lo que conocemos algún día no será, o mejor dicho, se transformará de alguna forma, se moverá hacia otro punto, se negará a sí misma porque dejará de ser lo que ahora es para pasar a ser otra cosa.
Dicha autonegación es la clave para entender el proceso al que se somete todo lo real y que implica que las nuevas formas empujen a las viejas para pasar a ocupar su lugar, como una forma más elevada, superior, de lo viejo. Así, todos los fenómenos, naturales, sociales o del tipo que sean, se suceden unos a otros, en un proceso incesante que ha dado como resultado nuestra historia y nuestra realidad tal y como la conocemos.
Aunque este proceso es llamado de autonegación esto no implica una negación absoluta de lo que se transforma; esto lo llevaría a su autodestrucción, lo que implicaría que lo nuevo se construya sobre la nada, es decir, se condena a empezar todo de nuevo.
A lo largo de la historia hemos visto procesos de transformación más o menos radicales, e incluso ahí donde se logra cambiar de manera profunda la forma de gobernar o donde se inaugura un nuevo modo de producción, se toma como base el desarrollo hasta ese momento alcanzado, pues ese es el producto de la historia. Evidentemente que hay cosas que deben cambiar, que hay que cambiar “todo lo que debe ser cambiado”, como dijo Fidel, pero también hay que entender que las cosas del pasado son producto de las contradicciones de su tiempo. Encontraremos cosas inservibles para nuestro presente, pero hay cosas que permanecerán.
La gente que lucha por una sociedad futura, mejor, en donde se superen las contradicciones y males de este tiempo, debe tomar en cuenta que su proceso implica aplicarse para entender cómo funciona su realidad, pero esto no es posible dejando de lado todo lo que la humanidad ha hecho hasta este momento. No se puede crear una sociedad de la nada, así como no se puede crear una filosofía de la nada.
En un discurso a las Juventudes Comunistas de Rusia, Lenin planteaba la importancia de que la juventud comprendiera la idea anterior. Es 1920, es un Lenin que ya ha sufrido el gran proceso revolucionario que llevó a la toma del poder político en 1917 y, por qué no notarlo, es un Lenin que ha hecho un esfuerzo inmenso para asimilar grandes obras de la filosofía, entre ellas la Ciencia de la lógica de Hegel. Por alguna razón, como pasa con las Tesis sobre Feuerbach de Marx o incluso con el breve ensayo que este mismo escribió para hacer reflexionar a los jóvenes que van a elegir profesión, son más citadas las partes de cruda crítica, en las que se pone de relieve lo malo de la vieja sociedad, y eso indudablemente que hay que tenerlo en cuenta. Pero el análisis que Lenin ofrece en el discurso citado va más allá, hacia una evaluación integral de las contradicciones en la educación de la vieja sociedad que puede abrir el camino para la nueva; aunque se señala lo malo para no caer en los mismos errores, se recupera lo que pueda ser útil.
A la pregunta de cómo crear una cultura proletaria, Lenin contesta que “solo se puede crear esta cultura proletaria conociendo con precisión la cultura que ha creado la humanidad en todo su desarrollo y transformándola, sin comprender eso, eso no podemos cumplir esta tarea. La cultura proletaria no surge de fuente desconocida, no es una invención de los que se llaman especialistas en cultura proletaria. Eso es pura necedad. La cultura proletaria tiene que ser el desarrollo lógico del acervo de los conocimientos conquistados por la humanidad bajo el yugo de la sociedad capitalista, de la sociedad terrateniente, de la sociedad burocrática.” Por eso es por lo que para él “Solo se puede llegar a ser comunista cuando se enriquece la memoria con todo el tesoro de conocimientos acumulado por la humanidad.”. Es una tarea inmensa, pero necesaria.
Alan Luna es maestro en Filosofía por la UAM e Investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
