Por Miguel Alejandro Pérez | Noviembre 2025
La teoría marxista establece las premisas materiales necesarias para una revolución cuando sostiene que “ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más altas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado en el seno de la propia sociedad antigua”. En el mismo sentido, Marx afirma que “la humanidad se plantea siempre únicamente los problemas que puede resolver, pues el propio problema no surge sino cuando las condiciones materiales para resolverlo ya existen o, por lo menos, están en vías de formación”.
Estas verdades resultan fundamentales para la política revolucionaria y conservan todo su valor como directrices en el presente; sin embargo, con frecuencia son comprendidas de manera mecánica y simplista, lo que lleva a extraer conclusiones erróneas a partir de ellas. Se interpreta, por ejemplo, que la antigua formación social —el capitalismo— se desmoronará inevitablemente por su propio impulso en el momento en que se vuelva reaccionaria desde el punto de vista económico; como si se creyera que, una vez que el cambio de forma social se vuelve necesario, la transformación se producirá por sí misma, de manera natural, “como una salida o una puesta de sol” (Trotsky, Una escuela de estrategia revolucionaria).
Esta convicción errónea parece derivar incluso de la concepción materialista de la historia, entendida como aquella que explica la historia espiritual de la humanidad a partir del desarrollo de sus relaciones sociales. Desde esta perspectiva, el “curso de las ideas” refleja el “curso de las cosas” y no a la inversa. Y como las condiciones materiales de existencia determinan, en última instancia, la configuración de esas relaciones sociales —es decir, el estado de las fuerzas productivas y la estructura económica correspondiente—, se concluye que la economía constituye la base y el origen de todo. Bajo esta óptica, el poder político (el Estado y sus instituciones) aparece como una simple emanación del poder económico.
Esta interpretación de las tesis de Marx y Engels ha generado confusión tanto en la teoría como en la práctica revolucionarias, en especial en lo que se refiere a la importancia de la lucha política para la transformación de las relaciones sociales. Se ha malinterpretado la afirmación de Marx según la cual no es la conciencia de los seres humanos la que determina su ser social, sino que es su ser social el que determina su conciencia; o bien, la idea de que el modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política e intelectual en general. A partir de ello, se ha deducido erróneamente que Marx concede una importancia secundaria a la organización política de la sociedad, considerándola un aspecto subordinado. Por lo tanto, se llega a la conclusión de que dicha organización no debe ser un fin en sí misma, ni siquiera un medio de acción, puesto que, si las relaciones económicas constituyen la base de toda organización social, su transformación debería ser la condición suficiente para toda reorganización política.
De aquí se infiere equivocadamente que, para liberarse del yugo del capital, la clase trabajadora no debe concentrarse en la organización política de la sociedad, sino en su estructura económica; no en la consecuencia (la política), sino en la causa (la economía). Esta interpretación de la concepción materialista de la historia lleva a revisar incluso la comprensión de los fines y medios del movimiento revolucionario: se considera que la organización política no puede acercar a los trabajadores a sus objetivos, dado que su opresión política (efecto) persistirá mientras no se suprima su sujeción económica (causa) frente a las clases dominantes. En consecuencia, los medios de lucha deberían adecuarse a este diagnóstico. La “revolución política” pasaría a ser la meta o fin; la “revolución económica”, el medio. Desde esta perspectiva, la revolución económica sólo podría alcanzarse a través de la lucha en el plano económico, subordinando la política a la economía. Así, las tareas políticas quedan desatendidas.
En realidad, la concepción materialista de la historia no implica de ningún modo la negación de la política, sino que, por el contrario, fomenta la iniciativa política de los trabajadores y su actividad política independiente. Reconoce, ante todo, la relación íntima entre economía y política, pues en la práctica histórica no existe una relación causal estrictamente unilateral en la que la economía actúe sólo como causa y la política únicamente como efecto. No hay causalidad simple: en el desarrollo social e histórico, causa y efecto intercambian constantemente sus papeles. El efecto inmediato se convierte en causa de un efecto ulterior, a través de una compleja red de interacciones que revela, precisamente, la interdependencia y la relatividad de ambos conceptos en su aplicación a las relaciones sociales. No se trata, por tanto, de un dualismo rígido entre causa y efecto.
Cuando se examina la relación causal entre las estructuras económicas y políticas de una sociedad, lo que en un momento y desde cierta perspectiva aparece como efecto, puede revelarse, desde otra perspectiva y en otro momento, como causa, y viceversa. La economía aparece como causa y la política como efecto cuando se observan los hechos desde un determinado ángulo del desarrollo social; pero, al cambiar el punto de vista o el momento de análisis, se invierten sus funciones: la política actúa como causa, y la economía como efecto.
Desde este punto de vista, resulta claro que el sistema capitalista no se transformará por sí solo. El ocaso de la burguesía no ocurrirá automática ni mecánicamente. Aunque esta clase ha surgido sobre determinadas bases económico-productivas, no es, desde luego, un producto pasivo del desarrollo económico, sino una fuerza histórica activa y combativa, que no renunciará voluntariamente a su dominio como si, al reconocer su carácter reaccionario desde una perspectiva teórica, aceptara retirarse de la escena histórica. Al contrario: frente al peligro de su ruina, su instinto de conservación se intensifica. Cuanto mayor es la amenaza, más decidida es su lucha por la supervivencia. Por eso, la acción organizada del pueblo —y particularmente de la clase trabajadora— es indispensable para lograr la transformación de la sociedad. No basta con reconocer que la burguesía está condenada; es necesario vencerla y derribarla. Además, aunque la clase obrera y el pueblo constituyen la mayoría social que sostiene al sistema capitalista, desconocen su propia fuerza y su papel central.
En resumen, desde la perspectiva de la concepción materialista de la historia, la política es “la expresión concentrada de la economía”; es la manifestación del antagonismo económico entre explotadores y explotados. Pero, en el devenir histórico, causa y efecto se entrelazan y se transforman mutuamente. Allí donde el desarrollo económico ha dividido a la sociedad en clases, la contradicción entre sus intereses ha dado lugar, inevitablemente, a la lucha por el poder político. En este sentido, toda lucha de clases es, en última instancia, una lucha política.
Miguel Alejandro Pérez es maestro en historia por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
