Por Betzy Bravo | Octubre 2025
En los círculos académicos y literarios se ha estudiado extensivamente la inconcebible normalidad con la que la sociedad alemana enfrentó el Holocausto nazi: cómo la sociedad alemana pudo ignorar, pese a tener frente a sí al genocidio, el exterminio judío. Hoy enfrentamos una situación más grave, inadmisible en los términos morales más profundos: hay un conocimiento pleno y generalizado de crímenes atroces, y aun así, la respuesta de gran parte de la comunidad internacional es la indiferencia y, en sus peores casos, la aprobación. Recientemente la Organización de las Naciones Unidas (ONU) reconoció públicamente este crimen: el genocidio perpretado en la Franja de Gaza por parte de Israel. Frente a la impotencia de detener el genocidio desde nuestro sitio y bajo nuestras condiciones, al menos nos queda la herramienta de la palabra para intervenir al denunciar, de organizarnos y exigir que se detenga la masacre en Gaza.
Mientras se ha reflexionado incansablemente sobre cómo fue posible el Holocausto, asistimos hoy a una situación acaso más grave: sabemos perfectamente lo que ocurre en Gaza y, sin embargo, la comunidad institucional internacional casi solamente se encoge de hombros: veamos para comprobarlo cuánto tiempo se tardó la ONU en admitir el genocidio, lo hizo luego de al menos 68 mil muertes, violencia y crímenes como la destrucción de hospitales y el asesinato de 28 niños y niñas al día. Éste sería el núcleo de la “banalidad del mal” que Hannah Arendt vislumbró: la normalización de la atrocidad mediante mecanismos ideológicos que permiten al agresor sentirse moralmente bueno.
La deshumanización del pueblo palestino —comparado con animales, cánceres o bacterias— repite el mismo patrón aplicado a los judíos en Europa por parte del nazismo. Por ejemplo, Ariel Sharón, ministro de Asuntos Exteriores de Israel, llamó a los palestinos “células cancerosas”; esa retórica es idéntica a la propaganda nazi que comparaba a los judíos con piojos o plagas. La deshumanización no es un accidente: es un proyecto político y económico que comenzó a fundarse en el siglo XVII con el nacimiento del capitalismo. Al deshumanizar a los pueblos, se ofrece una razón para exterminarlos, dado que se les concibe como no humanos y sin derecho a existir. A este respecto, Europa tiene una culpa histórica insoslayable. Y hoy, los gobiernos europeos están permitiendo que Israel repita con el pueblo palestino lo que Europa hizo con los judíos: ocupación, despojo y aniquilación.
Los palestinos no tienen nombres ni biografías en los medios; son cifras, son números, tal como en Auschwitz, donde lo primero era borrar el nombre y tatuar un número a los judíos. Una niña israelí muerta es una tragedia con nombre y apellidos; una niña palestina es un dato. Esta asimetría narrativa no es inocente: es una condición para la indiferencia. Hamás —cuya violencia es indiscutiblemente condenable— no puede entenderse al margen de la ocupación israelí de 75 años. La propia ONU reconoce el derecho a la resistencia contra la ocupación. Israel, en cambio, se atribuye un “derecho a la autodefensa” que, como se sabe racionalmente, corresponde al ocupado, no al ocupante.
¿Cuál es el mecanismo inmediato que permite sostener esta violación legal y la ficción mediática sin que la humanidad entera se rebele contundentemente para obligar a que Israel se detenga? La respuesta reside en la sistemática opresión de la compasión, que en su raíz tiene al sistema capitalista. Ya Goethe decía que “la mejor parte del ser humano es el estremecimiento”. Hoy, ese estremecimiento —frente a un niño palestino mutilado— es suprimido por una ideología que nos insensibiliza. Los intereses económicos arrastran a los pueblos material e ideológicamente.
El de Palestina no es sino un caso extremo de la violencia que ejerce el capital contra la clase trabajadora; de la violencia de quienes lo han acaparado todo contra quienes no poseen sino su vida, pues para que el sistema se mantenga la clase capitalista requiere acceso a recursos baratos (tierras, aguas, minerales, etc.), mano de obra barata y mercados donde vender sus productos sin restricciones. En el ataque a Palestina, todos los pueblos del mundo, sobre todo los del Sur Global, pueden sentirse identificados, porque son también fuente de esos recursos para el desarrollo del Norte Global. Ver a Palestina es presenciar en un laboratorio de alta intensidad el destino final al que lleva el capitalismo.
Pero es imperativo transformar el estremecimiento en acción consciente y organizada. Esta lucha no es ajena a nuestra realidad. Es urgente hacer conciencia de que la misma lógica de explotación y opresión que devasta Palestina es la que actúa en nuestras propias naciones, saqueando nuestros recursos y condenando a nuestros pueblos a la pobreza y la violencia sistémica. La lucha por la liberación de Palestina es la lucha contra el gran capital que despoja a los pueblos, y viceversa: la lucha en nuestros pueblos por la emancipación de los grandes capitales actúa en contra del sistema global capitalista que sostiene el genocidio en Gaza. ¡Actuemos: organicémonos y luchemos en favor de la liberación de los pueblos oprimidos y explotados!
Betzy Bravo es maestra en filosofía por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
