Por Pablo Hernández Jaime| Octubre 2025
Uno de los grandes problemas con las desigualdades sociales, ya sean económicas, culturales, de género, étnico-raciales, geográficas, estéticas, etc., es que representan ventajas y desventajas de vida.
Estas desigualdades no son simples diferencias, aspectos que nos distinguen, pero que no tienen mayor implicación sobre nuestras oportunidades de acceder a una vida más o menos digna.
Por el contrario, las desigualdades sociales suponen, en primer término, que unas personas cuentan con condiciones más propicias para vivir que otras, y, en segundo término, que tales condiciones implican mejores oportunidades de mantener o mejorar sus condiciones de vida a futuro.
Así, las desigualdades se reproducen. Contextos de vida ventajosos multiplican nuestras probabilidades de obtener resultados de vida más benéficos: un empleo mejor remunerado y de mayor prestigio, una mejor educación, una residencia propia y bien ubicada, una alimentación más sana y variada, mejor atención sanitaria, etcétera.
Nuestros resultados de vida no dependen solo ni fundamentalmente del esfuerzo personal, sino del contexto social que multiplica los resultados de nuestro esfuerzo.
Como señaló el Informe de movilidad social en México 2025: la persistencia de la desigualdad de oportunidades, del Centro de Estudios Espinosa Yglesias, en México, la mitad de las personas que nacen en el primer quintil (20 por ciento) más pobre de la población, permanece en ese 20 por ciento a lo largo de su vida, mientras que 28 por ciento solo logra ascender al segundo quintil más pobre.
Pero el problema con la desigualdad es que sus consecuencias parecen no restringirse a las oportunidades externas de vida. Es decir, no es que todos seamos, en principio, sujetos iguales, dotados de las mismas capacidades, necesidades, gustos, anhelos y esperanzas, y que las únicas desigualdades entre nosotros sean las oportunidades externas para hacer realidad nuestros planes y proyectos.
Las desigualdades también crean sujetos distintos. Las ventajas, lo mismo que las desventajas, se encarnan en el cuerpo y, a través de éste, moldean la conciencia de las personas. Esta es una faceta menos conocida de la desigualdad, pero es, con bastante seguridad, una de sus expresiones más sutiles y brutales.
Desde antes de nacer, nuestro desarrollo cognitivo está condicionado por los cuidados y circunstancias del embarazo, y este dependerá de la posición social y económica de la madre.
Algo parecido ocurrirá con la estimulación temprana que cada bebé pueda recibir durante los primeros meses, con la cantidad y variedad de experiencias a las que estará expuesto, o con los usos del lenguaje presentes en su entorno y que no solo le brindarán las bases para hablar y comunicarse, sino que además le proporcionarán las herramientas para desarrollar su pensamiento.
Como ha señalado Marx, la subjetividad humana es formada por la exposición de las personas al contexto social. “Sólo así se cultivan o se crean sentidos capaces de goces humanos, sentidos que se afirman como fuerzas esenciales humanas. Pues no sólo los cinco sentidos, sino también los llamados sentidos espirituales, los sentidos prácticos (voluntad, amor, etc.), en una palabra, el sentido humano, la humanidad de los sentidos, se constituyen únicamente mediante la existencia de su objeto, mediante la naturaleza humanizada. La formación de los cinco sentidos es un trabajo de toda la historia universal hasta nuestros días”.
Por eso no es extraño que en sociedades altamente desiguales surjan formas también desiguales de subjetividad. El rico “con clase” y el rico “sin clase” son un ejemplo de esto. Alguien que nació en la opulencia incorporará comportamientos y actitudes acordes con su clase social, mientras que alguien que nació en los sectores medios y logró escalar, muy probablemente no contará con estas disposiciones o no se verán naturales en ella (como recientemente pasó con Belinda).
Esto ocurre también en otros ámbitos. En la educación, por ejemplo, los hijos e hijas de familias con mayores niveles educativos, señala Gramsci, “encuentran en la vida familiar una preparación, una prolongación y una integración de la vida escolar, absorben, como suele decirse, del ‘aire’ toda una cantidad de nociones y actitudes que facilitan la carrera escolar propiamente dicha”.
Algo similar ocurre con las desigualdades étnico-raciales, de género, geográficas e incluso estéticas. Todas ellas, en algún grado y de maneras diversas, brindan ventajas y desventajas que marcan en mayor o menor grado los cuerpos y conciencia de las personas.
La subjetividad humana es como un crisol en el que convergen y se funden una gran variedad de experiencias, emociones, creencias, reflexiones e imaginarios, mismos que dependen en buena medida de la posición que cada persona ocupa en la sociedad.
En este sentido, sociedades más complejas y diversas abrirán paso a una mayor variedad de formas de subjetividad humana. Pero el problema no es la diversidad. El problema es la desigual distribución de ventajas y desventajas asociadas con algunas de estas diferencias y la manera en que esas desventajas marcan a las personas.
Es un poco difícil alcanzar a ver la profundidad del planteamiento, pues a pesar de lo ya mencionado, es común creer que la desigualdad solo afecta (si acaso) nuestras capacidades, pero no nuestros gustos, intereses, anhelos o esperanzas.
Esto es de algún modo entendible: desde el punto de vista de nuestra propia experiencia, nosotros mismos, yo mismo, soy el artífice de mis acciones y decisiones, soy yo el que sabe lo que quiere, o, al menos, eso es lo que creemos. Como dijo Bourdieu, los gustos e intereses se nos presentan como un “principio increado de toda creación”, es decir, como si fueran una cosa puramente nuestra, individual y personal. El problema es que esto tampoco es así.
Las cosas que nos gustan y captan nuestra atención, aquello que anhelamos, nuestras aspiraciones y esperanzas, son también un producto social. Porque, ¿cómo es posible que todos, de alguna manera, aspiremos a una vida mejor que, por definición, aún no tenemos y no conocemos? Los gustos e intereses surgen, en parte, de lo que experimentamos y vivimos. Esto es claro. Pero también surgen del ejemplo que nos ponen las demás personas.
Aunque no nos demos cuenta, las personas nos vamos siguiendo las unas a las otras. Es una cuestión sutil. Pero solemos encontrar en los demás nuestros ejemplos a seguir, y estos ejemplos encarnan, para nosotros, una posibilidad de ser. En parte, es por esto que la publicidad muchas veces no se enfoca tanto en la información de los productos que intenta vender y, en cambio, si se concentra en retratar un estilo de vida, donde se ve a otras personas conviviendo, haciendo algo de interés e irradiando emociones atrayentes.
El problema es que incluso las aspiraciones y esperanzas pueden ser víctimas de la desigualdad. De acuerdo con el antropólogo indio Arjun Appadurai, cada sociedad va forjando dentro de su propia cultura una manera de comprender el futuro, una manera de definir lo que se entiende como una vida deseable o buena, así como un abanico más o menos amplio de alternativas de futuro para cada persona.
No es que la sociedad dicte de manera mecánica nuestro futuro, sino que, culturalmente, nos brinda los elementos para imaginar y planear nuestro porvenir. El problema es que no todos los futuros son igualmente alcanzables para todas las personas, e incluso no todas las personas son capaces de vislumbrar los mismos futuros. En este sentido, la extrema desigualdad y la pobreza podrían contribuir a generar o mantener cierto estrechamiento en los anhelos y esperanzas de la gente más desfavorecida.
Hay evidencias de que los planteamientos de Appadurai tienen sustento, aunque aún falta investigar más. La cuestión en todo caso es de mucha trascendencia, pues la creencia de que el mundo puede ser distinto y la aspiración por transformarlo para lograr una mejor vida son dos aspectos indispensables para que la gente se decida a actuar en consecuencia. Por supuesto, la sola esperanza de un cambio social no es suficiente, pero sin esperanza las personas no tendrán motivos para buscar el cambio.
Parte de combatir las desigualdades que nos aquejan pasa, necesariamente, por defender y difundir la capacidad de imaginar que otro mundo es posible.
Pablo Hernández Jaime es doctor en Ciencias Sociales por El Colegio de México e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
