Por Alan Luna | Octubre 2025
Es necesario aprender críticamente de lo que leemos. Esto en parte implica, por ejemplo, armarse de un criterio que nos permita discernir la verdad o falsedad de lo que encontramos en los textos, así como sus limitantes o parcialidades. También, la capacidad de aprender de las posturas que en primera instancia parezcan decir cosas contrarias a las que defendemos. Hay que tomarse un tiempo para pensar si lo que afirmamos es de verdad tal y como lo presuponemos, hacer una revisión lo más exhaustiva que se pueda para estar en condiciones de defender con argumentos la validez de lo que hemos encontrado por medio de la investigación. Hay que pasar por el tamiz de la razón todas nuestras ideas.
Hegel decía que la tarea de la gente dedicada al pensamiento es hacerse de la ciencia de su tiempo. Pero la ciencia del tiempo de cada quién está ella misma llena de contradicciones, de posturas contrarias atravesadas por los intereses políticos y de clase. Esto no aleja al pensamiento sino que lo atrae, pues la realidad misma es contradictoria y solamente puede verse en su totalidad por medio de la lucha de contrarios.
Hegel mismo oponía el pensamiento dogmático al científico aclarando que el dogma busca afirmar una idea ya preconcebida. Presupone a las esencias como ya terminadas. Es decir que todas las cosas tendrán ya una definición, una delimitación que las hará ser esa cosa y no otra. Esto en un primer momento parece certero, pero no basta para conocer de manera completa aquello que intentemos conocer de manera científica.
Cuando el pensamiento delimita una cosa excluye por otro lado a lo “otro”, a aquello que no es dicha cosa. De esta forma, el pensamiento así establecido solo puede pensar la diferencia de las cosas como una oposición externa. Es decir que si todas las cosas están ya determinadas de antemano y no pueden moverse hacia otra forma, pues sus esencias no se lo permiten, la contradicción solo puede ser pensada como una oposición entre una cosa y la otra. El bien es lo opuesto al mal, la salud a la enfermedad, la vida lo opuesto a la muerte.
Pero esto no es pensar todavía dialécticamente. Estos opuestos aún están atravesados por la vista del pensamiento inmediato. Para poder alcanzar un conocimiento profundo es necesario observar que la dialéctica de todos los fenómenos se da en el interior de todas las cosas. La oposición entre la vida y la muerte debe ser comprendida no como opuestos externos en donde uno se opone directamente al otro y en donde se identifican como contrarios irreconciliables. Es necesario comprender que la vida dentro de sí encierra su propia contradicción, que para que ella exista necesita encerrar en sí misma a la muerte.
La dialéctica explica el automovimiento de las cosas porque con ella podemos comprender cómo la contradicción interna de todos los fenómenos hace que todas las cosas se desplieguen a sí mismas, es decir, que el resultado histórico esté en alguna medida atravesado por las potencias internas que encierra cada fenómeno, esto es, el movimiento lógico interno de todas las cosas.
Penetrar en este tipo de conocimiento que se sobreponga al conocimiento intuitivo no es cosa fácil y requiere de un esfuerzo adicional para poder alcanzar la ciencia que explique cómo y por qué se mueven las cosas tal y como lo hacen. Pero requiere también una práctica en el conocer que implica ejercitarse en los más variados temas del pensamiento. Hacer el esfuerzo por entender teorías diversas, sin cerrarse a las modernas teorías solo porque no encajan con nuestro previo conocimiento ni aceptándolas solo porque son nuevas. El criterio no puede ser la desinformación. Hay que prepararse para poder defender racionalmente las cosas que pensamos, que es la mejor forma de dar la batalla ideológica.
Alan Luna es maestro en Filosofía por la UAM e Investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
