José Revueltas, la ideología democrático-burguesa y Morena

Por Ehécatl Lázaro | Octubre 2025

José Revueltas publicó en 1962 el famoso Ensayo sobre un proletariado sin cabeza. Se trata de un abordaje filosófico e histórico, escrito en clave marxista-leninista, de la realidad política de México. El autor busca responder por qué la conciencia de la clase obrera mexicana está enajenada. Sostiene que dicha enajenación ideológica se expresa en tres corrientes principales: 1) la democrático-burguesa, del nacionalismo revolucionario priista, 2) la del “marxismo” democrático-burgués, de Lombardo Toledado y 3) la sectario-oportunista, del Partido Comunista Mexicano. Aunque tienen sus diferencias, las tres corrientes niegan la independencia política del proletariado. En la interpretación de Revueltas, el proletariado mexicano sí tiene cabeza, pero no es la suya propia, sino la de la burguesía nacional. Sus objetivos, estrategias y tácticas no los fija por sí y para sí, sino que le son dados por la burguesía en el poder.

La conciencia de clase de la burguesía nacional se expresa como la ideología  democrático-burguesa. Esta corriente de pensamiento surge desde la Reforma como una expresión política contra los grandes latifundistas (especialmente la iglesia católica, que era el mayor de ellos) y contra las relaciones de producción de tipo feudal que existían en el campo mexicano. Exige el desarrollo de relaciones capitalistas en la propiedad y explotación de la tierra. Estas son sus premisas agrarias. De acuerdo con los ideólogos democrático-burgueses la única manera de combatir a los grandes latifundistas era a través de la intervención del Estado, sólo este tenía el poder necesario para enfrentarlos y dividir las grandes propiedades; para ello era necesario que el Estado poseyera el suelo y el subsuelo. De ahí surge su actitud nacional y patriótica.

Pero la ideología democrático-burguesa no sólo tiene premisas agrarias y nacionales, sino también obreras. Debido al atrasado desarrollo del capitalismo en el país (que luchaba por sacudirse las relaciones feudales implantadas durante la Colonia), en la segunda mitad del siglo XIX la clase obrera mexicana se caracterizaba “por la falta de confianza en sí misma, en sus fuerzas y en su significación social, de una parte, y de la otra, por su tendencia a compensar este desvalimiento mediante la protección y la ayuda del Estado” (p. 125). La clase obrera no se piensa fuerte y llena de potencialidades, sino que se ve “como la clase más desamparada, la más ofendida y humillada y la que menos fuerzas tiene para defenderse. No se considera la creadora de la riqueza social -y en efecto no lo es-.” (p. 126). En México la clase obrera nace con una necesidad de protección por parte del Estado, para lo cual está dispuesta a “hacer política” desde una posición que ella misma considera humilde (p. 127). A lo más que aspiran los ideólogos de la clase obrera es a un programa económico y político muy limitado, que consiste en mejora salarial, derechos laborales, acceso a puestos públicos y educación.

La burguesía que se levanta contra Porfirio Díaz y se hace con el poder no es la burguesía industrial, sino la burguesía agraria, enemiga de los latifundios feudales. Para esta burguesía las demandas obreras no representan ningún obstáculo. Por eso, cuando el proletariado se lanza a la lucha contra el régimen de Porfirio Díaz, la burguesía integra como suyas las demandas obreras (de por sí muy limitadas) y hace del proletariado una clase aliada (pero subordinada) en una lucha contra un enemigo común. Así, la ideología democrático-burguesa adquiere el triple caraçter de agrarista, nacionalista y obrerista.

La burguesía nacional entra a la lucha revolucionarai persiguiendo sus intereses, pero sin un partido de clase bien definido. Caudillos e intelectuales burgueses son la vanguardia de esa clase durante la fase armada. Es sólo cuando termina esa etapa y se afianza la burguesía en el poder cuando el proceso político cristaliza en el Partido Nacional Revolucionario, posteriormente PRI. El proletariado también entra a la etapa armada sin un partido, en alianza con la burguesía (como lo ejemplifica la lucha de los batallones rojos contra los ejércitos de Zapata), pero, a diferencia de la burguesía nacional, la clase obrera nunca logra darse a sí misma un verdadero partido de clase. Esto lo condena a operar bajo el liderazgo ideológico y político de la burguesía, ya en el poder.

La burguesía agraria, con la ideología democrático-burguesa, se coloca a la cabeza de la burguesía nacional durante la lucha revolucionaria y la formación de su partido de clase. Con la nacionalización del petróleo y los ferrocarriles, Lázaro Cárdenas sienta las bases de un desarrollo industrial nacional, proceso que continúa con Ávila Camacho y Miguel Alemán, y paulatinamente la burguesía industrial sustituye a la burguesía agraria como el sector de clase dirigente. Pero eso no implica un abandono de la ideología democrático-burguesa, que es la ideología no de un sector específico de la burguesía, sino de la burguesía nacional como clase.

El Estado que nace de la Revolución pertenece a la burguesía nacional pero no se presenta como tal, sino como un Estado neutral, como un árbitro social desprovisto de contenido de clase. Al mismo tiempo que responde a los intereses de la burguesía nacional, beneficia a los campesinos con el reparto de tierras y defiende a los obreros con los derechos laborales. Alienta la formación de organizaciones campesinas y obreras, pero siempre y cuando se subordinen a la dirección estatal. La burguesía nacional, con una ideología agrarista y obrerista, no tiene problema en resolver demandas las económicas de los campesinos y obreros. El límite infranqueable, la línea roja que nunca deben cruzar las clases subalternas, es la independencia política. Siempre que los campesinos y obreros se organizaron independientemente para fijar sus propios objetivos, con sus propias estrategias y sus propias tácticas, fueron reprimidos a sangre y fuego por la burguesía nacional. Esa es la esencia del Estado surgido de la Revolución, el de la ideología democrático-burguesa, el de la burguesía nacional. Hasta aquí Revueltas.

El Estado mexicano sufrió una modificación importante a partir de los años 1980, con la implantación del neoliberalismo. La burguesía industrial-financiera se subordinó al mercado estadounidense con el TLCAN, abandonó la vieja manera de hacer política, se desentendió de las banderas agraristas y obreristas de la Revolución y avasalló a los campesinos y obreros. Éstos, sin independencia política, a merced de los designios de la burguesía nacional, sufrieron graves retrocesos en sus derechos, mientras la burguesía industrial-financiera extraía ingentes beneficios, concentrando la riqueza y multiplicando la pobreza a niveles no vistos en el país. Todo en el marco de la caída de a Unión Soviética y la ofensiva de la burguesía mundial contra las clases trabajadoras. No hubo un cambio de la clase en el poder. La burguesía nacional siguió siendo la clase dirigente, pero enterró su ideología histórica, la ideología democrático-burguesa, para levantar en alto la importada bandera de la ideología neoliberal, a tenor con los tiempos que se vivían en el plano global. Este periodo corresponde a los gobiernos que van de Miguel de la Madrid a Enrique Peña Nieto.

La llegada de Morena al poder no representa un cambio de la clase en el poder ni del sector de clase dirigente. El Estado sigue respondiendo fudamentalmente a los intereses de la burguesía nacional, encabezado por la burguesía industrial-financiera. Lo que sí representa Morena es un retorno a la ideología democrático-burguesa y un alejamiento (no una renuncia total) de la ideología neoliberal. El Estado encarnado por Morena no sólo sigue trabajando fundamentalmente para la burguesía, sino que nuevamente “protege” a los campesinos y obreros, a las clases trabajadoras y a los grupos marginados, al más puro estilo del priismo de Echeverría o López Portillo. Es un Estado que vuelve a presentarse por encima de las clases sociales, como árbitro que regula por igual a empresarios, trabajadores y demás grupos sociales. Un Estado que concilia los intereses de todos: ricos, pobres y clases medias.

Morena se reivindica de izquierda, pero no socialdemócrata, socialista, o anticapitalista. En un esfuerzo por definir el contenido de la “novísima” ideología morenista, sus pensadores la llaman “Cuarta Transformación de la vida pública”, “Humanismo Mexicano”, entre otras ocurrencias. Pero basta leer a Revueltas para encontrar a los progenitores de este vástago. En realidad Morena es la izquierda que la propia ideología democrático-burguesa ya llevaba en su seno, con sus premisas agraristas, nacionales y obreristas, desde antes de la Revolución Mexicana. Benito Juárez, Francisco I. Madero y Lázaro Cárdenas, preclaros exponentes de esta corriente ideológica en tres momentos diferentes, son correctamente reivindicados por Morena como sus grandes héroes.

Pero la ideología democrático-burguesa de Morena no niega completamente al neoliberalismo, sino que integra elementos centrales de éste. Para Morena, el desarrollo del país sigue descansando en la integración subordinada al mercado estadounidense (TMEC), sigue existiendo una política fiscal regresiva, las transferencias monetarias (política social insignia del neoliberalismo) se han elevado a un nuevo nivel, los recortes de la “austeridad republicana” buscan que el Estado no sea tan grande (porque no puede haber gobierno rico con pueblo pobre), y los aumentos salariales han cuidado que los salarios de los trabajadores mexicanos sigan siendo suficientemente atractivos (bajos) para los inversores.

Morena mantiene elementos del neoliberalismo, pero retoma la política de morigerar la lucha de clases a través del manido recurso de resolver a las clases trabajadoras algunas demandas económicas puntuales. Como en el viejo PRI, todos caben en Morena. El partido gobernante es una síntesis de las dos formas políticas que ha tenido el partido de clase de la burguesía nacional desde la Revolución: el PRI nacional-revolucionario y el PRI neoliberal. La gran burguesía nacional, pequeños y medianos empresarios, campesinos, obreros, indígenas, maestros, comerciantes, intelectuales, etc. Todo, con una condición: que todos acepten la hegemonía de la burguesía nacional. Que todos piensen son esa cabeza. El retorno morenista a la ideología democrático-burguesa ha recuperado para la burguesía nacional lo que en el periodo neoliberal estuvo a punto de perder: la enajenación ideológica de las clases trabajadoras.

Morena llega como una estrategia de la burguesía para desactivar la inconformidad social que ya empezaba a estallar en los últimos años del neoliberalismo y para afianzar su dictadura de clase. Toda expresión política independiente, a la derecha o izquierda, es reprimida. Morena disciplina a la burguesía que antepone sus intereses particulares e inmediatos (ejemplo, Salinas Pliego), pues es la representante de toda la burguesía como clase (con todos sus sectores) y sus intereses mediatos. Y disciplina también a la izquierda que denuncia la enajenación ideológica de las clases trabajadores y lucha por convertirse en la vanguardia de ellas. La ideología democrático-burguesa, la relación con las clases trabajadoras, y su política económica, le permitió a la burguesía mexicana dotar de legitimidad a su dictadura hasta los años 1980. La función de Morena, nueva cara de la misma clase dominante, es la misma.


Ehécatl Lázaro es maestro en Estudios de Asia y África, especialidad China, por El Colegio de México.

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