Las cuentas alegres del combate a la pobreza en México

Por Vania Sánchez | Octubre 2025

INEGI informó que, en el sexenio de López Obrador la pobreza en México se redujo en más de 13 millones de personas. Esta reducción, dijo la presidenta Sheinbaum “es una hazaña”, “hay que estar muy orgullosos”, “demuestra que el modelo funciona porque redujo la pobreza y también la desigualdad; es decir, hay mayor distribución de la riqueza”. ¿A qué modelo se refiere? Por como siguió su discurso, hemos de suponer, que la fórmula “incremento del salario mínimo, los programas del bienestar y el acceso a los derechos” es la esencia del modelo al que se refiere la Presidenta.

Quizá haya quien honestamente crea en estos números de pobreza y también que, por ese camino, se abatirán las injusticias que padece la sociedad mexicana. Sin embargo, a poco que acerquemos la lupa a la realidad mexicana, podemos ver que ésta es bien distinta.

¿Qué otras cosas indican los mismos datos con los que se estimó la reducción de la pobreza?

El reporte publicado el 30 de julio de 2025 sobre los resultados de la ENIGH 2024, la base estadística para las estimaciones oficiales de pobreza, dice que entre 2018 y 2024, el ingreso promedio de los hogares aumentó 15 por ciento, esto es, a razón de 2.5 por ciento anual. Ya descontando los efectos de la inflación se estima que el ingreso promedio trimestral de los hogares pasó de $70 mil pesos a $77 mil pesos. Es decir, un hogar promedio -con 3.4 miembros- percibe el equivalente a tres salarios mínimos a razón de uno por integrante del hogar. Pero los promedios son más engañosos a medida que hay más desigualdad entre las observaciones como son las de los ingresos de los hogares mexicanos. Casi siete de cada diez mexicanos tienen ingresos por debajo de la línea de pobreza o padecen alguna de las denominadas carencias sociales. Ésta es la situación de alrededor de 90 de los 129 millones de mexicanos.

Por otro lado, según los expertos, el factor que más incide en este incremento es el cambio registrado en los ingresos laborales de los hogares y en muy menor medida, el de las transferencias gubernamentales pues estas tienen poco peso en el ingreso total.

El incremento del salario mínimo en el periodo de referencia fue de 151% en términos reales. No obstante, a renglón seguido se reporta que este incremento se ha destinado a los rubros de alimentación y transporte; y que, al mismo tiempo, los gastos de los hogares en educación y esparcimiento, así como en vestido, se redujeron en el sexenio pasado. Es así porque el salario, aun con el aumento, sigue siendo apenas suficiente para comer e ir a trabajar; sigue siendo tan pobre que los hogares mexicanos destinan, en promedio, 38 por ciento de su ingreso a alimentarse, esto es el doble de lo que gastan los hogares de la OCDE.

Por otro lado, la historia del salario medio de los hogares mexicanos muestra que los más recientes, no son resultados inéditos ni por el incremento ni por la magnitud. Durante el periodo denominado como Desarrollo Estabilizador que va de 1954 a 1970, los salarios reales se incrementaron a una tasa promedio de 4.5 por ciento cada año y la pobreza extrema se redujo del 60 por ciento de la población a la cuarta parte. Hay que decir que en ese periodo, además del buen comportamiento del salario, también aumentó el empleo lo que se tradujo en una mejora notable del nivel de vida de la población y del ensanchamiento de la clase media. Y, sin embargo, todo se derrumbó de un plumazo luego de la larga crisis que trajo consigo inflación y desempleo.

Estos indicadores no reflejan una realidad de la que podamos estar “muy orgullosos”.

Por otro lado, habrá quien considere que, a pesar de todo, si seguimos por ese camino, es cuestión de tiempo que se logren abatir las carencias y la pobreza pues hay una “mayor distribución de la riqueza”, según dijo la presidenta.

Detengámonos en eso. De acuerdo con los datos oficiales, 93 por ciento de la población ocupada -la que es trabajador remunerado o por cuenta propia- percibió en 2024 en forma de ingresos por trabajo el 52 por ciento del PIB (del Producto Interno Bruto) -mientras que en 2018 participaba con 47 por ciento. 5 puntos porcentuales más. Pero, los patrones -que solo son 7 por ciento de la población ocupada- detentaron 40% del PIB en 2024 -7 por ciento menos que en 2018. La parte restante del PIB, en torno al 7 por ciento, constituye impuestos a los productos.

A pesar del incremento de 5 por ciento de la parte que corresponde a los trabajadores, hay que notar tres cosas. Primero, que la gran parte de la población ocupada, 93 por ciento, se reparte apenas poco más de la mitad del producto total; mientras que el 7 por ciento se queda con 40% de ese producto. Segundo, que esta “mayor distribución” ya ocurrió hace menos de 50 años en México, que no es inédita, pero el problema de la pobreza y la injusticia no se resolvió. Y tercero, que ni con el 5 por ciento más de lo que los trabajadores se quedan, se alcanza el nivel que tienen sociedades tan desiguales como la estadounidense, en la que las remuneraciones por el trabajo representan 68 por ciento del PIB.

Como Marx demostró en su obra El Capital, todo el valor creado es trabajo coagulado en mercancías, trabajo desplegado en el proceso de producción de la riqueza creada en el año de referencia. El excedente, como el salario, no tiene otra fuente; las ganancias, los intereses, las rentas de los capitalistas constituyen la parte del trabajo no retribuida a sus productores y de la que se ha apropiado los poseedores del capital. Así, todo el sistema capitalista está basado en la explotación. Por desgracia, esta realidad no desparecerá por meros cambios cuantitativos; los trabajadores no dejarán de estar a expensas de sus patrones y de qué tanto quieran aflojar la correa. Hay que construir un sistema económico en el que prevalezcan la justicia y la dignidad humana. Para avanzar por ese camino hay que entender que el poder económico y político de los capitalistas reside en la propiedad privada de la riqueza y que el combate a la pobreza y la desigualdad del ingreso es apenas un rasguño en la superficie.


Vania Sánchez es doctora en Economía por la Universidad Autónoma de Barcelona.

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