Por Betzy Bravo | Septiembre 2025
La auténtica tradición política en favor de los sectores oprimidos y explotados no es relativista. Al contrario, se erige sobre conceptos robustos de verdad y de justicia, distanciándose de aquellas posturas posmodernas que reducen todo a mera opinión subjetiva, donde ninguna afirmación sería más válida que otra. La izquierda histórica radical no busca diluir la realidad en un mar de interpretaciones individuales, sino que se sostiene en la convicción de que existen principios universales, como la justicia social, que deben guiar de manera inequívoca la acción y la educación políticas. En este sentido, no renuncia a la verdad; la busca activamente, incluso cuando ésta resulta incómoda para el statu quo.
La proclamada izquierda de Movimiento Regeneración Nacional (Morena) exige un escrutinio más allá de dicha etiqueta, exige preguntarnos qué significa ser un partido político en favor de las masas populares en el siglo XXI. El caso de Morena es un laboratorio perfecto para probar si la llamada izquierda mexicana acciona en favor de las clases trabajadoras o si bien cae en una protesta simbólica enmarcada en las instituciones burguesas.
Morena llegó al poder federal en 2018 con un discurso que se adhería a esta tradición de izquierda: denunciar las oligarquías, priorizar a los sectores pobres y acabar con la corrupción. Prometió una “Cuarta Transformación” histórica. Sin embargo, su práctica política ha caído en la trampa de lo que se podría llamar la “estetización de la protesta”. Es decir, actúa bajo un simbolismo revolucionario —las consignas, los colores, la retórica de la “resistencia” perpetua— que opaca la necesidad de una transformación material concreta y profunda. De la boca de los políticos morenistas se adjetiva a todo su actuar como “transformador” y “revolucionario”. ¿Estamos viviendo realmente una transformación, una política revolucionaria del sistema que hasta ahora ha regido? En definitiva, no. Para la política institucional es más fácil mantener una publicidad donde se califican como rebeldes o anti-sistema en lugar de llevar a término una reforma fiscal, por ejemplo, una política que en efecto limite a las cúpulas económicas que se mantienen gracias a que simultáneamente existen pobreza y pobreza extrema.
El verdadero desafío para Morena es demostrar que su proyecto va más allá del simbolismo. Si su mayor aporte a la lucha de clases se reduce a un discurso confrontativo y a una estética contestataria, Morena podrá parecer revolucionario frente a partidos conservadores, pero con eso no se detendrá el ascenso de la derecha ni se transformarán las bases estructurales de la economía. No se puede cambiar el mundo sin tomar y ejercer el poder real de manera efectiva y orientada a principios de justicia. Si la 4T fuera realmente popular, orientada por principios de una izquierda realmente transformadora, utilizaría las instituciones del Estado para alterar definitivamente la correlación de fuerzas económicas, no sólo para gestionar el capitalismo intentando quedar bien con los grandes acaudalados al no romper el statu quo.
Las reformas que no tocan los intereses de los grandes capitales, aunque pueden paliar marginalmente algunos efectos del capitalismo, en última instancia perpetúan las dinámicas de explotación del capitalismo, además de que pueden ser revertidas dado que no han modificado de raíz la dinámica económica. Una izquierda popular auténtica defendería la razón y la acción desde principios que trascienden los intereses particulares.
La estrategia cuatroteísta parece haberse estancado en una fase previa y contradictoria a la verdadera organización popular: el clientelismo. Es evidente su política clientelar que no fomenta la autonomía ni la conciencia de clase de las mayorías, ni mucho menos la organización popular; su método consiste en fabricar una red de dependencia donde la ayuda social es un favor otorgado a cambio de lealtad electoral. Esta practica atomiza a las clases trabajadoras, no construye un poder popular sino que consolida una estructura donde la población es clientela. Como señaló la revolucionaria Rosa Luxemburgo, la auténtica fuerza subversiva radica en la capacidad de auto-organización de las masas y en su conciencia crítica, elementos que son inherentemente antagónicos a la lógica institucional del Estado siervo del capitalismo. Los movimientos transformadores genuinos surgen desde las bases populares, son caudales que se desbordan contra el aparato gubernamental burgués, mas no canales controlados desde el poder. De modo que Morena se perpetúa en el poder a través del clientelismo y, a su vez, perpetúa al sistema capitalista afectando directamente a las clases desposeídas que dice defender. Su legado no será el de una Cuarta Transformación, sino la perpetuación del capital y su podredumbre.
Betzy Bravo es maestra en filosofía por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
